Proles

 

Cuarenta y tres niños no pueden beber al mismo tiempo de una taza. Este hecho demasiado obvio fue olvidado por los hijos de Anade Badio la mañana en que su madrastra les preparó aquel apetitoso chocolate.

Las cuarenta y tres tazas ya estaban servidas en la gran mesa del comedor cuando la prole se dispuso a desayunar. Pero Apedio, el hijo mayor, ordenó a sus hermanos:

-Beberán todos de mi taza.

Los hermanos dejaron las suyas sin tocar y se lanzaron en tropel sobre la ínfima taza de barro de Apedio.

Cuando  la madrastra entró transportando un recipiente provisto de más cantidad del humeante manjar, vio a los hermanos aglutinados alrededor de su voluminoso hijastro.

-         ¿Qué están haciendo preguntó la mujer?

Los niños respondieron a su pregunta abriéndose con lentitud como un abanico para que ella  pudiera contestarse por sí misma.

Apedio había muerto asfixiado.

La madrastra gritó pidiendo auxilio.

Y enseguida entró al comedor Anade Badio jadeando como un perro.

Una vez que hubo verificado la muerte de su hijo predilecto, el hombre castigó a los menores ordenándoles que se fueran a la cama. Después se sentó a la mesa. Su mujer, acostumbrada a vivir con él desde hacía ciento cincuenta años, sabía bien qué significaba aquello, y le acercó las cuarenta y dos tazas no tocadas para que las vaciara.

Eso hizo él con escrupulosidad. Y cuando la mujer vio que empezaba a lamer el fondo de las tazas vacías, acercó a su gran bocaza el recipiente lleno aún.

Tres años después, cuando Anade Badio se levantó de la mesa definitivamente recuperado de aquella indigestión, enterró al hijo muerto debajo de un árbol y se puso a pensar en el menú que pediría para el almuerzo.  


Ricardo Prieto
"La puerta que nadie abre"

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