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En el Día Internacional de la Mujer
Homenaje a todas y a cada una de las que, desde distintos ángulos,
hicieron camino y patria al construir familias.
 
 

Josefina Gelós de Sorhuet
Sylvia Puentes de Oyenard
sylpuen@internet.com.uy

 
 
 

La desaparición física de Josefina Gelós de Sorhuet ha conmocionado nuestro espíritu que vio en ella a la heroína de un mundo familiar y circunscripto, pero capaz de proyectar su imagen a toda la sociedad. Una sociedad que se construye en las luces y sombras de sus diferentes personalidades, pero que se sustenta en el pilar de la familia, único e insustituible factor de crecimiento desde las culturas primitivas hasta hoy.

Conocimos a Josefina Gelós en el laboreo de su hogar, en la compañía de su esposo, en la ternura de los pequeños gestos, en la generosidad de la entrega cotidiana. Su mirada no fue conmovida por otra pasión que la del bien y el amor que prodigó a quienes la rodearon. Ser mujer, para ella, fue sentirse, como  Circe Maia, detenida en túnica y pañales, en el gesto de amor –pájaro en vuelo-, para descubrir la honda poesía del silencio, de la sonrisa-niña o la cocina. Sus horas “fuertemente tramadas / están hechas de fibras resistentes / como cosas reales: pan, avena, / ropa lavada, lana tejida. / Cada hora germina otras horas / y todas son peldaños / que ella sube y resuenan. / Sale y entra / y se mueve. / Y su quehacer la ilumina”.

Iluminada sí, para resplandecer en la fragua de ese hogar-ejemplo que formó durante más de cuatro décadas con don Luis Alberto Sorhuet. Y no es fácil ser la heroína de la pequeña-gran empresa doméstica: tiempo y

Josefina Gelós de Sorhuet

esfuerzos se diluyen, las gratificaciones tardan, el terreno es resbaladizo y la ponderación cuesta más que el éxito. Nuestro dolor nace de la admiración que sentimos por esa mujer que supo encontrar la armonía vital entre las paredes de su casa. Por eso bien pudo decir con la poetisa: “Sobre el mantel, después de haber comido / -nos habíamos ido ya todos de la mesa- / qué presencia tan fuerte de realidad y reposo: / los vasos en su vidrio, la jarra con su leche / tranquila luz cayendo sobre el río de loza. / Y es como una alegría de miradas y tactos: / color de pan, saber de agua, blanco / blanco de arroz, de azúcar, de silencios, de harina. / Pero además, qué quietos, / qué quietud de seguro contento, qué apoyados / qué reales, qué fuertes”.

Josefina Gelós no precisó otros testigos para su conquista. Allí estaban sus hijos: María Josefina, Beatriz María, Luis Alberto, Hernán, María Noel, Guillermo, María Laura y María del Pilar. Allí también su esposo y nueve nietos. Nada más hacía falta a quien primero se conquistó a sí misma, para luego entregarse en dación continua. Nacida en Durazno, en un prestigioso hogar, recibió las primeras enseñanzas del ejemplo y fue educada en la fe cristiana, la que mantuvo y acrecentó con templanza.

Su biografía escapará a los anales de la historia, pero no al de la patria que ha recibido el legado de una familia que es baluarte para su formación. Su vida se extinguió un jueves santo, con la paz que Dios reserva a los elegidos, a aquellos que aprendieron que “no basta con tirarse en la cama para estar en paz; ni siquiera en el sepulcro”. Compartimos con Zorrilla de San Martín que “la paz es una actividad”. Hay que construirla siendo mejores cada día. “Goza sólo de aquello que estés seguro viene de la mano de Dios, y así hallarás el goce aún en el dolor. Y hallarás paz en el soñar de la vida, y en el de la muerte”.

Estamos seguros que Josefina ya la encontró.

Sylvia Puentes de Oyenard
sylpuen@internet.com.uy

Publicado, originalmente, en "El País", Montevideo 31 de marzo de 1991

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