Poemas franceses
Ricardo Prieto

XV

Los siglos ahogan como lava en la rue de Rivoli.
¿Cómo es posible que perdure la angustia
aunque los pájaros no sean los mismos?
¿Y las carrozas, los bastones, las galeras,
en qué se transformaron,
quién alisa sus paños, sus texturas?

Oigo el clamor del verano.
París se aletarga pero rueda, febril,
expectante y contenido.
Oigo el fragor de los clarines,
veo los despojos,
los estandartes.
Oigo el fragor de los clarines
y los gritos de una mujer que murió loca
porque a su hijo lo mataron en Waterloo.

Oigo todo. Todo lo veo.
Es la tierra ardida, despierta;
es el inmenso dolor pasado, presente y futuro
que se extiende, renace,
porque ama extrañamente la vida.


Es algo más poderoso que París, que las ciudades.
Montevideo, Nantes, Buenos Aires, París,
fluyen en mi memoria fusionados.
Don Luis, de pilot, con paraguas,
como lo vi en el café Sorocabana,
pasa abrazado a la princesa de Lamballe.
Y una duquesa resucitada
me pide en el Quai d'Orsay una moneda.

Oh Dios.
Que este dolor no sea magnificado
pido. Que cuando camino por el boulevar Malershbes
no aparezca un paje, no me salude un rey.

Ricardo Prieto 

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