El niño verde
Obra en dos actos
Ricardo Prieto

Se estrenó el 14 de diciembre de 1970 en el Teatro Solís de Montevideo con auspicio de la Comisión de Teatros Municipales. Elenco: Yamandú Taño, Julio Trotta, Pedro Corradi, Omar León, Roberto Allidi, Julio Batista, Washington Pereyra, Beba Carratú, Osvaldo Carratú, Mercedes Buschiazzo. Escenografía y vestuario: Martha Grompone. Iluminación: Hugo Mazza. Coreografía: Loreley Pose. Dirección: Mabel Rondán.

Ese año obtuvo el Premio "Payaso de oro" a la mejor obra para niños en el Festival de Teatro Infantil de Parque del Plata.

También en 1970 el semanario "MARCHA" de Montevideo la eligió como la mejor obra para niños de la temporada.

En el año 1979 se estrenó en el Teatro del Plata de Buenos Aires, Argentina. Versión del Grupo "ALFA". Dirección: Ángel Galperynas.

En 1982 se estrenó en el Teatro El Tinglado de Montevideo, en versión del elenco de esa institución. Dirección del autor.

El 25 de octubre de 2003 se estrenó en Salta, Argentina, auspiciada por El Departamento de Teatro de la Dirección de Arte y Cultura de la UNAS conjuntamente con ATESA (Asociación de Teatro Salteña). Director: Ramiro Borelli.

Personajes:

El niño verde

Ministro 1

Ministro 2

Ministro 3

Rey Poco

Rey Mepo

Guardia 1

Guardia 2

Caldera

Paraguas

Soldado 1

Soldado 2

Soldado 3

Varios pajes y cortesanos.

Sala del trono en el Palacio de Patinolandia. Los cortesanos están reunidos esperando al Rey. Hay un guardia a cada lado del trono.

Guardia: (Entrando.) ¡El Rey! (Entra el Rey acompañado por sus tres ministros. Los cortesanos se inclinan.)

Rey Poco: ¡El rey Mepo acaba de declararnos la guerra! (Conmoción general.) ¡Sí, señores! ¿Y saben por qué? (Silencio general.) ¡Quiere apoderarse de nuestros monopatines! (Se oyen exclamaciones.) ¡Pero eso no es todo! ¡También dice que este es un reino de idiotas! (Gritos airados.) ¡Nosotros idiotas! ¡Nosotros, que somos dueños del poeta más grande del mundo! (Señala a un hombre que está vestido de manera principesca. Este se acerca al trono, se inclina y empieza a recitar.)

POETA: Poema dedicado al fuego. 

(Recita.)

Yo quisiera describir
tu misterio y tu modorra,
señor fuego.
Yo te prendo,
yo te apago,
compañero infatigable
de la olla.

(Los cortesanos aplauden.)
Rey Poco: ¡Idiotas nosotros, que contamos con científicos como Palamedio, cuya afirmación de que las manzanas vuelan ha conmovido al mundo! (El científico, rigurosamente vestido de negro, se acerca al trono con actitud reflexiva, se inclina con timidez y emite una especie de proclama.)
Científico: 
Equis dos más equis tres es igual a olor.
Equis tres más equis cuatro es igual a azada.
Equis cuatro más equis cinco es igual a color
Equis cinco más equis seis es igual a nada
(Los cortesanos aplauden.)

Rey Poco: Y este reino, Patinolandia, glorioso entre los más gloriosos, podría ser despojado de sus monopatines. ¿Qué hacemos para evitar esa desgracia? (Empieza a dormitar.)

Ministro 1: (Muy nervioso.) ¡Majestad! (Con más ímpetu, pellizcándole.) ¡Majestad!

Rey Poco: (Balbuciendo.) ¿Qué?

Ministro: (Con disimulo.) La corte espera a que decida.

Rey Poco: (Lo patea.) ¡No me molestes! Quiero dormir. (Se duerme y ronca ruidosamente.)

Ministro 1: (A los cortesanos, con timidez.) Señores: el rey los convocará cuando haya descansado. (Los cortesanos suben a sus monopatines murmurando y se retiran formando grupos. A los otros ministros.) ¡Este rey no sirve para nada!

Ministro 2: ¡Está chocho!

Ministro 3: ¡Nos declaran la guerra y él se pone a dormir!

Ministro 1: Es necesario actuar.

Ministro 2: ¿Qué quieres decir?

Ministro 1: (Con cautela.) Si el rey no sirve...

Ministro 2: (Lo interrumpe.) ¿A otra cosa?

Ministro 1: No. A otro rey.

Ministro 2: (Sorprendido.) ¿Cómo?

Ministro 3: Eso es imposible.

Ministro 1: ¡No debemos permitir que nos arrebaten los monopatines por culpa de ese dormilón!

Ministro 3: (Al ministro 2.) Tiene razón.

Ministro 2: Es muy peligroso el despojar a un rey de su trono.

Ministro 3: Eso también es cierto.

Ministro 2: Es hijo, nieto y biznieto de reyes. Su familia siempre ha gobernado este reino.

Ministro 1: (Enojado.) ¿Mantenemos a Poco en el trono porque sus antepasados han gobernado el reino o lo sustituimos porque gobierna mal? (Los ministros 1 y 2 vacilan. Se oye un estridente ronquido de Poco.) Elijan: o respetamos el derecho del rey Poco a seguir durmiendo o perdemos los monopatines y nos convertimos en esclavos de un rey extranjero.

Ministro 2: ¡Qué difícil es elegir!

Ministro 3: ¡Muy difícil!

Ministro 2: Creo que debemos recurrir al valioso consejo de los hombres más inteligentes del reino. (Entran el científico y el poeta discutiendo con ímpetu. Se detienen cerca de los ministros y continúan su diálogo mudo y mimado.)

Ministro 1: Me parece muy buena idea. (Se dirige hacia el científico.) Señor científico...

Científico: (Lo interrumpe.) No me molestes. Estoy hablando con el poeta.

Ministro 1: ¿Cómo es posible que para hablar se pongan de espaldas?

Científico: (Burlón.) ¡Qué pregunta! ¿No sabes que él y yo no nos llevamos bien? (El poeta sale con lentitud. Parecerá que está sumido en estado de trance.)

Ministro 1: ¿Entonces por qué hablan?

Científico: Porque somos parecidos. A pesar de que discutimos, también estamos de acuerdo con respecto a muchos asuntos.

Ministro 1: Disculpe que haya interrumpido la conversación, pero en este momento difícil el reino necesita ayuda de los sabios.

Científico: (Con la mano en el mentón.) Je.Je.

Ministros (Juntos.) ¡Solo la ciencia o la poesía podrían salvarnos!

Científico: (Con pedantería.) ¿Hay que hacer algún cálculo aritmético?

Ministro 1: De ningún modo. Hay que resolver otro problema.

Científico: Los otros problemas no me interesan.

Ministro 1: La vida no consiste sólo en sumar, restar y dividir.

Ministro 2: A veces surgen problemas que no pueden resolverse con facilidad.

Ministro 3: Y algunos son muy complicados.

Ministro 2: Algunos, como el que tenemos nosotros, son difíciles de resolver.

Científico: (Engolado.) Los grandes problemas no son para cualquiera. (Señala su frente.) Hace falta mucha inteligencia para afrontarlos. (Pausa.) Escucho. (Los ministros 2 y 3 empiezan a saltar de alegría.)

Ministro 1: (A los ministros 2 y 3.) ¡Señores! (Estos se tranquilizan.) El rey Mepo anunció que vendrá a robarnos los monopatines.

Científico: (Indiferente.) Sí, sí.

Ministro 1: Y a pesar del peligro que nos amenaza, nuestro monarca sólo quiere dormir.

Científico: El dormir no es malo. Cuando uno descansa bien suele pensar mejor.

Ministros: (Juntos.) ¡Si sigue durmiendo, nuestros enemigos se apoderarán del reino!

Científico: ¿Qué es el reino comparado con el mundo entero?

Ministro 1: ¡El reino es la patria!

Científico: Todas las patrias son iguales: tienen seres humanos, árboles, ríos.

Ministro 1: Sin embargo, hay malos y buenos gobernantes.

Científico: Solo una mujer que conozco podría gobernar muy bien. Pero no la dejan.

Ministros: (Juntos.) ¿Quién es?

Científico: Ella. (Entra una máquina de aspecto extravagante. Tiene muchas luces de colores y de su espalda emergen cables y palancas. Es una figura muy atractiva y luminosa.)

Ministros: (Juntos.) ¿Una máquina? (Ríen al unísono.)

Científico: (A los ministros.) No la enojen, por favor. Es muy agresiva.

Máquina: (Amenazadora.) Él tiene razón. Si me enojan...

Ministros: (Juntos. Desafiándola.) ¿Qué podría pasarnos?

Máquina: ¡Esto! (Se pone una máscara de monstruo, mueve una palanca y empieza a expeler una luz roja estridente. Los ministros corren despavoridos.)

Científico: (Sonriendo paternalmente.) No se preocupen. No les hará nada.

Máquina: (Continúa persiguiéndoles.) Jua. Jua.

Científico: Solo quiere divertirse.

Ministro 1: (Dejando de huir.) Si es así...

Ministro 2: (También se detiene.) ¡Pídale que se calme!

Ministro 3: ¡O llamaremos a los soldados!

Máquina: (Los amenaza encendiendo y apagando luces y moviendo sus palancas.) Jua, jua, jua.

Ministro 1: (Al científico.) ¿De qué se ríe?

Científico: Vive riendo porque todo le causa gracia.

Máquina: ¡No! ¡Reía porque los guardias no me asustan! Jua, jua.

Ministro 2: (Al científico.) Jamás podremos entendernos con ella.

Máquina: Jua, jua, jua.

Ministro 1: ¿Por qué no le pregunta lo que queremos saber?

Ministro 2: ¡Sí, por favor!

Ministro 3: ¡Vamos, no sea malo!

Ministro 1: Siempre le agradeceremos esa prueba de solidaridad.

Científico: (Con vanidad.) Les haré el favor. (A la máquina.) Enriqueta.

Máquina: ¿Qué pasa ahora?

Científico: Estos señores necesitan que los ayudes.

Máquina: ¿Qué quieren?

Científico: ¿Ves a ese gordito que está durmiendo?

Máquina: Sí. ¿Quién es?

Científico: El rey.

Máquina: ¿Y qué hay con eso?

Científico: Es muy haragán. Pasa todo el día durmiendo y no se preocupa por nada. Ellos quisieran cambiarlo por otro rey, pero tienen dudas.

Ministros: (Juntos.) ¿Qué debemos hacer? (Pausa. La máquina enciende nuevas luces, mueve aceleradamente las palancas que están en su cabeza y emite extraños sonidos. Pausa.)

Científico: (A los ministros, bajando la voz.) Está pensando.

Ministros: (Juntos.) Ah.

Máquina: Hay una solución.

Ministros: (Juntos.) ¿Cuál?

Máquina: Deben matarlo. (Los ministros se alejan consternados y deliberan aparte.)

Ministro 1: ¡Esta máquina es una mujer muy mala!

Ministro 2: ¡Es peligrosa!

Ministro 3: ¡Será mejor que no le llevemos el apunte!

Ministro 1: Sí. Consultaremos al poeta. (A la máquina.) Gracias, señora. Pensaremos en su consejo.

Máquina: (Furiosa.) ¡No! ¡Quiero que maten al rey enseguida!

Ministro 2: ¡Eso no puede ser!

Ministro 3: ¿Por qué es tan cruel? Nadie tiene derecho de destruir la vida ajena.

Máquina: ¿Para qué me obligaron a pensar entonces?

Ministro 1: Queríamos oír su valiosa opinión.

Ministro 2: Jua. Jua. 

Ministro 3: (Tose.)

Ministro: Ahora queremos oír los consejos del poeta. (A un guardia.) Llámalo.

Máquina: (Enojada.) A buen puerto van por agua.

Ministro 1: (A la máquina.) Con su permiso. (Se dirige hacia el poeta, quien acaba de entrar.)

Máquina: (Grita con furia.) ¡La poesía no los ayudará! 

Ministro: Señor poeta: tenemos un gran problema y necesitamos su consejo.

Poeta: Ya sé.

Ministro 1: ¿Cómo lo sabe?

Poeta: Los poetas nos anticipamos a los hechos y a las palabras.

Científico: (Enojado.) Por eso se creen superiores.

Poeta: La persona que adivina no es superior a la que pregunta. Es diferente.

Científico: Lo importante es razonar.

Poeta: La sensibilidad es tan importante como el razonamiento.

Científico: Pero solo la ciencia nos vuelve sabios.

Poeta: La poesía también nos vuelve sabios, pero además nos enseña a ser más buenos.

Científico: (Furioso.) ¡Eso es falso!

Poeta: Es cierto.

Ministro 1: Por favor, no se peleen.

Poeta: (Al primer ministro.) ¿Quieren saber si el rey debe ser suplantado por otro?

Ministro 1: Exactamente.

Ministro 2: (Con admiración.) ¡Qué manera de adivinar!

Ministro 3: ¡Es extraordinario! (El científico y la máquina expresan con gestos su desagrado.)

Científico: (Les da la espalda y empieza a cuchichear con la máquina.) Bah.

Poeta: Contestaré enseguida. (Pausa breve.) ¿El rey Mepo es un buen gobernante?

Ministro 1: Sí, creemos que sí.

Ministro 2: Lo que nos preocupa es que ahora sólo quiere dormir.

Ministro 3: Creemos que no es tan malo.

Poeta: ¿La gente es feliz en este reino?

Ministro 1: Más o menos.

Ministro 2: Sí, más o menos.

Ministro 3: No es fácil vivir aquí.

Poeta: ¿Hay comida para todos?

Ministro 1: No, no. Eso es imposible.

Ministro 2: Hay gente muy rica y gente muy pobre.

Ministro 3: Y también hay hambre.

Poeta: Sin embargo, el rey está cada día más gordo.

Ministro: Sí, eso es verdad.

Poeta: (Reflexiona en voz alta.) Veamos: duerme demasiado, come mucho y no hace nada para que los demás coman, están a punto de ser atacado por un rey vecino y no se inmuta. ¿Qué hay que hacer con él entonces?

Ministros: (Juntos.) ¡Debemos sustituirlo!

Poeta: Ustedes mismos se contestaron la pregunta.

Ministro 1: ¿Pero a quién pondremos en su lugar?

Ministro 2: No hay nadie capaz.

Ministro 3: El reinar es muy difícil.

Poeta: Yo conozco a alguien que podría hacerlo.

Ministro 1: ¿Dónde está?

Ministro 2: ¡Hay que llamarlo!

Ministro 3: ¿Quién es?

Poeta: Él.

Ministros: (Juntos. Están estupefactos.) ¿Un niño?

Poeta: Sí, un niño. (Desciende una hamaca con un niño. Tiene puesto un traje de hojas de árbol. Se oye música.)

Niño: (Canta.)

Soy el niño más verde
que ha nacido en la tierra,
mis manos son de flores,
mis brazos son de hiedra.

La copa de mi cuerpo
crece en ramitas locas,
mis ojitos de estrellas
vuelven negra mi boca.

Cómo brillan las ramas
de mi antigua cabeza,
cómo se vuelven tallos
mis despobladas cejas.

Soy el niño más verde
que espera en las esquinas,
se nutre de mi savia
la voz de las bocinas.

Y cómo me contemplan
las tejas, los faroles,
porque soy todo verde,
el rey de los colores.

Ministro 1: (Horrorizado.) ¡Esto es una locura!

Ministro 2: ¿Dónde se ha visto un niño rey?

Ministro 3: ¡El poeta está loco!

Poeta: No estoy loco y puedo demostrarlo.

Ministros: (Juntos.) ¿Cómo?

Poeta: Permítanle que gobierne.

Ministro 1: ¡Jamás permitiremos eso!

Ministro 2: ¿Qué diría la gente?

Ministro 3: ¡Todo el mundo se reiría de nosotros!

Poeta: Hace un momento se asombraron de que yo pudiera anticiparme a los acontecimientos.

Ministro 1: Sí, es verdad.

Poeta: ¿Consideran que soy capaz de predecir el futuro?

Ministro 2: Sí, es probable.

Poeta: (Lo interrumpe.) Afirmo que sólo este niño podría salvarlos. (Los científicos están desconcertados y confusos. Se alejan para deliberar en privado.)

Científico: ¡Esto es una barbaridad! ¿Dónde se ha visto un rey de ocho o nueve años? (A la máquina.) ¿Verdad, Enriqueta?

Máquina: En ningún lado.

Poeta: ¿Qué tienes contra los niños de nueve años?

Científico: (Solemne.) ¡No están capacitados para gobernar un reino! (A la máquina.) ¿Verdad, Enriqueta?

Máquina: Por supuesto.

Poeta: (Irónico.) ¿Alguna vez vio a un niño que gobernara mal?

Científico: (Muy enojado.) ¡Ningún país ha sido gobernado por niños! (A Enriqueta.) ¿Verdad, Enriqueta?

Máquina: ¡Ninguno!

Poeta: Por eso mismo hay que darle a uno de ellos la primera oportunidad.

Ministro 1: (Se acerca con solemnidad.) Señor poeta: aceptamos.

Científico: (Indignado.) ¡Esto no puede ser! ¡Me niego a aceptar que una criatura me gobierne! ¡No acataré las órdenes de ese niño! ¿Verdad, Enriqueta?

Máquina: ¡Sí, señor! ¡Y yo tampoco lo aceptaré!

Científico: ¡Desde este momento dejo de ser súbdito del rey! (A Enriqueta.) ¿Estás de acuerdo?

Máquina: Completamente.

Científico: ¡Enriqueta y yo abandonamos el reino!

Máquina: (Salta y aplaude con alegría.) ¡Bravo!

Científico: ¡Nos marchamos para siempre!

Máquina: ¡Para siempre jamás!

Científico: ¡Y ya veremos quién tenía razón!

Máquina: ¡Ya veremos! (Salen.)

Ministros: (Los siguen. Están consternados.) ¡No se vaya, señor científico! ¡Denle una oportunidad a este niño!

Poeta: Déjenlos ir. (Los ministros se detienen.) Los pensamientos negativos de esa pareja perjudicarían al nuevo rey.

Ministro 1: Sí, quizá sea mejor. Después de todo, la máquina no era muy simpática.

Ministro 2: Y él tampoco.

Ministro 3: Jamás lo vi sonreír.

Ministro 1: Ahora ocupémonos de lo que importa. Debemos asignarle a alguien la misión de informarle al rey Poco de que no gobierna más. ¿Quién podría ser?

Poeta: Hay un nuevo rey. Pregúntenle a él. (Los ministros vacilan.) Vamos, no tengan miedo. Ese niño no es un ogro.

Ministro: ¿Aceptará gobernar? Es una tarea que cansa mucho.

Poeta: Le preguntaré. (Se acerca al niño. Los ministros se esconden y oyen.)

Niño: Hola, poeta.

Poeta: ¿Cómo sabes que soy poeta?

Niño: Por tu cara. Pareces un buen hombre.

Poeta: (Sonriendo.) ¿Cómo te llamas?

Niño: No tengo nombre.

Poeta: ¿Es posible?

Niño: ¿Por qué te extraña?

Poeta: Todos los niños tienen nombre.

Niño: Yo no soy un niño como los demás.

Poeta: Si no fuera por el color pareces igual a todos.

Niño: Las apariencias engañan.

Poeta: Ya lo sé. (Breve silencio.) ¿Dónde está tu madre?

Niño: Está durmiendo en la tierra.

Poeta: Lamento que haya fallecido.

Niño: (Riendo.) ¡No, está muy viva! Mi madre es una raíz.

Poeta: (Asombrado.) ¿Una raíz?

Niño: Sí, la raíz del árbol más grande que está en los jardines del rey.

Poeta: Recuerdo ese árbol. Es el más hermoso que he visto.

Niño: Es cierto. No hay otro igual.

Poeta: ¿Quién es tu padre?

Niño: Mi padre era un pino que fue talado.

Poeta: (Con pena.) A él sí lo perdiste.

Niño: Sí, pero no estoy triste. Nada muere jamás. ¿Lo sabías? Las cosas desaparecen pero uno puede recordarlas.

Poeta: Es verdad.

Niño: ¿Te gustan las plantas?

Poeta: Por supuesto. Son muy hermosas.

Niño: (Contento.) ¿Entonces no te molesta que mi piel sea de este color?

Poeta: No. ¿Por qué habría de molestarme?  (Alborozado.) ¡Qué suerte! (Breve silencio.) A veces desearía hablar con los niños que pasan a mi lado.

Poeta: ¿Y por qué no lo haces?

Niño: Yo lo intento pero ellos no quieren. 

Poeta: ¿Por qué?

Niño: Creo que no les gusta mi color.

Poeta: Es una lástima.

Niño: ¡Si lo sabré! A veces pasan a mi lado y en lugar de hablarme me arrancan un trozo de piel.

Poeta: ¿Un trozo de piel?

Niño: Sí, una hoja o un tallo. (Se dirige a los niños de la platea.) ¡Nunca hagan eso! ¡Nosotros también tenemos familia, amigos y sueños!

Poeta: Eso es muy cierto.

Niño: Mi primo, que era un jazmín, fue aplastado por un tractor. (Con pena.) ¡Pobrecito!

Poeta: Lo lamento mucho.

Niño: Y a mi tío, el limonero, un temporal lo arrancó de la tierra. Pero esas son cosas de Dios. ¿Por qué sonríes?

Poeta: Porque me parece mentira que seas una planta. Pareces un verdadero niño.

Niño: ¡Soy un verdadero niño! ¡Me gusta jugar, correr, los chocolatines y el tobogán!

Poeta: ¿Qué es lo que más te gustaría ser?

Niño: Rey.

Poeta: ¿Para qué?

Niño: Para prohibir que arranquen las flores del campo, talen los árboles para quemarlos o maten a las hormigas.

Poeta: ¿Qué pensarías tú si yo te invitara a gobernar un reino?

Niño: (Riendo.) Pensaría que estás loco.

Poeta: ¿Y si no estuviera loco?

Niño: Pensaría que estás burlándote de mí.

Poeta: ¿Y si descubrieras que no me burlo?

Niño: Pensaría... (Cavila.) ¿Qué está pasando en el mundo?

Poeta: Ven. (El poeta se acerca a los ministros seguido por el niño.) Desde este momento eres rey. (Los ministros festejan alborozados.)

Ministros: (Juntos.) ¡Bravo! ¡Bravo!

Niño: (Deslumbrado.) ¿Yo soy el rey?

Poeta: Sí. ¿Te alegra saberlo? 

Niño: ¿Qué si me alegro? (Corre festejando. Desciende del escenario y se desplaza por la platea celebrando la noticia con los niños espectadores.) ¡Soy el rey! ¡Yo soy el rey! ¿Oyeron bien, niños? ¡Voy a gobernar! (El poeta y los ministros festejan riendo.)

Poeta: No te canses porque tendrás que trabajar mucho.

Niño: (Subiendo al escenario.) ¡Puedo empezar ahora mismo!

Poeta: Me parece muy bien. Estos son tus ministros. (Los ministros se inclinan.) Y aquel señor que está durmiendo es el rey que gobernó hasta ahora.

Ministro 1: Tenemos que deshacernos de él, majestad.

Niño: Yo me encargaré. (Se apodera de la espada del ministro 1, se dirige hasta el trono y le hace cosquillas a Poco. Este refunfuña un poco, se despierta, ve al niño, intenta ahuyentarlo con un ademán y continúa durmiendo. El niño lo golpea suavemente con la espada.) ¡Eh gordo! ¡Fuera del trono!

Poco: (Dormitando.) ¿Qué? ¿Quién es?

Niño: ¡Te ordené que salgas del trono!

Poco: (Furioso.) ¿Cómo te atreves, mocoso?

Niño: ¿Mocoso yo? ¡Te enseñaré a respetarme! (Lo persigue por el escenario amenazándole cono la espada. )

Poco: (Como si fuera un niño desvalido.) ¡Socorro! ¡Guardias! (Zamarrea a un guardia.) ¿Por qué no actúan? ¿Olvidaron que soy el rey?

Niño: Lo eras. Ya no gobiernas más. ¡Se acabaron las siestas y la buena vida!

Poco: ¿Cómo se atreve a hablarme así?

Niño: ¡Soy el nuevo rey! (Imperativo.) ¡Sal de ese trono!

Poco: ¿Qué significa esto? 

Niño: Significa que tienes que irte. ¡Vamos! ¡Vete al jardín! Te llamaré cuando decida qué hacer contigo. ¡No oíste? ¡Fuera! (Los guardias se lo llevan. Él se va gritando y llamando a gritos a los ministros, que están escondidos presenciando la escena.)

Ministro 1: ¿Qué significa esto?

Ministro 2: ¡Es extraordinario!

Ministro 3: ¿Cómo es posible que un niño tenga tanto poder?

Poeta: (Con satisfacción.) ¿Vieron que no me equivoqué?

Niño: (Autoritario.) Es hora de empezar la ceremonia de mi coronación. (Los ministros vacilan.) ¿Oyeron? ¡Quiero la corona sobre mi cabeza! Yo venceré a los enemigos de Patinolandia. (El primer ministro bate palmas, se encienden más luces, suenan las trompetas y la corte ingresa a la sala del trono. Entran pajes que traen el cetro, la capa y la corona. Se oye música. Una vez que ha sido coronado, el nuevo rey se sienta en el trono y emite el último parlamento del acto con gran energía.) Y ahora empecemos a poner un poco de orden.

Segundo acto
La acción transcurre en la sala del trono. Varios cortesanos aguardan la entrada del niño rey

Guardia: (Entrando.) ¡El rey! (Entra el niño verde. Camina con decisión hasta el trono y se sienta. Pausa breve.) 

 

Señores: los he reunido para tratar un asunto muy grave. Dicen que Poco no quiere dormir y se niega a comer. ¿Es cierto?

Ministro 1: Sí, majestad. Pasa el día llorando en el jardín.

Niño: Hay que resolver hoy mismo este problema.

Ministro 1: (Se acerca con un inmenso pergamino de colores.) El asunto que debe tratarse con más urgencia es la inminente invasión del rey Mepo, majestad. Lo demás puede esperar.

Niño: ¿Por qué eres tan inhumano? Lo más importante es el estado de Poco. No permitiré que muera de hambre.

Ministro 1: ¡Pero el rey Mepo planea robarnos los monopatines, señor!

Niño: Parece mentira que personas tan grandes como ustedes se preocupen de los monopatines cuando un ser humano está triste, llora continuamente y no come. ¿No crees que habría que hacer lo imposible para que sea feliz?

Ministro 1: Sí, majestad. Pero...

Niño: (Lo interrumpe.) No perdamos más tiempo discutiendo. (A los guardias.) Traigan a Poco. (Salen los guardias. Se oyen los murmullos que emiten los cortesanos. Pausa. Vuelven los guardias arrastrando a Poco.) ¡No lo traten mal! ¿No ven que está muy deprimido? (Poco empieza a llorar.) ¿Por qué no quieres comer ni dormir? (Poco llora con más fuerza.) ¿Extrañas tu trono? (Poco asiente llorando.) ¿Por qué? (Poco llora con desesperación.) Tienes que comprender que ocupo tu lugar para bien de este reino. (Enojado.) ¡Y no llores más! ¡Pareces un niño de cinco años! (Poco deja de llorar.) Comprendo que sientas tristeza. Antes se inclinaban ante ti y ahora no te miran. Antes te sentabas sobre este sillón...

Ministro 1: (Lo interrumpe para corregirlo.) Sobre el trono, majestad.

Niño: (Molesto, al ministro.) ¡El trono es un simple sillón cuando lo ocupan los seres humanos! (A Poco.) Antes te sentabas sobre esta silla y te creías Dios.

Poco: (Suplicante.) ¡Ten piedad de mí, majestad!

Niño: No temas: te trataré como tú jamás trataste al pueblo.

Poco: ¿Qué pueblo?

Niño: El que gobernabas. ¿Sabes que tus súbditos no tienen que comer?

Poco: Sí.

Niño: ¿Y que mientras tú vives en un palacio calentito ellos se mueren de frío?

Poco: Sí.

Niño: ¿Y no te importa?

Poco: No.

Niño: No me extraña: siempre fuiste muy egoísta. Pero se acabó. Te enseñaré a ser generoso.

Poco: (Llora de nuevo.) ¡No quiero ser generoso!

Niño: Te ordené que no llores. Nadie te está pegando.

Poco: No lloraré más.

Niño: Me parece bien. (Breve pausa.) Ahora te doy a elegir: te quedas en la corte para compartir con los demás 

lo que tienes y ser feliz o te alejas de Patinolandia. No me gusta la gente amargada.

Poco: Prefiero irme.

Niño: ¿Adónde?

Poco: A cualquier lugar. Si me quedara en la corte sufriría mucho.

Niño: ¿Por qué?

Poco: Tendría que verte sentado en el trono.

Niño: ¿Así que lo único que te preocupa es el trono?

Poco: ¡Sí! (Se sienta en el trono.) ¡Es tan lindo sentarse aquí! ¡Uno se siente más grande y más contento!

Niño: ¿Sólo eso te haría feliz?

Poco: Por supuesto. (El niño bate palmas y entran dos pajes transportando un trono idéntico al suyo.)

Niño: Colóquenlo al lado del mío.

Ministro 1: (Al ministro 2.) ¿Qué está haciendo?

Ministro 2: (Al ministro 3.) ¿Qué significa esto?

Niño: (A los cortesanos.) ¡Silencio! (Los murmullos cesan. A Poco.) De ahora en adelante te sentarás a mi lado. 

Poco: (Está exaltado y feliz.) ¡Viva! ¡Ahora yo también soy rey! (Se duerme.)

Ministro 1: No conviene darle alas, majestad.

Ministro: Si hoy le da un trono mañana le pedirá la corona.

Ministro 3: Y pasado querrá volver a gobernar.

Niño: Sólo quiere sentarse en el trono. Es lo único que lo hace feliz.

Ministro 1: ¡Eso no puede ser!

Ministro 2: ¡Terminará complotando para recuperar el trono!

Ministro 3: ¡Será un enemigo solapado!

Niño: (Autoritario.) ¡Nada de discusiones! Sé muy bien lo que tengo que hacer. (Los ministros se inclinan.)  

Pasemos al siguiente asunto. ¿Cuántos campesinos son dueños de la tierra en que viven?

Ministro 1: Ninguno.

Niño: ¿Cómo es posible?

Ministro 2: La tierra es propiedad del rey.

Niño: Eso es muy injusto. (Al ministro 1.) De ahora en adelante la tierra será repartida entre todos los súbditos 

con la condición de que estos nunca más talen los árboles ni destrocen las plantas. Escríbelo. (El ministro escribe. Pausa breve.) Dámelo. Lo firmaré. (Firma.)

Ministro 2: ¡Esto es un disparate, majestad!

Ministro 2: ¡La tierra siempre ha sido propiedad del rey!

Niño: Creo que eso está muy mal.

Ministro: Cuando los súbditos sean dueños de su tierra no querrán pagar alquiler por ella.

Niño: ¿Qué alquiler?

Ministro 2: Y si no pagan, el tesoro real se reducirá.

Niño: ¿Cuántas piezas de oro hay en el tesoro real?

Ministro 3: Novecientos millones.

Niño: ¿Alcanza para que nadie muera de hambre, verdad?

Ministro 1: Pero pasará el tiempo.

Ministro 2: Las monedas se gastarán.

Ministro 3: Y las arcas reales quedarán vacías.

Niño: Cuando eso ocurra nos pondremos a trabajar. (Se oyen exclamaciones de protesta de la corte.)  

Ministros: (Juntos.) ¡Eso no es posible, señor!

Niño: ¿Por qué se alarman? Si todos trabajamos mucho no nos faltará el pan y tendremos leña para calentar 

este palacio tan grande y tan frío.

Ministro 1: ¿Dónde se ha visto que un rey trabaje?

Niño: ¿Qué tiene de malo? Sé manejar el arado y sembrar y ordeñar. (Nuevas exclamaciones de los cortesanos. 

Están consternados.)

Niño: (Autoritario.) No discutamos más. Ya está decidido. (Los cortesanos se acercan con disimulo a sus monopatines. Es evidente que planean huir.) ¿Qué hacen? ¿Adónde quieren ir? (Algunos cortesanos huyen.) ¿Por qué se escapan?

Cortesanos: (Varios.) ¡No queremos trabajar! ¡Por eso nos vamos de este reino!

Niño: (Corre tras ellos tratando de detenerlos.) ¡Vengan! ¡No huyan! ¡Trabajar es muy lindo! (Todos los cortesanos desaparecen.)

Ministro 1: Nos han dejado solos.

Niño: Quizá sea mejor. No me agradan los haraganes. (A los ministros.) ¿Ustedes también quieren irse?

Ministro 1: No, señor.

Ministro 2: Jamás le abandonaremos.

Ministro 3: Amamos a Patinolandia.

Niño: Me alegro. Y veo que son muy buenas personas.

Ministros: (Juntos.) Gracias, majestad.

Niño: Ahora continuemos. (Breve pausa.) ¿Cómo saben que el rey Mepo ha decidido atacarnos?

Ministro 1: (A uno de los guardias) Que pase el espía. (Entra un hombre disfrazado de mendigo harapiento y se inclina frente al rey.) Mandamos a este hombre disfrazado de mendigo para que espiara.

Niño: (Al espía.) ¿Qué novedades traes?

Espía: (Con voz tremebunda.) ¡El ejército de Mepo ya está listo para atacarnos, majestad! ¡Y tienen armas más poderosas que las nuestras!

Niño: ¿Son muchos?

Espía: El doble que nosotros. (Los ministros se horrorizan.) Pero eso no es todo.

Niño: ¿Qué más tienes que decirnos?

Espía: ¡Tienen un solo ojo!

Ministros: (Juntos.) ¡Qué miedo!

Espía: ¡Si fuera eso solo!

Niño: ¿Hay algo más?

Espía: ¡En lugar de brazos usan palancas!

Ministro 1: ¡Es espantoso!

Ministro 2: ¡Nos destruirán a todos!

Ministro 3: ¡Tendremos que rendirnos!

Espía: En lugar de uñas tienen clavos. (Los tres ministros se esconden asustados detrás del trono.)

Niño: (A los ministros, con energía.) ¿Por qué se esconden, cobardes?

Ministro 1: (Balbuciendo.) Íbamos...

Ministro 2: (Con miedo.) A ver....

Ministro 3: (Contento porque se le ha ocurrido una idea.) ¡Íbamos a ver si llueve!

Ministros 1,2: ¡Eso mismo! ¡A ver si llueve!

Niño: Parece mentira que estén tan asustados.

Ministro 1: ¡Esos enemigos son muy crueles y nos vencerán, señor!

Ministro 2: (Lagrimeando.) ¡Nos robarán los monopatines!

Niño: Les aseguro que podremos más que ellos.

Ministro 3: ¿Quién se animaría a enfrentarlos, majestad?

Niño: (Con orgullo.) Yo.

Ministro 1: ¡Eso es imposible!

Ministro 2: ¿Qué podría hacer un niño contra un ejército?

Ministro 3: Sería destruido.

Niño: ¿No confían en mí?

Ministro 1: Sí, señor, claro que confiamos. Pero nos parece difícil que usted solo...

Niño: (Lo interrumpe.) ¡Poeta!

Poeta: ¿Majestad?

Niño: Sólo tú puedes convencer a estos hombres de que yo solo venceré al rey Mepo.

Poeta: ¿Cómo?

Niño: Diles que lo que verán es cierto.
(Se oye música. La luz declina con lentitud. Gorjeos de pájaros caen sobre el silencio con misteriosa precisión. La luz perfila árboles, plantas y hojas. El color verde inunda el escenario con sus matices ásperos, dulces o salvajes. La tierra está de fiesta, y cuando la escena se ilumina de nuevo el niño Rey se ha transformado en un árbol radiante y estilizado. Los ministros expresan temor.)

Niño: (A la platea.) No se asusten. Soy hijo de la tierra. Fui creado por plantas bondadosas que no conocían el mal. Jamás les haré daño. Esperen mi regreso. Voy hacia el reino de nuestros enemigos. Sé que los venceré. (Camina hacia un lugar del escenario que representa el campo árido y se queda inmóvil asumiendo su condición de árbol. Se oyen los repiques de los tambores y las trompetas del ejército enemigo que se acerca. Entra el Rey Mepo montado sobre un magnífico caballo. Lo siguen muchos soldados que portan extrañas armas.)

Rey Mepo: Descansaremos aquí. Armen las carpas. (Desmonta.) Atacaremos al amanecer.

Soldado 1: ¿Dónde prefiere que pongamos su carpa, majestad?

Rey Mepo: Veamos. (Inspecciona el lugar.) Allí. (Advierte la presencia del niño.) ¿Qué es eso?

Soldado 1: Un árbol.

Rey Mepo: ¿Un árbol? Qué raro. Es el único que hay.

Soldado 1: A veces crecen solos. La naturaleza es muy caprichosa.

Rey Mepo: (Mirando al niño con detenimiento y desconfianza.) Puede ser. Pero no me gusta el color de este. Nos traerá mala suerte. (El niño se desplaza sin que él lo note.) ¡Soldados! (Se acercan dos soldados.) ¡Arranquen este árbol de raíz! (Se sorprende cuando advierte que el árbol no está en el mismo lugar.) ¿Cómo es esto?

Soldado 2: ¿Qué pasa, majestad?

Rey Mepo: Hubiera jurado que estaba aquí.

Soldado 3: Yo también.

Rey Mepo: (Enojado.) ¿Estaba o no estaba?

Soldado 1: Parece que no.

Rey Mepo: ¿Es posible que los dos hayamos imaginado lo mismo?

Soldado 1: A veces ocurre, señor.

Rey Mepo: (A los soldados.) ¿No oyeron? ¡Córtenlo! (Los soldados intentan cumplir la orden, pero el niño mueve 

su brazo rama y ellos huyen despavoridos.) ¿Qué les pasa a estos locos?

Soldado 1: Parece que se asustaron.

Rey Mepo: ¿De qué?

Soldado 1: Hay algo raro en el aire, majestad. 

Rey Mepo: Sí, yo también huelo algo raro. (Llama. Está muy ofuscado.) ¡Guardias! (Entran dos guardias.) ¡Arranquen ese esperpento de raíz! (Los guardias se acercan al niño, pero este emite un sonido esotérico que los asusta y los impulsa a huir.) ¿Qué ocurre?

Guardias: (Juntos y aterrados.) Ese árbol nos da miedo.

Rey Mepo: ¿Por qué son tan cobardes? (El niño emite un sonido extraño y amenazador. Los guardias huyen.)

Guardias: (Juntos.) ¡Socorro! ¡Aquí hay un árbol que habla!

Rey Mepo: (Está furioso y se acerca al niño árbol empuñando su gran espada.) ¿Es posible que este árbol 

maldito atemorice a mi gente? (El niño se apodera de la espada y la deshace.)

Niño: (Con ira.) ¡Si alguien me hace daño, rey estúpido, todos los árboles del bosque acabarán con tu reino!

Rey Mepo: (Está asustado pero se esfuerza en aparentar ferocidad.) ¿Qué has dicho, insolente?

Niño: ¡Dije que acabaremos con tu reino!

Rey Mepo: (Con arrogancia.) ¿Crees que podrías asustarme? ¡Yo soy un rey!

Niño: ¡Y yo soy un árbol!

Rey Mepo: ¡Un rey no se asusta de un árbol! (Se oye el trote de los caballos que huyen.) ¿Qué es ese ruido?

Niño: Tu ejército está huyendo. 

Rey Mepo: (Corre hacia el foro. Está desesperado.) ¡No huyan! ¡No tengan miedo! ¡Apenas nos apropiemos de 

Patinolandia habrá monopatines para todos! 

Niño: Se fueron. (El rey Mepo llora.) Ahora dime: ¿quién es más grande, el rey que no es capaz de detener a su ejército o el árbol que acaba de lograr que huya?

Rey Mepo: (Furioso.) ¡Mi ejército huyó porque está lleno de cobardes! ¡Desterraré del reino a todos mis solados!

Niño: No te permitiré que hagas eso. Tampoco te apoderarás de los monopatines de tus vecinos.

Rey Mepo: (Con burla.) ¿Y quién eres tú para impedírmelo? 

Niño: Lo sabrás cuando regreses derrotado a tu reino.

Rey Mepo: (Amenazador.) ¡No creas que podrás más que yo! ¡Ahora mismo regreso a mi reino, junto al ejército y vengo a invadir las tierras del rey Poco! (Se dirige con paso marcial hasta el caballo.)

Niño: (Con suavidad.) Detente, niño rey.

Rey Mepo: (Ofendido.) ¿Qué dijiste?

Niño: (Con burla.) Dije "niño rey".

Rey Mepo: (Con ira.) ¿Por qué me llamaste "niño"

Niño: Porque sólo a un niño puede ocurrírsele jugar a ser rey.

Rey Mepo: (Exaltado.) ¡Yo no juego a ser rey! ¡Soy rey!

Niño: Si fueras un verdadero rey no estarías diciéndolo a gritos.

 

Rey Mepo: ¿Y qué haría, según tú?

Niño: Me lo demostrarías no dejándote vencer por mí.

Mepo: ¡Yo no fui vencido por ti!

Niño: Sin embargo, no podrás atacar a Patinolandia.

Mepo: ¡Ya dije que organizaré mi ejército otra vez! 

Niño: ¿Para qué? Sabes que yo lo detendré.

Mepo: ¡No me asustas!

Niño: (Abandonando su posición de árbol.) ¡Vamos! ¡Sube a tu caballo y trae a tus hombres! ¡Verás cómo los enfrento y los venzo!

Mepo: (Estupefacto.) ¡Estás caminando!

Niño: (Divertido) ¿Te sorprende?

Mepo: ¡Ya sabía! ¡Tú no eres un árbol!

Niño: ¿Quién soy entonces?

Mepo: ¡Un hombre! (El niño ríe.) ¡Un enano! (El niño ríe a carcajadas.) ¿De qué te ríes?

Niño: De que creas que todo el que camina y habla es un hombre.

Mepo: Por supuesto. Si fueras inteligente te darías cuenta de eso.

Niño: Y si tú fueras inteligente sabrías que te equivocas.

Mepo: Yo puedo demostrarte que no.

Niño: Y yo también.

Mepo: (Desafiándole.) A ver.

Niño: (Llama.) ¡Marta! (Entra una caldera muy bien vestida. Tiene puesta una pollerita roja muy corta y usa zapatos de taco alto.) Te presento a Marta.

Marta: (A Mepo.) Mucho gusto.

Mepo: (La mira con miedo.) ¿Qué es esto?

Niño: (A Marta.) ¿Cómo te va?

Marta: Muy bien. ¿Y a ti, niño verde?

Niño: Bien, gracias. ¿Vienes del trabajo?

Marta: (Extrae un espejito de la cartera, se peina y se pinta los labios.) Sí. Hoy me tuvieron tres horas sobre el fuego. ¡Estoy tan cansada!

Niño: ¿Sigues trabajando en la casa de la señora rana?

Marta: Por supuesto, ella es muy buena. Pero ahora las cosas no son como antes.

Niño: ¿Por qué?

Marta: (Enojada.) Resulta que al señor sapo le dio por tomar mate.

Niño: No puedo creerlo.

Marta: Lo juro. Pasa toda la mañana con la bombilla en la boca. ¡Y yo tengo que asarme sobre el fuego!

Niño: Pero a ti el fuego te gusta.

Marta: Claro, es lo más lindo que conozco. Pero a veces quisiera enfriarme un poco. ¡El calor es muy agobiante! (Se dispone a partir.) Y ahora tengo que ir a casa para hacerle la comida a mi marido.

Niño: ¿Cómo está el señor Martillo?

Marta: (Empolvándose.) Muy bien.

Niño: ¿Es un buen esposo, no?

Marta: Sí, pero si no le preparo la cena de clavos a las ocho en punto se enoja mucho.

Niño: Vete entonces. No quiero que discutas con tu esposo por culpa mía.

Marta: Gracias, niño verde. (Lo besa.) Ven a visitarme pronto.

Niño: Irá algún domingo.

Marta: (Al rey Mepo.) Adiós, señor. (Extiende la mano para saludarlo pero él la rechaza. Al niño.) ¿Qué le pasa a tu amigo?

Niño: (Riendo.) Está un poco nervioso.

Marta: Sí. Lamentablemente, en estos tiempos todo el mundo está nervioso. (Marta sale contoneándose sobre sus zapatos de taco muy alto. Pausa muy breve.) 

Mepo: (Mirándola estupefacto.) ¿Es posible que esté soñando?

Niño: ¿Viste? No solo los hombres pueden hablar.

Mepo: ¡No puede ser!

Niño: ¿Qué?

Mepo: Lo que acabo de ver. ¿No estaré enloqueciendo?

Niño: No te asustes. Estás más cuerdo que nunca.

Mepo: Entonces era un truco.

Niño: ¿Un truco?

Mepo: Sí. La escuché hablar pero no la toqué. Quizá no existía.

Niño: ¿Quieres tocar los sueños? (Llama.) ¡Carlitos! (Aparece el paraguas. Tiene puesto un sobretodo negro y trae portafolio.)

Paraguas: ¿Me llamaste?

Niño: Sí. Quiero presentarte a mi amigo, el rey Mepo. (Mepo se aproxima con temor y acerca su mano a la del paraguas, pero cuando la estrecha reacciona como si la hubiera puesto en el fuego y corre despavorido a esconderse.) 

Paraguas: ¡Qué persona rara!

Niño: (Riendo.) Está empezando a resultarme simpático. ¿Cómo andan tus cosas?

Paraguas: Muy bien. Vivo paseando.

Niño: ¿Por qué?

Paraguas: ¿Cómo por qué? Estamos en verano y en esta estación mi dueño no me necesita.

Niño: Claro, me había olvidado de ese detalle. ¿Estás divirtiéndote mucho?

Paraguas: Sí, aunque es muy arriesgado.

Niño: ¿Arriesgado?

Paraguas: Claro. Todos los veranos me encierran en el ropero, y para salir tengo que escaparme.

Niño: ¿Nunca te descubrieron?

Paraguas: (Con picardía.) Me escapo de noche, cuando el señor duerme.

Niño: ¡Eres muy hábil!

Paraguas: ¡Si lo seré! A la mañana siguiente, cuando él despierta, estoy durmiendo en el ropero. (El niño ríe.) Nadie podría imaginar que paso la noche de parranda. ¿Verdad que no hago nada malo?

Niño: Por supuesto que no. Los paraguas también tienen que divertirse.

Paraguas: Tienes razón. ¡La vida de un paraguas es tan difícil! Bueno, me voy. Está anocheciendo. ¡Y me gusta tanto jugar con las estrellas!

Niño: ¿Juegas siempre con ellas?

Paraguas: Claro. (A lo lejos aparece una estrella que lo invita a jugar.)

Estrella: ¡Ven, Carlitos!

Paraguas: (Embelesado.) ¡Ya voy, Carmen! (La estrella desaparece.)

Niño: ¡Qué linda era esa!

Paraguas: (Bajando la voz.) Muy entre nosotros: es la que me gusta más. (Se peina y se arregla la corbata.)

Niño: (Con picardía.) Creo que este paragüitas está enamorándose.

Paraguas: ¿Acaso no tengo derecho?

Niño: ¡Claro que sí! ¡Vete, Carlitos, y goza del amor y el verano!

Paraguas: Adiós. (Hace mutis cantando.)


La estrella más blanca del cielo
me quiere llevar al altar.

Si alguno sospecha que es un sueño,
que sueñe, yo prefiero amar.

Niño: (Buscando a Mepo.) ¿Dónde está el rey valiente? ¿Dónde se escondió?

Mepo: (Muy enojado.) ¡Esto no puede ser! ¡Un paraguas no habla! ¡Una caldera no usa tacos altos!

Niño: ¿Por qué todas las calderas y los paraguas que existen tienen que ser como los que tú conoces? 

Mepo: (Encaprichado.) ¡Son iguales!

Niño: Acabo de demostrarte que no.

Mepo: (Patea el piso.) ¡Yo quiero saber por qué!

Niño: ¿Qué quieres saber?

Mepo: ¿Por qué logras hacer cosas imposibles?

Niño: Me gustan todos los seres vivientes y soy incapaz de hacerles daño. Por eso hablo con las calderas y soy amigo de los paraguas que tú guardas en el ropero. (Mepo llora.) ¿Qué pasa ahora? ¿Por qué lloras?

Mepo: (Con angustia y súplica.) Porque a mí también me gustaría hablar con las calderas, y quisiera que los paraguas me contaran que están enamorados de las estrellas.

Niño: Deja de llorar. (Con ternura.) Si quieres, podrás ser el amigo predilecto de todos los seres que existen en este mundo.

Mepo: (Se arrodilla.) ¿Qué tengo que hacer para lograr eso?

Niño: ¿Me prometes que lo harás?

Mepo: (Con fervor.) ¡Sí! ¡Sí!

Niño: Bien. Cierra los ojos. (Mepo obedece.) Repite: Nunca más intentaré robar los monopatines de nadie

Mepo: Nunca más intentaré robar los monopatines de nadie.

Niño: Nunca más haré daño.

Mepo: Nunca más haré daño.

Niño: Lamento el que hice hasta ahora.

Mepo: Lamento el que hice hasta ahora.

Niño: Y prometo ser bueno y puro como un niño.

Mepo: Y prometo ser bueno y puro como un niño.

Niño: Ahora abre los ojos. ¡Mira! ¡Todo ha cambiado a tu alrededor! (Se oye música. Aparecen árboles, manzanas, vacas, calderas, estrellas y paraguas que empiezan a bailar en torno al rey Mepo. Este canta abrazado a la estrella.)

Mepo: La estrella más blanca del cielo

         me quiere llevar al altar.

         Si alguno sospecha que es un sueño
         que sueñe, yo prefiero amar.

         El sol será nuestro padrino,
         la noche madrina será.

         Asistirán a nuestra boda,
         los ajos, la espiga y el pan.

         La luna de miel será siempre
         y felices iremos los dos.

         Viajaremos por todo el mundo
         remando en la barca de Dios.

(Todos repiten la canción mientras la luz declina.)

Escrita en Montevideo, en el año 1967

Ricardo Prieto

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