La espera

 
Caminó por San Telmo con paso cansino, siempre por las veredas ajenas al sol, cabizbajo y atenido a un solo impulso: la vieja necesidad de desplazarse maquinalmente, con indiferencia y sin esfuerzo, aunque algo quería aún, algo necesitaba querer.

Llegó a la plaza San Martín, ese denso y elegante recodo del pasado incrustado en la metrópoli. El sol había recalentado su camisa sucia y sentía que las gotas de sudor le empapaban la piel. Contempló a las palomas: picoteaban de manera incesante, con prisa, casi sin goce. El hambre empezó a acosarlo otra vez. Introdujo la mano en uno de sus bolsillos y halló veinte pesos. Caminó hacia Retiro calculando cómo pasaría el día hasta las nueve de la noche. Compró cigarrillos, entró a un bar y pidió un café con medias lunas. Después pensó en Nadine y se preguntó dónde estaría. Comió con voracidad, pidió más media lunas y hundió sus ojos en la incesante marea humana: rostros cansados, viejos, dichosos, mezquinos; rostros diabólicos y rostros tristes, apesadumbrados o indiferentes. También registró portafolios, carteras, manos, carpetas, zapatos, la espantosa ubicuidad de los zapatos; rulos, pieles, corbatas, aros, paquetes, plumas, paraguas, diarios, frascos, relojes, valijas, perros, pipas y bocas, sobre todos las sedientas, maravillosas bocas cerradas, abiertas, crispadas, endurecidas, pusilánimes, generosas. ¿Quién les había dado forma? ¿Quién había creado esa pesadilla de tamaños y colores? Cerró los ojos con angustia. "Si pudiera quedarme siempre en este bar. Si pudiera no moverme más", pensó. Pero había que pagar, irse y alejarse del tumulto hacia las calles marginales. Su casa no estaba lejos y decidió ponerse otra camisa, empezar a leer la novela de Flaubert que Nadine le había obsequiado y acostarse en la cama a pensar.

El sol aplastaba las cosas y las hacía hervir. Sentía calor y asco de ese veranillo absurdo en pleno invierno. Caminó observando los cuerpos y los rostros y fingiendo que eso valía la pena. Una mujer muy gorda le miró con odio, como si estuviera reprochándole que existiera. "Por algo estoy aquí", le dijo él entre dientes, aunque en realidad se lo dijo a sí mismo. Como siempre que estaba solo y a la deriva, tuvo una erección. Sintió vergüenza y miró en derredor. La gente corría, indiferente a la necesidad de tocar y de poseer que experimentaba él. Pensó que si se bajase los pantalones y pusiera su pene al sol gloriosamente erguido, ofreciéndolo a cualquier hambre, muchos se pondrían en fila quizá y se arrodillarían para libar un instante e irse después, huyendo de ese nexo con el misterio que sería su semen abundante. "¿Por qué no puedo amarte, Nadine?", exclamó. Pero una voz lejana y triste respondió: "Estoy con vos".

Subió los sucios escalones, abrió la puerta y penetró al apartamento húmedo, oscuro y desordenado. La pava se encontraba en el piso, la plancha sobre la cama. La ropa estaba diseminada por doquier, había libros en la cocina y en el baño y cucharas y platos sucios sobre la mesa, la cocina y el aparador. Se extendió en la cama y cerró los ojos. Tenía sueño pero no quería dormir; deseaba hacer el amor pero no tenía con quien. Eran las tres de la tarde y no tendría en qué ocuparse hasta la noche. Nadine estaría dibujando extrañas mujeres en el antiguo caserón inhóspito. Buscó el libro que ella le había regalado. Desde él lo llamaba y lo miraba con sus ojos escrutadores. Contempló las tapas verdes y brillantes. Aspiró su aroma inmaculado. Envidió la pureza que emanaba de sus poros abiertos en la luz.

Ricardo Prieto
El odioso animal de la dicha
Ediciones de la Banda Oriental - 1982

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