No es bueno morirse solo

Ricardo Prieto

Cuando un hombre se despierta por la mañana y descubre que su mujer está muerta, no hace lo mismo que don Natalio Peñolis; no al menos si anhela terminar los días en paz con la ley y su conciencia.

Claro que a los sesenta y siete años, y después de treinta de matrimonio, uno puede permitirse cierta indiferencia hacia su cónyuge. Puede incluso sentir por él asco u odio. Menos aquello.....

Apenas comprobó que el corazón de Pequeña García de Peñolis había dejado de latir, don Natalio se quitó el calzoncillo y entró a la caliente vagina de la difunta con la saña que había aprendido a contener a través de los años y que esa vez la mujer no podía impedir.

Eyaculó y permaneció un rato tendido al lado del cadáver. Después se levantó con lentitud, maravillándose de la serenidad que trasuntaba el rostro de Pequeña García a pesar de la violación.

El cuarto de la estrecha casa parecía más iluminado que otras mañanas. El silencio y las promesas del día, que ocuparía a su antojo, contribuían a que se sintiera casi feliz. Se dirigió hacia el baño y se duchó sin apuro. Después preparó el desayuno y se sentó a devorarlo junto a la ventana entreabierta. A veces contemplaba a la mujer muerta. Otras veces miraba la calle.

– Buen día, don Natalio –exclamó una vecina que regresaba del mercado.

– Buen día, gracias a Dios –respondió él.

Después de comer empezó a ordenar la habitación. Barrió gozosamente. Colgó la ropa en las perchas. Abrió más los postigos. Lavó las tazas y los platos que habían usado la noche anterior, tomó una bolsa y se encaminó hacia el mercado. Necesitaba aceite, huevos y manteca, pues pensaba hacer una rica torta que disfrutaría a la hora del té. Ese día, además, iba a darse el lujo de comprarse todos los diarios, chocolates y un jamón.

El sol le golpeó la cara con violencia. Era lindo sentir sobre la piel cansada aquel calor vivificante. La muerta –reflexionó don Natalio– jamás hubiera sospechado que la mañana iba a ser tan primaveral.

Cuando regresó a su casa se sentó en el sillón de paja que Pequeña García de Peñolis le había disputado siempre, y se puso a cavilar. Algunos recuerdos se agolparon en su mente. "No quisiera morir sola", le había dicho una vez Pequeña. "Me horroriza la idea de que algún día pueda morir sin nadie a mi lado." "Vos no te vas a morir nunca", había contestado él. Y la había besado. Sí. Hacía treinta años había sido capaz de hacerlo. Pero en ese momento, al hombre que estaba sumido en sus recuerdos no le producía conmoción evocar aquella lejana ternura.

Contempló a Pequeña y pensó que era sábado, un día como cualquier otro en la vida de un jubilado. Pensó también que, después de todo, no era tan malo tener que ocuparse del cadáver. Sería un buen entretenimiento.

Mientras tanto, entre las innumerables cosas que debía hacer, la única realmente importante era llamar al médico y comprobar si Pequeña García de Peñolis estaba realmente muerta.

Ricardo Prieto
Desmesura de los zoológicos
Editorial Proyección, Montevideo, 1987 

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