Un poquito de sol para mi habitación oscura 
Monólogo para actor 
Autor: Ricardo Prieto 

Escrito en Buenos Aires, 1979 

Todos los derechos reservados

La acción transcurre en una habitación oscura. El personaje es Juan, un joven desaliñado. Es evidente que no se cambia de ropa ni se baña y que padece de alucinaciones. Es ciclotímico, y pasa con facilidad de la depresión a la euforia y el pánico. A su lado hay una bolsa de cal, martillos, una cuchara de obra, un frasco de aceitunas, salamines, galletas, uvas, palanganas, un cuchillo, etc. Pero la obra también puede representarse en el escenario despojado, sin recurrir a ningún elemento corpóreo.

Juan está sentado en el piso con la cabeza inclinada. Cuando la luz empieza a caer sobre él, levanta con lentitud la cabeza y mira de manera insistente al público.

Juan: Me encerré en este cuarto porque mi casa está llena de moúrsenos. (A un espectador.) ¿Qué pasa? ¿Por qué se ríe? ¿Se está preguntando que son los moúrsenos? Bueno, en realidad no lo sé. Sólo sé que están allí. Por eso clausuré las ventanas y tranqué las puertas. Gracias a Dios tengo cal, martillos, clavos, una cuchara de obra y un cuchillo. Tapié las puertas y cerré los recovecos y las hendiduras más chicas, los agujeros microscópicos por donde también los móursenos pueden entrar. (A los espectadores, recalcando.) Sí, no lo duden: pueden entrar. (Breve silencio.) Fui bastante hábil como para crear un buen aparato defensivo, si es que puede llamarse defensiva esta obsesión por tapar todos los orificios que hay en mi habitación y en mi cuerpo. Esta última medida puede parecer extraña, pero no debemos olvidar que los hombres somos como las casas: tenemos puertas, entradas vulnerables. Por eso, aunque no puedo hablar, ni orinar, ni defecar normalmente, clausuré todos los accesos a las zonas internas de mi cuerpo. Por suerte ni papá ni mi hermana estaban cuando los móursenos entraron, y todavía no volvieron. Quizá saben lo que está pasando aquí y huyeron para que no los asesinaran. Claro que es difícil entender por qué no intentaron salvarme. Mamá no habría hecho lo mismo si estuviese viva. Pero ya se sabe cómo son Rosa y papá. Están demasiado ocupados como para preocuparse por mí. Rosa se casa dentro de una semana y papá planea un viaje al país donde los móursenos no existen. Cuando pienso que pueden haber preferido salvarse solos siento bronca, a pesar de que siempre me dejaron solo en esta habitación oscura de la que no puedo salir desde hace meses. Pero no quiero adelantarme a los acontecimientos. Ese fue el consejo de Rosa el día en que quise matarme. “Tiempo al tiempo”, exclamó. “Es mejor que no te mueras, así podremos visitarte.” ¿Visitarme dónde, me pregunto? Porque a mi habitación no entran desde hace tiempo y jamás se preocupan de mis necesidades, excepto cuando me dejan comida al lado de la puerta. Sí. No debo precipitarme. No debo pensar mal de papá y de Rosa. Son los únicos parientes que tengo. Y cuando uno puede ser asesinado por los móursenos no debe darse el lujo de creerse solo. (Pausa. Oye con atención. Baja la voz.) Ahí están. Los escucho. Sus picos perforan la puerta. ¡Malditos! Me producen  terror esos picos. Están empezando la batalla. Quieren matarme y comerme.  Unos quieren engullirme. Otros desean llevarme a sus madrigueras. Estoy seguro de que son seres de otro planeta. Vienen de otra galaxia. Quizás invadieron Buenos Aires. ¿Qué podrían hacer mi papá y Rosa entonces? Si se apoderaron de la ciudad, ya deben estar instalados en la casa de gobierno y ahora quieren devorarnos a todos. Sólo me consuela que no pueden atravesar las paredes ni las puertas, pues no son entidades sobrenaturales, y que sus picos se debilitan cuando se ponen en contacto con las moléculas resistentes. Claro que ese mismo pico es sanguinario cuando atraviesa la piel del hombre; su aparente debilidad se vuelve asesina. Pero yo no soy bobo. Tengo en mi habitación provisiones suficientes como para pasar una larga temporada, hasta que ellos se cansen o se olviden de mí. Si la habitación no fuese tan oscura y pudiera ver el sol sería casi feliz sabiendo que los móursenos están afuera mientras yo disfruto de la soledad uterina de mi cuarto.  (Cambia el tono de voz porque no quiere que lo oigan.) La primera vez que oí hablar de un móurseno yo tenía siete años. Paseaba por una plaza cuando una mujer gritó horrorizada: “¡Un móurseno!” Después huyó gritando. Tres segundos más tarde, la plaza quedó desierta. Yo miré el punto señalado por la mujer pero sólo vi  un poco de humo. Lo extraño era que ese humo estaba encima de mi cabeza. (Ríe con sadismo.) La característica más notable de los móursenos es que nadie puede apresarlos o fotografiarlos. Suelen estar en todas partes a la vez, se escapan con más rapidez que las ratas y aúllan como lobos. (Oye con atención y miedo.) Ahora, por ejemplo, están olfateando el perfume de mi carne. O el aroma que despiden las provisiones. Los murmullos se volvieron agónicos. Claro, tengo galletas, sardinas, uvas, naranjas, queso, dulce y salames. Eso los enloquece. Por suerte para mí también tengo agua limpia, agua sucia, caramelos, un chupete, un balde, un trapo para limpiar ese balde y otro trapo para limpiar ese trapo. Quizá se excitan con las nueces. ¿Traje nueces? O con la fruta abrillantada. (Con pánico.) No. Los excito yo. Ya se sabe que sólo se alimentan con la carne de los seres humanos. (Un silencio. En voz  muy baja.) Sí, saben que estoy aquí. (Afila el cuchillo.) Voy a afilarlo muy pero  muy bien. Pensar que mamá usaba este cuchillo para cortar la carne, y que cierto día quiso matarme a mí con él. (Cambia el tono de voz. Con melancolía.) Pobre mamá. A pesar de que intentó asesinarme, era tan buena y  tan santa que ni siquiera los móursenos se la hubieran engullido. Porque la bondad es muy blanca y da miedo. Nadie hubiera podido con mamá. Siempre recuerdo sus palabras: “No mires el cielo, querido. No pases la noche contemplándolo. El cielo está en tu habitación. También en ella hay lunas, pájaros, ramas y sangre.” (Repite con goce.) Sangre, sangre, sangre. (Un silencio.) Yo creo que mamá se equivocó. Aquí sólo hay oscuridad y peligro. Pero sigo agradeciéndole la ternura con que me sacaba las plantas y las cucarachas muertas que yo escondía debajo de la almohada. También me limpiaba el barro, el orín y la mierda con que yo me embadurnaba el ombligo, las orejas y los dientes. (Con pena.) Pobre mamá. Si me viera en medio de este calor, defendiéndome de mis enemigos, lejos de papá, lejos de Rosa. Pobre mamá. Pobre. ¡Chist! ¿Qué es eso? No, no es un móurseno. Soy yo. Acabo de mearme sin darme cuenta. Siempre me ocurre. Ya estoy acostumbrado. Lo malo es que ensucio los pantalones y nadie puede lavármelos. (Aspira el olor.) Qué feo olor. Me recuerda la maldita infancia. (Un silencio.) Pobre mamá asesina. (Escucha con atención.) Sí. Ellos siguen ahí. Qué murmullos, Dios, qué murmullos. A veces parecen música, a veces quejidos, a veces picotazos. Si no estuviese en esta habitación oscura podría dormir un gran sueño eterno, olvidándome de papá y de Rosa y de mamá muerta y de la niñez y de los castigos,  el odio y los móursenos. Se me cierran los ojos. No quiero dormirme. Debe de haber algún recuerdo. Todos los hombres tienen recuerdos. Eso es lo único que tienen. Lo demás es puro cuento.(Pausa. Cambia el tono de voz. Susurra alucinado.) La segunda vez que oí hablar de un moúrseno fue en la escuela. La maestra gritó y vinieron corriendo las otras maestras, las limpiadoras, más moúrsenos, la directora, más moúrsenos, la bibliotecaria, más moúrsenos, las madres de los chicos, más moúrsenos, las madres de todos pero todos los chicos, más, más moúrsenos. ¡Dios mío! ¡Cómo lloré! ¿Qué pasa, señorita Rebeca? ¿Qué pasa, qué pasa querida mía? ¿Qué pasa, qué pasa en nombre del Señor? Debajo de mi escritorio hay un moúrseno. (En crescendo.) ¡Un moúrseno. ¡¡Un moúrseno!! ¡Dios nos salve! ¡¡¡Un moúrseno!!! ¡Dios se apiade de nosotros! Ay. Ay. (Ríe de manera siniestra. Llora. Vuelve a reír.) Ja. Ja. Ay de mí. Ay de nosotros. ¡Un moúrseno! Ay de la mayoría de nosotros. Después la señorita Rebeca se desmayó. Y la señorotona directora. Y todas las mamamadres, menos la mía. Y la bibliotecaria, los demás chicos, hasta los tinteros se desmayaron. Los únicos que permanecieron indiferentes fueron los moúrsenos malditos. (Muy extrañado y asustado.) Lo extraño, sin embargo, fue que la señorita Rebeca no señaló el escritorio sino mi cabeza. (Con angustia, exaltado, como si lo estuvieran torturándo.) Juro por los ángeles más puros del cielo; juro por las flores, los himnos y las bestias; juro por los mocos y el vómito; juro por todo el dolor de mi vida y de todas las vidas; juro, juro hasta por los móursenos, que después de aquel día los chicos me tuvieron miedo, y que yo también empecé a sentir miedo de mi cabeza, a vendarla todos los días, a golpearla, a llenarla de barro y de mierda, a mojarla, a perforarla y hacerla sangrar. (Con odio.) ¡Maldita cabeza aquella! ¡Estaba llena de moúrsenos que alejaban de mí a la gente! ¡Maldito engendro! ¡Maldito nido de moúrsenos! (Grita.) ¡Maldita! ¡Maldita! (Alucinado.) Empecé a odiar mi cabeza. Hubiera querido llevar siempre moúrsenos sobre ella para que la gente se acostumbrara a verlos y me dejase tranquilo, y para que papá y mamá no me pegaran, y para no tener miedo de los monstruos que querían mutilarme.(Se lastima un dedo con el cuchillo.)¡Puta madre! ¡Me lastimé! ¿Quién me mandó recordar sucesos tan penosos mientras afilaba el cuchillo? Espero que ellos no huelan la sangre. Podría enloquecerlos. Comenzarían a revolotear alucinados alrededor de la puerta. Y yo no sería capaz de soportarlos. Ya no. Mis nervios no resisten más esta espera, este silencio, esta oscuridad, este encierro. (Amenaza con el cuchillo.) Debo prepararme. Están muy cerca. (Un silencio.) Ahora empiezan. (De nuevo con pánico.) Raspan la puerta. Huelen la sangre. Se engolosinan. Los vampiros se engolosinan. Dios mío. Qué angustiosos jadeos. Pero no van a entrar. No. (Grita alucinado.) ¡No van a entrar! ¡No y no, Moúrsenos! (Baja la voz. Está muy nervioso.) No debo gritar. Tengo que calmarme. Quizá papá y Rosa regresen con auxilio. Quizá la ciudad está tranquila y son los pájaros y no los moúrsenos los que revolotean por los parques de Palermo. Voy a comer aceitunas. Voy a limpiarme la sangre. Maldito cuchillo. (Pausa. Se limpia la sangre y come una aceituna. En este momento su psicosis se acentúa.) La tercera vez que oí hablar de uno de ellos yo viajaba en el subterráneo. Estaba por llegar a la estación Medrano cuando una vieja gritó: “¡Un moúrseno!” Después cayó muerta. Qué impresión me llevé. Estas aceitunas están muy ricas. (Come aceitunas con mucha avidez, como si fuera un animal.) Cuando ellos se vayan voy a comprar más. La gente que iba en el tren empezó a gritar aterrada. Debo seguir afilando el cuchillo. (Afila el cuchillo con desesperación.) La gente enloqueció de terror. Está muy bien afilado ahora. Creo que la pobre mujer fue asesinada. ¿Asesinada? ¿Quién la asesinó? Va a cortar hasta el aire con este filo. Deliciosas aceitunas, inolvidables. ¿Por qué ese día también me miraron? ¿Será posible que haya un moúrseno sobre mi cabeza? ¡Contesten!  ¡Respondan, moúrsenos! ¡Contéstenme, por Dios! (Pausa. Escucha con atención.) Ya no jadean. Se retiran. ¿Se van? No lo sé. No voy a saberlo nunca. (Con angustia.) Ah Rosa. Ah papá. ¿Por qué me dejan solo? Ya está amaneciendo. Y cuando Buenos Aires regresa de la noche siento miedo. (Sigue afilando el cuchillo y comiendo aceitunas. Debe parecer un loco.) ¡Odiosos moúrsenos! Sé que mi familia se fue de esta casa. No olvido que estoy solo. Pero tengo provisiones, armas, palanganas, cuchillo. ¿Se fueron? No. Picotean, insisten, quieren entrar. (Baja la voz.) Ahora murmuran “vamos a engullirte Juan sin nadie, Juan sin Rosa, Juan sin papá, Juan sin mamá”. (Exhausto, desintegrado.) Me comí todas las aceitunas. Me muero de calor. El ventilador no funciona. Tengo miedo. Creo que tengo más miedo. Tranquilidad. Mucha tranquilidad. Huelo mal. Tengo olor a podrido. (Con terror.) ¿Estás otra vez sobre mi cabeza, moúrseno inmundo? (Golpea su cráneo con el mango del cuchillo pero le duele mucho.) ¡Ay! (Con odio y agresividad.) Sí. Estás allí, hijo del demonio. (Grita.) ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡O te clavo el cuchillo! ¡Aunque tenga que destrozar mis sesos te clavo el cuchillo! (Cambia el tono de voz.) Calma, Juan. Calma. No pueden entrar aquí. Ni siguiera los moúrsenos entrarían a una habitación donde un hombre espera el sol que no vendrá nunca. Aquí jamás va a entrar nadie. Sin embargo... Sin embargo...(Con pánico.) Abren la puerta. Silenciosos, sin murmurar. Se acercan. Escucho pasos, ruego, pido un poquito de sol para mi habitación oscura. Oigo voces, escucho jadeos, picotazos, risas. ¿Risas? Abren, entran. (Prepara el cuchillo.) Pero no. Es Rosa. Es papá. Y dos hombres. ¿Es Rosa? ¿Es papá? ¿Son dos hombres? ¿Porqué tienen puestas túnicas blancas? Rosa está desnuda y papá parece rojo, parece sangre. ¿Es rojo? ¿Está desnuda? ¿Veo sangre? Es papá, es Rosa, son dos hombres. Claro que no. Por supuesto que no. Son ellos. ¡Los moúrsenos! Se metamorfosearon, se convirtieron en los seres más queridos y próximos para poder matarme. ¡Qué astucia, Dios mío! ¡Que astucia! Los veo venir. Se acercan con lentitud. Me sonríen. Dicen: “Juan querido: estos señores son amigos.” ¿Amigos móursenos? “Vienen a visitarte”. Ja. Ja. (Ríe a carcajadas.) A visitarme. Entonces yo digo sí. Veo a Rosa. Veo a papá. Son los moúrsenos. Veo a los dos hombres. Y sonrío también. Tranquilo, hay que permanecer tranquilo. Y digo sí, sí. Como un pollito.  (Cacarea.) Pipiripí. Pipiripí. Mansamente, lánguidamente. Pero tengo el cuchillo. (Se clava el cuchillo en el corazón repetidamente.) ¡Y los  mato! ¡Y los mato! ¡Y los mato! (Cae muerto.)

Ricardo Prieto

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