Piel derramada
Ricardo Prieto

a Miguel Ángel Prieto

Julio horrible.

Se nos vino la muerte

sin golpear,

sin pedirnos.

Se nos cayó el reposo

y el viento humedecido

también nos vio morir.

Se fue el hermano oscuro

por el ardor, con miedo,

temblando, se fue.

Julio horrible.

Se nos vino la muerte.

La vida se murió.

 

II

 

Te he perdido.

Desde la oscura noche del nacer

te he perdido

a ti que amé más que a Dios sin saberlo,

más que todo,

                       a ti,

pórtico del deseo por el que entré

sin que huyeras

para quedarme siempre allí.

 

III

 

Miguel Ángel, niño oscuro,

ven hacia la tierra donde anclamos

madre y yo

con la bandera del amor a medio flamear

haciendo tristes señas.

 

IV

 

Tú y yo estamos mirando

la oscurecida harina del mar,

madre nos toca

arranca el sol de nuestros hombros.

Tú y yo niños sentimos

su pesarosa mano secando el resplandor.

Tú corres,

             yo me inclino,

tú me llamas,

             yo acudo,

y allí juntos –de piel-,

de otra harina

             -de miedo-,

se disemina en mí tu temblor,

mi temblor te escudriña.

 

Hermano,

          hermano mío,

marchando solo ahora

hacia la inmensa playa

donde nunca estuvimos.

Hermano,

          hermano mío,

riego de todo el llanto,

          blanco,

          oscuro,

          pesando de amor,

cayendo en nuestro nombre.

 

V

 

Aquí, Montevideo. La pensada muerte

vino a esquilmar mi casa otra vez.

Paredes saltaron, cuchillos.

Pero yo,

          madre también,

olemos tu piel derramada,

oímos el viento, sabemos que ollas, manos, pesares,

recodos de los tréboles,

y el pasto mojado de rocío,

y la noche misma, vaciada,

y las lámparas, colchas, roperos,

todo inmenso se torna,

infértil

          cae.

como madre,

como yo mismo,

como tú ausente

en inmóvil terror.

 

VI

 

Tuyo era el pan,

y el rocío blanco

se empecinó en verte partir.

Las tumbas se abrieron

para que entráramos contigo,

y en mi mano llevé tu peso,

y en mi mano te contuve

                                 como nunca,

                                      a ti.

 

Pero ahora comienza el páramo.

Hosca la tierra nos margina

y el día nos pide tus ojos,

el ramo fúnebre,

                       tu piel.

 

Se ha derramado el cántaro

y hemos caído,

nosotros en la muerte incesante,

tú en la boca blanca de Dios.

 

Piel derramada sobre el arca de julio

se llevó nuestras flores,

el perdón del verano

                            y la luna.

 

Hemos quedado debajo del mundo

            todos nosotros,

                   aquí.

Ricardo Prieto, 1982

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