Manuela
Ricardo Prieto

A Julio Ricci

Todo empezó a cambiar en la casa el día en que la vieja dejó de acicalarse para salir y se negó a recibir a sus amigas los días jueves, a la hora del té.

Ana Bonomi de Requeni, su sobrina, agregó poco después algún grano de arena en el nuevo y enrarecido clima, pues de un día para otro se opuso a que el marido durmiera con ella en la misma cama. Pero al rechazar sus requerimientos amorosos lo indujo a tener una amante.

Fue esa amante quien me contó la historia con lujo de detalles, ayudándome a advertir el importante y controvertido rol que jugó Manuela en toda la historia.

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Manuela, la sirvienta, era la única integrante de la servidumbre que permaneció en la casa cuando se produjo la primera crisis financiera y se terminó para siempre el antiguo esplendor. Era una mujer baja y gruesa y tenía la piel cetrina plagada de granos y grietas. Primaba en ella cierto hálito desarmonizado, pues después de mirarla en su conjunto no podía sino rechinar la desproporción entre sus pequeñas manos y su gran cabeza, o la inconcebible pequeñez de los dos ojos perdidos en la amplísima cara. Su mirada era neutra e inquisitiva y se posaba sin misericordia sobre todo lo que registraba: hombres y mujeres, niños y animales, cielo y agua, luz y sombra se deslizaban frente a ella como un intrascendente hecho incapaz de conmoverla. A veces, cuando desangraba los pollos que después cocinaría, los dos hijos de Ana Bonomi huían aterrados.

Oriunda de Treinta y Tres, había emigrado a Montevideo a los diecinueve años, empleándose en la casa de dos hermanos alemanes y solterones. Siempre se dijo en la ciudad que uno de ellos la había violado reiteradamente, aunque aquel rumor nunca pudo confirmarse. Lo cierto era que Manuela se desplazaba por la casa de la Ciudad Vieja como un fantasma, barriendo, lustrando puertas, lavando ropa, zurciendo medias y limpiando el gallinero, y mantenía con el matrimonio y la vieja solterona una relación aséptica y silenciosa que no omitía, de tanto en tanto, velados reproches o ásperas recriminaciones. Ella había entregado su vida por nada a una "mezquina familia venida a menos", y estaba cansada de ser el "comodín de todos", cansada de "comer sobras" y de dormir en "una especie de galpón" y de tener "una sola frazada en el invierno".

Con los niños era tan cruel cuando se sentían felices como maternal cuando estaban enfermos o lloraban, y cualquier observador atento podía inferir que su odio por la felicidad era tan grande como su amor por el sufrimiento.

Fea, solterona, sin esperanzas y henchida de resentimiento hacia sus patrones, se regocijó en secreto cuando advirtió los primeros y nefastos cambios en la casa.

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En aquellos años, me refiero a la década de los sesentas, la crisis económica que afectara a la familia se había acentuado. Ya no contaban con las dos estancias que habían tenido en Cerro Largo y solo eran dueños de la casona situada en la calle Pérez Castellano, un solar en el Prado y algunos dólares depositados en una magra cuenta bancaria que la necesidad de afrontar el presupuesto diario había vaciado de manera gradual.

A Manuela le daban la casa y la comida y un pequeño sueldo simbólico que ella recibía con intensa parquedad llena de odio, pues era incapaz de pelear por sus derechos, consciente de que aquella casa era su hogar y de que los seres que la habitaban eran lo más parecido a su familia. La posibilidad de perder casa y parientes postizos la espantaba.

Ana Bonomi detestaba a la sirvienta, pero obligada a retenerla por razones económicas, trataba de no intimar con ella y casi no le dirigía la palabra. Esto último, claro está, no era muy necesario debido a que la eficiencia de aquella empleada doméstica resultaba inmune a toda prueba. Jamás se vio en Montevideo, ni siquiera en los tiempos de la Colonia, una sierva tan diligente, prolija, metódica e incansable, pues se levantaba todos los días a las cinco en punto y a las doce de la noche aún era posible verla trajinando.

Jorge Requeni, el marido de Ana, sentía por la silenciosa e introvertida mujer admiración coloreada de temor, y en el transcurso de veinte años de continua convivencia, siempre se había sentido incómodo al verla ingresar al escritorio para servirle el té, o cuando advertía que desde la cocina escuchaba las conversaciones de los miembros de la familia durante el almuerzo.

En cuanto a María Luisa Santos, la tía de Ana, cabe decir que es imposible registrar una relación tan áspera como la que ella mantenía con la sirvienta. María Luisa era una solterona de sesenta y ocho años que se había criado rodeada de sirvientas blancas y negras que para ella valían menos que una cosa, pues éstas, como bien lo sabe el gentil lector, suelen costar a veces mucho dinero y cotizarse en el mercado. Por eso la maltrataba, le gritaba o la insultaba y hasta le decía, para humillarla más: "Apurate, parda mugrienta" o "Voy a sacarte a patadas de esta casa, bruja asquerosa".

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La idea de que Manuela era bruja surgió por primera vez en la mente de la difunta anciana Ofelia Santos de Bonomi, madre de Ana, hermana de María Luisa y primera patrona de la sirvienta, quien al verla orinar sobre un viejo retrato supuso que era una hechicera. Cuando le preguntó qué estaba haciendo, la mujer se limitó a contestar: "Estoy limpiando de culpa a un sinvergüenza"

Ignoro si fue un hechizo lo que produjo cambios tan dolorosos en la casa, o si Manuela estaba iniciada en la maga negra, y dejo como es lógico al lector que extraiga sus propia conclusiones. Sólo me limitaré a contar con indeclinable objetividad lo que ocurrió después de que la tía se desvinculó de sus amigos e ingresó al ámbito familiar la amante del padre.

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La tía de Ana Bonomi recibía una vez a la semana a viejas amigas solteronas o viudas vinculadas a ella desde sus épocas de brillo. Estas iniciaban no sin cierto disgusto la procesión semanal a la Ciudad Vieja desde sus decadentes apartamentos céntricos o sus alicaídas casonas de Pocitos, pues María Luisa, empeñada en ocultar sus carencias económicas, solía neutralizar la insistencia de esas ancianas para que se mudase a un barrio más adecuado, arguyendo que aquella era la casa de sus antepasados. Los breves y crispados diálogos sobre el tema culminaban con su afirmación de que estaba dispuesta a terminar sus días en aquel lugar.

Las limitaciones financieras de la familia no se reflejaban nunca en el aspecto material de las reuniones. La antigua mansión albergaba aún porcelanas y jarrones antiquísimos, la vajilla inglesa y dos o tres manteles de hilo muy fino que eran propiedad de María Luisa, y muchos de los jueves esta ostentaba no pocas de las valiosas alhajas que se habían salvado del naufragio. A veces afirmaba que la presencia de una sola sirvienta era consecuencia de lo difícil que resultaba conseguir personal doméstico idóneo, y hasta hacía alarde de unos ingresos y un nivel de vida que ni remotamente estaban a su alcance. 

En el transcurso de una de aquellas reuniones María Luisa se sintió mareada y con ganas de vomitar, y urgida por la necesidad de hacerlo de inmediato, regurgitó sobre el exquisito mantel bordado un líquido verdoso que contenía un extraño bicho.

La presencia del "bicho", claro está, debo explicarla mejor. En realidad se dijo que era un bicho lo que debió de ser cualquier otra cosa. Y utilizo las expresiones "se dijo" porque Enriqueta Capurro Iliarraz, la supersticiosa viuda de un hacendado que vivía obsesionada por las brujerías y había asistido a la reunión, desparramó por todos los salones más o menos patricios de la ciudad de Montevideo la noticia de que María Luisa Santos estaba embrujada. Por mi parte, creo que los extraños "bichos" sólo eran migas de torta o algunas hojas del tilo que Manuela había omitido extraer de la caldera antes de hervir el agua para hacer el té. Sin embargo, se afirmó y reafirmó que el "bicho" tenía cabeza, dos ojos y seis patas, y que como no era un animal identificable sólo podía haber sido creado por una mente diabólica.

Por desgracia, a partir de aquel vómito empezaron a ocurrir las cosas increíbles: María Luisa cortó de manera abrupta sus vínculos con todas las amistades, a las que ni siquiera atendía por teléfono, y se encerró definitivamente en su amplio dormitorio, al que sólo permitía que ingresaran los dos niños para llevarle la comida. Al poco tiempo empezó a escribir extensas e inquietantes cartas que enviaba a diestro y siniestro acusando de estafador al marido de su sobrina y responsabilizándole por la debacle económica que había padecido la familia. También lo acusó de ser bígamo y de ejercer una especie de magia negra cuyos efectos la estaban destruyendo.

Enriqueta Capurro Iliarraz y Matilde Paiva Santayana, dos de las asistentes al fatídico té, después de leer las cartas dedujeron que la absorción del "bicho", aunque hubiese sido vomitado después, había producido calamitosos efectos que podían derivar en la locura de su amiga, y proclamaron por doquier que la casa de la calle Pérez Castellano estaba embrujada, y que el responsable del hechizo no era el marido de Ana sino Manuela, la sirvienta, una bruja reconocida que odiaba a su patrona.

Lo incomprensible, sin embargo, es que los destinatarios de las misivas eran elegidos con misteriosa y aparente incoherencia. Aparte de a todos los familiares y amigos, solo las envió a ciertas personas del Prado, a algunos residentes de la calle San José y a varios políticos blancos, pero quien se hubiese abocado a analizar las direcciones habría descubierto con perplejidad que había hecho la selección tomando de la guía o de su propia agenda las direcciones con números impares. 

La elección de los políticos del partido blanco es un misterio no resuelto aún, pues María Luisa Santos sólo envió sus cartas a aquellos que tenían más de sesenta años y vivían en el Centro, y recuerdo que en el transcurso de un inolvidable diálogo que mantuve con Eduardo Víctor Haedo, este me confesó haber recibido uno de los libelos, atribuyéndoselo en ese entonces a una mente poéticamente enfermiza.

Pero las cartas fueron apenas el comienzo del derrumbe síquico de María Luisa. Pocas semanas después empezó a adelgazar y a perder el equilibrio, y pese a no padecer de afecciones óseas, debió recurrir a un bastón para desplazarse medianamente erguida.

Los dos hijos de su sobrina, que como ya he dicho eran los únicos seres vivientes autorizados a entrar a su habitación, de la que salían siempre nerviosos y asustados, solían afirmar que la anciana estaba muy enferma y que lloraba mucho. Tiempo después María Luisa dejó de bañarse, de peinarse y hasta de hablar, y se mantenía viva gracias a la leche, pues rechazaba los demás alimentos y hasta el agua.

Cierta noche, cuando los niños entraron a su habitación y descubrieron que estaba tirada en el piso completamente desnuda, sus parientes solicitaron los servicios de un médico que fue expulsado de la habitación por una especie de loca furiosa que lo confundió con Luis Alberto de Herrera e intentó herirlo con una navaja después de acusarlo de cobarde, antisemita y violador.

Al día siguiente fue internada en un manicomio, pues ni la sobrina ni el esposo de ésta estaban dispuestos a solventar su tratamiento en una clínica siquiátrica decente, y prefirieron recurrir a los servicios públicos para que la venta de las valiosas pertenencias de la mujer les permitiera saldar muchas de las viejas deudas y endeudarse otra vez.

Después de aquella internación, el hálito macabro que envolvía a Manuela se agigantó, y no hubo reunión en las casas del patriciado en la que no se aludiera a su poder maléfico, a pesar de que María Luisa, según me han dicho, jamás mencionó a Manuela en el transcurso de su derrumbe sicosomático.

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El distanciamiento entre Ana Bonomi y su marido se produjo después del controvertido y nefasto té. Casi todo el mundo en la ciudad sabía que Ana era una cornuda y que Jorge Requeni no se esforzaba demasiado en disimular sus numerosas aventuras con diversas mujeres. Estas eran, claro está, aventuras casi siempre inofensivas, fugaces deslices y hasta perdonables, según muchos amigos, claudicaciones ante la belleza de que su esposa no estaba dotada y que en otras mujeres refulgía. Casado con Ana desde el año 1942, era comprensible que después de tantos años se sintiera tentado por sirvientas atractivas y accesibles, cualquier seductora pupila de quilombo o alguna lasciva mujercita de la mejor sociedad montevideana. Pero como Requeni no era un don Juan en el sentido tradicional, pues sus más profundas y anodinas energías creadoras las canalizaba en los juegos de azar y en ciertos negocios turbios que, según algunos conocidos, bordeaban lo delictivo, sus aventuras extra conyugales no tenían más significación que el hecho de beber copas en bares distintos.

Dos días después del aciago té su situación afectiva se perfiló con nuevos contornos, pues conoció en la ruleta a una mujer de la que yo era amigo y con la que inició una súbita relación sentimental. Ella se dedicó con mañas y saña a esquilmarlo todo lo que pudo, e incapaz de advertir aquel femenino poder maléfico, él se entregó a su victimaria alegremente, sin pesar consecuencias ni alimentar remordimientos.

Pero haría mal el desprevenido lector en pensar que aquella era una mujer de excepcionales dotes amatorias. Por el contrario, la amante era un ser cerebral, no demasiado atractivo y bastante asexuado, pero poseía muchas de las dotes comunes a casi todos los vividores profesionales: representaba con admirable perfección el papel de amiga incondicional, solía afirmar que Requeni era el único hombre capaz de despertar su afecto y sus sensaciones eróticas, era una artista en dosificar de manera maquiavélica el espacio entre cada encuentro, vivía de acuerdo a un aparente e incuestionable estatus mal habido. De esa forma logró ponerlo a sus pies, manipularlo sin piedad, arrebatarle el escaso dinero que le quedaba, separarlo de su familia y sumirlo en la desesperación y en la ruina.

Ella misma me contó infinidad de anécdotas referidas a la intimidad de Jorge Requeni en el ámbito familiar, y, sobre todo, respecto de Manuela. También me dijo que después de la internación de María Luisa en el manicomio, Ana Bonomi Santos de Requeni encontró clavado en el palo del gallinero un pequeño cartón donde vio su nombre y el del marido escritos con sangre.

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La nueva aventura erótica de Jorge Requeni adquirió ribetes escandalosos, pues casi nadie en el círculo de sus amistades ignoraba que le había alquilado a su amante un pequeño apartamento en la calle Andes, que compartían todas las tardes y muchas noches, y que se pavoneaban juntos en las confiterías, los cines, el Hipódromo y el casino.

Ana Bonomi de Requeni soportó con admirable estoicismo aquella nueva humillación y nunca dio pruebas de sentirse afectada, pero se hundió en el silencio y el ostracismo. Mientras tanto el marido dilapidaba el escaso dinero que había producido la venta de las pertenencias de María Luisa y sumía a su familia en la pobreza, la vergüenza y el desamparo afectivo. Era habitual que los niños preguntasen compungidos por el paradero del padre, pero Ana, en lugar de darles explicaciones tranquilizadoras, se limitaba a sollozar con angustia. En aquel entonces Manuela se convirtió en una especie de madre incondicional y amantísima, pues el sufrimiento de los niños y el deseo de consolarlos le produjo satisfacciones que cambiaron su árida vida.

A veces los niños la veían encender velas y efectuar invocaciones en voz alta para que el padre regresara, a pesar de que en la carta que escribió Ana Bonomi antes de morir manifestó que, en el transcurso de uno de los rituales, había oído decir a la sirvienta: "Que no vuelva el cabrón a la casa de la cabrona".

Lo cierto es que, a pesar de ser consciente de que Manuela era un ser nocivo y de que instauraba en la casa un clima de hechizos y de temores subrepticios, Ana Bonomi nunca osó, o no quiso, o no pudo liberarse de la sirvienta, y que cuando cierto día, ofuscada, se atrevió a insinuar que ella y los niños se mudarían a un pequeño apartamento, la mujer se puso como una hiena y dijo gritando: "A mí nadie me separará de los niños. Si no me lleva con usted terminará en el cementerio".

En el cementerio terminó igual, por desgracia, y son muchas las personas que piensan que la alusión a la posible mudanza precipitó su final.

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Muchos de los cambios generados por el té se reflejaron también en los niños. Si tomamos como punto de referencia la tarde en que apareció el presunto "bicho", se podría afirmar que hasta ese momento los niños eran relativamente normales. Y si utilizo el adverbio "relativamente" es por la sencilla razón de que conviviendo con una solterona neurótica como María Luisa, capaz de amenazarlos con arrancarles los genitales a tijeretazos cuando se portaban mal, o de decirles que el padre era un maldito ladrón y que su casamiento con la madre había destruido a su sobrina, ninguno de los niños podía sustraerse del enrarecido clima en que estaba inmerso, y ambos arrastraron de por vida la angustia, la incertidumbre y el pánico a lo irracional que cundían en la casa. Mii amiga tenía la sensación de que no eran niños de este mundo sino que habitaban en otra dimensión por la que se deslizaban sin hacer ruido, sin reír, sin mirar de frente, sin hablar en voz alta. Y aunque quisieran al padre y, en cierto sentido, adorasen a la madre, sentían por sus progenitores más odio que amor, y al amor lo vinculaban de manera indisoluble al pánico. Por eso era común que en el anochecer, cuando la casa de Pérez Castellano se volvía lúgubre y hasta trágica como consecuencia de la oscuridad y de las huellas que habían impreso en ella los miedos, el desamor y el encono subrepticios, los niños se agazapaban en sus camas llorando, asustados de aquellos voluminosos muebles erguidos en las sombras como enemigos, o temiendo que María Luisa entrara en cualquier momento con sus tijeras a juzgar, a castigar o a condenar.

Pero era casi siempre Manuela quien ingresaba al filo de la medianoche para arroparles las frazadas y acariciarles el cabello, diciéndoles suavemente, con extraña ternura que a veces les producía temor: "Duerman, niños míos, duerman porque pronto pasará todo".

Después del infausto día del té, se produjeron sin embargo cambios notorios en los niños hasta ese momento bondadosos y sumisos. Desobedecían a la madre, por ejemplo, y hasta la insultaban; "frígida" y "cornuda" eran algunas de las palabras que solían usar. También expresaban su odio al padre a través de agresiones, desaires y burlas. Ni siquiera María Luisa había podido sustraerse antes de morir de la incontrolable hostilidad, porque cuando ingresaban a su habitación para llevarles la leche que ella solo quería recibir de sus manos, se advertía en ambos aspereza y hasta violencia: escupían el contenido de la taza y ponían tinta roja en el orinal destinado a sus deposiciones, a pesar de que sabían que la visión de la sangre la angustiaba. 

Consciente de la maldad de los niños y demasiado debilitada como para intentar neutralizarla, María Luisa optó por aislarse de manera definitiva. Claro está que encierro tan radical implicaba dejar de higienizarse y de alimentarse, por ejemplo, y que poco tiempo después empezó a deslizarse por el declive que la precipitaría en la locura definitiva.

Con Manuela, en cambio, los niños eran inexpresivos y hasta cautos, y la toleraban sin manifestar ira, agradecimiento o ternura. Ella les servía la comida, les lavaba la ropa, los cuidaba cuando estaban enfermos. La sirvienta era una especie de prolongación de ellos mismos de la que ningún daño podían esperar. Como un animal silencioso y con impenetrable solicitud, Manuela sabía responder sin gestos y con escasas palabras a sus caprichos, y apoyaba secretamente regocijada sus reacciones más malignas.

Se comenta que Ana Bonomi reclamó a los niños para que rezaran con ella el rosario una semana antes de morir devorada por el fulminante cáncer que terminó con ella en el cementerio, y que Manuela se opuso y le dijo que nunca más vería a sus hijos.

Siete días más tarde Ana Bonomi de Requeni murió.

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Han transcurrido muchos años desde que empezara aquella confusa historia. Actualmente, muertas Ana Bonomi y María Luisa, solo viven los niños, Manuela y el padre y su amante.

Los dos últimos residen en el deteriorado apartamento de la calle Andes que todavía alquilan y en el cual la mujer se prostituye con innumerables marineros coreanos, polacos o chinos. El padre, quien ahora tiene setenta años y ha perdido la memoria y hasta parte de la razón, suele pasar casi todo el día llorando dentro de la vivienda, pero lava y plancha su ropa y la de la mujer, barre y cocina. A veces, cuando se torna caprichoso o agresivo, es castigado por su amante o golpeado por algún marinero sádico que complementa de ese modo los placeres eróticos.

En cuanto a los niños, que obviamente ya son adultos, han seguido casi idéntico camino y viven con Manuela en la casa de Pérez Castellano. Isabel es una muchacha de treinta años que carece de la más mínima vida social. Es muy católica, permanece encerrada en la casa y odia a los negros, a las prostitutas, a los pobres y a los mendigos. También detesta a los hombres y mujeres infieles y suele afirmar que deberían ser ahorcados. Es muy delgada, melancólica y hacendosa, y a veces, de noche, puede vérsela desde la calle Reconquista sentada junto a la ventana esperando sin moverse el amanecer.

Eduardo, el hermano, es viajante de comercio y se desplaza de manera continua por el interior del país. Cuando se encuentra en la ciudad se encierra en su cuarto a beber coñac y a leer con avidez novelas policiales o eróticas. Algunos afirman que tiene en la ciudad de Paysandú una amante que es casada. Otros dicen que es onanista y que odia a las mujeres. Lo único comprobado es que se compró un perro al que ama pero también castiga con sadismo. Muchos montevideanos están habituados a verle hablándole al animal o pateándolo cuando lo saca a pasear por la Ciudad Vieja.

Naturalmente, el centro de la casa es Manuela, quien ha engordado mucho y envejece dulcemente. Isabel no la deja hacer nada excepto los mandados, pues no quiere que se resienta su salud, quebrada por una vida de trabajo y humillaciones. Eduardo le compra la ropa, los habanos que fuma y el chocolate que devora.

Los dos hermanos siguen manteniendo con ella el ancestral vínculo ambivalente: la aman y le temen al mismo tiempo. Pero algo es indudable: no le piden cuentas ni se las rinden, y de noche, cuando la casa de Pérez Castellano se vuelve lúgubre y fantasmal, ambos sienten que la devoción de la sirvienta se expande por salas y recovecos inundándolo todo.

Ricardo Prieto
"Donde la claridad misma es noche oscura" 
Editorial de la Banda Oriental - 1994

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