Microbios

Ricardo Prieto

Preferíamos los días de verano para nuestros juegos. En Gallod esa preferencia era lógica porque en el invierno se volvía invisible y durante la primavera y el otoño sólo ansiaba llorar. Yo, en cambio, estaba dotado de una inteligencia húmeda y cuando me desconectaba del calor me volvía torpe.

En el comienzo de aquel verano Gallod exclamó:

– Jugaremos al río, Vellod.

Me gustó su idea. Yo amaba el agua y quería parecerme a ella en algún juego.

Gallod dijo que él se convertiría en una barca y me pidió que yo fuese el remo de plata que la impulsaría. Me negué a ser remo de plata porque odio los metales, y logré que él aceptara un remo de algas trenzadas.

Apenas nos pusimos de acuerdo sobre lo que seríamos empezamos a navegar.

No habían transcurrido tres segundos cuando la barca que era Gallod se detuvo y me dijo con pesadumbre:

– Olvidamos ponernos de acuerdo sobre el lugar adonde iremos, Vellod.

Reconocí que tenía razón y que el juego se frustraría si no prefijábamos nuestro destino. ¿Pero a dónde podíamos ir aunque sólo fuese jugando? El lugar de nuestros juegos era la pequeña caja de Tandrud, y ya se sabe qué hace ese señor con sus cajas.

– Para ir hacia un país el mar tiene que estar en reposo –dijo Gallod.

– Los barcos navegan igual en medio de las tormentas –dije yo.

– Sí. Pero no los barcos que están en la panza de Tandrud –añadió.

Al oír la palabra "panza" recordé que las cajas que se encontraban en el gigantesco vientre de Tandrud sólo tenían un país adonde dirigirse, y que ese país era el temible universo que había fuera de su intestino.

Fue por eso que aquel verano no jugamos más.

Y porque pertenecíamos a una raza que si no jugaba se moría de tristeza, preferimos morir de ese modo a tener que vagar por los inmensos espacios vacíos que había fuera de nuestro amo.

Ricardo Prieto
Desmesura de los zoológicos
Editorial Proyección, Montevideo, 1987 

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