Usurpación

Ricardo Prieto

El insecto o alimaña, para llamarlo en cierto modo, apareció el día en que Elizabeth Moser se acostó a comer un racimo de uvas. Trepó por las piernas de la mujer hasta su mano, y dijo:

– ¿Me permite?

Ella lo miró con indiferencia. Las uvas estaban demasiado ricas y no era oportuno distraerse con intrusos.

– Veo que si –dijo él, y a falta de respuesta endureció sus patas crispadas.

La comensal tragó con avidez varias uvas juntas y su vientre inmenso se dilató.

– Usted come demasiado –continuó el desconocido–. De un tiempo a esta parte vive devorando alimentos.

A Elizabeth Moser no le agradó el tono que había usado aquella especie de gusano cuya voz parecía de vieja envidiosa y maligna. Pero admitió que la afirmación era exacta: hacía meses que desayunaba con un pollo, almorzaba con un buey y merendaba con medio caballo. Por la noche, y para hacer dieta, tomaba agua. Eso fue lo que dijo:

– Por la noche, sin embargo, sólo bebo agua.

Se sintió satisfecha de haber pronunciado la palabra "bebo" con afectación. Era necesario demostrarle a aquel imbécil que ella era una gorda delicada.

– Admito que por la noche sólo bebe agua –exclamó el esperpento–. Pero cualquiera de sus piernas, querida amiga, pesa treinta y seis kilos.

La mujer se horrorizó: el insecto acababa de rozarle el muslo con una de sus patas llenas de uñas.

– Es injusto que mientras algunos engordan otros busquemos con desesperación espacios más grandes –continuó él–. ¿No cree que ya es hora de volver a la etapa en que pasaba inadvertida?

Elisabeh sintió angustia. Recordó que siempre quería pasar inadvertida, y atribuyó su aislamiento al hecho de que su cuerpo ocupaba demasiado lugar y por eso nadie la veía a ella.

– Nosotros pertenecemos a la Congregación de Trabajadores para un Espacio Mejor Administrado –dijo el arácnido presentándose de manera formal.

En ese preciso instante vio espantada cómo el animal saltaba hacia su escote con la rapidez de una pulga y se guarecía entre los senos.

Es difícil explicar qué ocurrió después. Elizabeth Moser se achicó hasta convertirse en un alfiler. Sus ojos demasiado grandes fueron primero ojos, después ojos chicos, más tarde ojos chiquitos, y ojitos, y ojititos, y casi, casi ojitititos. Es decir, alimento para las hormigas.

A las seis de la tarde, cuando la madre entró transportando una bandeja con nueces, miel, leche y carne de pavo, el inmenso monstruo lleno de patas recién crecidas que ocupaba toda la habitación devoró la comida, la bandeja y a las dos mujeres.

Después se acostó a dormir.

Ricardo Prieto
Desmesura de los zoológicos
Editorial Proyección, Montevideo, 1987 

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