La propuesta de Italia
crónica de Julio C. Puppo "El Hachero
"

En la noche mansa del suburbio, el "Puerto Rico" —"O Porto Rico"— es como un cacho de alegría sacado del rancherío que duerme y tirado allí, junto a la vía, en una vuelta del camino.

Es una isla iluminada y bulliciosa en medio de la oscuridad que envuelve al arrabal.

La luz opaca que vuelcan los bailongos de cada lado de los rieles tiñe de rojo las siluetas imprecisas de soldados, policías montados, perros vagabundos, parejas enlazadas que se pierden entre los tapiales apretados de enredaderas para amarse allí un minuto silenciosamente. Se ilumina una ventanita a lo lejos, y su luz amarilla sale a jugar con las hojas del cercado que tiemblan de gozo. Después, aquella ventana oscurece y entonces se enciende un cigarrillo en el portón de madera.

La pareja vuelve a la milonga. Se anuncian en la oscuridad por el crujido del balastro. Y luego se confunden con otras parejas que van a despertar otras ventanitas.

Llegan a la calle los sonidos entreverados de las dos orquestas rivales. Parece que salieran, igual que los hombres a discutirse un amor entre las toses ahogadas del hembraje y la mirada feroz de la barra que pide sangre.

Así parten, de cada lado de la vía, las voces de "La Caída" y el "Puerto Rico".

LO MAS TÍPICO: "PUERTO RICO"

Piso de tierra. Las latas desnudas del techo sudan gotitas brillantes sobre la abigarrada concurrencia, amontonada a los lados de la pista. Hay olor a tabaco y a caballo. Hay muchas caras innobles, difíciles, grotescas.

A un costado, sobre un tabladito decorado de palmas marchitas, el bandoneón estrangula un tango malevo que acompasa el bombo candombero. Se extingue el parloteo y las risas afónicas de las mujeres. Los machos se ponen de pie con la gorra en la mano para recibir a la rea que se ofrece cachonda a sus brazos.

Parecería que pasa como una ráfaga de emoción sacudiendo las almas, y hay algo de ritual y de místico en el recogimiento con que los hombres —con el pucho temblando en el labio— miran deslizarse las parejas que ponen el alma en una media luna alevosa, provocación en el gesto, sensualismo y dolor en la flexibilidad de los cuerpos calientes que se besan.

Tal vez el tango viva ahí su mejor vida; talvez sea eso el tango hecho carne, tan reo, tan doloroso y compadrón como nació. Posiblemente se haya inspirado en los cuadriles trémulos de esa parda que arrastran las miradas sin brillo de un soldado borracho.

Por eso, allí se siente mejor su lenguaje atormentado, que refiere a cada uno un pedazo de su propia vida: visiones de cafúa y de riñas, confidencias d« amantes, traiciones de mujer, sollozos de malevo...

Los dos negros tocan y beben. Sobre ellos hay un cartelito. Dice "Viva el Ejército". Al lado, a una misma altura, este otro: "Se aceptan pedidos. Mande la vuelta". Y se les pide y se les invita porque son los amos de la situación; en sus manos está el atributo mágico de llevar un poco de ternura a los corazones endurecidos por la vida infame.

Ese entarimado es, posiblemente, el único punto neutral para las pasiones, y hasta allí no llega el odio de los hombres ni la intriga de las mujeres. Se les admira, se les reverencia, dentro de ese ambiente en que flota un machismo áspero, petulento, exaltado por la caña, la música, las miradas, condescendientes de las turras.

La historia de todos

La historia de cada uno de los que han hecho del "Puerto Rico" su refugio, es la historia de todos. Allá, en un rincón apenas alumbrado hay una pareja que reconozco. Él es un adolescente. Bajo la gorrita ladeada escapa un mechón rubio sobre su frente muy pálida. Tiene el cuello del sobretodo levantado y calza alpargatas. Ella, una muchacha que fue linda. Mismo ahora, envejecida por los vicios, conserva rasgos interesantes.

Se conocieron cuando aún lucían en blanco su prontuario, hace seis o siete años. La piba trabajaba en un taller y él, un día, a la salida, se le apiló en un portón hablándole al alma. Se quisieron. Y una noche clara y linda como un sueño, se amaron con todo su instinto amurados en el zaguán del conventillo. Talvez sin darse cuenta; a lo mejor fue la luna, quien tuvo la culpa...

Pero los padres de ella, la metieron en el Buen Pastor.

Allí se perfeccionó la pecadora, y cuando volvió al barrio, ya no era aquella la pebeta alocada que apuntaba sus memorias con los afilecitos de la esquina. Era la rea erudita, con el alma enferma de deseos y la carne encendida de placeres todavía no gustados.

Se metió en un cabaret del centro y así empezó su carrera.

La historia de uno es la de todos

Él le siguió el tren. Primeramente dejó de trabajar porque ella misma le instó a eso. ¿Qué necesidad tenía el tipo de levantarse para ir al yugo a las seis de la mañana, hora, precisamente, en que ella volvía? Además, la muchacha podía ganar bien para los dos.

Se dedicó a ella, pues. Junto con eso debió controlar sus actividades. Primero le exigió que le mostrara la plata para justificar que su tardanza se debía a cuestiones "del trabajo", pero más tarde resultó que la piba le jugaba sucio, salía por ahí de farra con algún amorcito liviano y después le mostraba el mismo dinero de la víspera. Para evitar eso el muchacho le retuvo la moneda en lo sucesivo. Y así empezó el gigolot a ser rufián.

El último puerto

El ambiente fue decayendo para la mujer en los dancings de lujo. Las privaciones, las noches sin sueño, los vicios, se acumularon en sus pulmones cansados. Y los llevó la miseria, los arrastró la corriente de la vida a ese último puerto que está tirado junto a la vía del ferrocarril, donde los vecinos tiran la basura.

Se redujo el sport de la mina y el tipo necesitó aportar algún peso para apuntalar la olla. Entonces se hizo chorro, batilana, jugador. Confidente desleal de la policía y de los delincuentes, según viera mejores probabilidades. Perdió toda su propia estimación, se formó una moral aparte y a ella se aferró como un último orgullo: ser macho, guapo, bebedor y bailarín.

Esta historia de uno es la historia de todos los que han llegado al "Puerto Rico" como al último refugio. Es la vida misma de ese malevaje que se ha reunido por identidad sentimental en el suburbio de la Unión, lejos de las miradas del mundo, a solas con su idiosincrasia, sus vicios, sus gustos torcidos y protervos.

Es la población maldita de esa isla que se enciende en las noches, poniendo animación y bullicio entre el rancherío que duerme bajo sus tapiales de madreselvas y campanillas...

crónica de Julio C. Puppo "El Hachero"
Crónicas de El Hachero
Editorial Nueva América

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                      Julio C. Puppo "El Hachero"

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