Venganzas del porvenir

Ricardo Prieto

El porvenir no debe contarse. Esta prohibición, que acatan casi todas las personas sensatas, fue desafiada por Eriana Utopi. Yo narraré el cúmulo de desastres que le sobrevinieron por esa causa.

Durante el atardecer de un solitario domingo la predestinada mujer estaba hamacándose junto a la fuente que había en el jardín de su casa, cuando vio reflejarse sobre el agua el más remoto pasado de la especie y también su horrible porvenir, mientras una voz que no era de este mundo le susurraba a los oídos que no transmitiera lo que veía.

Apenas desaparecieron los reflejos, la clarividente se levantó y corrió hacia la calle para informar a sus vecinos de lo que ocurriría en la tierra.

Una semana más tarde todos sus coterráneos conocían las infaustas noticias. Alrededor de la casa merodeaban curiosos, astrólogos, profetas y periodistas que deseaban ser recibidos por la persona que se había conectado con los registros donde está plasmada la historia del universo. Pero ella ya había brindado su testimonio y no quería hablar más. El insondable mutismo en que se sumió parecía confirmar que había sido destinataria de un mensaje metafísico.

Después de aquel misterioso acontecimiento la casa de Eriana Utopi se desmoronó sobre sus cimientos y los mastines que la custodiaban perdieron los dientes y el pelo; sus ojos, llenos de furia, se descolgaron de la cabeza.

Como si todo eso fuese poco, seis sirvientas que se ocupaban de la mansión quedaron inexplicablemente encerradas en un ascensor, donde se transformaron en hienas. Uno de los hombres que las rescató fue destrozado por los dientes de aquellas fieras.

La gente que vivía en la ciudad se espantó de que se hubiesen producido las catástrofes anunciadas, y la noticia circuló por todo el planeta.

Cierta mañana, la visionaria contempló cómo el mundo vegetal que rodeaba su mansión era arrancado por una mano invisible; los árboles, las plantas y las flores se desprendieron de la tierra y formaron una inmensa esfera verde que rodó ante sus ojos y se elevó como un globo. Nadie pudo ubicar después esa fantasmal alimaña, pero el jardín quedó convertido en una planicie negra y reseca.

Los científicos más eminentes se reunieron para deliberar sobre el origen de aquellos fenómenos. Pero la ciencia que hay en este mundo es consecuencia de la inteligencia del ser humano y sería inútil esperar de ella algún grado de sabiduría.

La casa dejó de sufrir asedios porque su aureola de embrujamientos y hechizos ahuyentaba a los merodeadores. Por ese motivo ningún ser humano vio lo que ocurrió dos meses después de la transformación del jardín en esfera invisible, cuando la mujer se achicó hasta adquirir la dimensión de un fósforo.

Al desaparecer para los ojos vulgares, incapaces de apreciar las dimensiones microscópicas, fue dada por muerta. Algunos dijeron que había sido devorada por el demonio que se atrevió a invocar para conocer los secretos del porvenir.

Como la memoria de los hombres es aún más frágil que su caridad, nadie se acordó de los exactos vaticinios de Eriana cuando empezó a caer una lluvia roja que ensangrentó toda la tierra; cuando se murieron los pájaros y las casas se desmoronaron; cuando extraños múridos se precipitaron desde el cielo y los árboles empezaron a caminar gimiendo como almas en pena; cuando los hombres se convirtieron en caballos de hocicos verdes y las mujeres en hienas.

Pero si en la tierra hubiese quedado alguien en condiciones de observar el mundo infinitesimal, vería aún hoy con asombro a Eriana Utopi caminar en silencio por la inmensidad del planeta destruido. La vería tan absorta como siempre, indiferente a los gigantescos caballos y a las feroces hienas que se devoran entre ellos a su alrededor.

Ricardo Prieto
Desmesura de los zoológicos
Editorial Proyección, Montevideo, 1987 

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