Otro pescado muerto
Ricardo Prieto

Es frecuente que se sienta así de noche, cuando los padres se retiran a sus habitaciones y Ernestina, la única sirvienta, reza el rosario arrodillada ante su cama.

Mañana cumplirá trece años y habrá invitados, pondrán una torta sobre la mesa del comedor y él apagará las velas sin hablar antes y sin hablar después, como viene haciéndolo en cada onomástico, mientras padre, madre, primos y tíos lo mirarán más consternados que embelesados, admirando su distinción y alarmándose por su palidez.

Un niño fino es él, y cumplirá años con fineza, con recato, con inmaculada sobriedad. Cuando los aplausos coronen el "que los cumplas feliz" sonreirá con fineza y mirará con ojos anhelantes y fijos a madre y padre, a padre y madre, y, más allá, el jardín, el huerto, el cielo, las casas lejanas, el incierto y temible futuro.

Ahora, recostado sobre la cama, ve los árboles oscurecidos en el anochecer, oye el viento que bambolea alambrados y ramas, siente ganas de estar en otra parte. Así se ha pasado durante casi todos los últimos años: deseando huir hacia el remoto lugar donde cierta vez se había encontrado con la parte desconocida de sí mismo. No le interesan los países lejanos, ni las personas que podría conocer, ni los trenes, los barcos o los aviones. No ansía huidas que implican esfuerzo y movimiento porque intuye oscuramente que el esfuerzo y el movimiento sólo atraen penurias y dolor. Sólo quiere alejarse hacia la inmovilidad de sí mismo, no experimentar desasosiego, renunciar a los pensamientos. Creer, por ejemplo, que puede esperar algo hermoso y excitante del nuevo día: una caricia, un encuentro pleno e imprevisto, algo parecido a la certidumbre, a la magia, a la devoción. Resucitar las vivencias que había tenido años atrás en un bosque, cuando levantó un pájaro herido que estaba agonizando en el camino, puso granos en su pico y le dio calor esperando a que se curara e iniciara el vuelo otra vez. Por breves segundos había sentido que algo misterioso lo colmaba, y que ofrecer amparo era lo mismo que engendrar vida.

Pero a su alrededor ya no hay pájaros ni esperanza. Sólo está la noche ahí fuera, cercándole, vertiéndose por el colador de la oscuridad. Se siente acosado y perdido. Lo oprimen los gigantescos muebles, las alfombras, las arañas de cairel que penden sobre el aire frío de la habitación. En momentos como este querría tener un hermano para jugar, pelear y reírse con él. La casa y el mundo parecen dos inmensos enemigos, y su pequeñez y su debilidad son incapaces de lidiar con sus invisibles cuchillos. Sin embargo, él es parte de esa casa, está contenido en ella a pesar de saber que es ínfimo y despreciable. Y siente ganas de llorar.

Ahora sale de la habitación sin saber por qué. Odia aquel cuarto enorme y las moles de caoba y de cedro que contiene; también detesta las porcelanas, los marfiles y los cristales. Camina por el alfombrado pasillo de la planta alta sin hacer ruido, tratando de que los demás olviden que él existe. Se detiene frente al cuarto de la madre, se acuclilla y espía por la cerradura. La mujer está desnuda y sentada en la cama contemplando sus senos en un espejo. Su mirada absorta podría infundirle pavor a cualquiera, y el lento y firme deslizamiento de sus dedos sobre los pezones se asemeja al ensayado repertorio gestual de una actriz insondable e inhumana. De pronto aprisiona sus senos con deseo, y en aquel tapizado de espejos la figura desnuda parece una prolongación combinada de la piel humana y el cristal.

El muchacho aparta el ojo de la cerradura y se aleja cansinamente, oprimido y atrapado de nuevo en la sensación de culpa, deseando regresar a la ciudad lo antes posible para perderse en calles, cines y bares, para diluirse en multitudes que no dejan rastros, ni se acarician el cuerpo desnudo, ni son observadas con consternación por sus hijos.

Desciende a la planta baja y ve a su padre leyendo en la sala. Mirado desde lejos, el diario o pergamino o papel blanco que sus manos aprisionan parece un pesado objeto, y el acto de leer un extraño nudo en que hombre y hoja de papel se funden con avidez, como si uno fuese la prolongación del otro.

A diferencia de la madre, el padre tiene ojos capaces de distraerse y de olvidar, y sus manos blancas y carnosas se mueven con displicencia, y su cuerpo extendido gatunamente sobre el sofá oculta viejos secretos, goces insospechables, perversión y volubilidad.

Apesadumbrado por las imágenes de la displicencia paterna huye hacia el jardín convencido de que el hombre sentado en la sala, y la mujer que se acariciaba los senos son seres desconocidos que nunca volverá a ver. Cuando sale de la casa la opresión que había sentido en el pecho parece atenuarse, pero cuando los dos perros ovejeros corren hasta él y posan sus gruesas patas sobre su cara, la maraña de pelos, hocicos y baba en que se hunde le infunden asco y pánico. Como consecuencia de la ostentosa efusividad de los perros el jardín parece un parque endemoniado y él un simple bicho atrapado en las garras de gigantescos y peludos seres informes. Y los árboles, los caminos retorciéndose en la lejanía, son como signos indescifrables colocados en el mundo por una mano siniestra.

Intentando sustraerse de la algarabía de los perros camina al azar buscando el río. Quiere entrar al agua helada y bañarse. La noche está en calma y parece suspendida en el aire como una gran bolsa negra de la que hay que escapar introduciéndose en el agua. No se ve la luna y el cielo no tiene estrellas. Aúllan perros que no son sus perros; aúllan con desamparo. Camina sin pausa, olisqueando en la oscuridad el sendero que conduce al río. Hace un año que no se baña allí, pues sólo viene a la casa durante las vacaciones. Pero esta vez también le ocurre lo que le ha pasado otras veces: no encuentra el camino y se pierde.

Después de caminar más de media hora ve, de pronto, el río. Parece herido y tumultuoso y más negro que la noche. Se acerca a la orilla y se desnuda. Mira el cielo y los macizos árboles que la oscuridad entreteje. Se introduce en el agua y su piel empieza a erizarse. Árboles, cielo, perros y padres se convierten de pronto en remotas figuras que nada tienen que ver con su vida, y con el frío que lo penetra, y con la sensación de abandono, y con la fragilidad, y, sobre todo, con el extraño e imperioso deseo de dormir.

A medida que los segundos transcurren se acostumbra al agua y deja de temblar. Se aleja de la orilla y siente que se despoja de la parte más lastimosa y humillada de sí mismo. Se hunde en el agua, pero al emerger advierte que el desvanecido paisaje adquirió una espantosa aridez, y que la casa lejana, y los senos de la madre, y la indiferencia del padre, y los perros, son una horrible trampa de la que debe huir para siempre.

Sigue nadando mientras mira con los ojos impávidos y fijos el cielo marrón y desierto. De pronto recuerda la escuela, el frío y la pulcritud de las paredes y aquel maestro que le hablaba mansamente, con desconfianza, con elaborada cautela, como si hubiera presentido en él algún peligro. Piensa también en los otros niños: son torpes y arrogantes, gritones e imbéciles. Juegan a la pelota, coleccionan figuras de colores, se amenazan con revólveres de juguete, en los baños hacen ostentación de sus genitales. Piensa en las niñas a las que acariciaba con brusquedad en los pasillos sin que participaran de sus caricias. A veces lo rechazaban, a veces lo toleraban sumisamente.

Mientras nada alejándose de la orilla, de su casa y del mundo, piensa en cierto caballo que vio muerto y en el olor de su carne podrida; piensa en el año anterior, cuando sangró al cortarse la rodilla; piensa en el calor del verano y en el frío del invierno; piensa también en todos los inviernos y veranos que se sucederán rítmicamente, con prolija paciencia, porque sí, mientras él crecerá, irá al liceo, encontrará una novia, se afeitará por primera vez, estudiará medicina o abogacía, se casará, tendrá hijos y amantes, ganará dinero, se sentará a leer el diario mientras su esposa se contemplará los senos en un espejo. También piensa que nunca verá la nieve, ni vivirá en la Edad Media, ni tendrá hijos que lo amen, ni verá el fin del mundo.

Piensa también en la comida. Desde chico le han enseñado que debe comerla, digerirla, defecarla prolijamente en lugares privados; piensa en la cantidad de veces que se acostará a dormir para despertar al otro día, en las corbatas que tendrá que comprarse, en la infinidad de encuentros y pérdidas y olvidos y viajes y recuerdos y rencores y pesares que atesorará a través de días, semanas, años. Piensa en una estatua que había contemplado años atrás: era una mujer desnuda que había sobrevivido a millones de hombres que la habían mirado y la habían deseado. Piensa en los cementerios, y en sus abuelos muertos, y en todos los huesos humanos, los viejos, milenarios huesos de la especie perdidos en el mar, en la arena y en la tierra.

Al final piensa en el amor del que habla la gente, y en lo difícil que le resulta a él sentir algo parecido al amor, a él, que en ese momento, mientras nada, se siente como un animal minúsculo, desarraigado, ceñido pero también sin límites, como si fuera el mar mismo y anduviera de aquí para allá sin ton ni son.

Cuando empieza a sentir sueño, se pone de espaldas y empieza a flotar.

Y flotando boca arriba se aleja por el río huyendo de sus pensamientos y del bosque, de la casa, los perros y los padres dueños de su vida. 

Al amanecer, en la barca desde donde lo ven, creen que es otro gran pez muerto flotando a la deriva.

Ricardo Prieto
"Donde la claridad misma es noche oscura" 
Editorial de la Banda Oriental - 1994

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