"Canuto” artista
crónica de Julio C. Puppo "El Hachero
"

Nunca tuve confianza en los atletas que desviaron su profesión hacia la de artistas.

 

Aquel primer ejemplo del gran Dempsey en "Un Millón de Trompadas" a quien siguió Carpentier con otras películas y luego Paavo Nurmi y el mismo Weissmuller, en fin, dejaron todos un saldo desfavorable en la impresión popular.

 

Se me ocurre esto frente al caso nuevo de una película criolla donde trabaja, haciendo el papel de general, nuestro antiguo campeón Ángel Rodríguez.

 

Nada más que la mención del rol que desempeña bastará para formarse idea de la forma en que lo hace.

 

No me voy a meter a crítico, entonces.

 

Pero es de destacarse la debilidad manifiesta que la gente del músculo tiene por el tinglado o la pantalla.  

 

 

En ese sentido no es despreciable la performance de Lavignasse; el popular "Canuto" que vemos en la avenida marcando con un golpe de cabeza —como si metiera un goal—, cada vez que levanta una pata del suelo.

 

"Canuto" fue siempre un artista.

 

Digámoslo en honor a la verdad. Por lo menos, siempre tuvo alma de artista.

 

Recordemos, si no, aquella pelea donde asistió a Bonchiani como segundo.

 

"Musolino" se estaba ligando un gran pesto. Le habían cambiado la cara. Y aquel gesto, más o menos optimista y apacible que siempre le acompañó, se había transformado en una máscara brutal, agresiva, soez.

 

Así lo advirtió Lavignasse.

 

Entonces, cuando lo tuvo en el rincón, se le acercó al oído y le dijo:

 

—Sonreí, otario. Sonreíle al público así te haces simpático!. ..

 

En ese detalle estaba patentizado el sentido plástico de "Canuto".

 

Y andando el tiempo, los hechos vinieron a confirmarlo.

Un día, alguien vino a avisarnos que Lavignasse trabajaba en el Albéniz.

 

No lo creíamos. Era un poco raro.

 

Sin embargo, el otro insistió y fuimos a verlo. Ansiosos. Expectantes.

 

Levantaron el telón y empezamos a analizar cuidadosamente, una por una, todas las caras, tratando de hallarlo bajo el disfraz. No estaba.

 

—Vendrá después, — pensamos.

 

Siguió la comedia. Terminó el primer acto y empezó el segundo y "Canuto" no aparecía. ¿Nos habrían engañado?

 

Y estaba por terminar la obra y ya desesperábamos en­contrarlo, cuando se produjo el acontecimiento.

 

Al escenario entra un guardia civil. De casco blanco y de botines amarillos. Debe ser algún modelo de campaña.

 

Allí adopta una actitud digna, se cuadra, y habla en esta forma:

 

—Señor; está preso.  No se resista porque es inútil.

 

Y salió con el detenido, seguido por sus zapatos amarillos.

 

Era "Canuto"!

 

Después explicó a sus amigos que el papel era un poco ingrato y que él lo había modificado en lo posible.

 

Eso de "no se resista', por ejemplo, no figuraba en el libreto.

 

Lo agregó él —era de su cosecha!— para darle más brillo.  

 

 

 

Porque si hay algo que reconocerle a Lavignassé, es eso. Su espíritu inquieto, innovador.

 

Para ponerlo en práctica se hizo empresario de un circo. Se llamó "La Chilena".

 

Representaban obritas de carácter gauchesco, y un día le tocó el turno a Juan Moreira.

 

"Canuto", encarnando al legendario personaje, estaba conmovedor. Su daga, puesta al servicio del amor y de la justicia, era una centella para abandonar el cinturón. Allí comprendimos todo el valor y toda la nobleza del alma criolla.

 

Juan Moreira, paisano altivo con los fuertes; generoso con el débil, amante de su nido, era el símbolo vivo de aquélla raza perseguida por la civilización, corrida por las leyes.

 

Y le tomamos un profundo cariño y sentimos estreme­cernos cuando se le preparó la emboscada policial.

 

Uno a uno van saliendo los milicos. De atrás del aljibe; de atrás de los árboles; de entre las sombras dé la noche trágica.

Llevan fusiles a bayoneta calada y esgrimen largos sables, que lanza destellos siniestros.

 

A ellos tendrá que oponer Moreira su facón y su pecho.

 

Es una lucha muy desigual.

 

Sin embargo, Dios que protege a los buenos, tiende su mano al gaucho.

 

Cae un soldado con el vientre abierto de un tajo. Cae otro con la cabeza partida. Los canallas hacen un terrible ruido de latas al caer. Los aceros chispean ardientes en manos de aquellos hombres. No se dan tregua. Otro soldado es tocado en el corazón. Van quedando muy pocos.

 

Y el público observa sobrecogido de espanto el terrible duelo.

 

De repente un grito desgarrador, angustioso, se filtra en el alma del gaucho y lo agiganta aún más:

 

—Dale Lavignasse; no le aflojes.

 

Y cae el último esbirro y el gaucho atare los brazos hacia un porvenir libre y feliz.

 

Fue esa la única vez que Juan Moreira no murió.  

 

 

Y así vale la pena!

 

Otra vez tuvo que hacer el triste papel de tuberculoso.

 

Al levantarse el telón debía aparecer una cama con él, enfermo, agonizante.

Pero se calculó mal el tiempo, sin duda, y la escena quedó descubierta cuando recién iba a acostarse. Lo agarraron infraganti; con una pierna en el aire. Cualquiera, en su caso, se hubiera tomado un gran azareo. El no. Dando pruebas de una serenidad extraordinaria, de una presencia de ánimo poco común, se metió en la cama a esperar los acontecimientos futuros.

 

Empezó a toser. Está muy demacrado. Evidentemente, el terrible mal ha hecho crisis en su pobre organismo. La cara afinada, amarilla, apenas se dibuja sobre la almohada.

 

Entra la madre trayendo la medicina que de poco ha de servirle. Apenas para prolongar unas horas más su agonía.

 

El enfermo se incorpora penosamente. La tos le sacude el cuerpo. Parece que junto con ella se le fuera la vida.

 

Con todo, levanta el busto.

 

Entonces, a la vista de todos, apareció un pecho amplio, abierto, hercúleo; unos hombros redondos y macizos, unos brazos como raíces de ombú.

 

Algunos que no comprenden la tragedia del instante, se pusieron a reír.

 

Otros, ya más desaprensivos, hablan y bromean en voz alta.

 

Otros patalean en los tablones; otros, en fin, querían serruchar el palo mayor de la carpa.

 

Así era de grande su bienestar!

 

Pero ajeno a todo, con sincera convicción artística, "Canuto" bebió el remedio de manos de aquélla madre, tosió más fuerte, y dejó caer su cabeza desvanecida, sobre la almohada del dolor!...  

 

 

 

 

Sería ingratitud olvidar estas cosas que tan hondamente nos han impresionado.

 

Por esto vengo a recordarlas hoy, en que tantos —con menos aptitudes y méritos que Lavignasse—, ya se tienen por artistas.

crónica de Julio C. Puppo "El Hachero"
Crónicas de El Hachero
Editorial Nueva América

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                      Julio C. Puppo "El Hachero"

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