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Una poeta en la torre
Por Ricardo Prieto

El Palacio Salvo tiene pasajes secretos, amplias terrazas con vista al río y escondrijos donde anidan almas de seres vivientes y cuerpos astrales de seres que se han ido. También posee la torre, en uno de cuyos pisos yo solía visitar hace años a la enigmática narradora Armonía Somers y donde ahora, gracias a la causalidad que regula nuestras vidas, descubrí la existencia de Nelda González, una creadora rigurosa que fue testigo y partícipe de gran parte de nuestra historia literaria. Amiga , entre otros, de su vecina Somers, Juan José Morosoli, Cecilio Peña, Eneida Sansone, Paco Espínola, Zelmar Ricetto, Domingo Luis Bordoli y el poeta Saúl Pérez Gadea, que también fue su novio, Nelda ha permanecido alejada de la anodina vida cultural montevideana y del ajetreo con que los escritores intentan colmar el tedio que produce la aldea, mientras las bandas literarias, la desmedida ideologización y el amiguismo se ocupan de enrarecer el ambiente e impiden por ahora que los lectores dependientes del discurso crítico adviertan el valor real de cada autor y cada obra.

En ciudades tan provincianas como la nuestra, esas patologías explican que figuras de relativa significación, casi siempre amigas de alguien que posee alguna parcelita de escuálido poder en los medios, sean más conocidas que creadores de la talla de Julio Ricci, L. S. Garini o Suleika Ibáñez, por ejemplo. 

Se sabe que el problema no es tan grave como parece, y que podemos esperar confiadamente que el Tiempo, ese juez infalible, sepulte las nulidades, los juicios erróneos y las alabanzas u ocultamientos interesados, y saque a la luz la valía de autores casi ignorados; pero el ostracismo en que ha vivido Nelda González quizá también se explique porque la espesa red de intereses creados que suele pesar en nuestro mundillo literario, soslaya u omite a poetas y narradores imprescindibles.

Conocí a esta escritora hace meses en la fiesta que dieron los cineastas españoles Luis y Raúl Alaejos para despedirse de los residentes del Palacio Salvo que habíamos colaborado en la película que acababan de filmar sobre el edificio: sentada a la mesa, vibrante y espigada, hablando con mesura y sabiduría, Nelda era el centro luminoso de la reunión. De inmediato sentimos afinidad. Tratándose de mí, eso es bastante extraño a esta altura, porque los años y la experiencia me han vuelto escéptico, hipercrítico, escasamente contemporizador y poco inclinado a establecer nuevos vínculos o a seguir cultivando muchos de los que ya tengo. Confieso que me subyugó aquel rostro reñido con la frustración y la malignidad que nos rodean, aquella gentileza que revelaba una educación que pocos profesores tienen, aquel lenguaje que destilaba cultura, aquella inteligente y humilde manera de escuchar al interlocutor. Pocos minutos después de saludarnos supe de su devoción por Cervantes y de su amor por el Romancero. Y descubrí con asombro que cuando era docente les cantaba los romances a sus discípulos, que eran muchos. A varios de ellos aún los recuerda por sus nombres, como por ejemplo a sus “alumnas de práctica más queridas y talentosas”, las hoy profesoras y críticas Ana Inés Larre Borges y Elena Romiti.

Pero descubrí algo más importante aún: Nelda había escrito en secreto, a la manera de Emily Dickinson, infinidad de breves poemas crípticos atesorados a través de los años. 

Pocos días después la visité en la torre y los leí por primera vez. Se sucedieron los encuentros, se acrecentó mi interés por su obra y le pedí autorización para acercársela a Carlos Echinope, ese notable difusor de la literatura nacional al que, más tarde o más temprano, los escritores uruguayos tendremos que tributarle un merecido homenaje.

Esta es una selección somera pero suficiente para poner en contacto al lector con la cosmovisión de una poeta que, según me ha dicho, ama la vida y desafía a la muerte, a la que rechaza sin inquietarse. Sus poemas intensos, ceñidos e impecablemente estructurados, exaltan la plenitud y el regocijo de la existencia, que opone a sus aspectos tanáticos: “Y bien/ Me represento/ Digo ante la puerta/ Muerte/ tu ceremonia no/me muerde / no/me muere”. 

Lo sorprendente, sin embargo, es que en muchos de ellos late una vertiente mística que, por desgracia, no es común en los creadores de nuestro país. Y aunque exclama: “Por la rueda del Somos voy engendrando/ Insepultura”, convencida de que a través de su devenir vital puede enfrentarse a la parte aparentemente destructiva de las Fuerzas Cósmicas, en otro “ve” y “toca” con reverencia la “faz” de lo Absoluto: “Vi/ toqué/ tu faz perpetua”.

Por eso, no es extraño que en uno de los poemas más intensos y reveladores, anuncie la existencia del orden sobrenatural, es decir, lo que se refiere a la realidad pero la excede y es exterior al tiempo: “Ah de la casa/ No es preciso exclamar Estoy/ o Soy/ El anuncio es el Verbo sólo él / antes aún que el cuerpo y que la voz”; ni que exclame, en medio de las certezas metafísicas a que sólo podría llegar un poeta genuino: “Me he visto tan futura/ soy seré ochenta veces tan/ futura/ que a mi propia/ flor ancestral/ a mi flor hecha carne/ le parezco mentira”

Ricardo Prieto

El recuerdo, y permanente homenaje, al muy querido amigo Ricardo Prieto.

 

Carlos Echinope Arce

Editor de Letras Uruguay

echinope@gmail.com

 

 

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