La casa de cenizas
de Ricardo Prieto

Esta obra  fue  escrita  en  la década de los sesenta. Nunca fue editada ni representada, aunque en 1974  un jurado integrado por Carlos Maggi, Eduardo Schinca y Jorge Abbondanza le otorgó por unanimidad el Premio María Esther de Mendizábal de la Institución Teatral El Tinglado.

 

                            Personajes: Sonia

                                                       Antonio

                                            Enrique

                                                       Marta

                                            Carlos

                                                       Adriana    

                                                       El ángel

 

Ámbito escénico despojado. La escenografía es abstracta. Los personajes tienen puesta ropa blanca. Salvo el de Sonia y Enrique, los maquillajes son grotescos.

Convendría que los muebles fueran representados por figuras geométricas.

 

Sonia: Dije que no.

 

Antonio: Se quedarán solo una  semana.

 

Sonia: No podría soportarlos ni una hora.

 

Antonio: Lo lamento, pero son mi hermano y mi cuñada. Así que vas a tener que aguantarlos.

 

Sonia: (Con perfidia.) Preparate entonces.

 

Antonio: ¿Estás amenazándome?

 

Sonia: Sí.

 

Antonio: Ya veo que tendremos un fin de semana insoportable. Pero estoy acostumbrado.

 

Sonia: Pobrecita la víctima. (Pausa.)

 

Antonio: Explicame por qué no querés verlos.

 

Sonia: Porque odio a los imbéciles. Tu hermano, por ejemplo, es un palurdo bien vestido con expresión de triunfador. Y lo invitaste porque te gusta mutilarme. Sólo querés que sonría, que sea dócil y que diga “sí, sí, la comida está lista, saludo al gran macho”. No te gustaría que dijera “saludo al gran macho frustrado”.

 

Antonio: Te costaría mucho demostrar que soy frustrado.

 

Sonia: ¿Porque sos jefe de personal después de haberte arrodillado ante el gerente?

 

Antonio: Ramírez me admira.

 

Sonia: Claro, le lustrás los zapatos con la lengua.

 

Antonio: Había tres que aspiraban a ese cargo, pero lo obtuve yo.

 

Sonia: Te agachaste más y él sintió lástima.

 

Antonio: Era el más capaz. Por eso logré el puesto.

 

Sonia: Brindo por tu capacidad. ¡Y larga vida al jefe!

 

Antonio: (Le arrebata el vaso.) Estás emborrachándote.

 

Sonia: Eso no te importa, triunfador.

 

Antonio: Parala, che.

 

Sonia: ¿Te molesta que te diga triunfador? Lo lamento, pero me gusta esa palabra. (Canta con histerismo.)

 

                                                El triunfador,

                                                el triunfador

                                                cobarde,

                                                quiere fingir,

                                                quiere fingir

                                                que su casa no arde.

 

Antonio: (Gritando.) ¡No quiero oírte!

 

Sonia: (Intenta continuar cantando.)

                                                El triunfador,

                                                el triunfador

                                                cobarde...

                        (Antonio se abalanza sobre ella con ferocidad y le tapa la boca.)

 

Antonio: ¡Se terminó, estúpida! (Sonia se calla. Pausa tensa.) Y arreglate un poco. Estás desastrosa.

 

Sonia: (Burlona.) La señora de García debe estar limpia y planchada como una sábana.

 

Antonio: Te convertiste en una loca mugrienta.

 

Sonia: El señor tiene miedo.

 

Antonio: Sí, pero de vos. Sos capaz de cualquier grosería.

 

Sonia: El señor García se asusta de todo. Es una niña temblorosa disfrazada de hombre.

 

Antonio: Si fuera tan tembloroso no mandaría a mil hombres.

 

Sonia: Ahora se ilusiona y hasta cree que es fuerte.

 

Antonio: Lo puedo demostrar.

 

Sonia: Fingiendo, dando órdenes con voz grave. ¿Pero qué ocurre del otro lado de las luces? Cuando saques esa jaula de ahí vas a ser un hombre.

                        (Se ilumina  el ámbito donde un actor muy joven que representa a un niño emite lamentos agónicos. Sonia se acerca. El niño patalea.) Quieta, bestia. Ya sé que te orinaste encima. (Lo coloca de espaldas al público y le quita el pantalón.) Basta, animal, o te muerdo el cogote y te desangro. (A Antonio.) Ayudame. (Antonio se acerca.) Agarralo.

 

Antonio: (Al niño, con suavidad.)  Mamá va a limpiarte.

 

Sonia: Sí, mamá va a limpiarlo. Decilo con esa dulzura nomás. ¿No ves que quiso pegarme?

 

Antonio: Vos lo irritás.

 

Sonia: Porque me desafía. (Al niño.) Venga aquí, poquita cosa de Dios. Vamos a sacarle la porquería. (Con burla.) Y no vuelvas a mearte, querido, mamita está muy ocupada. Hay tanta mugre en esta casa. (Finge sumisión.) Y mi marido, tu padre, absorbe tanto. (Ríe de manera diabólica.) Hoy no abrí las ventanas y el día es tan oscuro. (Con angustia.) No tendremos sol, me parece. (Enrique, el niño, intenta agredirla de nuevo.)

 

Antonio: (Lo contiene.) Quieto, querido.

 

Sonia: Sí, quieto inmundicia. Podrías orinar menos para que yo no sufra. Y cuando seas un ejecutivo como el papito, no olvides que mamá te limpiaba la inmundicia mientras la mirabas como un idiota.

 

Antonio: No le hables de ese modo.

 

Sonia: (Siempre a Enrique.) ¿Viste, nene? Tu padre no quiere admitir que estamos en  el infierno. (El niño llora. Antonio lo abraza.)

 

Antonio: (A Enrique, con ternura.) No llores. Papá está contigo.

 

Sonia: Cuanto más lo abraces, más odio y asco voy a sentir  por él. Vamos, señor García. Abrace el sentido de su vida. Acaricie el cuerpo que engendró mientras yo lo destruyo. (Empieza a castigar a Enrique  pero Antonio la detiene.)

 

Antonio: ¡No lo tortures más! (La aparta con brusquedad del niño. Se arrepiente. Con angustia. Pausa extensa.) ¿Qué es esto, Dios mío?

 

Sonia:  (Con odio, sin levantar la voz.) ¿Cuándo voy a verte muerto?

 

                                                                        Oscuridad. 

                                                       

 

                                                            II

 

Entra Carlos, el hermano de Antonio. Lo acompañan Marta, su mujer, y la hija de doce años, que debe ser interpretada por una actriz joven.

Vienen de un mundo equilibrado y pulido y parecen pétreas esculturas. Sonríen con ternura. Sus gestos son suaves y refinados.

Dan la impresión de ser tres escolares en el primer día de clase.

 

 

Carlos: (Al público,) Yo soy el hermano.

 

Marta: Y yo la cuñada. (Impulsa a la hija a presentarse.)

 

Adriana: (Se inclina.) Yo soy la sobrina. (Se oye un gemido siniestro.)

 

Antonio: (Se acerca.) Recién estábamos hablando de ustedes. (Los abraza.) Le  decía a Sonia que sería bueno que se quedaran más de una semana.

 

Carlos: No puedo. El lunes, a las ocho en punto de la mañana, debo estar en la compañía.

 

Antonio: Me parece bien. Hay que ser puntual.

 

Marta: Hay que cuidar el trabajo, que es otra cosa.

 

Antonio: Siéntense, por favor. Póngase cómodos. (Llama.) Sonia. ¿Dónde se habrá metido? ¿Me oíste, querida?

 

Antonio: (A Carlos.) Debe estar arreglándose. (A Sonia, levantando la voz.) Ya llegaron, querida.

 

Marta: No la apures. Tenemos tiempo. (Pausa.)

 

Antonio: (A Carlos.) ¿Cómo marchan esos negocios?

 

Carlos: (Exaltado.) Mejor imposible. Según mis cálculos, dentro de un año seré el gerente general de la empresa.

 

Antonio: ¡Bravo!

 

Marta: Tendrá que mover algunos hilos, por supuesto, pero ya le sugerí cómo hacerlo. (Ríe de manera entrecortada y estúpida. A Carlos.) Tiene dos competidores terribles.

 

Carlos: Sí, claro. Pero no les temo. Mirá, hace unos días, mister Morris, el presidente del directorio, me dijo que soy el candidato más seguro.

 

Antonio: Te felicito.

 

Marta: (Lo mira con embeleso. A Antonio) ¿No es mágico? Pero tiene una mujer que vive empujándolo.

 

Antonio: Papá siempre decía que vos y yo llegaríamos lejos. (Extraño silencio.)

 

Carlos: ¿Cuándo vas a mudarte?

 

Antonio: Sonia no quiere irse de aquí.

 

Marta: Qué horror. Esta casa es muy lúgubre.

 

Carlos: Y vieja.

 

Antonio: A ella le parece la mejor vivienda del mundo. No es fácil sacarla de aquí.

 

Marta: Si dijéramos que no pueden. Mirá tu hermano: todavía no es gerente y ya vive en un barrio residencial, y en un chalet moderno. Yo jamás hubiera permitido que me llevara a un barrio como este.

 

Adriana:¡Papá compró una casa! ¡Papá compró una casa!

 

Marta: (A Adriana.) Sí, mi vida, y tendrá muchas cosas más, así mi ricurita será la niña más envidiada. Dentro de un año pensamos comprar un apartamento cerca del río.

 

Carlos: (Riendo.) No te entusiasmes, querida. Tiempo al tiempo. (Risas tensas de los tres.) ¿Y Enriquito?

 

Marta: ¿Dónde está? Nos habíamos olvidado de él.

 

Antonio: Está jugando. (Lo llama.) Vení, Enrique. Llegaron tus tíos. (Enrique se acerca y empieza a danzar en torno a ellos. En sus gestos y en su expresión hay patetismo. Todos lo miran consternados.) Saludá a las visitas, querido. (Enrique se niega.) Vamos, hay que ser  educado. (El niño corre. Adriana lo sigue. De pronto empiezan a jugar en el ámbito de la jaula imaginaria.) Es un niño tan caprichoso.

 

Marta: Dejalo. Necesita jugar. Y Adriana también. Están en una edad terrible.

 

Carlos: Sí: nuestra hija tampoco es fácil. Y eso que no es de las peores.

 

Antonio: No se imaginan cómo me preocupa este niño. (Llama.) ¡Sonia! No entiendo por qué demora.

 

Sonia: (Sin moverse.) Ya voy, renacuajo. (Ríe a carcajadas.)

 

Antonio: (Muy turbado, a Carlos y Marta.) Está bromeando. Le gusta usar un lenguaje sorprendente. (Marta y Carlos ríen con nerviosismo.) Vivo diciéndole que no haga eso porque después Enrique la imita. Qué puedo hacer, ella es así. (Entra Sonia. Camina con lentitud y elegancia. Su  expresión es demoníaca. )

 

Sonia: (A Antonio.) Servime un gin.

 

Antonio: (A Carlos y Marta.) ¿Qué toman?

 

Sonia: Whisky.

 

Carlos: Yo también. Sin hielo.

 

Antonio: (A Sonia.) ¿Viste qué bien están Marta y Carlos? Parecen más jóvenes.

 

Sonia: ¿Tienen hijos?

 

Antonio: (Tratando de parecer divertida.)¿Olvidaste que tenés una sobrina, querida?

 

Marta: (Tratando de limar asperezas.) Nos vemos tan poco...

 

Sonia: Me parece increíble que tengan un hijo.

 

Antonio: (A Marta, sonriendo mientras le ofrece la bebida.) Bromea.

 

Marta: (Nerviosa.) Me imagino.

 

Carlos: (Con falsedad.) Tu mujer es muy divertida. (Pausa muy tensa.)

 

Marta: (Por decir algo.) Cómo nos costó encontrar la calle. Nos perdimos.

 

Sonia: Este barrio no existe en los planos de la ciudad.

 

Antonio: (Fingiendo diversión.) ¿Qué estás diciendo? Eso es un disparate. (Pausa breve y tensa.)

 

Marta: (A Sonia.) ¿Por qué no te vas de esta casa? ¿No te parece demasiado vieja?

 

Sonia: Me gusta porque es oscura y está muy sucia.

 

Antonio: (A Carlos y Marta.) Bromea.

 

Sonia: (Con brutalidad.) No bromeo, imbécil. Dame un cigarrillo. (Antonio le da un cigarrillo. Un silencio muy tenso.) Sólo un incendio podría salvarnos.

 

Antonio: (Con contenida agresividad.) Estás un poco deprimente, querida.

 

Sonia: (A Carlos y Marta.) Soy así. (Pausa tensa. A Carlos, con burla.) ¿Y? ¿Cómo anda todo?

 

Carlos: (Con entusiasmo.)Bárbaro. Nuestra compañía acrecentó su influencia en todo el mundo. Facturamos miles de millones de dólares por mes.

 

Sonia: (Siempre con burla.) Qué interesante. (Un silencio.) Quiero oír música.

 

Antonio: ¿Por qué no esperás un poco? Primero vamos a cenar.

 

Sonia: Quiero oír música ahora. Estoy en guerra con el mundo y necesito aislarme.

 

Antonio: (Con suavidad.) Tenés visitas.

 

Sonia: Me cago en las visitas.

 

Carlos: (A Antonio.) Dejala. Quizás se siente mal.

 

Marta: (A Antonio.) No te preocupes por nosotros.

 

Sonia: ¿Cómo tenés amueblada tu casa, querida?

 

Marta: Tengo muebles muy modernos. Pero pienso cambiarlos y estoy dudando entre varios estilos.

 

Sonia: Quemalos y no compres  más muebles. Y poné cruces en las paredes.

 

Marta: (Tratando de parecer divertida.) ¿Y dónde nos sentamos?

 

Sonia: En el suelo.

 

Marta: (Ríe con nerviosismo.) Eso es muy original pero no me parece lógico. (A Carlos.) ¿Te imaginás desayunando en el piso, como los japoneses?

 

Sonia: (Con angustia.) Algún día ni cruces habrá a tu alrededor. Todo estará vacío y blanco y buscarás con desesperación una silla. Y no vas a encontrarla, te lo seguro.

 

Marta: (Con frivolidad.) ¡Qué graciosa! En casa sobran las sillas.

 

Sonia: (Con burla.) ¿No me digas? (Se escucha  “La doncella de las rosas” de la suite “El cisne blanco” de Sibelius. Sonia se sienta. Todos están tensos e impávidos.)

 

Antonio: (A Sonia, con velada agresividad.) ¿Por qué no te acostás, querida? Yo me ocupo de la cena. (A Carlos y Marta.) Perdónenla. Está muy cansada.

 

Marta: (Con falsedad.) No te preocupes. Es muy interesante conversar con ella.  ¿Verdad, Carlos?

 

Carlos: (Nervioso,) Claro, claro.

 

Antonio: (A Sonia.) Será mejor que vayas a descansar.

 

Sonia: ¡No quiero descansar! ¡Y no me miren como si fuera una loca! (Recalca con agresividad.) Voy a preparar el guiso.

 

Carlos: (Estupefacto.) ¿Qué guiso?

 

Marta: Gracias, pero nosotros ya comimos. ¿Dónde están los niños?

 

Antonio: No te preocupes por ellos: fueron a jugar. A Enriquito le hace falta porque vive muy encerrado.

 

Sonia: (Con pánico.) ¿Quién lo dejó salir de la jaula?

 

Carlos: (Asombrado.) ¿De qué jaula está hablando?

 

Antonio: No le des importancia. Está nerviosa.

 

Sonia: (Toma el  látigo.) ¿Dónde está? (Antonio se acerca y le arrebata el látigo. Después se alejan y  quedan inmóviles al costado del escenario, como si abandonaran el juego. La luz se desplaza hacia el ámbito de la jaula imaginaria.) 

 

                                                                        III

 

 

Adriana: ¿Vas a la escuela?

 

Enrique: No.

 

 Adriana: ¿No te da vergüenza? Sos bastante grande.

 

Enrique: No necesito ir a la escuela.  Ya sé muchas cosas. ¿Sabías que tus padres y los míos se odian y quieren matarse?

 

Adriana: Eso no es cierto.

 

Enrique: Ya vas a aprenderlo. (Adriana ríe. Pausa.) Yo hubiera querido ser un ángel.

 

Adriana: ¿Por qué?

 

Enrique: Porque los ángeles no juegan ni huelen la mugre. (Un silencio.) ¿Vos jugás mucho?

 

Adriana: (Radiante.) Sí.

 

Enrique: Yo no. Cuando quiero hacerlo mi madre me escupe o me azota.

 

Adriana: ¿Y por qué no se lo decís a tu padre?

 

Enrique: Porque a él no le importaría.

 

Adriana: Entonces no te quiere.

 

Enrique: No. (Pausa.)

 

Adriana: Voy a quedarme hasta el lunes.

 

Enrique: Por mí...

 

Adriana: ¿No te importa?

 

Enrique: Sólo querría no estar en la jaula.

 

Adriana: ¿Qué es eso?

 

Enrique: ¿Cómo qué es eso? Allí está. Es esa prisión donde me encierran.

 

Adriana: No la veo.

 

Enrique: ¿Sos ciega? Yo duermo y como allí.

 

Adriana: ¿Por qué tus padres son tan malos?

 

Enrique: No sé. Son los únicos padres que conozco. ¿Los tuyos no te encierran?

 

Adriana: No. (Breve silencio.)

 

Enrique: Si dependiera de mi padre quizá yo no viviría encerrado. Pero no estoy seguro porque habla muy poco. Mi madre es la única que dice lo que piensa. Y lo hace gritando. Claro, él se enoja  con ella cuando se olvida de darme la comida. Y a veces me mira a través de los barrotes y parece que quisiera abrazarme. Pero no puede porque yo estoy dentro de la jaula y mamá tiene la llave.

 

Adriana: ¿Y vos no gritás?

 

Enrique: No sé gritar por eso. Grito cuando estoy sucio o mi madre me castiga. O cuando me escupe la comida.

 

Adriana: ¿Cómo hacés para comer esa inmundicia?

 

Enrique: ¿Alguna vez pasaste hambre?

 

Adriana: Nunca.

 

Enrique: Yo sí. (Un silencio.) Hace poco devoré un ratón que pasó por el costado de la jaula. Lo atrapé y lo deshice. Después me lo tragué.

 

Adriana: ¡Qué asco! ¿Y tu madre lo supo?

 

Enrique: Sí, pero se reía y gritaba que yo merecía comerlo.

 

Adriana: ¿Y por qué no se lo contaste a tu papá? Yo lo hubiera hecho.

 

Enrique: No me gusta hablar con él. En realidad me cuesta hablar con todos. (Pausa muy breve.) ¿Por qué papá no le pega cuando ella dice cosas horribles?

 

Adriana: ¿Qué cosas?

 

Enrique: ¿No vas a contárselo a nadie?

 

Adriana: No.

 

Enrique: (Bajando la voz.) Hace poco  dijo que iba a matarme.

 

Adriana: ¡Qué mala! ¿Y tu padre qué hizo?

 

Enrique: Lloró.

 

Adriana: ¡Qué raro! Mamá y papá también se pelean, pero cuando mamá quiere tener razón él grita que es el que manda. Entonces mamá se calla.

 

Enrique: Así debe ser. (Breve silencio.) ¿Por qué papá no me saca de la jaula?

 

Adriana: No sé. A lo mejor lo hace algún día.

 

Enrique: ¿Cuándo? Debería imponerse, como tu padre. ¡Ese sí que es un hombre! Pero él  se deja mandar por mamá.

 

Adriana: Quizá la quiere mucho.

 

Enrique: Si la quisiera no la miraría con odio.

 

Adriana: ¡Qué lindo! ¡Un día encontrarás a tu madre muerta y a tu padre gritándole que la mató porque lo tenía cansado! (Adriana ríe divertida. Enrique la toma de los hombres y le grita.)

 

Enrique: ¡Callate! ¡Callate o te mato yo a vos!

 

Adriana: (A punto de llorar.) Perdoname.

 

 

Enrique: ¡Nunca más te rías de mi padre!

 

Adriana: (Asustada.) Yo no me reí de él.

 

Enrique: Te imaginaste cosas. Y no quiero que uses tu estúpida cabeza de mujer para pensar en nosotros.

 

Adriana: Vos empezaste a contarme.

 

Enrique: Para que oyeras y callaras. (Pausa breve.) Algún día voy a vengarme. Tendré a mi madre a mis pies pidiéndome perdón. Y no voy a perdonarla. Me hará feliz aplastarle la cabeza.

 

Adriana: Yo creo que vas a perdonarla.

 

Enrique: Jamás voy a hacer eso.

 

Adriana: ¿Por qué estás tan seguro?

 

Enrique: Yo soy un hombre. Y vos una mujer. Como sos inferior a mí no podés entenderme.

 

Adriana: Si fueras tan superior no vivirías enjaulado.

 

Enrique: (Con furia.) ¿Qué dijiste?

 

Adriana: (Con temor.) Que si fueras tan superior no estarías enjaulado.

 

Enrique: (Le pega y le grita.) ¡Estúpida! ¡Estúpida!

 

Adriana: (Llorando.) ¡Mamá! ¡Papá!

 

Enrique: (Sigue castigándola.) ¡Nunca olvides que soy el hombre! ¡Yo soy el que manda!

 

Antonio: (Se acerca alarmada. Lo siguen Sonia,  Marta y Carlos.) ¿Qué pasa aquí? (Enrique se esconde. Adriana se abraza llorando a su madre.)

 

Marta: ¿Qué te hicieron, mi amor?

 

Carlos: ¿Por qué estás tan asustada?

 

Adriana: ¡Enrique me pegó!

 

Sonia: (Con pánico.) ¿Dónde está? ¿Cómo entraste a su jaula?

 

Adriana: (Llorando.) ¿Qué jaula? Me habló de una pero yo no la vi.

 

Marta: (Abraza a Adriana.) Calmate, por Dios.

 

Carlos: Dejala que se desahogue.

 

Sonia: Voy a buscar a ese monstruo. (Sale con el látigo en la mano.)

 

Marta: (Acariciando a Adriana.) Ya pasó todo, amorcito. Ya pasó.

 

Antonio: (A Adriana.) Vení. Voy darte caramelos. (Sale con ella.)

 

Marta: Nunca debimos venir a esta casa. Te dije cien mil veces que aquí hay algo siniestro.

 

Carlos: Ya estás exagerando.

 

Marta: Y esa mujer me pone histérica. ¿No oíste las cosas que dijo?

 

Carlos: No es peor que otras.

 

Marta: ¿Qué querés decir? (Entra Adriana corriendo.)

 

Adriana: (Muestra los caramelos.) ¡Miren! ¡El tío me los dio!

 

Marta: (La besa.) Qué tío bueno. ¿Le agradeciste?

 

Adriana: Gracias, tío. (Carlos, Marta, Antonio y Adriana quedan inmóviles. Entran Enrique y Sonia. Esta lo conduce a latigazos al ámbito que representa la jaula.)

 

Sonia: ¡Adentro, bestia! ¡No quiero que salgas de la jaula! ¿Pretendías jugar en toda la casa? (Enrique se enoja y la patea.) ¡Quieto, salvaje! Voy a darte de comer después que atienda a las visitas. (Ríe con burla. Enrique solloza. Sonia se aleja de él y se acerca a los otros personajes.)

 

Carlos: ¿Por qué lo castigaste? Sólo estaba jugando.

 

Sonia: No quiero que salga de la jaula.

 

Marta: ¿Qué es la jaula?

 

Antonio: Un  lugar que no existe.

 

Sonia: Si tuviera que soportarla como yo no diría eso.

 

Adriana: Mamá.

 

Marta: ¿Qué, hijita?

 

Adriana: El primo dijo que no va a la escuela.

 

Marta: (A Sonia.) ¿Es cierto? ¿Por qué?

 

Sonia: Yo soy su maestra. Aprende todo conmigo. No se imaginan cómo patea y maldice cuando pide la comida.

 

Antonio: ¿Podríamos dejar ese tema?

 

Sonia: Tienen obligación de oírme. ¿No los oigo hablar de sus éxitos en los negocios? ¿No los veo preocuparse por casas, muebles y floreros?

 

 

Adriana: Tengo sueño, ma.

 

Marta:  (A Adriana.) Sí. Vamos a acostarnos, querida. Es muy tarde. Venga con mamita.

 

Adriana: Papito también.

 

Marta: Ya viene.

 

Carlos: (A Sonia y Antonio.) Enseguida vuelvo. (Pausa extensa y tensa.)

 

Antonio: ¿Estás contenta? (Con odio, sin levantar la voz.) Lograste ponerme en ridículo.

 

Sonia: (Con burla.) ¿No soy una buena anfitriona?

 

Antonio: Te pasaste agrediendo a todo el mundo.

 

Sonia: Pobrecitos. ¿Me habrán encontrado grosera?

 

Antonio: Estás enferma.

 

Sonia: ¡No necesito jueces!

 

Antonio: (Le aprisiona el puño.)¡Vas a tenerlos! ¡Vas a tenerlos siempre!

 

Sonia: ¡Soltame! (Antonio la suelta y ella se aleja.)