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Marosa di Giorgio
El primer encuentro
por Ricardo Prieto

Alejandro Michelena, Ricardo Prieto y Marosa di Giorgio

Una calurosa tarde del mes de febrero de 1969 alguien me presentó  a Marosa di Giorgio en el Sorocabana. No recuerdo con precisión quién era esa persona, aunque presumo que fue Alberto Santana, aquel inolvidable parroquiano del Gran Café que Alejandro Michelena convirtió en uno de los principales personajes de su novela “Apartamento 108”.

 

Simpatizamos enseguida y nos sentamos a tomar un refresco, sin saber que en los años siguientes nos veríamos miles de veces y compartiríamos innumerables experiencias. Yo era un autor de veintiséis años casi desconocido que acababa de publicar su primera obra, prologada por Carlos Maggi, en la revista “Maldoror”. Ella era la escritora notoria que estaba de paso por Montevideo, donde su

aureola se proyectaba de manera creciente. Me dijo que su estadía en la ciudad sería breve y que `pocos días después regresaría a Salto. El sol que ingresaba por el gran ventanal del bar quemaba mi piel. Para una persona que, como yo, mantiene con el calor una relación conflictiva, aquella podría haber sido una tarde densa e insoportable, pero gracias a Marosa, que reposaba en el aire como un ser ingrávido, al margen de toda zozobra, yo logré sustraerme de la asfixia que sentía. Recuerdo su piel muy blanca, y su cabello rojizo, y el vestido de tonos claros. También aquella extraña e insondable manera de mirar y de preguntar que me conmovió. Cabe agregar que yo era un adolescente angustiado, solitario y existencialista, y que la paz interior de un ser tan receptivo y equilibrado se derramó sobre mí como un bálsamo. A esa receptividad a flor de piel quiero aludir, porque Marosa, que vibraba en otra dimensión, estaba sin embargo firmemente incrustada en ésta. He conocido a pocas personas tan capaces de captar la esencia más oculta de todo lo que las rodea. Nada escapaba a aquel registro que apresaba lo más insondable, lo subliminal, lo inexpresable. Ese poder impar era lo que más me gustaba de ella, y enriquecía las extensas y apasionantes conversaciones que mantuvimos durante más de treinta años.

No es fácil encontrar en una ciudad laica y cartesiana como Montevideo esa percepción ligada también a lo religioso. Me refiero a lo religioso que está situado al margen del dogma y el poder y nos señala que  las cosas tienen una periferia glacial que encubre sin embargo un núcleo radiante. Para Marosa, el conocer no era definir sino profundizar, hundirse en una realidad plena de penumbras que le permitía conectarse con lo que Aldous Huxley denomina el cosmos más amplio, el cosmos no humano. Su mirada, que abarcaba todo lo existente y lo aprehendía con asombro, exaltación y gravedad, era la mirada que podríamos calificar de iluminada porque percibe todas las cosas tal como son en sí mismas y no tal como son en relación con un ego que anhela y que aborrece de manera estúpida porque está henchido de prejuicios, de idolatría o de ideología. La misma mirada del dramaturgo y el novelista, quizás. En Marosa, que hubiera podido escribir con éxito para el teatro, la captación mimética del otro, y de lo Otro, estaba – como debe estarlo en todo escritor- regulada por el amor, la intuición y la piedad. Nada menos.

Podría escribir un libro interminable desgranando anécdotas, aludiendo a las afinidades, los encuentros y los desencuentros con Marosa, las veladas,  las amistades, los libros, las devociones  y las aventuras artísticas compartidas, entre ellas  “Figuras de palabras”, un espectáculo teatral que dirigí y al que se ofrendó con la devoción y el rigor de una actriz profesional. Podría hablar sobre el talento, el misterio, la lucidez, la ternura y la generosidad de la amiga. Pero es casi imposible describir su misticismo aplicado a la vida cotidiana, y su impar manera de demostrarnos que lo visible es sólo uno de los ejemplos de lo real.

 

Ricardo Prieto

Montevideo, 11 de octubre de 2005
Leído en el homenaje a Marosa realizado en la Biblioteca Nacional. Montevideo, 2005.

 

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