|
Admitamos, como antes decíamos, que las mutilaciones y vacíos de nuestra historia se hayan producido, como en el caso de Macao, por pudor. Puede que en otros casos las razones hayan sido distintas; pero no interesa ahora discutirlo ni tampoco averiguarlo. La historia sincera, como la quería Seignobos no puede incurrir en semejantes omisiones. Y escribir la historia con sinceridad, nos hará bien a todos. No hay otra manera de conocer, por nuestro pasado, nuestro destino. Y entonces las falsas glorias caerán y las auténticas resplandecerán mejor.
Desde que la invasión se inicia, la traición hasta entonces soterrada, aparece. Los años que van del 16 al 20, -hasta que Artigas se encierra en el Paraguay- son años de lucha sin pausa y de cruentas y repetidas derrotas y también de flaquezas, defecciones y renuencias.
El "frente interno" como hoy le llaman, sobre todo Montevideo, no marcha a compás con la desesperada y audaz resistencia de las tropas, sin armas ni cuadros, de Artigas. Mientras esos soldados instintivos se hacen matar, el procerato ciudadano conspira, intriga, suplica y acoge complaciente las proposiciones de la oligarquía porteña y de la Corte Imperial. Cualquier amo antes que los "anarquistas" de Artigas.
Buenos Aires está dispuesto a entregar la provincia. El procerato montevideano a vender su alma, para salvar bienes y tranquilidad, al diablo. Pero no es sólo en la ciudad donde la conspiración se incuba. También los jefes militares participan en ella. Portugal, que ha esperado su hora, recoge, entre. bendiciones, los frutos de esta doble y además estúpida traición.
Y son muchos los grandes hombres de nuestra historia, esos que hoy llenan el nomenclator de la ciudad, los que aparecen confundidos entre las sombras de la gran conjura.
En 1816, ya con la invasión en marcha, se produce la asonada del 3 de septiembre y el arresto de don Miguel Barreiro. Al frente de ella están, entre otros, Juan Ma. Pérez y Lucas Obes.
Pocos meses después, Juan J. Durán y Juan Francisco Giró delegados del Cabildo de Montevideo, ofrecen en bandeja la provincia oriental al gobierno de Pueyrredón, más que cómplice, fautor de la invasión. De ese Cabildo forman parte Juan de Medina, Felipe García, Agustín Estrada, Joaquín Suárez, que luego rescatará con dignidad este error o falta, Santiago Sierra, Lorenzo J. Pérez, Jerónimo Bianqui. Artigas rechaza la entrega y contesta a los diputados Durán y Giró, desde el Campo Volante de Santa Ana, el 26 de diciembre de 1816: "Por precisos que fuesen los momentos del conflicto, por plenos que hayan sido los poderes que V. S. revestía en su diputación, nunca debieron creerse bastantes a sellar los intereses de tantos pueblos sin su expreso consentimiento.
Yo mismo no bastaría á realizarlos sin este requisito, ¿y V. S. Con mano serena ha firmado el acta publicada por ese gobierno en 8 del presente? Es preciso ó suponer a V. S. extranjero en la historia de nuestros sucesos, o creerlo menos interesado en conservar lo sagrado de nuestros derechos, para suscribirse á unos pactos, que envilecen el mérito de nuestra justicia, y cubren de ignominia la sangre de sus defensores".
.................................................................................................................................................
"El jefe de los orientales ha manifestado en todos tiempos que ama demasiado su patria, para sacrificar este rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad. Por fortuna la presente no es tan extrema que pueda ligarnos a un tal compromiso. Tenga V. S. la bondad de repetirlo en mi nombre á ese gobierno y asegurarle mi poca satisfacción en la, liberalidad de sus ideas, con la mezquindad de sus sentimientos."
"En consecuencia V. S. ha cesado de su comisión, y si le place puede retirarse a Montevideo, allí podrán efectuarse las justificaciones competentes, y ojalá que los resultados de su comisión condigan á los de su conocida honradez."
En mayo del 17, los jefes y oficiales de las fuerzas sitiadoras de Montevideo, se pronuncian contra Rivera y exigen que el mando sea conferido a Thomas García de Zúñiga.
Algo más tarde Bauzá; entre cuyos oficiales se cuenta Oribe, abandona el sitio y se va con armas y bagajes, previo acuerdo con Lecor, a Buenos Aires.
Después de la derrota de Tacuarembó, cuando Artigas marcha a las provincias argentinas que aún le son fieles, en busca de refuerzos, Rivera desacata las órdenes de su jefe y licencia sus tropas, deserta y se rinde a los portugueses. El propio Eduardo Acevedo, acota al comentar la lucha con Ramírez: "Fue vencido pues Artigas, gracias a la escuadra, a las armas y a los soldados que el gobierno de Buenos Aires había puesto a la disposición de Ramírez en virtud de los convenios secretos del Pilar. Y fue vencido también, porque las divisiones orientales que habían escapado del desastre de Tacuarembó, en vez de cruzar el Uruguay, desacataron sus órdenes para entrar en transacciones con Lecor. Si esas fuerzas lo hubieran acompañado a Corrientes, es probable que la suerte de las armas le hubiese sido favorable y entonces las Provincias Unidas habrían decretado la guerra al Brasil, como complemento obligado del derrumbe de las autoridades que habían pactado la conquista de la Banda Oriental. De aquí seguramente la amarga reconvención que el coronel Cáceres pone en boca de Artigas.
"que Rivera tenía la culpa del triunfo de los portugueses".
Mientras los soldados de Artigas mueren en los combates que se inician en Santa Ana y se cierran en Tacuarembó; mientras los jefes planean pronunciamientos o desertan, el Cabildo de Montevideo, eximio representante de la contrarrevolución y -¿por qué no?- de la antipatria, se avillana en zalemas y genuflexiones ante el invasor. Lo recibe bajo palio y aprovecha la protección de las armas portuguesas para denostar a Artigas. El 23 de enero de 1817, seis días después de la entrada de Lecor, el Cabildo declara por boca de su síndico, que "debe tener en vista el comprometimiento general de este vecindario con las tropas de Artigas, con Buenos Aires y principalmente con los españoles; y que S. E. debe entrever que en manos de cualquiera de éstos que el pueblo desgraciadamente cayera, sería una víctima infeliz de la venganza y llegarían al colmo de sus desdichas. Que a él le parecía que al Cabildo representante de los pueblos, tocaba agitar su engrandecimiento y que no había otro medio que el que pasaba a proponer, cual es (previa la debida licencia del señor Capitán de la Provincia) hacer una diputación a su Majestad Fidelísima el Rey nuestro señor, impetrándole su protección y suplicándole que tuviera la dignación de incorporar este territorio a los dominios de su corona". Firman el acta los cabildantes, Juan de Medina, Felipe García, Agustín Estrada, Lorenzo J. Pérez, Gerónimo Pie Bianqui y el secretario Francisco Solano Antuña.
A poco, el Cabildo designa a Larrañaga y a Bianqui diputados ante el rey don Juan VI, para reclamar y concertar la incorporación. "Solicitarán -dicen las instrucciones- con el mayor empeño que S. M. se digne incorporar a sus dominios del Brasil este territorio de la Banda Oriental del Río de la Plata". Estas instrucciones, además de los anteriores cabildantes, las firman el alcalde de ler. voto don Juan José Durán y el Defensor de Menores don Juan Fco. Giró, los mismos personajes que un año antes hablan ido a entregarle la provincia a Pueyrredón.
La traición iba a consumarse. En tanto Artigas se hunde para siempre en el Paraguay, Canelones, Maldonado y San José. también se declaran incorporados a la corona de Portugal y en 1821 se reune el Congreso Cisplatino. Forman parte de é1 los cabildantes de antes, los desertores de antes y el 18 de julio de 1821, reténgase la fecha, después de sesudos discursos de Bianqui, Llambí y Larrañaga, se vota por aclamación la incorporación a Portugal. "De este modo, acertó a decir, Bianqui, se libra a la Provincia de la más funesta de todas las esclavitudes que es la de la anarquía. Viviremos en orden bajo un poder respetable; seguirá nuestro comercio sostenido pór los progresos dé la pastura; los hacendados recogerán el fruto de los trabajos emprendidos en sus haciendas, para repararse de los pasados quebrantos y los hombres díscolos que se preparan a utilizar, el desorden y satisfacer sus resentimientos en la sangre de sus compatriotas se aplicarán al trabajo o tendrán que sufrir el rigor de las leyes; y en cualquier caso que prepare el tiempo, o el torrente irresistible de los sucesos, se hallará la provincia rica, despoblada y en estado de sostener el orden que es la base de la felicidad pública. De hecho
nuestro país está en poder de las tropas portuguesas".
Deben repetirse los nombres de los que vetaron esa incorporación tanto más cuanto que un sospechoso y en el caso también piadoso, olvide, ha disimulado o disminuido la tremenda culpa.
Son éstos: Juan José Durán, Damaso A. Larrañaga, Thomas García de Zúñiga, Fructuoso Rivera, Loreto de Gomensoro, José Vicente Gallegos, Manuel Lago, Luis Pérez, Mateo Visillac, José de Alagón, Gerónimo Pío Bianqui, Romualdo Ximeno, Alejandro Chucarro, Manuel Antonio Sylba, Salvador García, Francisco Llambí.
Así cerró el drama. El drama de un hombre solo y de su auténtico e inmaduro pueblo, que va de pelea en pelea, mientras la intriga de los de afuera, unida a la fuerza, y la traición y la flaqueza de los de adentro lo empujan a la muerte.
Treinta años más había de vivir Artigas, en su largo viaje, sin quejas, al fondo de la noche. Treinta años de una grandeza impar. La calumnia no respetó su callada y, sin duda, angustiosa soledad.
Después vino tardíamente la hora de la reparación y en ella todas las voces confluyeron para ofrecernos la imagen depurada e ideal de un jefe, sin sangre, sin huesos y sin barro, de un tutelar patriarca colocado más allá del bien y del mal, del error y de la injusticia. Depurada imagen, vacía de vida. Depurada imagen que pertenece a la hagiografía.
Y bien, hay que rescatar hoy y siempre al auténtico Artigas, de la doble conspiración que es una sola: la de la calumnia y la del incienso. En lo más hondo de la tierra las dos corrientes que chocaron en un terrible remolino durante los años de la patria vieja, continúan su curso. El personaje tiene un inaudito valor humano pero además es la encarnación de la esperanza y el destino nacionales. Fue el suyo el drama de la soledad, que soportó, como héroe alguno fue capaz de soportar. Maestro así de vida, porque todas nuestras desazones e infortunios son ridículos y mezquinos frente a cuanto él, en obstinado silencio, padeció.
Encarnó la orientalidad. Mientras aliente un oriental, Artigas vivirá. Pero fue también y sobre todo, el heraldo y profeta de la revolución nacional, esa que aún espera el llamado de los tiempos para realizarse. Por serlo, los hombres de "orden", lo acosaron, lo traicionaron, lo calumniaron. Antes que los "anarquistas" de Artigas, la intervención extranjera. Antes que la revolución de esos "anarquistas" se propagara, la entrega al enemigo secular, preparada "inteligentemente", con gran abundancia de palabras, por los doctores de chistera y levita, genuflexos y cobardes, pedantes y miopes.
Ahora como ayer, ha de volverse hacia el Artigas auténtico -sangre, nervios, huesos, barro- para reiniciar la marcha y lanzarse al combate, contra los herederos del alma de aquellos que consumaron la gran traición, esa gran traición todavía viçtoriosa, que recurre a los mismos métodos, las mismas prácticas, los mismos argumentos y los mismos apoyos -cambian sólo las denominaciones- para derrotar otra vez al artiguismo. |