Obolos

Ricardo Prieto

El señor Bon se sintió ofendido el día en que Renata Vicio lo detuvo en la calle para preguntarle por qué no la visitaba nunca. Él era un hombre viejo que había comido siempre la pulpa del placer y ahora tenía que conformarse con oler sus costras. La pregunta de la mujer despertó su orgullo y su lascivia. Entonces se dispuso a responder sin palabras, posando su cuerpo desnudo sobre la horrenda prostituta.

Aquella noche Renata Vicio contempló el rostro del señor Bon sobre su rostro, sintiendo cómo el pene agrietado del anciano intentaba penetrarla en vano.

Él resopló sin gemir, se endureció y se ablandó, maldijo al Diablo y a Dios intentando introducirse en aquel cuerpo grotesco. La indolente mujer toleró sin inmutarse el torpe jadeo senil sobre su carne y advirtió que el viejo ya no era capaz de penetrar a nadie. Pero él no quería irse de la habitación sin plasmar el ardor de su deseo en aquella hembra de la que esperaba hostilidad; no quería pagar sin que le retribuyesen el pago con un poco de odio.

Por eso, y también para evitar los remordimientos y el desasosiego que lo acosarían si no llevaba a cabo su misión a buen término, se despegó de la meretriz, salió de la cama y desplazó sus afilados huesos hasta la cocina del pulcro apartamento. Después se acuclilló y evacuó con lentitud sobre el piso, contemplando el rostro de la mujer entonces sí lleno de reprobación.

Ricardo Prieto
Desmesura de los zoológicos
Editorial Proyección, Montevideo, 1987 

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