El pasto no es la hierba

Ricardo Prieto

Estamos sentados cerca del ventanal que comunica con el jardín del hotel, mirándonos de soslayo y aguardando a que sean las diez para que llegue Niersin y nos lleve a Buenos Aires en su coche.

Lirvia sorbe el café con fruición malsana, concentrándose deliberadamente en el sabor para que yo sufra. Finjo que no lo advierto, reviso la agenda, invento fechas, escribo frases ilegibles y miro hacia la ventana, hacia los pinos no tan lejanos. "No voy a sentir envidia de esa pasión", reflexiono. "No voy a odiar el café porque te deleites con su aroma".

Cuando termina de beber, Lirvia sonríe. Y me mira.

– Niersín demora –digo.

– Sí. Niersin demora –repite ella.

Permanecemos en silencio, contemplando sin movernos los pinos demasiado pequeños que cercan el hotel. "Es un día oscuro éste", pienso. Lirvia me mira e intuyo que razona de este modo: "Piensa; siempre piensa en algo que no soy yo."

Pero yo estoy pensando en esos pinos erguidos como fantasmas dentro del paisaje donde está situado el hotel en el que acabamos de pasar nuestras vacaciones, y llego a la conclusión de que no son pequeños ni grandes.

Lirvia, que es una especie de sabueso y detesta que no me ocupe de ella, me pregunta:

– ¿Por qué habrá tan pocos pinos?

La miro con violencia y observo que se asusta de mi reacción, entorna los ojos, los desvía después hacia el ventanal, hacia la luz opaca de la mañana. Sabe que estoy odiándola por introducirse sin pudor en mis pensamientos llenos de ramas y sombras. Recalco con lentitud:

– No hay pocos pinos.

Se ríe. Su risa me asusta. Podría ponerme a gritar. No lo hago porque otro pasajero nos contempla con insistencia desde una mesa lejana.

No sé qué clase de miedo me induce a sonreírle a Lirvia al mismo tiempo que clamo sin palabras por Niersin para que nos conduzca hacia la ciudad donde podemos disimularnos, yo sin que Lirvia me acose, ella sin que yo la desmenuce.

– No hay pocos pinos –repito.

Pero es una mujer tenaz y persiste en su misión destructora.

– Sin embargo hay mucho pasto –dice.

– Tampoco hay mucho pasto –corrijo. Y agrego con firmeza y crueldad:– El pasto no es el pasto en un lugar así. Sería mejor llamarlo hierba.

– No sé –exclama.

Yo respiro aliviado. Es una tregua. No sabe.

De pronto siento piedad de Lirvia y odio hacia la obsesiva determinación con que me he puesto a contar los pinos que rodean el hotel cuyas habitaciones con algo de santuario y de hospital retendrán para siempre nuestros ruegos silenciosos, nuestras miradas turbias, solapadas.

El camarero se acerca con lentitud y me entrega la esquela que trae sobre la bandeja. Lirvia se angustia, aunque disimula, y sus ojos aparentemente distraídos comienzan a vagabundear por el comedor desierto, pues el único comensal se ha ido.

"Voy a llegar mañana." Reconozco la letra de Niersin. Le muestro la esquela a Lirvia. Ella la lee y después cierra los ojos. Yo la imito. No queremos mirar de nuevo el verdor, el pasto que para mí es hierba, los pinos que están aún.

Niersin va a llegar mañana y eso es lo único que importa. Ahora es necesario continuar.

Después de un prolongado silencio, ella dice:

– No, querido. El pasto no es la hierba.

Ricardo Prieto
Desmesura de los zoológicos
Editorial Proyección, Montevideo, 1987 

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