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El hacha grande
del libro "Cerro Cambará del Queguay"

José María del Rey Morató
jmdelreym@hotmail.com

 

En Pueblo Alonzo la telefonista estaba sola en su casa, donde también funciona la central de teléfonos de Tres Árboles. Con el listado de llamadas y demoras a la vista manejaba las clavijas con suficiencia y ordenaba el tráfico local y de larga distancia. Hasta entonces –1970–, nadie había muerto de ese trabajo, ni sufrido siquiera un soponcio, porque en Tres Árboles había sólo seis teléfonos: estación de ferrocarril, ramos generales, destacamento de policía y tres estancias. Ese mediodía de verano estaba sola, los demás miembros de su familia habían salido, una para Merinos y el otro para Paso de los Toros.

Hacía rato que le fastidiaba el calor húmedo, la pesadez: el llamado en esos lugaresmormazo. «No hay más: se viene lluvia; lluvia y viento. Ojalá que mucha lluvia y mucho viento, así afloja un poco la calor». La ventana de la cabina daba al sur; la puerta para el público, también. Veía cómo se iba nublando. En el auricular del teléfono ya se hacía sentir la descarga eléctrica. «La tormenta está cada vez más cerca».

Recién, en ese momento, le dieron un respiro. Los teléfonos no sonaban –la gente estaría haciendo mediodía–, decidió salir al fondo para ver: «¡Barbaridad! Se me viene derechito para la casa».

La tormenta avanzaba desde el noroeste, estaba tan cerca que los nubarrones oscurecían los campos; y efectivamente, parecían venir derecho hacia su casa. Veía los rayos, uno tras otro y se sintió como hipnotizada. El olor a campo mojado ya estaba en su nariz. Ahí fue que se acordó que estaba sola…

En Pueblo Alonzo la telefonista estaba sola en su casa, donde también funciona la central de teléfonos de Tres Árboles. Con el listado de llamadas y demoras a la vista manejaba las clavijas con suficiencia y ordenaba el tráfico local y de larga distancia. Hasta entonces –1970–, nadie había muerto de ese trabajo, ni sufrido siquiera un soponcio, porque en Tres Árboles había sólo seis teléfonos: estación de ferrocarril, ramos generales, destacamento de policía y tres estancias. Ese mediodía de verano estaba sola, los demás miembros de su familia habían salido, una para Merinos y el otro para Paso de los Toros.

Hacía rato que le fastidiaba el calor húmedo, la pesadez: el llamado en esos lugaresmormazo. «No hay más: se viene lluvia; lluvia y viento. Ojalá que mucha lluvia y mucho viento, así afloja un poco la calor». La ventana de la cabina daba al sur; la puerta para el público, también. Veía cómo se iba nublando. En el auricular del teléfono ya se hacía sentir la descarga eléctrica. «La tormenta está cada vez más cerca».

Recién, en ese momento, le dieron un respiro. Los teléfonos no sonaban –la gente estaría haciendo mediodía–, decidió salir al fondo para ver: «¡Barbaridad! Se me viene derechito para la casa».

La tormenta avanzaba desde el noroeste, estaba tan cerca que los nubarrones oscurecían los campos; y efectivamente, parecían venir derecho hacia su casa. Veía los rayos, uno tras otro y se sintió como hipnotizada. El olor a campo mojado ya estaba en su nariz. Ahí fue que se acordó que estaba sola…

«Conmigo no vas a poder». Agarró el hacha grande, la de hacer astillas para el fogón; un hacha sueca, de fierro acerado y filo curvo, con la que lograba separar las nubes para que pasaran a los costados de su casa, sin hacerle daño. Teniendo el hacha grande en el fondo, no tenía miedo a los rayos ni al granizo.

Entonces, se paró en medio del patio y le plantó cara a la tormenta: la manga de granizo y de agua parece ya estar ahí; la siente casi encima de ella, se toca el pelo. Sin embargo, faltan unas cuadras, pocas, para que llegue al alambrado... No quiere esperar. «Mírame, tormenta; mírame». No la desafía, le habla, se entienden. Blande el hacha con el ojo hacia abajo, el filo hacia arriba y hace –con el hacha– tres cruces contra la cara del temporal: una para la izquierda, otra para el centro y la otra para la derecha. De esa forma logrará separar las nubes y hacer que sigan de largo.

Bien. La tormenta sigue avanzando… Mientras, reza con toda confianza: «Padre nuestro que estás…»  –ring, riing, ring, riing…

Corrió a la cabina, intentó manotear el aparato y atender la llamada, pero un trueno la aturdió. La campanilla había dejado de sonar: «Un rayo tiene que haber agarrado la línea. Menos mal que yo estaba afuera».

Las ramas de eucaliptus, arrancadas por el agua y el viento, caían contra el techo, alguna chapa de zinc volaba –«¡qué peligro!»– el granizo rompía vidrios de dos ventanas que dan al norte, los dos perros aullaban, la pared del gallinero se derrumbó con un golpe sordo… El terreno del fondo era un bañadero de patos, el agua entró a la casa. Todavía no se había dado cuenta de que la piedra tiró o machucó las ciruelas y los duraznos; y que a la ropa que había dejado tendida en el alambre se la llevó el viento. Saltó y cerró la puerta, y la apretó con una mesa.

Todo habría sido culpa de esa campanilla… Mientras el temporal se iba retirando pensó en su hacha, sin recordar dónde la había dejado.

« ¿Quién habrá sido el incordio que llamó a la hora de almorzar? Justo en medio de la tormenta. Hay que embromarse…».

 

José María del Rey Morató
jmdelreym@hotmail.com
de "Cerro Cambará del Queguay", 2012

jmdelreym@hotmail.com

 

Blogs:

 

Desde la costa: http://delreymorato.blogspot.com

La frontera invisible: http://nortelejano.blogspot.com 

 

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