Una sonata de Ravel
Obra de cámara en I acto
Ricardo Prieto

Publicada en la revista "Posdata" de Montevideo. Números 21 y 22- 22/27 de enero y 3 de febrero de 1995.

Estrenada el 7 de noviembre de 1997 en versión del Teatro Circular de Montevideo. Elenco: Alma Claudio y Carlos Frasca. Iluminación: Juan José Ferragut. Ambientación y dirección general: Ricardo Prieto. 

Personajes: 

Sonia Acevedo
Antonio Ruiz Díaz

Sala de un apartamento muy antiguo y oscuro que está decorado de manera barroca. Lámparas, cuadros, alfombras y porcelanas podrían introducir a quien ingresara a él en un recodo del pasado. Sonia Acevedo está sentada leyendo. Es una mujer sesentona y solitaria que dedica gran parte de su tiempo a la lectura de novelas de amor y a la ejecución del violín, que es una de sus obsesiones. Su aspecto es sofisticado y extraño. Se pone vestidos recargados, de texturas sedosas y brillantes, y se maquilla con exageración. A pesar de estas características, posee una gravedad interior y un dramatismo que la salvan del ridículo. Tiene puestas estridentes joyas de fantasía. Abandona el libro que está leyendo, se levanta y se acerca al espejo. Se contempla. Después mira el reloj. Se sienta, toma el violín y ejecuta algunos ejercicios. Hay notoria discordancia entre el empaque con que se acerca el instrumento a la cara y la melodía embrionaria y fragmentada que extrae de él. Suena el timbre. Se mira de nuevo al espejo y retoca su peinado. Después abre la puerta con cautela.

Antonio: Disculpe que la moleste a esta hora, pero escuché el violín.
Sonia: No se preocupe. Sólo estaba intentando ejecutar una pieza nueva.
Antonio: ¿Puedo pasar?
Sonia: ¿Ahora?
Antonio: ¿Por qué no? No es tan tarde y quiero hablar con usted sobre los gastos comunes. El lunes habrá una reunión de copropietarios.
Sonia: (Turbada.) Pero yo, ahora...No sé.
Antonio: Déjeme entrar, por favor. No me quedaré mucho tiempo.
Sonia: Está bien, pase. Si no es por mucho tiempo...(Le franquea la puerta con nerviosismo. Retoca su peinado y se alisa el vestido. Entra Antonio Ruiz Díaz. Es un hombre corpulento de setenta años que está vestido con sobriedad. Es cordial, casi mundano, y denota una energía, una cautela y una nobleza de sentimientos que lo tornan atractivo en el plano emocional. Se miran en silencio.) Siéntese, por favor.
Antonio: (Se sienta.) Gracias. (Silencio.) ¿Qué estaba tocando?
Sonia: Es una obra desconocida.
Antonio: No logré captar la melodía.
Sonia: Es la pieza de un autor joven e inmaduro técnicamente pero lleno de inspiración. Me la trajo ayer. (Con cierta coquetería.) Todavía me dan obras para que yo las ejecute, a pesar de que hace tantos años que no subo a un escenario.
Antonio: Por algo será que la asedian. Debe haber dado mucho que hablar en sus épocas de gloria.
Sonia: Es una obra que se llama "Pérdida" y me parece una especie de canto fúnebre. Cuando uno la escucha siente que todo es perecedero y que quizá nada de lo que existe en este mundo vale realmente la pena. Es extraño que un joven sienta de ese modo.
Antonio: Quizás es uno de esos jóvenes que anda con la melena larga y tiene mirada de drogadicto.
Sonia: ¡Oh no, por Dios! Un joven capaz de componer algo así es un ser fino y sensible. Hay jóvenes maravillosos, señor...
Antonio: Ruiz Díaz. Pero llámeme Antonio. (Sonia sonríe. Pausa. Ahora él habla con tristeza.) Puede ser que haya jóvenes maravillosos. Yo no los conozco, lamentablemente. Sólo trato muchachos arrogantes y egoístas. (Breve silencio.) Quiero hablarle de los nuevos gastos comunes. Para su apartamento y el mío, que tienen el mismo metraje, se estableció una cuota de mil doscientos pesos. ¿No le parece monstruoso?
Sonia: Más que monstruoso, es criminal. Soy una mujer que vive de una pequeña pensión y de sus clases particulares. No podría pagar una cuota como esa.
Antonio: Estuve hablando con toda la gente que tiene apartamentos como los nuestros y voy a exigir una asamblea para cuestionar el aumento. Voy a exigir, además, que se suprima esa maldita calefacción central que aumenta los gastos.
Sonia: En este edificio antiguo y con techos tan altos sin calefacción nos moriríamos.
Antonio: Hay que sacrificar algo para que los gastos comunes puedan ser afrontados por todos.
Sonia: (Suplicante.) La calefacción no la mencione, por favor. El frío del invierno me paraliza todo el cuerpo. Mis dedos no podrían flexionarse cuando toco el violín.
Antonio: Está bien. No voy a aludir a ese punto. Pero hay otros gastos absurdos. Por eso es necesario reunirse. ¿Me apoyará?
Sonia: No, no, señor Ruiz Díaz
Antonio: (La corrige.) Antonio.
Sonia: Está bien, Antonio. Yo no podría asistir a esa reunión. Odio los conflictos.
Antonio: ¿Está dispuesta a pagar esa cifra tan alta?
Sonia: Haré lo que pueda. Trataré de tener más alumnos de francés. Dios me ayudará.
Antonio: ¡Dios! Me pregunto dónde estaba Dios cuando nos permitió comprar un apartamento en este edificio decadente. Todo se viene abajo, los caños están rotos, los vitraux no se reparan, casi nunca hay agua.
Sonia: Lo apoyaré desde aquí. Eso es lo único que pueden hacer ciertas personas. (Suplicante.) Pero no me pida que vaya a esa reunión.
Antonio: ¿Se niega a luchar?
Sonia: Cada vez que luché por algo me fue mal. Entonces decidí encerrarme en este lugar y no pelear nunca más. (Pausa.) ¿Quiere una taza de té?
Antonio: No bebo té a las nueve de la noche.
Sonia: ¿Un café? ¡Ay! No sé si tengo.
Antonio: No tomo café. Me impide dormir.
Sonia: Hay coñac. ¿Aceptaría una copa?
Antonio: Con mucho gusto. (Pausa. Ella se acerca a un bargueño y sirve la bebida en dos copas. Antonio la contempla con intenso interés.)
Sonia: Detesto el alcohol, pero al coñac lo encuentro exquisito. Sobre todo después de tomar un café.
Antonio: A mí me gusta el vino. Pero soy un bebedor social. Nunca tomo cuando estoy solo.
Sonia: (Después de una risa nerviosa.) Entonces yo también soy una bebedora social. De vez en cuando, si salgo con alguna amiga disipada, tomo medio whisky. Pero le pongo mucho agua y hielo.
Antonio: Un día de estos voy a venir a visitarla con una botella de vino chileno.
Sonia: ¡Oh no, por Dios, Antonio! Jamás probaré el vino.
Antonio: ¿Y el whisky, si traigo una botella?
Sonia: No lo sé. Sírvase.
Antonio: Gracias. (Levanta la copa.) Salud.
Sonia: (Lo imita.) Salud. (Breve pausa.)
Antonio: Me gusta, como su dueña. (Sonia sonríe turbada.) Pero parece más rico cuando uno lo toma en un lugar tan especial. (Mirando en derredor.) Tiene muy buen gusto.
Sonia: Mamá era una mujer muy culta y muy sensible. Los muebles, las alfombras y los candelabros fueron comprados en Europa, en la época de las vacas gordas, cuando los uruguayos amábamos el roble, la caoba y la porcelana de Sévres.
Antonio: Me parece muy bien que los haya conservado.
Sonia: Hubiera preferido morirme antes que vender algo. Estaba todo igual cuando nací y así estará cuando me muera. Esa es la única forma de pasar por este mundo un poco...protegida.
Antonio: Pensar que cuando me mudé a este edificio y la vi por primera vez, me pareció una mujer fuerte. (Ríe.) Y hasta agresiva.
Sonia: (Ríe también.) ¡Fue por aquello!
Antonio: Aquello, ahora que la conozco más, me parece increíble.
Sonia: Ese ascensorista es una bestia.
Antonio: Usted lo puso en su lugar. Con voz firme, con gestos dominantes, lo pisó como a un felpudo.
Sonia: Me maltrató por algo tan insignificante. Yo estaba sola esperando en el pasillo y lo llamé. Él venía del piso de arriba, pero pasó sin detenerse. Después volvió a pasar una y otra vez. Y cuando al fin se detuvo en mi piso y le pregunté por qué me había hecho aguardar tanto, me contestó con grosería: "¿Quién se cree que es? ¿La reina de Inglaterra?
Antonio: ¡Nunca vi a una mujer tan furiosa! "No sea imbécil. Sólo le hice una pregunta", dijo usted. Pero había que ver cómo se lo dijo. Parecía una reina hablándole a un esclavo.
Sonia: A veces desafío a los esclavos, pero a pesar de eso les temo mucho. ¡Hay tanta bestialidad en el mundo! ¡Y pasé tanto frío y sentí tanta soledad esperando ese ascensor!
Antonio: Hizo bien en protestar. Y por lo que vi puede hacerlo con fuerza.
Sonia: Me horroriza ese hombre. Tiene algo animal e impuro.
Antonio: ¿Cómo todos los hombres?
Sonia: No todos son así. (Breve silencio.)
Antonio: ¿Piensa en alguien?
Sonia: Sí, pensé. (Pausa.)
Antonio: Muy buen coñac.
Sonia: ¿Le sirvo otro?
Antonio: ¡Claro que sí! (Ella sirve. A partir de este momento tratará de imprimirle un poco de jovialidad al diálogo.) Y aquí estamos, recordando el momento en que la señora...
Sonia: (Lo corrige.) Señorita.
Antonio: Perdón. El momento en que la señorita Sonia...
Sonia: Acevedo.
Antonio: El momento en que la señorita Sonia Acevedo puso a un imbécil en su sitio, pero comprobando con asombro que es incapaz de poner en su lugar al administrador del edificio.
Sonia: (Suplicante.) No insista, Antonio, o voy a pensar que vino aquí sólo para hacerme sufrir.
Antonio: (Turbado.) Bueno, en realidad vine para hacer algo más grato. (Con sinceridad pero avanzando. Es evidente que Sonia le interesa mucho.) Quería verla. Me parece una mujer muy hermosa.
Sonia: (Ríe con nerviosismo, con sutil y velado histerismo.) ¡Qué ridiculez!
Antonio: ¿Ridículo algo que es cierto?
Sonia: Ni usted ni yo tenemos edad para decir o escuchar ciertas cosas.
Antonio: ¿Se considera vieja?
Sonia: Vieja no. Madura.
Antonio: Yo, en cambio, me siento como un muchacho. Mejor dicho: soy un muchacho. Y así la veo a usted. (Pausa. La contempla.) ¿Por qué no se casó nunca?
Sonia: (Evasiva.) Hablemos de otra cosa.
Antonio: No, hablemos de eso. No tenga miedo de mí y dígame en quién pensaba hace un instante.
Sonia: (Con esfuerzo, después de una pausa.) Era capitán de navío y murió en el mar, en uno de esos viajes interminables y malditos. (Breve silencio.) Tuvo una muerte igual a la que tendremos todos nosotros, que nos iremos de este mundo sin dejar rastro. (Breve pausa.) Murió en alta mar, de peritonitis. (Otro silencio.) Era un hombre introvertido que hablaba poco de sus sentimientos. (Bajando la voz.) A veces creo que sólo fue un amigo. (Otro breve silencio.) Pero la vida sigue. (Con ironía.) Y hay que ordenar el caos. (Le muestra un portarretratos que hay sobre el bargueño.)
Antonio: Era muy joven.
Sonia: Era hermoso. (Silencio.) ¿Lo deprimí?
Antonio: No, no. En absoluto.
Sonia: ¿Y usted por qué vive solo?
Antonio: Vine a vivir a Montevideo hace un año, cuando quedé viudo. Yo tenía un campo de trescientas hectáreas en Treinta y Tres, y cuando comprobé que mis dos hijos lo miraban con demasiada codicia lo vendí, les entregué la parte que más tarde o más temprano les correspondería, compré este pequeño apartamento y puse el resto del dinero en el banco. (Silencio.) Ahora estoy solo, sin campo y sin hijos que se interesen en mí, pero no tengo que soportar cuatro ojos ansiosos que sólo querían verme muerto.
Sonia: (En voz baja, sin estridencia.) La vida es muy cruel.
Antonio: A veces. (La mira con ternura.) Me quedé sin la tierra, sin los árboles y sin los animales pero llevo aquí dentro recuerdos que nadie podría destruir. (Con orgullo.) Nunca me olvidarán en aquel lugar. Puse alambrados, planté árboles, milité en política. Era el caudillo más grande del departamento, y en las elecciones de mil novecientos sesenta y dos, conseguí seis mil votos para el Partido Nacional. Las comadrejas coloradas me temían más que a la muerte.
Sonia: (Tratando de ser frívola. Ha registrado los efluvios del interés del hombre y no sabe cómo manejarse.) Y aquí estamos: yo sin el capitán de navío y sin los aplausos del público; usted sin el campo y sin los hijos.
Antonio: (Con plenitud.) Está la botella de coñac, sin embargo. Y usted, que sigue siendo una gran artista. (Le acaricia la mano con delicadeza.)
Sonia: (Se levanta molesta.) ¡No! Por favor.
Antonio: (Desconcertado.) ¿Qué le pasa?
Sonia: ¡No le abrí la puerta para esto!
Antonio: (Sinceramente arrepentido.) Disculpe.
Sonia: No, no lo disculparé. No me gustan esos excesos de confianza. Me decepcionan, me deprimen.
Antonio: Cálmese, por favor. No iba a hacerle nada. No vine para eso.
Sonia: ¡Sí que vino! Todos quieren lo mismo.
Antonio: Déjeme explicarle...
Sonia: (Lo interrumpe.) No me explique nada y váyase. ¡Váyase! (Pausa. Antonio sale lentamente. La luz empieza a declinar. Se oye una sonata de Vivaldi. Sonia permanece inmóvil en el centro del escenario. Hay una extensa pausa durante la cual la luz sigue descendiendo. Ella sale del escenario y regresa vestida para salir. Tiene puesto una larga capa negra, una capelina y anteojos oscuros. Detiene su figura misteriosa frente al espejo y se contempla. Después apaga las lámparas, se acerca al teléfono, disca y habla con voz espectral.) Soy yo, querido niño. Voy para ahí. (Sale mientras la luz declina totalmente. Se oyen los acordes de la sonata.)

- II - 

La acción transcurre en el mismo lugar. Suena el timbre y Sonia abre la puerta

Sonia: Pase.
Antonio: ¿Cómo está?
Sonia: Bien.
Antonio: Si la molesto puedo volver en otro momento o...
Sonia: No, no estaba esperando.
Antonio: Discúlpeme que la haya llamado por teléfono. Pero quiero, si me permite...
Sonia: (Lo interrumpe.) No me pida más perdón por lo que pasó el otro día. Ya lo hizo y yo lo perdoné.
Antonio: Quiero decirle algo que no le dije cuando la llamé. (Con cautela.) Lo que sentía aquella noche no era nada vulgar. 
(Sonia ríe.)
Antonio: ¿De qué se ríe?
Sonia: Olvídese de todo eso y hablemos de la reunión. ¿Va a ser el lunes? Lo felicito por haber logrado que vaya todo el mundo.
Antonio: Le agradezco que haya decidido acompañarme.
Sonia: Ya le dije que lo apoyaré en silencio, sin hablar.
Antonio: Me prometió que irá.
Sonia: Sí, sí. Iré. Y no sé cómo logró esto de mí. Soy incapaz de mezclarme en esos asuntos.
Antonio: Gracias, por eso mismo. La unión hace la fuerza, como dice el refrán, y juntos podremos lograr más que separados. Me propuse terminar con el desorden que hay en este edificio.
Sonia: No creo que lo logre.
Antonio: ¿Por qué es tan pesimista?
Sonia: Porque sé muy bien lo mezquina que es la gente. Sólo quieren discutir y pelear.
Antonio: A mí sólo me interesa vivir en paz, y lo lograré.
Sonia: (Con ironía, retándole.) ¿Logra siempre todo lo que desea?
Antonio: Casi siempre. (Pausa breve y tensa.)
Sonia: ¿Quiere sentarse?
Antonio: Sí gracias. (Se sienta.) Estoy un poco cansado. Anduve caminando por ahí. Pero Montevideo es un páramo en invierno y sólo a mí se me ocurre salir a esta hora.
Sonia: (Con tristeza.) Montevideo siempre es un páramo, también en el verano, y yo nunca sé dónde meterme. A veces me parece que estoy en una ciudad vacía.
Antonio: ¿No le gusta el verano?
Sonia: No. Odio el sol. (Silencio.)
Antonio: Es extraño. (Otro silencio.) El sol nos da fuerza y nos proporciona alegría.
Sonia: (Estupefacta.) ¿Fuerza? ¿Alegría? ¿De qué está hablando?
Antonio: De todo lo que vale la pena.
Sonia: Para ustedes los hombres casi todo vale la pena, quizá porque se conforman con cualquier cosa.
Antonio: ¿A qué le llama cualquier cosa?
Sonia: No sé explicarlo. Pero una piensa en lo esencial y ustedes en lo superficial. Una imagina y ustedes maquinan.
Antonio: Me hace sentir como un monstruo.
Sonia: Quizás lo es. (Breve y tenso silencio.) ¿Lo es?
Antonio: (Ríe.) ¿Usted que opina?
Sonia: Prefiero no opinar nada por ahora. (Un silencio.)
Antonio: (Tratando de cambiar de tema.) Sí, caminé desde aquí hasta Bulevar Artigas con la esperanza de encontrar algún amigo. Pero no a todos los hombres de mi edad les gusta salir cuando llueve.
Sonia: (Con burla.) No todos son caudillos. (Antonio ríe.) ¿De qué se ríe?
Antonio: Me hizo gracia ese término.
Sonia: Lo usó el otro día, cuando hablaba de su pasado. (Irónica.) ¿No fue el hombre más importante de su pueblo, el que logró miles de votos para el herrerismo?
Antonio: Me hizo gracia el término aplicado a todos los hombres. Yo recorrí el departamento de treinta y Tres a caballo, durmiendo en taperas y compartiendo fogones para que el partido blanco pudiese llegar al poder. Otros vivieron en Montevideo, durmiendo en una cama.
Sonia: Pero usted era estanciero.
Antonio: No me diga que eso también le molesta.
Sonia: ¿Por qué habría de molestarme? Los estancieros viven lejos, en sus estancias, y yo aquí, en este agujero.
Antonio: (La corrige.) En este hermoso agujero.
Sonia: Si usted lo dice. (Pausa. Antonio la mira con codicia.)
Antonio: Así es. Caminé desde la plaza Independencia hasta el obelisco. Treinta y dos cuadras. Tengo la fea costumbre de contar las cuadras que hago. (Burlándose de sí mismo.) ¿Es aburrido, no? Es mucho más interesante tocar ese instrumento. Se lo dice alguien que ama la música. En mi casa había un violín.
Sonia: (Con tristeza.) Entonces debería saber que no es nada del otro mundo. El mío casi siempre desafina. O soy yo, no lo sé.
Antonio: (Irónico.) ¿Usted, que es una figura consagrada?
Sonia: (Con sofisticación.) No olvide que pasaron muchos años desde que di conciertos con éxito y fui una especie de gloria local. (Con pena.) Pasaron muchos años de depresión y de olvido. El público es muy ingrato. (Toma el violín y lo ejecuta con torpeza. Después lo abandona sobre un sillón y mira patéticamente a Antonio.) Y yo ya no puedo tocar bien. A veces me parece que no sé hacerlo.
Antonio: Yo creo que nunca supo hacerlo bien.
Sonia: (Dolida.) Eso es muy cruel.
Antonio: ¿Por qué miente? Usted nunca dio un concierto. Es imposible que haya sido famosa.
Sonia: (Nerviosa.) ¿Esa es una venganza por no haberle permitido que me acariciara?
Antonio: (Implacable pero con contenida ternura.) Es algo que todo el mundo sabe en este edificio, a pesar de que usted sigue hablando de la fama que tuvo. (Tenso silencio.) Vamos, toque algo. Una sonata de Fauré, por ejemplo.
Sonia: (Se desmorona anímicamente.) No tengo ganas.
Antonio: Miente. En realidad no sabe hacerlo. Ningún artista joven le trajo una nueva obra y odia ese instrumento.
Sonia: ¿Vino para decirme eso?
Antonio: Sí. Pero no sólo por eso.
Sonia: Me molesta ese lenguaje autoritario. Me recuerda la época en que mi mamá me exigía que hiciera treinta ejercicios por la mañana y treinta por la tarde. Yo odiaba con toda el alma esos ejercicios y los hacía mal a propósito. Ella se enfurecía y me insultaba, pero ni su violencia ni sus insultos sirvieron de nada.
Antonio: Es contraproducente que los padres exijan a los niños que sean concertistas, o dibujantes, o deportistas, o alumnos brillantes, cuando estos no sienten inclinación por nada de eso.
Sonia: (Con rencor.) Es contraproducente que haya padres, quizá. Y que la paternidad y la maternidad puedan convertirse en una especie de guerra.
Antonio: Todo lo reduce a conflictos. Débil y fuerte. Víctimas y victimarios.
Sonia: Eso es lo único que veo en el mundo.
Antonio: Pero no es eso lo único que existe.
Sonia: Estoy cansada, y es muy tarde.
Antonio: ¿De qué está huyendo desde hace tantos años?
Sonia: No quiero hablar.
Antonio: ¡No quiere hablar! Pero alguna vez hablaremos, lo juro. (Pausa extensa, cargada de tensión. Antonio extrae algunos acordes del violín. Sonia está tensa y rígida y, a través de esos acordes, regresa al pasado y revive horas de sufrimiento y de soledad.) Buen instrumento.
Sonia: Stradivarius.
Antonio: Es admirable cómo logró que mantenga su brillo.
Sonia: Lo lustro todos los días con una especie de fanatismo.(Mira fijamente a Antonio. Pausa.) Nunca di un concierto, quizá. Pero eso no debería importarle a nadie.
Antonio: A mí sí.
Sonia: Siempre traté de hacerle creer a la gente que yo era alguien o que lo había sido. Pero sé que no dio resultado. Todos creen que soy una loca o algo parecido. Los ascensoristas se burlan de mí y murmuran que salí de un manicomio. Es culpa mía, ya lo sé. (Patética.) Pero no pude evitarlo.
Antonio: ¿Por qué sigue fingiendo entonces?
Sonia: (La luz declina. Ella habla con tristeza después de un silencio.) Hace muchos años, cuando yo era niña, se hizo famosa en Montevideo una concertista adolescente que se llamaba María Vischnia. Tocaba el violín maravillosamente y mamá la admiraba mucho. Creo que la amaba más que a mí.(Breve silencio.) Cierto día mamá trajo este violín a casa y contrató a un profesor para que me enseñara a ejecutarlo. Al principio lo planteó como un juego, sin exigirme demasiado. A mí no me gustaba el violín. Me gustaba el piano, que era un instrumento más femenino. (Silencio.) Pero ella se enfureció. Y lo que empezó como un simple deseo se convirtió en una exigencia monstruosa y maligna. Peleamos a muerte pero en silencio. Los pensamientos de odio se apoderaron de este lugar. Yo nunca pude perdonarle que me identificara con esa....cosa. Podía haber querido que fuera cantante, o escribana, o maestra. Pero quería que yo fuera como María Vischnia, más famosa que ella si eso era posible. Y nunca pude preguntarme qué quería llegar a ser yo misma. (Pausa.) Los años pasaron y mi madre tampoco me perdonó el desinterés, y cuando el marino pidió mi mano se la negó. (Breve silencio. Ahora tiene la voz quebrada y henchida de angustia.) Y aquí estoy, siempre con ese odioso violín en mis manos, intentando lo que ya no es posible. Apenas puedo mover los dedos.
Antonio: (Con ternura.) Lo sé.
Sonia: (Asombrada.) ¿Lo sabe?
Antonio: Sí, Sonia, sé todo sobre usted. Mejor dicho: sé todo lo que se puede saber sobre otra persona. Hace meses que la observo con preocupación y admiración. (Observa que ella está crispada, confusa, escindida.) ¿Qué le pasa?
Sonia: No me siento bien. Quiero estar sola.
Antonio: (Con crueldad.) ¿Sola o con uno de esos jovencitos que la esperan a veces cerca del edificio?
Sonia: (Con ira.) ¿Qué dijo?
Antonio: ¿Por qué no acepta una amistad con un hombre de mi edad en lugar de...?
Sonia: (Lo interrumpe.) ¡Esos jovencitos me piden poco y nunca me juzgan! (Con odio.) ¡Fuera! (Grita.) ¡Fuera!
Antonio: (Muy sereno.) No me iré.
Sonia: ¡Déjeme tranquila, por favor! ¡No me espíe ni me acose!¡ Déjeme vivir mi vida!
Antonio: ¿Por qué se descontrola cuando intento acercarme a usted para hablar razonablemente?
Sonia: No quiero que mencionen aspectos de mi intimidad que no deberían importarle a nadie.
Antonio: A mí si me importan. (Pausa. La mira con amor y piedad.) ¿Querría salir un día de estos con un hombre que quizá nunca fue caudillo ni estanciero y que ni siquiera tiene hijos? A mí no me importa que usted no haya sido famosa.
Sonia: (Está desarmada, confusa, y siente que perdió las defensas.) No lo sé.
Antonio: (Con mucha dulzura.) Píenselo. La llamaré mañana. (Pausa. Toma el violín.) Y ahora tocaré para Sonia Acevedo, que para mí es mucho más importante que María Vischnia, una sonata de Ravel. (Ejecuta la sonata. La luz declina lentamente. En el atribulado rostro de Sonia se refleja una intensa sorpresa mezclada con angustia y plenitud.)

Ricardo Prieto
Escrita en Montevideo, en el año 1993.

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