Todo duerme en derredor

de Ricardo Prieto

 

Monólogo

Versión libre de un fragmento de "La mujer rota" de Simone de Beauvoir

Estrenada el 18 de noviembre de 1985 en el Teatro del Centro de Montevideo.

Mujer: Beatriz Massons. Vestuario: Ana Arrospide. Música: Fernando Ulivi. Luces: Julio Mato. Vestuario: Susana Bernik. Dirección: Marcelino Duffau.

El escenario está a oscuras. La acción transcurre en la sala de un apartamento suntuoso. Hay un árbol de Navidad decorado y la mesa está servida para tres personas. Se escucha la canción tradicional de Navidad: "Noche de paz, noche feliz, todo duerme en derredor..." cantada por las voces alborozadas de varios vecinos. La mujer está sentada sobre un sofá y escucha con tensa melancolía las estrofas de la canción. Tiene puesto un refinado vestido de noche.

Mujer: ¡Imbéciles! ¡Me rompen los tímpanos y ya no tengo más tapones! (Se tapa los oídos.) ¡Cállense! (Pausa.) Pero no. Qué se van a callar. Se llenan de comida. Aprovechan las fiestas para revolcarse como cerdos en sus bateas. Si pudiera dormir. Pero desde ayer no cierro un ojo pensando en esta noche. (Toma un somnífero.) El último. Ya no me hacen efecto. Y el sádico del médico quiere dármelos en supositorios, que me cargue como un cañón. Navidad de mierda. (Recuerda.) Navidad. Papá colocaba a Philippe sobre sus hombros para que viera los fuegos artificiales, aunque yo también era su hija y estaba abajo, apretada entre las piernas de los demás, sintiendo el olor a sexo de esa multitud en celo mientras mamá me decía: "Otra vez llorando la malcriada". Pero papá dijo: "Dejala, pobrecita". Él me quería. Y ella, que estaba pintarrajeada y tenía puesta una pollera que le llegaba sólo hasta la rodilla, me dijo: "Estúpida". A mi hermano le dijo: "Vení Philipe, mi amor. Vení". Dan náuseas las madres con sus machitos. (Con rencor.) Andá, Philipe. Metete en la cama de mamá y hacele cosquillas. O mirala pasearse desnuda por su dormitorio. Pegate a sus muslos. Dale, marica. Aunque tengas cinco hijos siempre serás un marica. (Los vecinos siguen cantando. Se oyen risas, gritos y aplausos.) ¡Y estos siguen! ¡Invaden la ciudad! ¡Dominan el mundo! Y cada día serán más. Ni el hambre los mata. Ni la angustia. Nada los mata. Siguen creciendo. Hasta el cielo está infestado por ellos. Pronto se atropellarán en el espacio como en las carreteras y uno ya no podrá mirar la luna porque sabrá que allí también hay imbéciles festejando. (Abre la puerta del apartamento y grita con ferocidad.) ¡Borrachos hijos de puta! ¡Terminen de una vez por todas este quilombo! ¡Dejen de arrastrarse por las escaleras como gusanos! ¡Quiero dormir! (Cierra dando un portazo. Camina con nerviosismo. Parece una fiera enjaulada.) Se calmaron un poco los aprovechadores. Pensaron que la histérica de abajo hoy no podía protestar porque es Nochebuena, ¿verdad? ¡Se equivocaron! ¡Yo no me dejo pisotear! (Se acerca al espejo y retoca su maquillaje,) Que lo diga Tristán. (Remeda una voz.) No hay necesidad de hacer escándalo. (Con su voz.) ¿No? ¿Voy a dejar que esa gorda inmunda te pase las tetas por la cara? ¿Por qué bailan tan apretados? "Es una amiga". Es una yegua, decí mejor. (Empiezan de nuevo los gritos. Hay más jolgorio. Pone una silla en el centro del escenario, toma una escoba, se sube a la silla y empieza a golpear el techo.) ¡Se terminó, degenerados! ¡Dejen de frotarse unos contra otros! ¡Y ustedes, putonas, terminen de pavonearse porque el tipo tiene el pito parado! ¿Qué harán después? ¿Van a acostarse con el marido de su mejor amiga? ¡Se zambullirán con los machos en el cuarto de baño sin siquiera tirarse en el piso, y cuando alguien vaya a mear tendrá que caminar sobre la leche! (Empieza a golpear rítmicamente.) ¡Navidad! ¡Navidad! ¡Navidad! ¡Linda podredumbre! (Pausa. Se desmorona porque está exhausta. Mira en derredor. Se siente muy sola. Pausa extensa. Afuera continúa el festejo. Ella canta con suavidad.)

Noche de amor, noche de paz, todo duerme en  derredor.

(Un silencio.) ¿Dónde estará Francis? Un chico privado de su madre siempre termina mal. Le diré eso a Tristán. Terminará siendo un neurótico, Tristán. Vos no podés querer eso. ¡Pero tampoco me querés a mí, imbécil! Y ni siquiera puedo pedir el divorcio. La ley es injusta y los hombres se ayudan demasiado entre ellos. Con tus influencias el divorcio sería pronunciado en mi contra, entonces te quedarías con Francis y el apartamento, y yo con la misma pensión de mierda. No, querido, no. No perderé a mi hijo. Me lo quitaste por mis malas costumbres. ¿Malas costumbres que me acueste con hombres? ¿Y cómo se llama a la costumbre de acostarse con mujeres? (Con odio.) Debería haberte arruinado. Pero siempre fui una estúpida. Nunca me importó la plata. Y no te hagas el omnipotente. En cualquier momento puedo contarle a Francis la verdad. Voy a decirle que yo no soy una enferma y que el roñoso de su padre me enamoró y después me tiró como a un trapo de piso. También voy a decirle que el enfermo es su papito. ¿Que no me atreveré? (Furiosa.) ¡Voy a matarme en tu apartamento! Tengo armas y voy a utilizarlas. No me pudriré sola en esta cueva, con esa gente allá arriba que me pisotea, y los vecinos que me despiertan todas las mañanas con su radio, y sin nadie que me traiga algo para masticar cuando tenga hambre. Todas esas atorrantes tienen hijos y un hombre para protegerlas. Yo no tengo nada. Y no puedo seguir así. El plomero que traje para arreglar las cañerías me trata como a un perro. Ven a una mujer sola y creen que todo les está permitido. Me sublevo, les hago frente. Pero a una mujer sola le escupen encima. El portero se me ríe en la cara. Dice que los inquilinos tienen derecho a encender la radio a todo volumen a las diez de la mañana. Y son todos iguales. Los del quinto, los del sexto, los del noveno. Buena porquería. Necesito un hombre bajo mi techo. El portero me saludará con amabilidad. Los vecinos tendrán miedo de hacer ruido. Quiero mi marido, mi hijo, y un hogar como el de todo el mundo. (Se sirve bebida, enciende un cigarrillo e intenta hablar por teléfono. Pausa.) No está. No sé por qué lo llamo. ¿Dónde se metió en una noche como esta? (Vuelve a llamar con frenesí mientras bebe y fuma.) Ni siquiera en el "día de la familia" se quedó en casita. Es igual que vos, mami. Murió el viejo y a yirar. (Se acerca al portarretratos con la fotografía de la madre y empieza a hablarle.) Y todavía me criticabas. Pero voy a decirte algo: Tristán nunca fue un buen padre para Sylvie. ¡Había que ver los vestidos que le compraba! Sí, yo se los hacía devolver. Nunca quise que mi hija tuviese tu pinta de puta. Cada vez que te veo por la calle tengo que cambiar de vereda. ¿Qué? ¿Qué mi hija murió por mi culpa? (Furiosa.) ¡Mentira! Era exigente con ella, sí, pero la quería. Y estaba dispuesta a ser su amiga. Vos, en cambio, sólo fuiste amiga de mi hermanito. Pero yo me metí en la vida de mis dos hijos. Debía conocerlos. Por eso hablé con la profesora de Sylvie. Ella la adoraba. Y yo pensé que esa sucia intelectual de pacotilla se callaría la boca. Pero no. Entre ellas había mucho más de lo que yo imaginaba. Esas mujeres cerebrales son todas lesbianas. (Con angustia.) ¡Ya sé que su suicidio fue horrible! Pero más horrible era su carácter. Jamás la castigué sin haberla escuchado antes. Era ella la que se cerraba, la que no quería hablar. Rivalizaba conmigo. Me detestaba. (Grita.) ¡Me importa un bledo que esté muerta! Los muertos no son santos. (Camina con nerviosismo.) Cuando ella murió me enterraron a mí. Estoy enterrada. Nadie me llamó. Nadie vino. (Solloza. Pausa extensa. De pronto empieza a cantar y a reír.) ¡Quieren hundirme! Ustedes quieren hundirme. Saben que en las noches de fiesta, cuando todo el mundo coge, come y se divierte, para los solitarios el suicidio es muy fácil. Les vendría bien que yo desapareciera. Yo no sigo el juego. Arranco las caretas. ¡Pero no les daré el gusto! Voy a revivir. Tristán volverá a mí. Se arrepentirá de haberme sacado de encima. Saldré de toda esta mierda. Me harán justicia. (Camina con rapidez hasta el teléfono.) Ya tendría que haber llegado. (Llama.) Calma, calma. Debo ser prudente, no hacerle frente. Si no estoy perdida. (Pausa.) No contesta. No está o no quiere contestar. Descolgó el tubo, el hijo de puta. (Gran pausa. De pronto empieza a sentir la presencia invisible de Sylvie. Con ternura.) ¿Qué me reprochabas, Sylvie? Yo te decía que cuando uno es desordenado en las pequeñas cosas lo es también en las grandes, y que debías arreglar tu dormitorio antes de salir. ¿Por qué no lo hacías? ¿Así que te molestaba que me preocupara por vos? ¿Te molestaba que leyera tu diario y revisara tus cajones? ¿Qué escondías allí? ¿Cartas sórdidas? ¿Drogas? (Silencio.) Sé que hubo alguien en tu vida, un muchacho o una chica, no lo sé. Pero te hacía daño. ¿Por qué me amenazabas con fugarte? (Silencio.) Te veo ahí, inmóvil, entre todas esas flores, dentro de ese cajón. Toda mi vida será las dos de la tarde un martes de junio. Sylvie: ¿por qué me hiciste esto? Si yo fuera una de esas madres que se levantan a las siete de la mañana la habría salvado. Pero yo vivía a otro ritmo. "Papá, te pido perdón pero no puedo más" ¿Y yo, Sylvie? ¿Por qué no me escribiste algo así? (Vuelve a oírse la canción del principio, ahora cantada por una multitud.) Sigan gritando nomás, sigan riendo mientras yo me estoy muriendo aquí. A los cuarenta y tres años es injusto. (Exaltada.) ¡Quiero vivir! La gran vida. Yo estaba hecha para tener un Mercedes, un apartamento de lujo y vestidos suntuosos. Nací para exhibirme en los lugares elegantes. Cuando me casé con Tristán era hermosa. Esa fue mi mejor época y todas mis amigas reventaban de envidia. (Vuelve al teléfono y empieza a discar.) Quiero que me invites al restaurante y al teatro, Tristán. Te lo exigiré. Los de arriba se están riendo de mí. ¡Feliz Navidad, puercos! ¡Disfruten, basuras! Ya se les va a helar la risa cuando vos vuelvas. Voy a ir de nuevo a las modistas, daré fiestas, publicarán mi foto en Vogue. (Cuelga el tubo.) Mejor me voy a dormir. (Patética.) Pero no quiero encajarme uno de esos supositorios. (Se sirve bebida.) ¿Cómo haré para estar presentable mañana, cuando vengan Francis y Tristán? A Tristán le agradará mi nuevo corte de pelo. Una mujer madura queda ordinaria con una peluca leonina. Pero si no pego un ojo pareceré un cadáver. Van a aparecerse con su regalo de Navidad envuelto, nos besaremos, serviré las masitas. Y Francis me dará las respuestas que su padre va a soplarle antes de llegar. Estarán diez minutos y se irán. Hace meses que no lo veo. Me lo escamotean. No quieren que esté con él a solas. (Toma una franela y empieza a limpiar con histerismo. Pero sólo un instante.) Dejaré todo ordenado y brillante. Es mejor hacerlo ahora. La idiota de Mariette mañana no viene. A esa voy a tener que marcarle el paso para que se mantenga en su lugar. Se pone guantes de goma para limpiar la vajilla, y se hace la señora. Preferiría una de esas sirvientas desaliñadas que dejan pelos en la ensalada. Yo siempre las trato bien. Pero quiero que cumplan y que no me cuenten nada de sus estúpidas vidas. (Se sirve más bebida.) Qué idiotez fue largar a mi primer marido por Tristán. Nos entendiamos. En cambio, Tristán me volvió histérica. Me pudría escucharlo pontificar. No podía ver a todos esos infelices de rodillas delante de él. Yo aparecía con mis grandes suecos y mis greñas y sus palabras solemnes quedaban desinfladas: el progreso, la prosperidad, el porvenir del hombre, la felicidad de la humanidad, la ayuda a los países subdesarrollados, la paz del mundo. (Vuelve a tomar.)No soy racista pero me importan un pito los árabes, los judíos, los negros, los chinos, los rusos, los americanos. Ni siquiera me importan los franceses. Me tienen harta con sus baguettes y la Legión de Honor. (Enciende un cigarrillo y se sienta.) Me importa un bledo la humanidad y me gustaría saber qué es lo que ella hizo por mí. Si son lo bastante estúpidos como para bombardearse, tirarse napalm y exterminarse, no gastaré mis ojos llorando. Un millón de niños masacrados. ¿Y qué hay con eso? Los niños nunca son otra cosa que un proyecto de inmundicia, y cuanto más mueran más se descongestiona el planeta, que está bastante superpoblado. Si yo fuera la tierra me daría asco toda esa gusanada a mi espalda, me la sacaría de encima. (Con angustia, sollozando casi.) Si mi hija murió y me robaron a mi hijo no voy a desesperarme. Estoy harta, harta, harta. (Pausa extensa.) Se calmaron. Están fornicando en las colchonetas, en los divanes, por los pisos, en los autos. Es la hora de las grandes vomitadas, cuando lanzan el pavo y el caviar. Sólo el incienso saca el olor a vómito. (Enciende una varilla de incienso y se desplaza con ella deslizándola en el aire. De pronto se queda inmóvil. Con voz desgarrada.)A veces no puedo creer que Sylvie se haya muerto sin haberme comprendido. Jamás me consolaré. Cinco años ya. Está muerta. Para siempre. Durante horas y horas me quedé sentada cerca de su cadáver pensando "va a despertarse, voy a despertarme". Los compañeros y los profesores dejaban flores sobre el ataúd sin decirme una palabra. Si una chica se mata la madre es culpable. Así razonan ellos por odio contra sus padres. (Con angustia.)Socorro...Me siento mal...Que me saquen de aquí. (Se sienta. Está a punto de desvanecerse.) No quiero que vuelva a empezar la caída a pique. Ayúdenme... No puedo más... No me dejen sola. (Toma con ansiedad el teléfono y llama.) ¿Albert? ¿Albert Bernard? Soy yo. ¡Colgó! (Con ira.) Mil veces te vi lloriquear delante de todo el mundo, marica, pero esta noche tragaste bien y te divertiste y te molesta la angustia de los demás. (Llama de nuevo. Parece alucinada.)Soy yo, mamá. No podemos seguir peleando hasta la muerte. Hoy es una noche...(La madre también cuelga y la deja con la palabra en la boca.) ¡Vieja borracha! Mucho maquillaje, mucho adorno, pero lo que yo llamo lavarse nunca lo hacías. Cuando aparentabas hacerlo era para mostrarle el culo a mi querido hermanito. Pero yo soy de otro mundo, soy de una sola pieza y no me dejo embaucar. ¡Eso es lo que los embroma! (Llama de nuevo.) Y el infeliz de Tristán, que todavía no regresó. ¿Dónde estás, carajo? (Cuelga.) Me pide que viaje, el piojoso. "Tenés bastante dinero", dice. Bastante dinero para viajar como un piojo, digo yo. No soy una esnob. Sabe bien que no me deslumbran esos hoteles de lujo llenos de mujeres emperladas y porteros babosos. Tampoco estoy dispuesta a aceptar las pajareras de segundo orden y los tugurios, eso sí que no. Sábanas dudosas, manteles sucios, dormir encima de la transpiración de los demás, comer con cubiertos mal lavados. Detesto la fraternidad de la mierda. Además, ¿qué sentido tiene andar paseándose sola? ¿Qué aspecto tiene una en las playas y en los casinos si no se tiene un hombre al lado? Museos, ruinas. Bah. La gente de los siglos pasados me importa un rábano. Están muertos. Esa es su única superioridad sobre los vivos. Pero en esa época también ellos daban ganas de llorar. Siempre es lo mismo: ya sea que coman caviar, papas fritas o pizza es el mismo y sucio sistema: los ricos que lo salpican a uno, los pobres envenenados por la falta de plata, los viejos que se mean en la cama, los jóvenes que mean en cualquier lado, las mujeres que abren las piernas, los hombres que acaban adentro. Prefiero quedarme en mi agujero. (Vuelve a llamar pero nadie responde.) ¿Con quién estás hablando, hijo de puta? (Cuelga con violencia, después corre hasta la ventana y empieza a gritar.) ¿Qué están haciendo ahí? ¿Por qué no se van? Sé quiénes son. Les veo los pantalones ajustados y las melenas. (Con odio.) ¡Ojalá revienten, drogadictos roñosos! ¡Ojalá los lleven presos!(Se sienta. Está exhausta. Permanece inmóvil y aterrada. Pausa.)¿Y ahora? (Pausa breve.) Si Sylvie viviera hubiera hecho de ella una chica bien. Le daría vestidos, joyas, saldríamos juntas, estaría orgullosa de ella. (Sigue bebiendo. Su expresión es patética.) No hay justicia. Eso es lo que me vuelve loca: la falta de justicia. (Se sirve más bebida. Pausa.) Cuando pienso en la madre que fui. Tristán nunca lo reconoció, y además dice que está dispuesto a todo para no dejar conmigo a Francis. Pero no va a ganarme. Lo juro sobre mi propia cabeza. Tendré a Francis conmigo y ya verán qué madre soy. Quiero ganar. Lo quiero. ¡Lo quiero! (Pausa breve. Vuelve a servirse bebida.) No debo deprimirme. Pensemos en algo alegre. Mi chiquito de Burdeos, por ejemplo. No esperábamos nada el uno del otro, no nos hacíamos preguntas, no nos hacíamos promesas. Nos metíamos en la cama y hacíamos el amor. Duró tres meses y se fue a su ciudad. Lloré, lloré. Es un recuerdo que me alivia. (Pausa. Suena el teléfono. Está embriagada y corre tambaleándose.) ¿Hola? No, no es aquí. (Pausa. Parece derrotada. La luz empieza a declinar. Llama.) Soy yo. ¿Dormías? Disculpame, Tristán. Me alegro de oír tu voz. Es tan fea una noche así. Nadie dio señales de vida. Cuando una tuvo una gran desgracia no soporta las fiestas. Todo ese ruido, esas luces, esa alegría. París nunca estuvo tan iluminado como esta noche. Yo no puedo dormir. No, no llamé para pelearme. Quiero que hablemos como buenos amigos. Escuchame, por favor. Lo que tengo que decirte es muy importante. Mañana no querrías que hablara delante de Francis, y no podré dormir hasta que este asunto esté arreglado. Estuve pensando toda la noche. No tenía otra cosa que hacer. (Escucha.) Sí, sobre nuestra situación. Sabés que es anormal. Seguimos casados y... Esperá, dejame terminar. ¡Pero es un derroche tener esos dos apartamentos! Vendés el tuyo y te venís aquí. Yo no te molestaría. No tengas miedo. No intento reiniciar la relación. Ya no nos queremos. Yo me encerraría en la pieza del fondo. Podrías tener todas las mujeres que quisieras. Seguimos siendo amigos y no hay razón para que no vivamos debajo del mismo techo. Es necesario hacerlo. Por Francis. Pensá un poco en él. Es malo para un chico tener padres separados. Tendrá complejos, será desdichado. ¿Así que no se puede vivir conmigo? ¿Qué te hice? ¡Mentira! ¡Nunca intenté cambiarte! Tampoco es cierto que te humillé. Si hubieras tenido un poco de paciencia y hubieras tratado de comprender. Nunca supiste hablar. Te emperrabas. Querías adoración y nada más. Vos tampoco sos un santo. Bueno, olvidemos el pasado. Por favor. Eso no es cierto. Además cambié, sufrí, maduré. Soporto cosas que antes no soportaba. Dejame hablar. No, no. No tengas miedo. Conviviríamos sin problemas. No habrá líos. Y Francis será feliz. ¿Qué esta no es una hora para hablar? Cualquier hora sirve para hablar de esto. Además tampoco se puede hablar en tu oficina ni en tu casa, en ningún lado. Nunca estás para mí. (Escucha.) Olvidate del sueño. No seas egoísta. Es horrible irse a dormir mientras los demás se angustian y se vuelven locos. Dejame hablar. Tenés muchas deudas conmigo.(Escucha.) ¿Vos? Nunca fuiste limpio. ¿Todavía preguntás en qué fallaste? Fingiste una pasión por mí para que largara a mi marido, me hiciste romper con mis amigos y después me plantaste. ¿Por qué simulaste que me querías? A veces me pregunto si no era algo planeado. Sí, un asunto planeado (Escucha.) No, no estoy loca. ¿Quién puede creer en ese gran amor que se terminó de pronto? (Escucha.) ¡No me repitas que me casé por interés! Ya estaba casada. Mi marido no era un gran banquero como vos pero vivíamos bien. (Escucha.) Está bien: el pasado es el pasado. Te prometo que no te haré reproches. Borramos todo y recomenzamos con el pie derecho. Si no son roñosos conmigo puedo ser dulce y gentil. Vos lo sabés. Vamos, decime que estás de acuerdo. Mañana seguiremos hablando y... ¿Ah sí? ¿Esa es tu venganza? (Con ira.) ¡Hablaré con Francis! ¡Le contaré todo a mi hijo! ¡Le diré que sos una basura, que el poder y la plata que tenés los lograste estafando y mintiéndole a medio mundo, y que por tu culpa se mató mi hija, y que...(Tristán corta la comunicación. La luz sigue declinando. Es escucha la canción del principio. Hay gran algarabía, fuegos artificiales, risas. La mujer está completamente ebria. Solloza.) ¡Dios mío! Existí, por favor. Te pido que existas. Me debés una revancha. ¡Te exijo que me la des! (La luz se esfuma sobre su rostro angustiado.)

Ricardo Prieto 

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