Homenaje a Eliot

por Carlos Real de Azúa

El sexagésimo año de Thomas Stearns Eliot encontró en el Premio Nobel la más alta retribución “institucional” que se concede a una producción literaria en el mundo contemporáneo. Y cabe hacer notar que si en unas ocasiones el galardón, ha caído —literalmente, caído— sobre nombres confinados a una pequeña gloriola nacional (nórdica la más de las veces) y otras ha coronado obras egregias en sí, pero cuyo contenido virtual, su germinal irradiación está, por lo menos temporalmente, en baja (Hesse, ¿el mismo Ándré Gide, guardando las distancias?) el caso del triunfo de Eliot marca una tercer circunstancia de rara singularidad. Porque Eliot no sólo es un Maestro, mayusculado, acatado; indiscutido y ahora solemnizado, sino que continúa operando como la más viva presencia poética, crítica- y humana de todas las literaturas de la Europa libre, de América y hasta de Asia.  

Un libro, aparecido en Inglaterra durante el año pasado, como homenaje a ese sexagésimo aniversario, patentiza este magisterio, tributando a un puro escritor- ese tipo de contribución colectiva que parecía hasta ahora reservado a la conmemoración universitaria o académica 'T. S- Eliot. A symposium" compiled by Richard March, and Tambimuttu. Edition PL - 1948 registra cuarenta y ocho colaboraciones, al decir de sus prologuistas, rápidamente requeridas y reunidas, y presentadas con el desorden, gracioso y cordial, de una rueda de amigos que se apretuja para el estrechar de manos o el abrazo. El material, sin embargo, es susceptible de clasificación.

Un primer sector lo forman los recuerdos personales, los testimonios de la presencia física y de la amistad de Eliot. Claro que este testimonio es, por lo general, inseparable de la noción de su calidad de poeta y del juicio sobre el impacto de ésta calidad.

Un segundo sector endereza más el estudio biográfico y a la historia intelectual de Eliot, sin prescindir por ello de los enfoques recién anotados. En este orden son fundamentales para cualquier estudio del tema, los ensayos de Clive Bell, Conrad Aiken, Wyndham Lewis y, sobre todo, el de Montgomery Belgion.

Prescindiendo todos, de su infancia y adolescencia, nos muestran al joven Eliot de Harvard, bajo la influencia de Irving Babbit; el doctorado en filosofía y el primer salto a París. Luego, la definitiva etapa europea: Marburgo, Oxford, Londres, el estudioso del Merton y el "Usher of Highgaie School". Inciden unánimemente en la influencia y el estímulo que tuvo sobre Eliot el grande y desgraciado Ezra Pocend, al que el poeta llevó el "Prufrock" que Harriet Weaver publicara después en su "The Egoist". Ya radicado Eliot en Inglaterra, alto empleado bancario y más tarde asesor literario y después director de “Faber and Gwyer” (cómo lo recuerda el ensayo de F. V. Morley) abundan estos ensayos con las memorias de una deliciosa y enriquecedora sociabilidad, por la que cruzan los nombres de John Maynard Keynes, Ljrttón Strachey, Bertrand Russell, "Virginia Woolf, Katherine Mansfield y Middleton Murry. (Y parece digno del "Orlando" el relato de una fiesta en la casa sobre el Támesis, de Mr. St. John -Hutchinson). La época de "Criterion” y los testimonios de William Empson y Nevill Coghill sobre el Eliot de 1930 cierran esta parte del volumen.

Sobre la obra de Eliot, reconocen estos trabajos biográfico - críticos, una primera capa de influencias constituida por las poesías de Jules Laforgue y Tristán Corbiére ("románticos retardados"') y el libro de Arthur Symmons sobre el simbolismo. En su pensamiento filosófico e histórico señalan casi todos el trazo de la corriente contrarrevolucionaria y antirromántica francesa de los cuarenta primeros años del siglo (Charles Maurras, Henni Massis y Pierre Laserre) preparada por el magisterio de Irving Babbit en Harvard y con los aportes tangenciales, —y tan distintos— de Remy de Gourmont y Jacques Maritain. Cuando Eliot ha encontrado su voz, ya es muy difícil dibujar geologías: Ezra Pound, Dante, la escuela: del "dolce stil nuovo". Donne, Dryen, Pope ("los poetas metafísicos"), Baudelaire, y en su teatro, la tragedia griega; los isabelinos, la Biblia, Chejcov, prolongan su germinación y ejemplo hasta el escritor de hoy.

Otro grupo de ensayos, no siempre perceptiblemente distintos de los primeros (obra casi todos de contemporáneos del poeta), registra reconocimientos menos íntimos, sugestiones de lecturas y encuentros de ocasión. James Reeves, Desmond Hawkins, Norman Nicholson, Edwín Muir, Louis Mac Niece, tratan de rememorar la significación de "the Pope of Russel Square" para la adolescencia y juventud intelectual entre 1925 y 1930, especialmente la que se ejerció hasta la moda, hasta la obsesión, sobre el Oxford y el Cambridge de los "happy twenties".

Otros aportes, los de Henri Fluchere, G. S. Fraser, Kathleen Raine, John Betjeman, Marianne Moore, John Heath-Stubbs, Hugh Gordon Porteus, Luciano Anceschi, Claude -Edmond Magnv, Norman Nicholson y George Every, son ensayos predominantemente críticos sobre la obra eliotiana. Dos promotores de la renovación de la escena inglesa, dos servidores de la restauración de su teatro en verso, E. Martin-Browne y Ashley Dukes estudian el significado y valores de "Murder in the Cathedral" y de "Family Reunión". Se inclinan, decididamente a preferir la primera. Martin Browne anota humorísticamente de la segunda que "Su auditorio tiende a festejar con simpático alivio la declaratoria de tía Violeta: "No entiendo nada de lo que ha pasado". Ashley Dukes hace un relato valioso del estreno de "Murder" en la catedral de Canterbury, durante el verano de 1935.

Un quinto rubro está formado por el relato de Richard March y por muchos conocidos, tocados y agradecidos por su ejemplo: Nicholas Moore, Ronald Bottral, George Barker, Anne Ridle, Lawrence Durrell, Ruthven Todd, Vernon "Watkins, Tambimuttu y Michael Hamburger.

Pero T. S. Eliot no ha sido sólo el lúcido, inflexible, paternal conductor de la renovación poética en el orbe anglosajón. Su prestigio mundial en forma de traducciones, de lecturas directas, de influencias y paralelismos, sus contactos con los “genios nacionales”, sus porciones universalizables, se muestran en una extensa contribución extranjera, en la qué tampoco los recuerdos, a veces emocionados, del encuentro personal, están en modo alguno ausentes. Es la de los italianos Emilio Cecchi, G. B. Angioletti Mario Praz, Eugenio Montale y Luciano Anceschi, los franceses Pierre-Jean Jouve, Henri Fluchere y Claude-Edmond Magny, el griego George Seferis. el alemán Ernst-Robert Curtius y los indúes o afines Bishu Bey y Amalendu Bose, completados por el profesor Ludawyk, de la Universidad de Ceylán y uno de los iniciadores del libro.

A este grupo, aunque finque su preferencia sobre la significación de la obra eliotiana; pertenecen algunos de los mejores ensayos críticos del libro los dé Henri Fluchère, Luciano Anceschi y Claude Edmond Magny. Admirativos, pero no incondicionales, alguno de ellos, como Ernst-Robert Curtius, de indiscutida autoridad, le enrrostra a Eliot — con un poco de humillación de derrotado y otro poco, de indomable orgullo humanista — la exclusión de Goethe a favor de Wordsworth, como representante de la cultura europea.

De todos estos ensayos, puede intentarse entresacar la significación que la obra y la persona de Eliot tiene para sus contemporáneos. Queremos precisar: no lo que “normalmente” es, sino lo que vale para sus coetáneos y secuentes. Los sufragios no son casi nunca por lista completa: destacan unos algún determinado aspecto y otros ciertos rasgos más olvidados; los menos, la valía total de su producción.

Sumaria, desmañadamente, este mensaje se constelaría en los aspectos siguientes:

Una visión. Es el primero reconocido, cronológica y axiológicamente. "The love song of Alfred Prufrock", "The waste land" y "The Hollow Men" expresaron mejor que ninguna otra palabra de su tiempo, la amargura y la estirilidad, la frustración y el nihilismo del hombre contemporáneo. Eliot dotó al inundo de la primera postguerra, todo baldío y desolación sin límites, de una originalísima, crepuscular, inédita y despiadada fisonomía. Tan hondo ha calado su "imagen sensoria de un mundo cambiante", que muchos de los aportadores manifiestan ver —normalmente— el ámbito urbano e industrial que nos rodea a través de las imágenes, palabras y paisajes de esas obras. Alguien habla de "una experiencia del hastío y del horror y de una trasmisión de esa experiencia"; alguien, de "un balance del caos".

Una experiencia. Con el canto penitencial de "Ash Wedsnesday", la trayectoria poética y humana de Eliot entra en una nueva vía que remata por ahora. —y provisionalmente— el cuádruple peregrinaje de los "Quartets". "El poeta del caos se convierte en el gran "poeta del anglicanismo" y aún, más allá de divisiones confesionales, el de todo el mundo cristiano. Del orbe del tiempo, la historia y la criatura, a través de "una noche oscura del alma" profundizada y enriquecida, los "Four Quartets" nos muestran, más allá del velo fenoménico, la libertad del perfecto servicio, y los goces, de la unión en el eterno presente. Aceptado el tiempo y reconciliado en la Encarnación, admitido el pasado, por piadosas visitas, la poesía de Eliot repite, aquí, renueva y valida, con su excepcional riqueza alegórica y concreta, esa tradició milenaria en la que San Juan de la Cruz se destaca entre todos.

Pero como lo observan muchos, no era necesario este período reconstructor que subsigue al desilusionado, para que la poesía de Eliot estuviese surcada de ese sentido de lo infamiliar y misterioso (las viejas estéticas hablaban de "lo suprasensible”) que yace en las cosas y detrás de las cosas. Sólo es catalogal y epidérmica, nunca grande ni verdadera, la obra que carece, aunque sea fugazmente, de esta habitación, de esta conmovedora residencia.

Un lenguaje poético nuevo. Renovó y refrescó el caudal verbal, ensanchando su patrimonio al dotar (en operación de cierto paralelismo con la de Neruda) de una significación y un temblor inéditos, a las palabras del uso cotidiano y vulgar, del "slang" y del periodismo, a los objetos de la vida moderna, restituyendo al inglés sus valores sensitivos y visuales, y agotando a su vez esas posibilidades.

Una cultura. También enriqueció las fuentes vivas de la poesía de nuestro tiempo, trayendo al ejercicio de una contribución ejemplar esas figuras lejanas en "interés", tiempo e "idiomas" que él recomienda y que ya mencionamos: Dante, como los mejores andadores, y la Biblia, "los poetas metafísicos. Nos devolvió la mitología, clásica interpretada con criterio histórico. Reinventó, con una una economía de estructuras, el juego sabio, caprichoso y humorístico de las citas y alusiones literarias dentro del texto poético.

Un recobrado equilibrio. Destacan, todos la maravillosa amalgama que la poesía eliotiana ofrece. Inteligencia, ironía, sátira, ingenio, autobiografía, emoción, exaltación, fantasía: todos los ingredientes clásicos del poema aparecen fundidos a esa “alta presión”, que cómo humildad operativa, Eliot asigna a la función del poeta.

Verso, ritmo y música. Mas diversa, menos específicamente, señálanse su maestría del verso, su arte de las transiciones, su capacidad combinatoria de lo más trabajado, artificial y formal, con las líneas más fáciles, naturales y felices; la mezcla logradísima de tono conversacional, intensidad lírica y digresión; su sentido del ritmo y de la música, que no rechaza cacofonías y disonancias y que se concibe como función de todo el poema y no de unas pocas líneas; su contenido dramático; su arte de los cortes rápidos y de las superposiciones cinematográficas; su rico sabor tópico, tectónico y local: barrio, ciudad y condado, presentes en su poesía, lastrándola, humanizándola, acercándola.

Una poética y una crítica. También se le agradece haber ligado vitalmente la faena crítica y la faena creadora, restituyendo a la poesía una conciencia y una lúcida reflexión qué desde los “ísmos” parecía despojada, y renovando a la vez la árida disección del "scholar" con el noble interés —predatorio y tenso— de un paralelo operar.

Poeta y crítico, mueven a Eliot idénticos principios. Son su concepción “mediúmnica” de la personalidad del poeta como “centro de fusión” de ideas, y emociones, la doble exigencia de una personal y hondísima experiencia y una emoción apasionada vertida en una expresión supremamente objetiva e impersonal (es su idea de la poesía como “arte’ y no como “efusión”, y su preferencia por el producido — poema respecto a su productor— poeta). Es su explicación, de la dificultad de la poesía actual por la complejidad de la civilización que refleja, por la complicación de los elementos intelectuales que arrastra y su rechazo del poema como intelección racional en favor de la comprensión de imágenes ligadas y coordinadas en torno a una emoción o idea central. Es su tan divulgado redescubrimiento de "la Tradición" como patrimonio viviente y participado, que apoya y guarece, tanto en lo que es común, cómo en lo que es diferente —en lo lo que parece como en lo que distingue— el juego libre, pero radicado, de la personalidad." Es finalmente su replanteo y personal solución de las relaciones entre inteligencia y emoción (y allá en el fondo del cuadro, entre obra y ambiente ideológico del tiempo). Lo ilustran su inclinación a la alegoría “como pensamiento hecho carne”, su idea de la poesía “como pensamiento sensible”, como sentimiento y emoción sobre las bases —relativamente indiferente, variables— de una doctrina, filosofía o concepción de la vida.

T. S. Eliot no es el menos caudaloso, el agradecimiento de estos hombres y mujeres hacía la persona - Eliot. Respaldando tantos dones, “encamándolos”: él amigo inteligente y estimulante, el editor generoso, el conversador mundano y brillante, aunque tocado por un último matiz otoñal y melancólico, el hombre amasado por las virtudes, de una inalterable cortesía, de una escrupulosa y elegante dignidad, de una integridad y humildad sin histrionismos, de una severidad para consigo mismo qüe prolonga hacia la conducta la precisión y austeridad de un pensamiento. Nada del aparato profesional: uno nos habla de su "correct bank-manager look",  otro, de su costumbre de apuntar los gastos cotidianos en una pequeña libreta; alguno, humanizándolo más, de su pasión por los gatos y por el queso.

Solo humanizándolo más el "Eliot en pantuflas" parece no existir para tantos amigos y contemporáneos. Y acaso no exista. Acaso la persona del artista como “resta” de la obra, acaso la intimidad como repelente vaciadero de la fisonomía profesional y social fuese sólo regla y ley para él buen Anatole y todos los de su casta. Acaso, la actitud, con su suelo de. escepticismo y sus posibilidades disociadoras fuese una planta que ellos mismos habían abonado.  

OTROS ABRILES: T.S. Eliot en Málaga. 12 abril 2018

18 abr. 2018

Acto de celebración del poema "La tierra baldía", de T.S. Eliot, y presentación de la traducción al español del poema, realizada por el escritor Sanz Irles. Intervienen: Jos-e Antonio Montani, escritor. Manuel Arias Maldonado, ensayista. Juan Francisco Ferré, novelista. Vicente Fernández, traductor Sanz Irles, escritor.

 

por Carlos Real de Azúa
La Semana en un Día, diario "El Día", Montevideo, Uruguay, s/f, Página 14/15
 

Editado por el editor de Letras Uruguay

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