En el almuerzo en que se
confirió al Dr. Velasco Lombardini la honrosa distinción, un amigo
argentino me comentó que la taquilla no estaba respondiendo bien a las
esperanzas del empresario Félix Peña, el famoso "Gato Félix"
de la barra ateniense, que al convertirse en personaje de la noche porteña
cambió su mote felino por un elegante "Buddy Day". No me frenó
la información; pero parecía confirmarse al llegar a la boletería, pues
al momento en que se me entregaban en la tardecita del viernes dos
planteas en fila 12 para la 2ª sección del sábado, el tablero de
localidades vendidas denunciaba la magra recaudación.
ANIMANDO LA ESPERA. Como la 2ª
sección comenzaba a las 23 horas, hicimos tiempo en el Richmond de
Esmeralda tomando un té con masas. El momento era ideal para narrarle a
mi esposa cómo había conocido yo a Troilo.
En 1935, la muchachada de la segunda generación de los atenienses --que
rondaba los 17, 18 años-- paraba en el Tupí Nambá nuevo, en 18 de Julio
entre Río Branco y Julio Herrera y Obes. Los "popes" de la
legendaria Troupe --"jubilados del escenario", como se autodefinían--
ocupaban siempre las primeras mesas de la calle: y nosotros, los
jovencitos, casi chocábamos con el palco orquestal ubicado en el medio
del local.
Una noche, apareció un sexteto típico sin la mínima promoción. Un
violinista menudo (¡menudo violinista, también!) fue presentado como
director del conjunto; el gran Elvino Vardaro. Entre no muchos aplausos,
el hombre saludó alzando su violín, semejante a un laurel olímpico.
Tocaban como los dioses. Cerca del palco como estábamos, percibíamos
cual algo llegado del cielo el fabuloso sonido que "el bandoneonista
gordito, con cara de luna llena", lograba de su instrumento. Alguien
averiguó su nombre: "se llama Troilo, pero le dicen
"Pichuco".
Desde entonces lo seguí, fielmente, en todo su deslumbrante recorrido por
la música popular. Eso explicaba el sentido de un comentario hecho a mi
esposa en ese "haciendo tiempo en el Richmond":
-"Pichuco", en su sencillez de gordo bueno, parece no darse
cuenta de que, cuando murió Gardel, se llevó una mitad de la medalla del
tango, y le dejó a él la otra mitad.
Pocos minutos después, salíamos para el Odeón.
SOLO MEDIA SALA. Y sí: no habría más de media platea, y en las
galerías se veían claros. Y eso que, además de "Pichuco",
actuaban Alba Solís, Roberto Achaval, Juan Carlos Copes... ¡y Edmundo
Rivero!
El último cuadro se titulaba "TROILAZO": y ahí, la monumental
orquesta opacaba todo lo anterior, con "Pichuco" como "nave
insignia". Los eternos éxitos de su repertorio recobraron la
frescura original y acunaron nuevas emociones. Tras los instrumentales
llegaron tangos de antología; y el dramatismo de "La última
curda" y la calidez de "Sur" --engarzados ambos en la voz
de Rivero-- dieron a la acústica del Odeón resonancias de catedral.
Cuando los versos de Manzi nacidos en San Juan y Boedo antiguo flotaron
por la sala, pareció que aquello de... "ya nunca me verás como me
vieras" era, tan solo, el milésimo deleite de un acierto poético
del increíble letrista... pero, no: esa noche fue algo más... un patético
anuncio que se asoció --en combinación de premoniciones-- al ruego con
que "Pichuco" se adelantaba, en segundos, a la caída del telón:
-Gracias, Buenos Aires... aguantame un cacho más...
DOMINGO 18 DE MAYO. Embarcamos en el vapor de la carrera, y cuando
éste zarpó las luces porteñas nos despidieron con un mensaje amistoso
para el amanecer montevideano del lunes 19.
A poco de arribar al puerto, tomamos un taxi rumbo a casa. En la radio del
coche, se escucharon a Angel Laborde por la onda de Radio Panamericana:
estaba trasmitiendo un libreto sobre la vida de Troilo, de los tantos que
yo escribía para su audición "Caño 14". Me extrañó que lo
repitiera en muy poquitos días. Sospechando que ocurría algo malo,
pregunté al taxista:
-¿Pasó algo con Troilo?...
-Murió anoche... (me contestó a media voz).
-¿Cómo?...
-Pobre Gordo... Murió en un hospital, de un ataque a la cabeza.
Pichuco. Muerto. En un hospital.
Un tango suyo, el primero que compuso, sobre letra de Héctor Gagliardi
("El Triste") agazapado en el tiempo, saltó desde 1934 y me
impuso la evocación de sus versos. Se titulaba "Medianoche".
Troilo murió el 18 de mayo de 1975, a las 23 y 40, cuando la noche
ensayaba sus doce campanadas para abrirle la seducción de una nueva
madrugada.
Acaso un coro de ángeles tangueros haya cantado junto a su lecho: |