Un olor sucio y maldito

 

Los dos bichos estaban atados juntos y parecían muertos. Pero no era así, según comprendió la mujer al acercarse y comprobar que se miraban con deseo.
-Maldito deseo- gritó ella decapitándoles abruptamente.
Después empezó a pelarlos. El marido y los hijos eran muy puntuales a la hora de comer y quería evitar las protestas, los golpes y hasta los zarpazos que le darían si la comida no estaba lista.
Encendió el fuego y se quedó mirando las cabezas hendidas y sangrantes. Muy próximos a ellas, los pequeños cuerpos aleteaban aún con vida, quizá buscando el lugar que nunca más encontrarían.
La mujer se aproximó con lentitud y rebanó la carne de los dos animales a la altura del corazón. Después de arrancar de cuajo los dos órganos sanguinolentos, los metió en la olla pensando que el deseo era como un olor sucio y maldito. Todos los seres reptaban como alimañas detrás de presas sexuales o comestibles. Ella misma era víctima permanente del incontrolable apetito de su familia, y desde hacía décadas les ofrendaba variados y suculentos platos a aquel hombre y a aquellos niños siempre hambrientos de carne humana. La idea de servirles esta vez la asquerosa carne de los animales la llenó de satisfacción.
Una vez que hubo terminado de cocinar la carne la desparramó sobre los quince platos. Puso la sangre a hervir y aderezó los bordes del guiso con pequeñas uñas humanas muy cotizadas en el mercado. Después se sentó a esperar, disfrutando anticipadamente de la venganza.
Pocos segundos después entraron hombres y niños en tropel y se arrimaron riendo a la mesa dispuestos a comer el manjar. Pero el marido, cuya sensibilidad gastronómica le permitía advertir con facilidad la diferencia entre el sabor del intestino de un hombre joven o viejo, al olisquear el aroma que desprendía el plato comprendió que la mujer intentaba engañarlo con alevosía.
-¿Qué es esto?- preguntó con aspereza dejando de comer.
-Carne de niño- respondió ella.
El hombre probó de la carne una vez más, pero la vomitó al instante y ordenó a sus vástagos que no continuaran comiéndola. Estos refunfuñaron y miraron a la madre con maligna furia.
Pero el hombre, tan hambriento como acosado por la ira que a sus hijos le producía el hambre, cansado al mismo tiempo de tener que vivir lidiando con aquella mujer insumisa que no terminaba de comprender las leyes de la naturaleza, estrelló la fuente sobre el piso y empuñó el cuchillo.
La mujer tembló, acuclillándose. Y cuando vio a los hijos relamerse en silencio, empezó a rezar una plegaria que no pudo terminar.


Ricardo Prieto
"La puerta que nadie abre"

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