Basilio Muñoz

 

Por encima de las discrepancias políticas que en los años últimos nos separan de Basilio Muñoz, rendimos aquí, sin reservas, nuestro homenaje mejor a su figura ilustre. En la hora de su muerte, hombres de todos los partidos se han inclinado ante la grandeza cívica y humana. Con emoción profunda lo hacemos nosotros también, que tuvimos el honor y la dicha de convivir estrechamente, juveniles rebeldías con su ancianidad gloriosa.
Un pedazo de la historia, se ha dicho, desaparece con él. Puede agregarse que la historia entera de la nacionalidad, desde la época genésica de Artigas, estaba viva en la intimidad de su conciencia. Era en línea directa el tercer Basilio Muñoz, de tres que alcanzaron las palmas del generalato, combatiendo cada uno más de medio siglo, como protagonistas, en maravillosa continuidad, de todos los episodios de nuestro pasado militar. Pertenecía así a una estirpe guerrera que constituye la notable excepción en el país, de representar la única sangre de caudillos que ha mantenido, desde la Independencia hasta la época actual, su vocación y su jerarquía. Y todas las hazañas del linaje estaban vivas en su memoria inverosímil, fluyendo generosamente de sus relatos precisos, sobrios, impecables que narraba con sencillez y con emoción.
Su vida militar comenzó en 1875, con la revolución Tricolor, y se cerró en 1935, con la de Enero. Entre tanto participó en la del Quebracho en 1886, en el alzamiento del 96, en las revoluciones saravistas dçl 97 y de 1904 y en el alzamiento del año 10. Fue el jefe máximo en 1904 después de muerto Saravia, en 1910 y en 1935. En todas las ocasiones su espada de soldado ciudadano, esgrimida con inspiración patriótica y con honor caballeresco, estuvo al sacrificado servicio de la libertad política, en una entrega sin tasa de vida y hacienda.
Pero eso, con ser mucho, no dice todavía lo esencial o saliente de su personalidad guerrera, lo que ya en vida lo hizo personaje de leyenda e irá, sin duda, haciendo resonar su nombre de labio en labio a través de las generaciones futuras: la insuperada belleza de su heroísmo. La carga de Arbolito, la resistencia en el Paso del Parque, el combate de cerros de Aurora, la defensa del Paso de los Carros, la carga de Tupambaé, episodios culminantes de las revoluciones saravistas, no se podrán evocar nunca sin asociar a ellos la bravura clásica de Basilio Muñoz, el primero siempre en los ataques y el último en las retiradas.
Nada tenía que ver su celebrada temeridad con el impulso ciego del montonero que llevó a la muerte a Chiquito Saravia. Entraba y salía de la pelea con un arrojo, pero al mismo tiempo con una sangre fría que subyugaba a compañeros y adversarios. Pulcro en el vestir y cortés en el hablar, como un español antiguo, lucía en los entreveros un valor lleno de elegancia y de presunción. "Frente a los gauchos que le descargaban el trabuco o le arrojaban las boleadoras -sobre testimonios enemigos ha escrito un adversario suyo- él adelantaba el sable, firme en la mano enguantada". Y esa impasibilidad suprema en los momentos de peligro, la vinculaba el propio Muñoz -guerrero y universitario-, al desapego filosófico por la materialidad de la vida, frente a la dignidad, frente al honor, aprendido en las disquisiciones de Sócrates sobre la muerte, cuya lectura lo había impresionado profundamente desde su primera juventud.
Cuando advino en el país la dictadura de Terra, Basilio Muñoz, con más de setenta años de edad, se lanzó a la lucha con rápida decisión, con arrogancia juvenil. Durante dos años tuvo a la dictadura en jaque, sufriendo prisión, destierro y persecuciones, hasta que pudo al fin hacer efectiva contra ella la protesta armada. Lo conocimos entonces en el Brasil, sobre la frontera. El héroe de la leyenda surgió por primera vez ante nuestros ojos, en su medio natural, en la conspiración difícil, en los preparativos de invasión, reviviendo inesperadamente un cuadro del pasado. Su acción de entonces realzaba su tradicional grandeza. Y de acuerdo con esta grandeza lo vimos moverse en aquellas circunstancias como luego, cuando fracasada la revolución popular, su patriarcal figura siguió inspirando las mejores corrientes de la oposición democrática contra el régimen de Marzo. Quiso él en esos días oscuros estar junto a los jóvenes que habían sido sus soldados, y fue, por eso, un joven más entre nosotros, en la limpieza de su conciencia, en el optimismo de su ánimo, en la frescura de su pensamiento. Ahora que se ha ido, lo despide desde el fondo de nuestro espíritu, junto con recuerdos inolvidables, una grande y afectuosa veneración.

Carlos Quijano
MARCHA, 9 de Julio de 1948.
Reproducido en Cuadernos de Marcha
Noviembre de 1985

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