La lámpara
Ricardo Prieto

"Voy a tirarte el agua hirviendo de esa olla" amenaza papá. Y mamá, que oye con aparente mansedumbre pero está dispuesta a dar un zarpazo, replica con tranquilidad: "Hacelo y verás cómo quemada y todo te tiro por esa terraza para abajo. Vamos a ver cómo quedás después de caer desde un décimo piso". "Hija de puta", grita papá. Y mamá, que a esa altura está furiosa, exclama con aspereza: "Andate enseguida de esta casa, cerdo. Andate al basural a revolcarte con las putas de tus amigotes". Entonces papá le clava sus ojos homicidas y sale del apartamento. Y mamá se sienta, solloza, mira sin mirar las paredes, las cortinas, la alfombra, las lámparas de bronce.

Estamos en el décimo piso de un edificio de la calle Manuel Pagola, a metros de la rambla. Nuestro apartamento es un penthouse provisto de una terraza de setenta metros "justitos", como recalca mamá cuando habla con los agentes inmobiliarios. "El apartamento es mío y haré con él lo que quiera", exclama descontrolada cada vez que discute con papá sobre la conveniencia o no de venderlo.

Papá no vive con nosotros. Él es uno de los más importantes ejecutivos de un banco extranjero, y al separarse de mamá, cuando ella lo expulsó de la casa, alquiló un apartamento sólo para él.

Hace un momento mamá y papá discutieron por algo muy absurdo. Hacía mucho tiempo que él evitaba venir a nuestra casa, quizá para no encontrarse con mamá. A mi hermana y a mí nos veía los sábados o los domingos, y a veces nos llevaba a pasar todo el fin de semana en la chacra de un compañero del banco. Ciertos días, después de combinarlo de manera anticipada, iba a buscarnos a la salida del colegio y nos llevaba a pasear. Pero hoy papá apareció inesperadamente para reclamar una lámpara. "¿Para qué querés una lámpara de mierda que sólo cuesta doscientos dólares?", gritó mamá.

La conversación que mantuvieron por teléfono me causó mucha angustia. Papá dijo que la lámpara era un recuerdo de la abuela, y mamá, que con tal de llevarle la contra es capaz de afirmar que el agua es vino, replicó a gritos que le importaba un carajo quién la había comprado. Papá es demasiado belicoso como para contenerse y agregó que se llevaría la lámpara y punto. Mamá, que se desboca con facilidad, le preguntó con furia: "¿Por qué no te comprás otra lámpara, sorete? ¿Para qué querés ésta? Pero papá, quien no se queda atrás cuando de desbocarse se trata, le dijo que era una reventada hija de puta que quería robarle todo lo que le pertenecía. "¿Así que reventada hija de puta, no? ¿Y que quiero robarte? ¿Qué yo quiero robarte a vos, zarrapastroso? Con los mil quinientos dólares que me pasás tengo que criar dos hijos, vestirlos, darles de comer, pagar gastos comunes y a la sirvienta. Y yo no puedo comprarme un trapo. Pronto tendré que salir a trabajar para poder seguir manteniendo el auto". La discusión por la lámpara siguió durante horas y horas, días y días, porque papá quería recuperarla y mamá se oponía.

Ahora estoy solo con mamá. Ella se pinta las uñas mientras yo hago los deberes. A veces la miro de reojo pero con miedo, pues suele insultar al que la observa. Parece indiferente y lejana, sabe que estoy junto a ella pero no le importa, y a pesar del cuidado con que se pinta sé que está pensando en la lámpara, y en papá.

De pronto suena el teléfono y me ordena que atienda. Voy corriendo pero tratando de neutralizar el temor con la rapidez del movimiento. Oigo la voz gangosa de papá. Siento su ternura confusa e inexplicable. "Hola, Robin, ¿cómo estás?". Pero antes de que yo pueda responder me ordena que llame a mamá. "Mamá", exclamo en voz baja con asombro. Después miro a mamá y digo con miedo: "Es papá". Mamá deja el frasco y el pincel sobre la mesa y se acerca al teléfono en son de guerra, pega el tubo a su oído y escucha. Pero escucha tanto rato sin hablar que yo me asusto. De pronto grita: "Ni lo pienses. Mis abogados son tan buenos como los tuyos". Papá responde, y aunque no oigo lo que dice estoy aterrado. Quisiera saber de qué hablan. No, no quiero saberlo. Supongo que quizás discuten por la lámpara, o por otra cosa tan estúpida como esa. "Si mil quinientos dólares te parecen mucho dinero voy a traerte a manejar esta casa. Ya veremos qué hacés con tanta plata", exclama mamá. Es evidente que papá responde de manera grosera, porque mamá grita con furia: "¡Tené cuidado de lo que decís, hijo de puta! ¡Mirá que no estoy dispuesta a aguantarte más! ¡Y mandá al abogado cuando quieras!" Después cuelga y me pregunta con ira: "¿Qué estás haciendo ahí?" "Nada", digo yo. "Nada", repito. Entonces ella ordena: "Andá a lavarte".

Camino con lentitud hacia el baño a pesar de que no necesito lavarme porque lo hice hace un rato, cuando me levanté. Pero voy igual porque debo obedecer, siempre cumplo las órdenes sin chistar. En ese momento entra Ana, la sirvienta, y comete el error de decirle a mamá que la leche está en mal estado. Mamá va como una loca hacia la cocina y empieza a insultar a la sirvienta, a papá, a mi hermana, a mí, a la gente que vive en el edificio, a la lechería, al mundo de mierda. Dice también que hubiera sido preferible no nacer y que cualquier cosa, aun la más horrible, es preferible a la vida. Después se dirige hasta el teléfono y llama al doctor Laínez, su abogado, pero le informan que no está. Corta y llama de nuevo, pues la necesidad de descargarse la impulsa a hablar con alguien. Marta, su mejor amiga, responde al llamado. Entonces oigo asombrado cómo mamá cuenta a viva voz todo lo que le ocurre, lo que piensa, lo que planea. "El maldito me llamó para amenazarme. Dice que los mil quinientos dólares que me pasa son una fortuna y que él no va a trabajar como un burro para que yo viva como una duquesa. ¿Duquesa yo? ¿Escuchaste alguna vez algo igual? Pago casi cinco mil pesos de gastos comunes y mantener el auto me sale siete mil pesos por mes. Y además afronto los gastos de la comida, de los colegios y de la ropa. ¿Qué le muestre los recibos? ¿Estás loca? Él sabe bien lo que cuesta todo, y si no gasto tres mil dólares por mes es porque economizo y vivo comparando precios como una rata para que ni mis hijos ni yo perdamos nivel. Yo sé por qué hace esto. Dice que lo eché de casa y que lo abandoné. Pero este apartamento es mío y puedo expulsar de él a quien quiera. No lo compré con su plata ni me lo regaló nadie. Lo compré yo, con suerte o sin suerte lo compré yo, y si le pedí que se fuera es porque no lo aguantaba más, porque nunca fue el hombre de una mujer ni el padre de sus hijos. Ni siquiera buen hijo o buen hermano es esta basura, y por ganar diez o quince mil dólares más de los que le pagan al año hubiera sido capaz de mandarme a mí y a los hijos al mismo infierno. ¿Sabés por qué arma este quilombo? Por una lámpara. Sí, por eso. Quiere la lámpara de bronce que tengo sobre la mesa del vestíbulo. Para qué la quiere, me pregunto, y por qué eligió justo esa. Pero que no sueñe que voy a dársela. Seguirá siendo mía aunque me mate o yo tenga que matarlo".

La palabra "matar" me estremece. No sé por qué me crispa, aunque quizá se debe a que la oigo desde hace años, desde que empecé a tener conciencia y a recordar lo que hablaban los demás. En el apartamento o en la calle, en los cines o en los parques, en los barcos o en los trenes, en el auto o en la playa, la palabra matar, al igual que las palabras reventado, hijo de puta, basura y yegua, son como el aire que respiro, el aire sucio y oscuro de este apartamento donde ni siquiera el exceso de luz nos permite sentir un poco de alegría. Cuando mamá no empezaba las discusiones las iniciaba papá. Siempre se acusaban mutuamente de haber convertido sus vidas en un infierno. Siempre anunciaban que uno mataría al otro. ¿Pero quién se preocupa del infierno en que vivimos mi hermana Mabel y yo? Claro que esta ahora tiene quince años, sale con sus amigas, baila con muchachos, se entretiene fuera de casa. Pero años atrás me abrazaba llorando cada vez que papá le pegaba a mamá. En cuanto a mí, que tengo once años y no puedo ser libre aún porque mamá me oprime, me controla y me marca horarios estrictos sólo para que no me convierta en un hombre como papá, tengo que soportar la tensión y la angustia de esta cárcel en la que ella me vigila, me da pautas, me corrige y me dice diez veces por día que soy igual a mi padre.

Pobre mamá. Yo sé que me quiere. Siento su cariño cuando me pide que la acompañe a pasear por la rambla o me compra helados, golosinas, revistas o ropa. O cuando me da más plata de la que necesito para ir al cine. Hace poco, en el Shopping, me obligó a probarme un pantalón blanco y una remera azul y me los compró a pesar de que eran muy caros. Esa tarde estaba contenta, más linda que nunca, más alta. Saludó al portero del edificio a pesar de que lo odia, y hasta conversó con una vieja muy pesada que vive en el piso de abajo y que siempre discute con los vecinos porque hacen ruido, tienen mascotas o reciben invitados.

Esas son las reacciones extrañas de mamá. A veces, cuando papá no la llama por teléfono ni intenta entrar a nuestro apartamento, se maquilla y se viste con esmero, trata con asombrosa delicadeza a la sirvienta, le permite a Mabel llegar más tarde de los bailes, habla con sus amigas de otros hombres, menciona la posibilidad de volver a casarse y hasta me mira y me habla con ternura, diciendo que yo sí voy a ser un gran hombre, un gran padre, un gran marido, un gran amante. Claro que la palabra amante me pone un poco nervioso, pues no entiendo bien qué quiere decir cuando la usa referida a mí. Pero por la forma en que la pronuncia comprendo que papá no ha sido un buen amante, y que ella quiere ser la esposa de un marido excepcional que, quizás, podría ser yo.

Rosa, la sirvienta, dijo días atrás que mamá necesita un hombre. Pero yo me enojé al oírla, y exclamé que ya lo tenía, y que ese hombre era papá. Y ella, que es muy chismosa y resentida y ataca con suavidad, sin levantar la voz, dijo que mi padre no servía para nada. A partir de ese día vivo preguntándome por qué mamá necesita un hombre y por qué papá no sirve para nada. Hace tiempo oí a papá decirle a mamá que ella no era una verdadera mujer, que una mujer se entrega y acata las órdenes del marido y hasta muere por él. Pero también le escuché oír a mamá que un verdadero hombre no piensa primero en la plata y después en los hijos y en la mujer. "La última vez que viajamos a Europa estabas más preocupado de conservar los quince mil dólares que llevabas en el bolsillo que de sacarme a pasear. Y me compraste un vestido y una cartera porque los exigí".

Yo sé que a papá le importa la plata y eso no me parece mal. La plata es muy necesaria y sin ella no se pueden comprar remeras, ni estar al día con los gastos comunes, ni tener una sirvienta, ni pasear en un auto tan lindo como el de mamá. Pero a veces me pregunto si la plata será tan importante como para que, por culpa de ella, mamá sufra tanto cuando piensa en papá, y papá esté solo en su apartamento a pesar de que desea vivir con nosotros.

Ayer le pregunté a una de mis abuelas, la madre de papá, si fue en realidad por culpa de la plata que mis padres pelearon. Y mi abuela, que siempre está lista para las confidencias pero que se cuida de todo lo que dice por temor a mamá, dijo que los hombres somos todos egoístas y que las mujeres siempre quieren más. "¿Más plata?", pregunté. "Más de todo", dijo ella. La palabra "todo" me sorprendió mucho: mamá es muy económica, busca y rebusca entre los saldos de ropa, vigila a la sirvienta para que no despilfarre cuando cocina o sale de compras, pelea con mi hermana porque esta gasta más de la cuenta. Ella misma se priva de muchas cosas, las vacaciones, por ejemplo, y solo se compra dos o tres vestidos al año. "Vivo en un apartamento de noventa mil dólares y no soy dueña de darme un gusto. Cualquier día de estos lo vendo, me compro uno de veinte mil dólares y con la diferencia me dedico a tener una vida decente", le dijo hace poco a una amiga. Claro está que habla de ese modo en los momentos de angustia, cuando está triste y deprimida, porque otras veces, cuando parece lúcida y lo persigue a uno con la mirada, afirma que la vivienda es su único capital y que por culpa del cochino del marido, con el que no puede contar, jamás podrá venderlo. "Lindo final tendría si lo vendo, lindo final de mierda", ha dicho más de una vez.

Ahora estoy en la sala preparando la cartera para ir al colegio y advierto que mamá contempla la lámpara con ojos muy fijos. Son las ocho de la mañana y me apuro porque me dormí y no quiero llegar con retraso. Entra la sirvienta y me grita con desparpajo: "¡Metele, criatura, se te va a hacer tarde!". "Sí, vas a llegar tarde", repite mamá de manera maquinal. Me acerco a ella y le doy un beso. "Hasta luego, mamá", digo. Pero ella se limita a decir "chau" sin mirarme, pues sus ojos siguen absortos en la lámpara. Abro la puerta, llamo al ascensor, desciendo, y cuando llego a la planta baja me encuentro con papá. Al verme sonríe, me abraza, me da un beso, me retiene un momento en el palier y me pregunta cómo estoy. Y a pesar de que me trata como siempre, comprendo que está apurado y nervioso. Su cuerpo parece tan grande y sus manos tan poderosas como cuando, después de pegarle a mamá, estrellaba los platos contra las paredes. "Estoy bien", digo tímidamente, con temor, pero no me atrevo a agregar nada más, aunque quisiera pedirle que regrese con nosotros, que no se enoje de nuevo con mamá y que la quiera mucho. Papá vuelve a besarme, y mientras sube al ascensor dice que la semana próxima vendrá a buscarnos a Mabel y a mí para llevarnos a Punta del Este. Yo lo miro con agradecimiento, aunque presiento que no iremos con él a ningún lado. Presiento incluso, y eso me da ganas de llorar, que nunca más veré a papá.

Salgo corriendo a la calle y ni siquiera me detengo cuando me llama Juan, el portero. Corro huyendo del edificio, del apartamento, de papá, de mamá, de Mabel, de la sirvienta. Mientras corro y corro por la rambla, mientras lloro y lloro, siento lástima de mamá y también siento, al igual que ella, que vivir es algo horrible.

Al regresar del colegio, cuando entro al vestíbulo del apartamento descubro que la lámpara no está más, que en la sala hay muebles y cuadros rotos y que todo está trastocado, como si hubiese habido un temporal. La sirvienta acude a recibirme con los ojos llorosos y cuando advierte que estoy muy asustado me da un beso. Después me pide que vaya a la cocina para tomar la merienda. Pero yo no quiero merienda. Yo sólo quiero ver a mamá. Y pregunto gritando y sollozando dónde se encuentra. Y Rosa, quien no tiene motivos para llorar y sin embargo llora y llora, dice en voz muy baja que mamá está enferma y se encerró en el cuarto. Después agrega que se cayó y se lastimó mucho y que no podré verla durante varios días.

Ricardo Prieto
"Donde la claridad misma es noche oscura" 
Editorial de la Banda Oriental - 1994

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