Vigencia de Elías Regules 
Dra. Sylvia Puentes de Oyenard

Quiero agradecer, como médica y poeta esta deferencia de la Sociedad Criolla “Dr. Elías Regules”, que me permite honrar al escritor y al hombre de ciencia y decirles:

 

El gaucho nació como el árbol, haciendo suya la tierra. Conoció el vuelo de los teros alertas, el canto de las calandrias, el frescor del rocío sobre el pasto intacto, el sol de una aventura que fue mojando de gloria los macachines y los cardos que abrieron entre el Cuareim y el Plata.

 

Elías Regules también creció en esta clara geografía y amoldó su cauce al nuevo tiempo de una patria que se jugó –de pie sobre la sangre- el destino de muerte o libertad.

 

Nombrarlo  es descubrir  facetas, de la que abordaremos una, la creación artística. Por ella transitó en distintas vertientes: poesía; teatro -original y adaptación- y narrativa.

 

Si hundimos las raíces en la primitiva poesía gauchesca nos remontamos a comienzos del siglo XIX, donde Bartolomé Hidalgo, con sus famosos “cielitos” comenzó una historia que abraza el tiempo y eleva la figura del gaucho, denostado en etapas anteriores.  Distintos poetas, épicos y líricos, cantando las contiendas o el paisaje, construyen el perfil literario que nos  da  identidad.

 

El gaucho está presente en cada una de esas páginas, ya sea  dando sustancia a la anécdota o convirtiéndose en protagonista del tema. Y si bien es una figura de prestigio, que se deja oír en los primeros tiempos, va perdiendo fuerza y así habla Chano en diálogo con Contreras comentando la situación política en esta margen del Plata:

“En diez años que llevamos / de nuestra revolución / por sacudir las cadenas de Fernando el balandrón: / ¿qué ventaja hemos sacado? / Las diré con su perdón. / Robarnos unos a otros, / aumentar la desunión, / querer todos gobernar, / [...] / resultando en conclusión / que hasta el nombre de paisano / parece de mal sabor”.

Y ese mal sabor es el mismo que perdura a través  de las décadas y de las guerras intestinas en las que se debate el país, y cuando resurge el tema, hay  una visión realista y negativa del gaucho. No podemos ignorar el Facundo (1845) de Sarmiento, donde se lo señala como principal culpable del atraso cultural del país ni el primer retrato ofrecido por Hilario Ascasubi en Santos Vega allá por 1850.

           

El uruguayo Antonio D. Lussich, a quien Borges considera precursor de la poesía gauchesca y antecesor del Martín Fierro,  da a conocer Los tres gauchos orientales (1872). Tal vez lo recordemos más por el arboreto que es parte de su obra para la comunidad, pero en este libro relata una gesta de la que participó: la Revolución de Timoteo Aparicio y la Paz de abril. Otros volúmenes le dan continuación a los episodios, pero lo importante es que quiso –como el afirma en carta a su editor-: “pintar tipos de una raza que podría llamarse legendaria y, que por ley dominadora del progreso, tiende a desaparecer, dejando empero como herencia para las generaciones venideras el recuerdo de su virilidad, inteligencia y patriótica abnegación.”

 

Seis meses después, en Argentina, José Hernández  publica la primera parte de la obra cumbre del género, la segunda verá la luz editorial siete años más tarde. Allí el héroe lírico es reclutado por el ejército argentino para pelear contra los indígenas, pero al desertar se convierte en fugitivo de la ley. El gaucho es la contrapartida de la influencia europeizante y de la corrupción de la clase política.

 

Lussich y Hernández defendieron al protagonista que dio su vida en la campaña, ya fuera en faenas o enfrentamientos, pero fue marginado del poder. 

Martín Fierro alude a una idílica primavera inicial :
           

“Yo he conocido esta tierra / en que el paisano vivía / y su ranchito tenía / y sus hijos y mujer... / Era una delicia el ver cómo pasaba sus días.”

Y denuncia la situación:
            “Es el pobre en su orfandá / de la fortuna el desecho, /

             porque naides toma a pecho / el defender a su raza; /

             debe el gaucho tener casa, / escuela, iglesia y derechos”.

Las transformaciones  sociales  son el marco de este hombre que fue Prometeo y ahora es devorado por la indigencia. La respuesta de los escritores y amantes del campo, no se hace esperar, surge un movimiento nuevo, se crea la Sociedad Criolla y la revista “El Fogón”, pioneros de los  ideales tradicionalistas del continente, que  a partir de 1895 se convierten en enclave de reunión.  Regules tiene en esta actividad un protagonismo insoslayable. Los concurrentes son ciudadanos cultos, muchos de ellos universitarios  que temían que los cambios, y las olas inmigratorias, hicieran desdibujar la figura del gaucho y sus valores.

 

Se ha dicho que “no se trataba de un órgano de folkloristas académicos, sino de una especie de foro en el que hombres cultos y nostálgicos asumían semanalmente las personalidades bastante idealizadas de los pobladores del campo.”  No son todos uruguayos, también está Trelles, el Viejo Pancho, nacido en España.

 

Del tono popular, de la espontaneidad, se pasa a un cultivo más cuidado de la métrica y del tema y, con Elías Regules, se enriquece el acervo con versos de estructura regular, de sensible inspiración, que provocan placer al ser repetidos y que así van creando la figura del personaje que se hace conocer más allá de fronteras. A pesar de su formación cultural, su poesía es recordada por integrantes urbanos y rurales, entendiéndose por tal aquellos que vivían en el campo y no tenían otra formación que  la de la vida.

 

José Podestá, el afamado hombre del teatro rioplatense en sus memorias recuerda una anécdota que nos habla de las primeras etapas de Regules en el teatro:

 

"Nunca olvidaré la primera representación de "Moreira" –dice Podestá-, pues aparte de su enorme éxito, como no se vio otro en Montevideo, tiene para mí el recuerdo de haberme sido presentado, después del espectáculo, Elías Regules padre, cuya oportuna y entusiasta intervención habría de cooperar al mejoramiento de nuestra rudimentaria obra, inicial y precursora por muchos conceptos en nuestro Teatro y en la difusión de nuestro folklore.


La primera observación del señor Regules, fue para que cambiáramos el Gato por el Pericón, pues era esta danza más apropiada y de mayor efecto para la fiesta campestre del drama; pero no lo conocíamos y él se comprometió en el acto a darnos las lecciones necesarias. Fue cosa instantánea: al otro día de mañana el señor Regules congregó en nuestro local un grupo de guitarreros orientales conocedores de la música del Pericón, y él personalmente nos dirigió, con tanta eficacia que esa misma noche, sin aviso previo, lo bailamos ante el público con delirante suceso."

 

Elías Regules, fue colaborador y consejero desinteresado y entusiasta de Podestá para quien realizó una adaptación del Martín Fierro (1890). Años  más tarde dio a conocer El entenao (1892) y Los guachitos(1892), obra amena, que hace referencia a dos hijos que quedan sin padres y no a dos gauchitos, como se reitera en algunas notas. Es un primer paso en el género dramático que adquiere aristas propias y abre el camino que encontrará en Florencio Sánchez cabal representación.

 

Regules también publica por entonces Versitos criollos (1894), Versos criollos (1900, donde amplía y corrige el anterior y queda como definitivo); Renglones sobre postales (1908), Veinte centésimos de versos (1911) y Mi pago en 1924, que es un homenaje y evocación a las proximidades de Malbajar, donde pasó su infancia. No por azar se abre con una referencia a Rafael Obligado: “¡Ingrato, ingrato si el recuerdo suyo/ arranco al corazón;/ si yendo en pos del oropel mundano/ el hombre olvida lo que el niño amó!”

                                                                                                                    

Entre esas páginas viven “Mi tapera”, de larga tradición en nuestra literatura, décimas emotivas, homenajes, relaciones para “El Pericón”. En todos los poemas hay fino humor y gusto por el decir campero. Recordemos esta relación:

C-Si me ve muy pensativo

Y con facha de cobarde,

Es que me tienen cautivo

Los recuerdos de esta tarde.

 

D-Para impedir que esa pena

Lo lleve hasta suicidarse,

Póngase en la frente ortiga

Y se entretiene en rascarse.

O bien transita la décima que, en estos “Solos del campo”, nos dan la dimensión de su lirismo:

Yo soy el glauco castillo

Que en el monte se guarece,

Soy la savia que florece

Dentro de un manto amarillo,

Soy la flor del espinillo

Que prodiga su agasajo,

Soy la que tiembla en el gajo

Para exhalar un tesoro,

Yo soy la cachimba de oro

Que brota con el trabajo.

Otras veces la estructura del verso es pretexto para una “Payada”:

X-Ya estamos en el camino,

Prepárese compañero,

Acomódese la vincha

Y monte su parejero,

Que la vamos a correr

Con empeño y afición

y el que gane ha de meniar

Mucho rebenque y talón.

 

Z.-Me gustó la convidada,

Y ya que prontos estamos,

Doy por hechas las partidas

Y le grito juerte: Vamos.

Si su pingo es ligerón

Bajelé nomás la mano,

Y cantemé lo que sepa

Sobre el gaucho americano.

X.-No se va a dir con las ganas,

Pues el gaucho, a mi entender,

Es el tipo de una raza

Que no se debe perder.

Es el hijo de los campos,

Que da pan a la ciudá,

Es el brazo que al pueblero

Le dio patria y libertá.

Imposible citar todos los poemas, pero sí digamos que no se ciñe a una estructura, puede transitar con holgura  versos de siete y cinco sílabas,  por ej. en “Al pasar” donde recorre con sensibilidad un tema que le es muy caro:

...Cubre el poncho nativo

su cuerpo rudo

y un chiripá bordado

duerme en sus muslos

mientras la brisa

desenvuelve los pliegues

de su golilla.

También la música se recrea en las obras de Regules, nos cuenta “Avlis” que  en 1901 Gardel se encuentra en la villa de Tacuarembó, trabajando como ayudante de cocina en el Hotel Español (Fonda Gaye) donde se hospedaba Luis Villarrubí, maestro de canto y uno de los fundadores de la Sociedad Criolla Dr. Elías Regules. Sería él, quien a pedido de Carlitos de que le enseñara “esas cosas lindas que Ud. canta”, le habría hecho conocer estilos y tristes de Elías Regules. Otro grande de la música, Eduardo Fabini, se inspira en Regules para un “Triste”.

 

Alberto Zum Felde, sin embargo, ve a Regules como escritor de triviales tropos románticos sin considerar que uno de sus valores fue rescatar el habla del paisano, darle prestigio y hacer que se escuchara la voz del gaucho en un medio seducido por el parnasianismo francés.  No por azar cuenta Jorge Luis Borges en “El otro” que estando al norte de Boston, en Cambridge, a fines de los 70´:

No había un alma a la vista.
           

Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules.”

 

¡El poema que naciera del reencuentro del poeta con Malbajar  había cruzado el tiempo!         

 

¿Y cómo llamar ese camino que comenzó a fines del siglo XIX cuando puso de relieve el legado de la tradición: criollismo, nativismo, gauchismo?

 

Para Silva Valdés la poesía campesina se divide en dos: la de antes, la criolla o gauchesca y la moderna, de formas libres, que él cultiva a partir de 1921. El campo sigue siendo materia literaria, aunque no se copien con fidelidad sus expresiones.  Los nativistas cantan a la tierra con lenguaje culto y moderno; cantan a las cosas del campo con lenguaje de la ciudad. ¿Pero no es lenguaje culto también esta magnífica estrofa  de Regules?:

Rozando el pecho en la arena

sobre un bajo dilatado

corre un arroyo asustado

como huyendo de una pena.

Una silvestre azucena

sonriendo en el borde está

canta en el monte un sabiá

y los ceibos al dar flores

bañan sus lindos colores

en flores de arazá.

(“Por ella”)

Quiero destacar estos versos: “sobre un bajo dilatado/

corre un arroyo asustado/ como huyendo de una pena.” Son alta poesía, magníficas metáforas, sin embargo,  Mario Arregui se empecina desde más de una obra de ir contra ese tradicionalismo que fue eje impulsor de una corriente que se concretará años más tarde con otros autores, pero que le cabe a Regules poner en primer plano de la actividad sociocultural. Ángel Rama escribe en 1961 un artículo de “Marcha” que titula: “Elías Regules: la gauchesca domesticada”.

 

¿De qué  acusan a Regules? Del apoliticismo, pues todo lo que buscaba era recuperar el venero de un rico legado que se estaba enmoheciendo. Sin embargo, en esos años, los de Rama, el compromiso político de la poesía gauchesca fue innegable, incluso en la lucha armada, lo que ese extendió más tarde al canto popular.  

           

Por distintos caminos confluyen Rama y Arregui en el anticriollismo.

¿Pero es esto acaso lo que busca Regules?              

 

No,  Regules  busca el criterio estético y él mismo va evolucionando, es fácil advertirlo en los poemas que dedica cada aniversario a la Sociedad Criolla:

Como si un broto de vida

Sobre todo se extendiera,

Pide al sol la primavera

Su vestimenta florida.

La yerba buena dormida

Deja su sueño inocente:

Y decorando el ambiente

Quebrachos, molles y talas,

Sacuden sus nuevas alas

al borde de la corriente.

(“Renacimiento”, 1896)

Treinta años después escribe:

Cuando las aves su clarín templaron

Soltando al alba su canción sonora

Y lo dormidos pastos despertaron

Movidos por la flecha de la aurora,

 

La vi con su bandera azul y blanca

De roja diagonal, quebrando el viento,

Sobre el verde tapiz de la barranca

Donde Artigas corona un monumento.

(“Esta madrugada”, 34ª aniversario)

El cuento es el viejo deseo de los hombres de saber de sí mismos. El hombre que cuenta, canta y el hombre que canta crea. El cuento es un mensaje al corazón de los hombres que detienen su vida para escuchar la voz que lo repite o crea.

 

El cuento nació en los fogones, se repitió con besos furtivos a la botella, recreó situaciones, se extendió por los campos y rebotó en las cuchillas. Regules lo cultiva en Pasto de cuchilla (1904) que aborda la narrativa con jugosos comentarios, recreando el habla y el lenguaje del paisano con picardía.

 

Tenemos que ubicarnos en el contexto de una época en que Uruguay vivía el deslumbramiento de lo foráneo, donde la intelectualidad se debatía entre el Consistorio del Gay Saber y la Torre de los Panoramas, en el que Rodó daba a conocer Ariel y se hacían escuchar otras voces. Hay una generación que se  debate entre distintas corrientes literarias que comprenden el naturalismo zoleano en narrativa y teatro, y tendencias esteticistas, parnasianas, simbolistas y de realismo literario en poesía. En el área filosófica se impone el positivismo spenceriano y el pensamiento de Nietzsche, decae la fe religiosa y hay diversas ideologías políticas.  El modernismo se abre paso y un médico, con alma de poeta, con amor a lo nuestro, canta al campo, al gaucho y a sus cosas.

 

Elías Regules tiene la mirada puesta en la realidad nacional, sin desconocer otros horizontes.  Su americanismo no es una postura, es un mandato, a tal punto se impone que nutre su acción.  Lejos está del “gauchismo cósmico” de Ipuche que buscaba cierto esoterismo.

 

La obra de Elías Regules es un cántaro de frescura, refleja la realidad y, con suspicacia, pinta situaciones que involucran su profesión, como en el cuento donde alude a lo que cobran sus colegas. Detengámonos en su lectura y disfrutemos las peripecias del diálogo entre dos paisanos cuando uno vuelve “de las casas amontonadas” y cuenta lo que pasó: 

 

Esquila en el pueblo

 

-Adiós amigo Machao, ¿dende cuando por el pago?

 

-Cómo le va Ño Agapito? ...hace una docena de días que ando relinchando en la querencia.

 

-¿Y qué tal le fue por el rodeo de las casas amontonadas?

 

-No me toque en ese lao, que me ha salido un nacido. Por mas que le meta talón, Ud no es capaz de endevinar los pantanos en que me he zambullido.

 

-Baje las trancas y déle puerta.  Cuando se resuella en el poblao, siempre se encajan en las maletas algunas cosas raras con que noticiar a los amigos.

 

-Puede que haya embocao; pero, si se embretan apuros medios amargos, se pone la lengua reculadora y le cuesta caer al cuento.

 

-Déjese de mañerear y tírese al paso. Gomite lo que trae entre pecho y lomo, que descargando la carreta los güeyes  tiran mejor.

 

-Pues no me ha de señalar como paisano rogao.

 

-Le voy a soltar sin hacer partidas.

 

-Largue de un viaje.

 

-Llegué con la tropa, dentré  a la Tablada, vendí con bagualas ventajas, encerré en el potrero del cinto las doradillas y me largué a la fonda, donde churrasquié a lo cajetilla y me acosté pa refrescar la osamenta.

 

-Hasta ese pedazo no veo tiento ramaliao.

 

-Aura comienza lo desparejo. Cuando disperté tenía los caracuces como retobaos en puñaladas, por titos costaos salían dolores, la cabeza estaba cargada de barreniadores que le metían maniobra con empuje y por el cuero me corría un dolor machazo, como si el sol se me hubiese arrimao a pegarme un soplido.

 

-Dejuro, alguna peste le había entrao sin pedir permiso.

 

-Verá.  Vino el fondero, me vido, quedó de asustao pa arriba, dijo que tenía que avisarle a un Comisario de no sé que pueblo, y que iba a trair un médico.  Yo le retruqué que eso no le importaba al Comisario, pero el hombre no me hizo caso y se mandó mudar, naquianao hasta las liendres.

 

-¿Es decir que allá no puede uno enfermarse sin dir al cepo?

 

-Asigún el de la fonda , parece que sí.  Yo me envolví como cigarro en el poncho y aguardé.  Al rato cayó el fondero con un galerudo muy serio, con vidrieras ensartadas en la naríz pá mirar mas lejos y un palo negro en la mano del lao de enlazar.

 

-Carrero de á pié.

 

-Sujete que hay cerco...era el dotor que traiba el fondero de tiro pá que me desanimase.

 

-¿Hágame montar de salto! ...¿y pá que era el palo?

 

-No me animé a preguntarle.  El dotor se arrimó despacio, pidió una silla, acomodó en ella la sombrera y el garrote, se golpió la zurda con la de escribir y me miró por detrás de las vidrieras , amacando los ojos.

 

-De siguro que le estaba tomando reclaraciones a la enfermedá.

 

-Dispués tosió lerdo y me preguntó si mi padre me había comido pasteles en Viernes Santo ó en la fiesta de alguna trilla.  Se acercó receloso a la cama y me manotió por la muñeca.  Carculé que ya estaba preso y esperé el aviso.  Peló el reló y miró un güen rato.  Me afiguré que aquello era pa apuntar el momento en que me había prendido.

 

-Quien sabe si era reló; talvez juese maquinaria de descubrir pestes.

 

-Por juera era como reló.  ¡quién va a saber lo que tenía adentro! Me acomodó un tubo de vidrio en el sobaco, me pegó unas trompadas en la barriga y se me acostó en el lomo a escuchar lo que yo podía conversar solo. ¡Viera mi apuro, pensando que el hombre iba a descubrir mis secretos!  Pero me dio coraje, porque dispués de sestiar sobre mis costillas, me hizo que le sacase la lengua.

 

-Eso era pa darle confianza.

 

-Quién sabe. Escrebió en un papel , me dijo que lo tomase, se acomodó la de criar piojos, cazó el tramojo y sin decir :hasta luego, se hizo perdiz on vidrieras y maquinaria.

 

-¿Y usté se tragó el papel escrebido?

 

-¡Diaonde!...el fondero se lo llevó y volvió al rato con 18 frascos y 4 jarros con  unguentos.

Yo me lo puse rienda arriba y le hice saber que había errao el tirón, que no estaba dispuesto a tragarme aquellas porquerías, que mi panza no era gasurero pa encajarle las sobras de su boliche y que se guardase los ungüentos pa refregrarse el umbligo cuando lo atropellase la sarna.

 

-Poco pero feo. Es claro que el fondero no le habrá entendido.

 

-Me parece que comprendió, porque se dio güelta y abollo la puerta con la punta de una herradura.

 

-¿Y el frasquerío?

 

-Quedó allé en espera de un zonzo que lo vaciase.

Yo me levanté y escondí aquella carga de aguas sucias debajo de la cama, pa que no golviese el de la fondo a empezarse en hacermelas tomar.

 

-Y su pidemia, ¿cómo andaba?

 

-Con la faina de arreglar el frasquerío , se me empezaron a retorcer las tripas , se me subió al tragadero tuita la carga de los chinchulines y comenzó a salir inmundicia por la boca!  ¡Qué cosa de llamar gente pa que viese! ...¡ como pipa y media! ...

 

-Si hubiese sido en el campo crecía el arroyo.

 

-Y se augaba el ganso.  Al otro día, vino el dotor, vido que estaba mejor y me vomitó este consejo: siga con lo mesmo.

 

-Dispués de agarrar rumbo, cualquiera se hace baquiano.

 

-Ansina estuvo mirándome quince días y al último yo me remangué a decirle que me iba pa ajuera, que ya estaba güeno y que me pasaba de hambre.  El dotor se puso mas serio y me alargó un papel apadrinao con estas palabras: -Esta es la cuenta. No son más que cien pesos.

 

-Se lo levantó en la jerga como cascarón de mata.

 

-Y en ancas al fondero con otro papel y el apunte de la frasquería.

 

-Lo habían maniao en la cancha y se lo iban a esquilar.

 

-Pero, el carnero se desmanió y enderezó campo ajuera... Salté de la cama, hice culebriar el cinto, les tiré unas monedas, como soquete a los perros , y les dije que se conformasen, que entuabia les daba de más, que la oveja les había  salido criolla y de barriga pelada y que si querían otras explicaciones que aguardasen al invierno, si eran muy guapos....pa el frío.

 

-Y como acabó la penca?

 

-De este modo. Yo levanté el campamento y ellos se quedaron haciendo  la repartija.

 

-¡Ánima de Dios!... ¿y usté se curó con los humos del frasquerío?

 

-No sea mula que lo enfrenan. Yo me curé con la lanzada...

 

En 1979 don Julio da Rosa intentó recobrar parte de un legado literario que se estaba debilitando al editar Cuentos criollos, y ante la pregunta a sus familiares de porqué no estaba Regules, reaccionaron con asombro: “-No sabíamos que hubiera escrito cuentos.”

 

Esta es nuestra invitación: reeditar a Regules con sus mejores versos y sus cuentos.  La crítica debe imponer un nuevo espacio de reflexión para el tema de la literatura rural o no urbana y reivindicar, como se hace hoy, el nombre de un patriarca que dio lo mejor de sí, entre sus múltiples tareas, para cantar  con alma de zorzal y temple heroico:

“Vivo feliz con sangre americana,

yo no tengo vergüenza de mi raza”.

Muchas gracias.

Dra. Sylvia Puentes de Oyenard, 21 de marzo de 2006.

Paraninfo de la Universidad de la República.

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