Los disfraces
Ricardo Prieto

A Carlos Maggi

Fue publicada en el año 1969 en el Nº 4 de la revista “Maldoror”, con prólogo de Carlos Maggi. En el número 6 de la misma revista se editó traducida al francés por Gualberto Trigo, precedida por un estudio del crítico Paul Fleury.

 

Publicada en el año 1988 por la editorial Proyección en el volumen “Teatro de Ricardo Prieto”, con prólogo de Suleika Ibañez.

 

En 1989 fue nominada para el premio “Bartolomé Hildalgo” en la categoría de teatro editado.

 

Se estrenó el 11 de agosto de 1989 en versión del “Nuevo Teatro de Paysandú”  en el Teatro Florencio Sánchez de esa ciudad.

Elenco: Sandra Américo y Aníbal Turrión.

Iluminación: Milton Caraballo. Música: Hugo Rodríguez. Vestuario: Beba M. De Hitateguy. Escenografía: Julio Elizalde. Dirección Diva Merello.

 

Se estrenó el 4 de setiembre de 2004 en Nuevo Arteatro de Montevideo. Elenco: Mariana Cardozo y William Selzer. Vestuario: Laura Lockhart. Música: Fernando Condon. Iluminación: Juan José Ferragut. Dirección general: Ricardo Prieto.

 

Editada en “CELCIT. DRAMÁTICA LATINOAMERICANA”, Nº 83, Buenos Aires, Argentina.

 

 

“En el silencio de cuchillo que saluda ciertas réplicas de Los disfraces, la Tragedia se adueña de todo. Es el gran soplo del teatro que recorre un aire enrarecido. Es el anuncio de un canto fúnebre”.

                                                                                                                       

                                                            Paul Fleury

 

“La clásica pareja amo-criado desnuda una vez más el carnaval de la intimidad y del poder, donde nada es lo que parece. Con un humor perverso, Prieto multiplica en este texto cortante el espacio por antonomasia de la confusión y el miedo: la identidad”.

                                                            Mercedes Estramil

 

 

 

“El sexo es algo terrible”, dice Juan en  Los disfraces, un deseo de disfrute entroncado con el dolor, repetición obsesiva de un momento fantasmático. Frases concisas, la retórica de Ricardo Prieto en ritual de roles parodiales y alternados, que movilizan la terra incognita  más allá de lo visible y tranquilizador, permitiendo al lector/espectador entrar en un juego de seducción catártica, exorcismo liberador de su sado-masoquismo, ya entendido como pares contradictorios o como estéticas y placeres diferentes. Articulamos esta vertiente poética maldita del espesor sígnico de Prieto con la Condesa de Pizarnik: “Afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto”.

 

                        Claudia Pérez

 

(Comentarios publicados en el programa del estreno e Nuevo Arteatro, 4/9/ 2004.)

Alicia y Juan están inmóviles. Una puesta en escena figurativa, que a mi criterio no es conveniente, requeriría dos sillas de estilo, un frac y un uniforme de mucama a la vista del espectador, preferentemente colgados. Si se opta por este enfoque, Alicia tiene puesto un sofisticado deshabillé y Juan limpia con elegancia de mitológico mucamo inglés las complicadas sinuosidades de la cristalería y los sillones. Si se opta por la puesta en escena abstracta que prefiero, no hay objetos, aunque podría utilizarse un sillón con rueditas que cumplirá diversas funciones, y habría que conferirle al vestuario aspectos simbólicos, vinculados al intenso ritual que se producirá.


Alicia: (Mirándolo inquisidoramente.) Juan.
Juan: ¿Señorita?
Alicia: ¿Por qué no se saca ese horrible bigote?
Juan: Siempre lo usé.
Alicia: Por eso mismo debería estar aburrido de él.
Juan: Yo nunca me aburro.
Alicia: Tiene suerte. (Pausa. Continúa observándolo.)
Juan: Con su permiso. (Se inclina e inicia el mutis.)
Alicia: (Autoritaria.) Juan.
Juan: (Deteniéndose.) ¿Señorita?
Alicia: Usted tiene una cara insoportable. Le pediré a mi padre que lo despida.
Juan: Su mamá está muy conforme con mis servicios.
Alicia: La necesidad la obliga a conformarse con cualquier cosa.
Juan: Desde que entré en la casa la señora no me corrigió ni una sola vez.
Alicia: Yo sí estoy descontenta con usted. No quiere sacarse el bigote y sé que nos odia en silencio.
Juan: ¿Por qué habría de odiarla? ¿Hizo algo que podría inducirme a ello?
Alicia: No sé. A veces no trato a la gente como debiera.
Juan: Siempre me trató con corrección.
Alicia: Por eso me odia. En el fondo, es un sirviente como todos y quiere que lo trate mal. (Pausa. Lo contempla con detenimiento.) ¿No dice nada? ¿No se siente herido?
Juan: ¿Por qué habría de sentirme herido? La señorita tiene tanto derecho a expresar sus sentimientos como yo a ocultar los míos.
Alicia: "Ocultar" es la palabra que más le conviene usar. Usted esconde demasiado. Pero yo lo conozco, y aunque vive simulando sé lo que piensa. Hace meses que trabaja aquí y no levantó la voz ni una sola vez. Usted no es espontáneo.
Juan: Ningún empleado es espontáneo en su trabajo.
Alicia: Cuando se cree superior.
Juan: La señorita está equivocada: no me creo superior.
Alicia: Cualquiera que lo observe con atención se dará cuenta de que es orgulloso y maligno.
Juan: (Cáusticamente.) Me alegra que me observe con atención: me hace sentir útil.
Alicia: Mi interés es especulativo. Lo analizo con el mismo desprecio con que un investigador pincha una rata para observar el efecto.
Juan: (Con ironía.) ¿La señorita es investigadora?
Alicia: Tanto esa imagen como la de la rata fueron muy bien elegidas.
Juan: ¿Cree que me ofendió?
Alicia: Sé que usted es una de esas personas que no se ofenden con facilidad. (Desafiándole.) Y me gusta. Eso me gusta.
Juan: (Siempre burlón.) Me alegra que le guste.
Alicia: (Caminando a su alrededor.) Es inmutable, casi perfecto. Quisiera saber qué piensa de nosotros.
Juan: ¿Por qué le interesa tanto?
Alicia: Porque detesto a la gente que esconde veneno detrás de apariencias pulidas. Y usted es una de esas personas.
Juan: Es una lástima que la señorita se equivoque.
Alicia: No me gusta su voz cantarina. Tampoco ese tono. (Histérica.) ¿Por qué me amenaza?
Juan: Cálmese. No hay motivo para gritar de ese modo.
Alicia: Estoy en mi casa y grito cuando quiero. No soy sirvienta ni aprendí el arte de disimular. Yo me conmuevo.
Juan: (Sonríe con fineza.) Trate de no conmoverse demasiado porque le hará mal.
Alicia: ¿Se burla, no? Pronto no lo hará. (Pausa breve.) Sí, voy a pedirle a mi padre que lo despida. (Un silencio.) ¿No dice nada? ¿No se queja?
Juan: Usted sabe lo que hace.
Alicia: Es tan hipócrita que puede disimular hasta la rabia que le causa mi decisión.
Juan: Hay otros empleos.
Alicia: No como éste. En la casa no hay niños y mis padres no están nunca. Sólo tiene que atenderme a mí.
Juan: Ciertas personas valen por diez.
Alicia: Gana lo que le pagarían a un mucamo que atiende diez personas. Así que aguante.
Juan: Pero si yo no me quejo.
Alicia: (Pasando los dedos por una mesa imaginaria.) Aquí dejó polvo. Límpielo.
Juan: (Después de acercarse.) Yo no lo veo.
Alicia: Yo sí. Límpielo, como le ordené.
Juan: Por supuesto, no hay ningún problema.
Alicia: (Imitando su tono de voz.) Por supuesto, no hay ningún problema. Dígame: ¿uno nace así o se hace?
Juan: ¿Qué quiere decir?
Alicia: Quiero saber si se nace con ese gesto de "tiene razón la señorita" aunque ella le diga que es un marrano.
Juan: Nunca lo medité.
Alicia: Usted todo lo medita. Tiene aire de gran señor meditabundo. Por eso es tan ridículo. 
Juan: No sé lo que quiere decir.
Alicia: Quise decir que es un estúpido y que ni siquiera es un buen sirviente. Para eso hay que ser poético y tierno. Y usted es un salvaje. Odia su trabajo y a quienes le pagan por hacerlo. Quisiera pisotearlos.
Juan: (Diabólicamente angelical.) Sería incapaz de pisotear a nadie.
Alicia: Pero no de dejarse pisotear.
Juan: A mí nadie me pisotea.
Alicia: Afirmé que es estúpido, sin embargo, y no dijo ni ay.
Juan: ¿Por qué debo enojarme cuando algo no me molesta?
Alicia: ¿Así que no le molesta que lo humille?
Juan: No cualquiera está capacitado para humillar.
Alicia: No ironice.
Juan: ¿Por qué?
Alicia: Porque me harta. (Con histerismo.) Y no me pregunte en ese tono.
Juan: ¿Qué tiene de particular este tono?
Alicia: Es vulgar y despectivo.
Juan: Usted no me inspira burla ni desprecio sino consideración.
Alicia: ¿Qué quiere decir?
Juan: Prefiero callarme.
Alicia: Supongo que no estará insinuando que le inspiro lástima.
Juan: (Burlón.) ¿Podría inspirármela?
Alicia: Por supuesto que no. Sería absurdo.
Juan: Indudablemente.
Alicia: (Exasperada.) Dice "indudablemente" como si pensara lo contrario.
Juan: Creo que la señorita tiene algunos complejos.
Alicia: Eso no le importa.
Juan: Por supuesto. Nada de lo que piensa me importa, pero quisiera saber por qué se empeña en tenerme tan informado.
Alicia: Converso con usted porque me aburro. (Tira un objeto imaginario al suelo.) Recoja esa caja. (Juan obedece.) ¿Sabe que la tiré a propósito, verdad?
Juan: No tuve tiempo de meditarlo.
Alicia: La tiré para ver cómo se agachaba, y le confieso que me pareció patético.
Juan: El patetismo tiene las formas más sorprendentes.
Alicia: ¿Yo soy una de ellas, verdad?
Juan: No me atrevería siquiera a pensarlo.
Alicia: Pero sí a insinuarlo.
Juan: Sólo hice un comentario filosófico.
Alicia: (Con burla.) Sí, claro: olvidé que se dedica a la filosofía. Es el Descartes del servicio doméstico.
Juan: No conozco a ese señor.
Alicia: Me alegro. Pero hay algo que no entiendo. ¿Por qué no se gana la vida enseñando filosofía en lugar de servir a la clase alta?
Juan: El concepto de clase alta es muy discutible.
Alicia: ¿Qué quiere decir?
Juan: Que el adverbio altura es ambiguo y podría interpretarse erróneamente.
Alicia: Digamos entonces, para conformarlo en el plano lingüístico, que sirve a una clase superior a la suya.
Juan: También el adjetivo superior es muy discutible.
Alicia: No sea insolente. Me está cansando.
Juan: Lamento que se haya fatigado, aunque no comprendo por qué está tan interesada en hablar conmigo.
Alicia: Dejaremos de hablar cuando lo despidan. Usted me molesta. Le aconsejo que prepare su valija.
Juan: La señora todavía no me dijo que estoy despedido.
Alicia: Puede ser. Pero si usted no se hace humo voy a poner a mi padre en conocimiento de ciertas cosas.
Juan: ¿A qué se refiere?
Alicia: Le diré, por ejemplo, que su mujer se acuesta con el mucamo.
Juan: Eso tendrá que probarlo.
Alicia: Mi padre es un señor, algo que usted nunca será. Jamás pide pruebas cuando la acusación proviene de uno de sus seres queridos.
Juan: ¿Cree que su mamá soportaría que la calumnie?
Alicia: No, y por eso lo haré con más gusto. (Un silencio.) ¿Qué dice? (Juan no responde.) ¿Se retira ahora mismo o espera a que llegue el doctor y lo interiorice de ciertas cosas?
Juan: Será un placer esperarlo.
Alicia: Usted es anormal. ¿Está buscando que lo maten?
Juan: (Con perfidia.) Un caballero como el señor sería incapaz de reaccionar plebeyamente por un motivo intrascendente.
Alicia: ¿Le parece intrascendente ser cornudo?
Juan: ¿Usted cree que no lo sabe?
Alicia: ¿Cómo se atreve a decir esa barbaridad?
Juan: Apenas entré a esta casa capté perfectamente la sicología de sus ocupantes y comprendí que el señor podría jubilarse de cornudo antes que de médico. Advertí, además, que recibiría esa jubilación con mucho gusto.
Alicia: Veremos si se anima a decirle eso a mi padre.
Juan: Veremos si le dice a su padre lo que me sugirió a mí.
Alicia: ¿Por qué tiene dudas?
Juan: Usted lo conoce mejor que yo. ¿No acaba de informarme de que es un señor? Yo, por ejemplo, no lo había advertido.
Alicia: Está equivocado si imagina que porque se acuesta con mi madre va a poder más que yo.
Juan: No tengo interés en poder más de lo que puedo, que es mucho.
Alicia: Ningún poder lo librará de terminar en la calle.
Juan: Si le gusta proponerse lo imposible, y teniendo en cuenta que pertenece a la clase alta, le aconsejo que no sea demasiado ambiciosa porque podría caerse.
Alicia: Usted es una porquería.
Juan: Gracias.
Alicia: (Furiosa y angustiada.) ¡Cállese!
Juan: Yo pensé que quería que siguiera hablando.
Alicia: Sólo quiero que se vaya de esta casa.
Juan: ¿Puedo hacerle una pregunta? (Alicia no responde.) Supongo que su silencio indica que sí. (Breve silencio.) ¿Por qué la molesto tanto?
Alicia: No tengo por qué darle explicaciones.
Juan: Soy un hombre capaz de controlarse. Dígame si hay algo en mi manera de ser que le resulta chocante. Yo podría cuidarme, la haría más feliz y no perdería el empleo, que está muy bien remunerado.
Alicia: (Perdiendo el control.) Oiga bien: usted es una cosa y lo trajeron aquí como si fuera un mueble que se puede cambiar o tirar. Se equivoca si se considera un ser humano. Y no es necesario que se cuide. Como cosa que es, se lo acepta o no se lo acepta. Y yo no lo acepto.
Juan: El día en que empecé a trabajar en esta casa la señorita me recibió con mucha amabilidad. Le diré más: miró sin disimulo mi bragueta.
Alicia: ¿Quiere insinuar que me atrae sexualmente?
Juan: Quiero recordarle que le gusté.
Alicia: Usted se cree irresistible pero yo lo encuentro ridículo y artificial. Para convertirse en un hombre deseable debería empezar por sacarse el uniforme.
Juan: ¿Por qué insiste en ofenderme? Sabe que eso sólo me divierte. (Sonríe con sarcasmo.)
Alicia: (Se acerca.) La próxima vez que sonría de ese modo le escupo la cara. (Juan ríe de nuevo y Alicia lo escupe. Pausa extensa, henchida de violencia contenida. Juan siente necesidad de atacarla pero se contiene. Se limpia el rostro con lentitud y la mira con fijeza.) Para que aprenda.
Juan: (Siempre limpiándose, con odio pero tratando de burlarse.) Veo que me guarda rencor.
Alicia: ¿Se considera tan importante? Ya le dije que es como un mueble que no me gusta.
Juan: (Con gozosa sinuosidad.) Si usted me hubiera atraído más que su madre, cosa muy improbable, y si tuviese el privilegio de acostarse conmigo en lugar de ella, ¿estaría tan empeñada en deshacerse de mí?
Alicia: (Con ira.) Me repugna. No me dejaría tocar jamás por esas manos sucias. Y hable de mi madre con respeto.
Juan: Hablo de la señora con la confianza que ella me brindó.
Alicia: ¿Si le brindó tanta confianza por qué no la desnuda delante de mi padre?
Juan: Porque no sentiría la satisfacción de vengarme de él sin que lo sepa. ¿Sabe que el señor nunca me saludó? Sólo me da órdenes. Como no sospecha que soy un ser humano, es un placer demostrarle a su mujer que tengo sangre y testículos.
Alicia: Usted es una inmundicia, y no voy a combatirlo con sutilezas.
Juan: La considero incapaz de eso.
Alicia: No importa de qué me considera capaz. Mi madre tendrá que despedirlo.
Juan: Si pretende oscurecer mi futuro está pisando en falso. Su madre necesitará de mis servicios completos mientras yo quiera.
Alicia: Cuide lo que dice. No está hablando con cualquiera.
Juan: Por eso mismo no le dije que cuando quiera puede acostarse conmigo y comprobar que le resultará difícil prescindir de mí.
Alicia: Me lo está diciendo ahora.
Juan: Porque me gusta excitarla.
Alicia: Basta mirarlo para que la excitación desaparezca.
Juan: Nunca seré suyo. (Con burlona perfidia.) No me gusta.
Alicia: Eso no me importa.
Juan: Pero le molesta. Sabe que la señora del doctor no se conforma con cualquiera.
Alicia: Hace poco se enamoró de un homosexual, sin embargo, y lo llevó a la cama por dinero.
Juan: Está muy mal informada. A la señora no le gustan los homosexuales.
Alicia: Él mismo dijo que era gay, y que el dinero que le dio mi madre se lo entregó a su "marido".
Juan: (Con ironía.) La naturaleza está llena de misterio.
Alicia: ¿Qué quiere decir?
Juan: ¿Quién podría afirmar que ese joven no haya gozado a su madre tanto como yo?
Alicia: Su lenguaje se está volviendo insoportable.
Juan: (Sinuoso.) Y la señorita se está volviendo más sumisa.
Alicia: (Nerviosa.) No sé por qué lo dice.
Juan: (Con libidinosidad.) ¿Verdad que está arrepentida de haberme tratado mal y quiere llegar a un acuerdo conmigo?
Alicia: Si continúa hablando de ese modo no responderé de su integridad física.
Juan: Estoy seguro de que me desea, aunque confieso que yo acrecenté diabólicamente ese deseo.
Alicia: Usted sólo puede servir para que yo me sienta importante.
Juan: ¿No me diga?
Alicia: Las personas tan miserables me demuestran cuánto valgo.
Juan: Pero cuando no puede conquistarlas la ayudan a sentirse superior.
Alicia: Mis amigos son hombres verdaderos. ¿Cree que los cambiaría por un sirviente?
Juan: Su mamá podría contestar a esa pregunta mejor que yo. ¿Por qué cree que me prefiere a los caballeros que frecuenta?
Alicia: ¿Y usted? ¿Por qué lo cree?
Juan: Porque me apasiona producir goce. (Un silencio.) ¿Se siente molesta?
Alicia: (Disimulando su turbación.) A usted no le importa.
Juan: Está obsesionada por acostarse conmigo.
Alicia: Aunque fuera el único hombre que hubiera sobre la tierra no permitiría que me tocara.
Juan: Es notable el talento que tiene para disimular. ¿Por qué miente de ese modo? Sobre todo sabiendo que yo podría darle la satisfacción de que me conozca de manera integral...
Alicia: (Con ferocidad.) No siga.
Juan: (Sin inmutarse.) Está enclaustrada hace más de una semana y soy yo quien la retiene aquí. Me desea demasiado. Cuando quiera, arreglamos las condiciones y la dejo aliviada.
Alicia: (Gritando.) ¡Le ordené que se calle!
Juan: Me encanta comprobar que es capaz de sentir angustia. Si hasta parece que quiere matarme. (Con burla.) El sexo es algo terrible.
Alicia: La próxima vez que me falte el respeto le marco la cara.
Juan: Y yo me encargaré de que vaya presa.
Alicia: No soy una sirvienta. Veremos quién va a la cárcel.
Juan: Si termino en la cárcel por su culpa, tendrá que responder por eso ante mí.
Alicia: No visito a los presos.
Juan: Yo sería un preso que, una vez liberado, busca a su acusador para vengarse.
Alicia: No me asusta.
Juan: Aparentemente. Sé que vive simulando. Por eso oculta cuánto me necesita.
Alicia: Le dije hasta el cansancio que se equivoca.
Juan: Miente. Quiere acostarse conmigo y no se anima a pedírmelo por prejuicio o por rencor. Si renuncia a ese placer por prejuicio es estúpido. ¿No observó a su madre? Ella está más allá de los prejuicios. Si me rechaza por rencor está equivocada. No me acuesto con ella para humillarla a usted, sino porque me gusta más. La encuentro lasciva, inquietante, casi degenerada.
Alicia: ¿Cómo puedo hacerle entender que no me interesa y que me parece grotesco?
Juan: Cambiando de expresión y manteniéndose serena. Su ansiedad demuestra que sólo en la cama conmigo podría calmarse.
Alicia: ¿Cree que me entregaría sin pensarlo antes?
Juan: No, no se entregaría sin pensarlo y sin herirme. Preferiría morirse antes de demostrarme que tengo la misma estatura fisiológica y mental.
Alicia: Usted quiere convencerse de que es igual a mí, a pesar de que vale menos que un felpudo.
Juan: Ciertos felpudos la excitan mucho, ¿verdad?.
Alicia: La excitación a que se refiere puede calmarse de varias maneras.
Juan: Pero es triste que sólo alguien pueda calmarla como queremos. Hay hombres muy potentes, y la ninfomanía debe ser agobiante.
Alicia: Si quiere insinuar que soy ninfomaníaca le advierto que no me molestó.
Juan: (Con burla.) ¿Por qué habría de molestarla algo tan interesante?
Alicia: En el fondo está decepcionado. Hubiera querido que me indignara.
Juan: ¿Cómo podría indignarla la mención de algo que forma parte de su naturaleza?
Alicia: Está demasiado seguro. Supongo que razona por analogías.
Juan: ¿Pretende insinuar que siento obsesión por el pene o por la vagina?
Alicia: En usted pueden coexistir las dos obsesiones.
Juan: A medida que la obra transcurre se está volviendo más elegante, quizá como consecuencia del impacto que le causo.
Alicia: Diga mejor del asco que me causa.
Juan: Ayer, por ejemplo, ¿no pensó en mí toda la noche?
Alicia: Eso es lo que le hubiera gustado.
Juan: Por eso no me dirá la verdad. Pero no importa. Sé que pensó en mí. La oí caminar por la casa. Sentía angustia y quería llamarme pero no se atrevió. ¿Por qué no tocó el timbre? Mi obligación era ir. Para eso me pagan.
Alicia: Estuve demasiado ocupada como para pensar en los sirvientes.
Juan: Si me viera desnudo no opinaría lo mismo.
Alicia: A veces creo que se siente un adonis.
Juan: (Con burla.) ¿No lo soy?
Alicia: Para empezar, sus piernas son demasiado cortas. Tiene ojos de rata, y su voz es pausada y cantarina, casi femenina. Sus manos de sirviente prefiero no describirlas. Además, a mi madre le atrae la ambigüedad de los que son muy amplios. Me pregunto si no será ella la activa.
Juan: Si lo fuera, yo sería muy dócil. Soy capaz de todo porque me gusta lo absoluto.
Alicia: Es decir que si mi padre le hubiera propuesto ir a la cama no hubiera vacilado un minuto.
Juan: El doctor no lleva a la cama a sus mucamos.
Alicia: Mi padre no se acuesta con hombres.
Juan: Está demasiado segura.
Alicia: ¿Ahora pretende ensuciar la moral de mi padre?
Juan: Me decepciona que utilice expresiones tan ridículas como "ensuciar la moral". Creí que era más profunda. Si su padre siente atracción por los hombres y no se reprime, ¿le parece que hay forma de vida más sana que esa?
Alicia: Le haré la pregunta en su nombre. La contestará enseguida despidiéndolo.
Juan: No me asusta.
Alicia: Debe haber algo que lo crispe un poco, ¿no?
Juan: No sé si a su madre le gusta la ambigüedad. A mí me obligó a definirme más de lo necesario.
Alicia: Tengo pruebas de que a ella la excitan los homosexuales.
Juan: Por ejemplo su padre. 
Alicia: ¿Qué dijo?
Juan: No se desdiga. No hay que arrepentirse de nada.
Alicia: (Con ira.) Guárdese sus consejos. Y no crea que va seguir insultándonos.
Juan: Yo no insulté a nadie. Además somos parecidos. Si su padre me hubiese propuesto ir a la cama antes que su madre o usted, yo habría aceptado.
Alicia: (Fuera de sí.) ¡Yo nunca le propuse nada!
Juan: Hay muchas formas de hacerlo.
Alicia: Nunca tendrá la satisfacción de que le proponga eso.
Juan: La intensidad con que acaba de afirmarlo es consecuencia del odio que le inspiro por no habérselo propuesto yo. Se siente humillada.
Alicia: Ya le dije que no podría humillarme. Y le advierto que mi padre sabrá lo que acaba de afirmar sobre él.
Juan: Ya sabe que lo sé.
Alicia: ¿Ah sí? ¿Cómo puede probarlo?
Juan: Él se encargó de que yo no tuviera dudas.
Alicia: ¿Hasta dónde piensa llevar sus calumnias?
Juan: Lo que se dice sobre una persona responde al deseo de comprenderla.
Alicia: Acaba de afirmar que mi padre le propuso ir a la cama. ¿Cómo se explica? Había dicho que sólo le dirigía la palabra para darle órdenes.
Juan: Pero al mismo tiempo expresó interés sexual en mí.
Alicia: ¿Y cómo lo hizo?
Juan: ¿Por qué le interesa tanto?
Alicia: Quiero comprobar lo inmunda que es su mente imaginando.
Juan: Sospecho que quiere saber cómo encara su padre las conquistas para aprender algo de su técnica. Y no lo diré. (Con burla.) Es necesario que madure sola.
Alicia: No necesito aprender técnicas de nadie. Conquisto a quien me gusta sin ayuda.
Juan: ¿Entonces por qué me hizo esa pregunta?
Alicia: (Nerviosa, disgregada.) Ya le dije por qué. Quiero conocerlo mejor para despreciarlo más.
Juan: No mienta. Sabe que nunca se conoce nada.
Alicia: Supongamos que quiero conocer más a mi padre.
Juan: Tampoco lo conocerá a través de lo que yo diga.
Alicia: (Alucinada.) Necesito que me demuestre que mi padre lo desea.
Juan: ¿Para qué?
Alicia: No lo sé. Es una posibilidad que me llena de odio.
Juan: ¿Hacia quién?
Alicia: No le importa.
Juan: Supongo que hacia su padre. (Breve silencio.) ¿Cuándo se convencerá de que le gusto?
Alicia: (A punto de agredirlo.) No vuelva a decir eso.
Juan: (Con sorna.) Vamos, sea sincera.
Alicia: Nadie es sincero con sus sirvientes.
Juan: Soy más que un sirviente. Confiéselo.
Alicia: (Con angustia.) Quiero que se vaya de aquí para siempre.
Juan: Le doy miedo. Pero cuando yo no esté nada habrá cambiado, y descubrirá que la palabra sirviente es la excusa para separarse de lo que necesita.
Alicia: (Con ira.) ¡Cállese! No quiero escucharlo.
Juan: (Imperturbable, con frialdad demoníaca.) Tendrá que hacerlo. (Con sensualidad.) Pone un muro entre los dos para ahuyentar sus temores, en lugar de buscar el puente de nuestros cuerpos.
Alicia: (Se aleja compulsivamente.) ¡No quiero oírlo más!
Juan: (La persigue.) Va a oírme. Sólo cuando lo haga empezaré a vengarme de quienes me maltrataron.
Alicia: (Toma un imaginario objeto pesado y lo amenaza con él.) No se acerque.
Juan: (Con contenida violencia. Burlón.) ¿Por qué? (La abraza con pasión.)
Alicia: (Gritando.) ¡Suélteme! ¡Sáqueme de encima esas manos inmundas! (Se aparta y empieza a llorar agónicamente, descargando el deseo y el sufrimiento. Lo mira. Su rostro se ha transformado. Pausa muy extensa.) Venga.
Juan: Hay tiempo. Por ahora quiero verla así. Qué manera de perder la elegancia. ( La luz cambia. Se oyen extraños sonidos. Es una extraña melodía que seguirá hasta el final de la obra. En el enfoque naturalista él se dirigirá hasta el uniforme de mucama y lo descolgará. Se acercará a Alicia y la mirará con fijeza, esperando. Esta se levantará con parsimonia, se quitará el deshabillé y se pondrá extasiada el uniforme, la cofia y el delantal. Juan se pondrá el frac. En el otro enfoque, alcanzará que cada uno de ellos se quite una de las prendas que tiene puesta. En cualquiera de las lecturas las expresiones de ambos se transformarán. El rostro de Juan el Señor adquirirá imponencia y exuberancia; el de Alicia la Sirvienta, humildad y ternura.) ¿Le gusta el uniforme?
Alicia: Lo odio.
Juan: ¿Por qué se lo puso con tanto agrado?
Alicia: Cuando mi nombre era Alicia lo llamé y usted me despreció. Ahora me llamo Juana y soy su sirvienta.
Juan: ¿Me desea, verdad?
Alicia: (Con sumisión.) Sí, señor.
Juan: Pasó toda la noche llamándome.
Alicia: Sí, señor.
Juan: Veía mi cuerpo desnudo.
Alicia: (Con angustia.) Sí, señor.
Juan: Sentía cómo la penetraba.
Alicia: (Con más angustia.) Sí, señor.
Juan: Llegaba al orgasmo.
Alicia: (Con desesperación.) Sí, señor.
Juan: Y me asesinaba.
Alicia: Sí, señor. (Grita con pánico.) ¡No, señor!
Juan: (La empuja con desprecio.) Voy a despedirla. Es una asesina y no quiero verla más en esta casa.
Alicia: (Suplicante.) No diga eso, señor. No sabía lo que decía.
Juan: Descargó su subconsciente. Mostró lo que es.
Alicia: No es cierto. Yo lo respeto. Jamás haría nada que lo dañara. Además, no podría conseguir otro trabajo.
Juan: Hay muchos empleos.
Alicia: Ninguno tan bien pagado como este.
Juan: Me gusta que lo encuentre bien pagado. Por eso mismo lo perderá más pronto. (Pausa.) Límpieme los zapatos.
Alicia: No tengo pomada ni cepillo.
Juan: Límpielos con la lengua. Para eso le pago.
Alicia: Sí, señor. (Lame los zapatos de Juan.) Sí, señor. Sí, señor. Sí, señor.
Juan: (Con ira.)¿Por qué dice "sí señor" continuamente? ¡Defiéndase, muérdame, insúlteme! ¡Y niéguese cuando le proponga que se tire por la ventana! ¡Defienda a su clase, defiéndame a mí!
Alicia: ¿Quiere que me tire por la ventana?
Juan: No, imbécil. Sólo quiero que se vaya.
Alicia: ¿Por qué?
Juan: Porque me da asco. Váyase de inmediato. (La empuja hacia la puerta.) Tome su ropa y hágase humo. (Con alucinada violencia.) ¡Y ojalá se la trague la tierra!
Alicia: (A punto de llorar.) No lo haga. No sé adónde ir. Soy una mujer sola.
Juan: Es una arpía. Sabe que la deseo y se acuesta con un viejo inmundo sólo porque es el dueño de la casa.
Alicia: Usted es el hijo de ese señor.
Juan: Yo no soy nadie. Y no sé conquistar a mosquitas muertas. (A un paso de ella.) Póngase en cuatro patas.
Alicia: (Obedece.) Sí, señor.
Juan: Diga que no alguna vez. Sea agresiva.
Alicia: No, señor.
Juan: Arrástrese.
Alicia: (Se pone en cuatro patas y se arrastra con lentitud. Con angustia.) Mi nombre es Alicia, Señor. Y no me torture. Soy la dueña de esta casa.
Juan: Sí, la hija del doctor ¿verdad, querida?
Alicia: ¡No me haga sufrir más! ¡Ocupo el lugar de la mucama porque lo deseo y quiero que me abrace!
Juan: (Con fingida ternura.) Por supuesto, Alicia. Sí, querida. ¿Puedo pegarte en lugar de abrazarte? (La patea.) ¿Te gusta, querida?
Alicia: (Grita.) ¡Señor!
Juan: ¿Pensaste que el disfraz serviría para algo?
Alicia: Sí, señor.
Juan: ¿Imaginaste que te deseo?
Alicia: (Con unción.) Sí, señor.
Juan: ¿Estabas segura de que necesitaba ocupar el lugar del Amo?
Alicia: Sí, sí.
Juan: Es cierto. (Un silencio.) Pero no te tocaré. No te besaré más. No te darás el gusto de gozarme. 
Alicia: (Desgarrada.) ¡Tenga piedad de mí, Señor!
Juan: ¿Vos la tuviste de mí? (Autoritario.) Pasá la lengua por el piso.
Alicia: Está lleno de polvo.
Juan: No importa. Después te daré un beso.
Alicia: Sí, señor. (Limpia el piso con la lengua.)
Juan: Estás sublime. (Pausa. La observa.) ¿Terminaste? Bien: te daré el postre. (La patea con furia. Alicia grita desgarradamente.) ¿Te gustó? (Pausa extensa. Alicia empieza a reaccionar y se levanta con dificultad. Un silencio.) ¿Te sentís mejor?
Alicia: Sí, señor. Me siento mejor.
Juan: ¿No del todo bien, verdad?
Alicia: No del todo bien.
Juan: Nunca te acostarás conmigo.
Alicia: (Apesadumbrada, con dolor.) No me diga eso, señor.
Juan: (La luz empieza a declinar.) El doctor está por llegar. La cochina de tu madre esperará a que tu padre se duerma para entrar a mi habitación y se meterá borracha en mi cama. Yo seré dócil. Debo ganar mi sueldo. Pero la besaré a ella a pesar de que te necesito a vos. (Con angustia.) ¿Por qué no te tendré nunca? 
Alicia: No lo sé.
Juan: ¡Si al menos te quedaras con ese uniforme y yo pudiera usar siempre este disfraz!
Alicia: Eso es imposible.
Juan: Cuando tu madre se meta desnuda en mi cama estaré pensando en vos. 
Alicia: (Se tapa los oídos.) ¡No quiero oírlo!
Juan: Y después tendré que decirte señorita, y me humillarás, y te veré besar a tus amigos, y no serás nunca mía por tu culpa. ¡Por tu culpa! (La abraza con angustia. Pausa muy extensa. La luz sigue declinando. Se levantan. Alicia se pone su deshabillé y Juan su uniforme, o- si la puesta es simbólica- se colocan las prendas que se han sacado. Los gestos de ambos son lentos. Los rostros parecen aniquilados. Se dirigen hasta el lugar que ocupaban cuando empezó la obra.)
Alicia: (Con perversidad.) Juan.
Juan: ¿Señorita?
Alicia: ¿Por qué no se saca ese horrible bigote?
Juan: Siempre lo usé, señorita.
Oscuridad total.

Aclaración importante: El actor que encarna a Juan no debe usar bigote.

Escrita en Montevideo, en el año 1968.

Ricardo Prieto

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