Poemas franceses
Ricardo Prieto

XIV

El aire pesa, es sombrío.
París en verano, la luz de Francia
envuelve el tiempo.
Interminable hilera de muertos
pasan, claman ante mí
que estoy, inofensivamente,
tomando un café frente a la Concergierie.
Desciende Marie Antoinette erguida,
silente, marmórea.
Va en carreta hacia la muerte.
Proust pasa en un carruaje
escudriñando el ser de las cosas.
Canta el aire, la luz canta.
Son sombríos
-a pesar de la luz-
la piedra, las tejas, la suave
brisa del atardecer.
¿Dónde están los muertos,
los reyes, los duques, las condesas?
¿Dantón y Robespierre?
¿Napoleón y Ana de Noaïlles?
Tumba tras tumba magnificada
he visto aquí.
En París, en Versailles, en Nantes.
Inútil afán de perdurar en los mausoleos.
Polvo al polvo, Ana de Bretagne.
Y también Sophie, cocinera de Flaubert.
Quedan, inmóviles, la piedra
y el dolor cristalizado.
Busqué a Sartre en el café de Flore
y me dijeron que ya no puede ir.
Muerto.
Y a Juliette Grecco no se la ve
Por Saint Germain de Pres.
¿Seguirá amando los pequeños cafés,
los sombríos edificios ancianos,
el petit café servido con tierna prisa
por los oficiantes del quartier de los poetas?
¿O habrá muerto ese amor también?
Muerte incesante.
Todo es frágil, ínfimo, casi inútil.
Sin embargo, la muerte no pesa tanto aquí.
Es más liviana, quizá.
Sobrevive el aire.
Fructifica en él un latido,
Un soplo incesante:
El viejo dolor.

Ricardo Prieto 

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