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Sala de un apartamento muy antiguo y oscuro que está decorado de manera barroca. Lámparas, cuadros, alfombras y porcelanas podrían introducir a quien ingresara a él en un recodo del pasado. Sonia Acevedo está sentada leyendo. Es una mujer sesentona y solitaria que dedica gran parte de su tiempo a la lectura de novelas de amor y a la ejecución del violín, que es una de sus obsesiones. Su aspecto es sofisticado y extraño. Se pone vestidos recargados, de texturas sedosas y brillantes, y se maquilla con exageración. A pesar de estas características, posee una gravedad interior y un dramatismo que la salvan del ridículo. Tiene puestas estridentes joyas de fantasía. Abandona el libro que está leyendo, se levanta y se acerca al espejo. Se contempla. Después mira el reloj. Se sienta, toma el violín y ejecuta algunos ejercicios. Hay notoria discordancia entre el empaque con que se acerca el instrumento a la cara y la melodía embrionaria y fragmentada que extrae de él. Suena el timbre. Se mira de nuevo al espejo y retoca su peinado. Después abre la puerta con cautela.
Antonio: Disculpe que la moleste a esta hora, pero escuché el violín.
Sonia: No se preocupe. Sólo estaba intentando ejecutar una pieza nueva.
Antonio: ¿Puedo pasar?
Sonia: ¿Ahora?
Antonio: ¿Por qué no? No es tan tarde y quiero hablar con usted sobre los gastos comunes. El lunes habrá una reunión de copropietarios.
Sonia: (Turbada.) Pero yo, ahora...No sé.
Antonio: Déjeme entrar, por favor. No me quedaré mucho tiempo.
Sonia: Está bien, pase. Si no es por mucho tiempo...(Le franquea la puerta con nerviosismo. Retoca su peinado y se alisa el vestido. Entra Antonio Ruiz Díaz. Es un hombre corpulento de setenta años que está vestido con sobriedad. Es cordial, casi mundano, y denota una energía, una cautela y una nobleza de sentimientos que lo tornan atractivo en el plano emocional. Se miran en silencio.) Siéntese, por favor.
Antonio: (Se sienta.) Gracias. (Silencio.) ¿Qué estaba tocando?
Sonia: Es una obra desconocida.
Antonio: No logré captar la melodía.
Sonia: Es la pieza de un autor joven e inmaduro técnicamente pero lleno de inspiración. Me la trajo ayer.
(Con cierta coquetería.) Todavía me dan obras para que yo las ejecute, a pesar de que hace tantos años que no subo a un escenario.
Antonio: Por algo será que la asedian. Debe haber dado mucho que hablar en sus épocas de gloria.
Sonia: Es una obra que se llama "Pérdida" y me parece una especie de canto fúnebre. Cuando uno la escucha siente que todo es perecedero y que quizá nada de lo que existe en este mundo vale realmente la pena. Es extraño que un joven sienta de ese modo.
Antonio: Quizás es uno de esos jóvenes que anda con la melena larga y tiene mirada de drogadicto.
Sonia: ¡Oh no, por Dios! Un joven capaz de componer algo así es un ser fino y sensible. Hay jóvenes maravillosos, señor...
Antonio: Ruiz Díaz. Pero llámeme Antonio. (Sonia sonríe. Pausa. Ahora él habla con tristeza.) Puede ser que haya jóvenes maravillosos. Yo no los conozco, lamentablemente. Sólo trato muchachos arrogantes y egoístas.
(Breve silencio.) Quiero hablarle de los nuevos gastos comunes. Para su apartamento y el mío, que tienen el mismo metraje, se estableció una cuota de mil doscientos pesos. ¿No le parece monstruoso?
Sonia: Más que monstruoso, es criminal. Soy una mujer que vive de una pequeña pensión y de sus clases particulares. No podría pagar una cuota como esa.
Antonio: Estuve hablando con toda la gente que tiene apartamentos como los nuestros y voy a exigir una asamblea para cuestionar el aumento. Voy a exigir, además, que se suprima esa maldita calefacción central que aumenta los gastos.
Sonia: En este edificio antiguo y con techos tan altos sin calefacción nos moriríamos.
Antonio: Hay que sacrificar algo para que los gastos comunes puedan ser afrontados por todos.
Sonia: (Suplicante.) La calefacción no la mencione, por favor. El frío del invierno me paraliza todo el cuerpo. Mis dedos no podrían flexionarse cuando toco el violín.
Antonio: Está bien. No voy a aludir a ese punto. Pero hay otros gastos absurdos. Por eso es necesario reunirse. ¿Me apoyará?
Sonia: No, no, señor Ruiz Díaz
Antonio: (La corrige.) Antonio.
Sonia: Está bien, Antonio. Yo no podría asistir a esa reunión. Odio los conflictos.
Antonio: ¿Está dispuesta a pagar esa cifra tan alta?
Sonia: Haré lo que pueda. Trataré de tener más alumnos de francés. Dios me ayudará.
Antonio: ¡Dios! Me pregunto dónde estaba Dios cuando nos permitió comprar un apartamento en este edificio decadente. Todo se viene abajo, los caños están rotos, los vitraux no se reparan, casi nunca hay agua.
Sonia: Lo apoyaré desde aquí. Eso es lo único que pueden hacer ciertas personas.
(Suplicante.) Pero no me pida que vaya a esa reunión.
Antonio: ¿Se niega a luchar?
Sonia: Cada vez que luché por algo me fue mal. Entonces decidí encerrarme en este lugar y no pelear nunca más.
(Pausa.) ¿Quiere una taza de té?
Antonio: No bebo té a las nueve de la noche.
Sonia: ¿Un café? ¡Ay! No sé si tengo.
Antonio: No tomo café. Me impide dormir.
Sonia: Hay coñac. ¿Aceptaría una copa?
Antonio: Con mucho gusto. (Pausa. Ella se acerca a un bargueño y sirve la bebida en dos copas. Antonio la contempla con intenso interés.)
Sonia: Detesto el alcohol, pero al coñac lo encuentro exquisito. Sobre todo después de tomar un café.
Antonio: A mí me gusta el vino. Pero soy un bebedor social. Nunca tomo cuando estoy solo.
Sonia: (Después de una risa nerviosa.) Entonces yo también soy una bebedora social. De vez en cuando, si salgo con alguna amiga disipada, tomo medio whisky. Pero le pongo mucho agua y hielo.
Antonio: Un día de estos voy a venir a visitarla con una botella de vino chileno.
Sonia: ¡Oh no, por Dios, Antonio! Jamás probaré el vino.
Antonio: ¿Y el whisky, si traigo una botella?
Sonia: No lo sé. Sírvase.
Antonio: Gracias. (Levanta la copa.) Salud.
Sonia: (Lo imita.) Salud. (Breve pausa.)
Antonio: Me gusta, como su dueña. (Sonia sonríe turbada.) Pero parece más rico cuando uno lo toma en un lugar tan especial.
(Mirando en derredor.) Tiene muy buen gusto.
Sonia: Mamá era una mujer muy culta y muy sensible. Los muebles, las alfombras y los candelabros fueron comprados en Europa, en la época de las vacas gordas, cuando los uruguayos amábamos el roble, la caoba y la porcelana de Sévres.
Antonio: Me parece muy bien que los haya conservado.
Sonia: Hubiera preferido morirme antes que vender algo. Estaba todo igual cuando nací y así estará cuando me muera. Esa es la única forma de pasar por este mundo un poco...protegida.
Antonio: Pensar que cuando me mudé a este edificio y la vi por primera vez, me pareció una mujer fuerte.
(Ríe.) Y hasta agresiva.
Sonia: (Ríe también.) ¡Fue por aquello!
Antonio: Aquello, ahora que la conozco más, me parece increíble.
Sonia: Ese ascensorista es una bestia.
Antonio: Usted lo puso en su lugar. Con voz firme, con gestos dominantes, lo pisó como a un felpudo.
Sonia: Me maltrató por algo tan insignificante. Yo estaba sola esperando en el pasillo y lo llamé. Él venía del piso de arriba, pero pasó sin detenerse. Después volvió a pasar una y otra vez. Y cuando al fin se detuvo en mi piso y le pregunté por qué me había hecho aguardar tanto, me contestó con grosería: "¿Quién se cree que es? ¿La reina de Inglaterra?
Antonio: ¡Nunca vi a una mujer tan furiosa! "No sea imbécil. Sólo le hice una pregunta", dijo usted. Pero había que ver cómo se lo dijo. Parecía una reina hablándole a un esclavo.
Sonia: A veces desafío a los esclavos, pero a pesar de eso les temo mucho. ¡Hay tanta bestialidad en el mundo! ¡Y pasé tanto frío y sentí tanta soledad esperando ese ascensor!
Antonio: Hizo bien en protestar. Y por lo que vi puede hacerlo con fuerza.
Sonia: Me horroriza ese hombre. Tiene algo animal e impuro.
Antonio: ¿Cómo todos los hombres?
Sonia: No todos son así. (Breve silencio.)
Antonio: ¿Piensa en alguien?
Sonia: Sí, pensé. (Pausa.)
Antonio: Muy buen coñac.
Sonia: ¿Le sirvo otro?
Antonio: ¡Claro que sí! (Ella sirve. A partir de este momento tratará de imprimirle un poco de jovialidad al diálogo.) Y aquí estamos, recordando el momento en que la señora...
Sonia: (Lo corrige.) Señorita.
Antonio: Perdón. El momento en que la señorita Sonia...
Sonia: Acevedo.
Antonio: El momento en que la señorita Sonia Acevedo puso a un imbécil en su sitio, pero comprobando con asombro que es incapaz de poner en su lugar al administrador del edificio.
Sonia: (Suplicante.) No insista, Antonio, o voy a pensar que vino aquí sólo para hacerme sufrir.
Antonio: (Turbado.) Bueno, en realidad vine para hacer algo más grato. (Con sinceridad pero avanzando. Es evidente que Sonia le interesa mucho.) Quería verla. Me parece una mujer muy hermosa.
Sonia: (Ríe con nerviosismo, con sutil y velado histerismo.) ¡Qué ridiculez!
Antonio: ¿Ridículo algo que es cierto?
Sonia: Ni usted ni yo tenemos edad para decir o escuchar ciertas cosas.
Antonio: ¿Se considera vieja?
Sonia: Vieja no. Madura.
Antonio: Yo, en cambio, me siento como un muchacho. Mejor dicho: soy un muchacho. Y así la veo a usted.
(Pausa. La contempla.) ¿Por qué no se casó nunca?
Sonia: (Evasiva.) Hablemos de otra cosa.
Antonio: No, hablemos de eso. No tenga miedo de mí y dígame en quién pensaba hace un instante.
Sonia: (Con esfuerzo, después de una pausa.) Era capitán de navío y murió en el mar, en uno de esos viajes interminables y malditos.
(Breve silencio.) Tuvo una muerte igual a la que tendremos todos nosotros, que nos iremos de este mundo sin dejar rastro. (Breve pausa.) Murió en alta mar, de peritonitis.
(Otro silencio.) Era un hombre introvertido que hablaba poco de sus sentimientos.
(Bajando la voz.) A veces creo que sólo fue un amigo. (Otro breve silencio.) Pero la vida sigue.
(Con ironía.) Y hay que ordenar el caos. (Le muestra un portarretratos que hay sobre el bargueño.)
Antonio: Era muy joven.
Sonia: Era hermoso. (Silencio.) ¿Lo deprimí?
Antonio: No, no. En absoluto.
Sonia: ¿Y usted por qué vive solo?
Antonio: Vine a vivir a Montevideo hace un año, cuando quedé viudo. Yo tenía un campo de trescientas hectáreas en Treinta y Tres, y cuando comprobé que mis dos hijos lo miraban con demasiada codicia lo vendí, les entregué la parte que más tarde o más temprano les correspondería, compré este pequeño apartamento y puse el resto del dinero en el banco.
(Silencio.) Ahora estoy solo, sin campo y sin hijos que se interesen en mí, pero no tengo que soportar cuatro ojos ansiosos que sólo querían verme muerto.
Sonia: (En voz baja, sin estridencia.) La vida es muy cruel.
Antonio: A veces. (La mira con ternura.) Me quedé sin la tierra, sin los árboles y sin los animales pero llevo aquí dentro recuerdos que nadie podría destruir.
(Con orgullo.) Nunca me olvidarán en aquel lugar. Puse alambrados, planté árboles, milité en política. Era el caudillo más grande del departamento, y en las elecciones de mil novecientos sesenta y dos, conseguí seis mil votos para el Partido Nacional. Las comadrejas coloradas me temían más que a la muerte.
Sonia: (Tratando de ser frívola. Ha registrado los efluvios del interés del hombre y no sabe cómo manejarse.) Y aquí estamos: yo sin el capitán de navío y sin los aplausos del público; usted sin el campo y sin los hijos.
Antonio: (Con plenitud.) Está la botella de coñac, sin embargo. Y usted, que sigue siendo una gran artista.
(Le acaricia la mano con delicadeza.)
Sonia: (Se levanta molesta.) ¡No! Por favor.
Antonio: (Desconcertado.) ¿Qué le pasa?
Sonia: ¡No le abrí la puerta para esto!
Antonio: (Sinceramente arrepentido.) Disculpe.
Sonia: No, no lo disculparé. No me gustan esos excesos de confianza. Me decepcionan, me deprimen.
Antonio: Cálmese, por favor. No iba a hacerle nada. No vine para eso.
Sonia: ¡Sí que vino! Todos quieren lo mismo.
Antonio: Déjeme explicarle...
Sonia: (Lo interrumpe.) No me explique nada y váyase. ¡Váyase! (Pausa. Antonio sale lentamente. La luz empieza a declinar. Se oye una sonata de Vivaldi. Sonia permanece inmóvil en el centro del escenario. Hay una extensa pausa durante la cual la luz sigue descendiendo. Ella sale del escenario y regresa vestida para salir. Tiene puesto una larga capa negra, una capelina y anteojos oscuros. Detiene su figura misteriosa frente al espejo y se contempla. Después apaga las lámparas, se acerca al teléfono, disca y habla con voz espectral.) Soy yo, querido niño. Voy para ahí.
(Sale mientras la luz declina totalmente. Se oyen los acordes de la sonata.) |