|
La casa de cenizas |
Esta
obra fue
escrita en
la década de los sesenta. Nunca fue editada ni representada,
aunque en 1974 un jurado
integrado por Carlos Maggi, Eduardo Schinca y Jorge Abbondanza le otorgó
por unanimidad el Premio María Esther de
Mendizábal de la Institución Teatral El Tinglado.
Personajes:
Sonia Antonio
Enrique
Marta
Carlos
Adriana
El ángel
Ámbito
escénico despojado. La escenografía es abstracta. Los personajes tienen
puesta ropa blanca. Salvo el de Sonia y Enrique, los maquillajes son
grotescos. Convendría
que los muebles fueran representados por figuras geométricas. Sonia:
Dije que no. Antonio:
Se quedarán solo una semana. Sonia:
No podría soportarlos ni una hora. Antonio:
Lo lamento, pero son mi hermano y mi cuñada. Así que vas a tener
que aguantarlos. Sonia:
(Con perfidia.) Preparate entonces. Antonio:
¿Estás amenazándome? Sonia:
Sí. Antonio:
Ya veo que tendremos un fin de semana insoportable. Pero estoy
acostumbrado. Sonia:
Pobrecita la víctima. (Pausa.) Antonio:
Explicame por qué no querés verlos. Sonia:
Porque odio a los imbéciles. Tu hermano, por ejemplo, es un
palurdo bien vestido con expresión de triunfador. Y lo invitaste porque
te gusta mutilarme. Sólo querés que sonría, que sea dócil y que diga
“sí, sí, la comida está lista, saludo al gran macho”. No te gustaría
que dijera “saludo al gran macho frustrado”. Antonio:
Te costaría mucho demostrar que soy frustrado. Sonia:
¿Porque sos jefe de personal después de haberte arrodillado ante
el gerente? Antonio:
Ramírez me admira. Sonia:
Claro, le lustrás los zapatos con la lengua. Antonio:
Había tres que aspiraban a ese cargo, pero lo obtuve yo. Sonia:
Te agachaste más y él sintió lástima. Antonio:
Era el más capaz. Por eso logré el puesto. Sonia:
Brindo por tu capacidad. ¡Y larga vida al jefe! Antonio:
(Le arrebata el vaso.) Estás emborrachándote. Sonia:
Eso no te importa, triunfador. Antonio:
Parala, che. Sonia:
¿Te molesta que te diga triunfador? Lo lamento, pero me gusta esa
palabra. (Canta con histerismo.)
El triunfador,
el
triunfador
cobarde,
quiere fingir,
quiere fingir
que
su casa no arde. Antonio:
(Gritando.) ¡No quiero oírte! Sonia:
(Intenta continuar cantando.)
El triunfador,
el triunfador
cobarde...
(Antonio se abalanza sobre ella con ferocidad y le tapa la
boca.) Antonio:
¡Se terminó, estúpida! (Sonia se calla. Pausa tensa.) Y
arreglate un poco. Estás desastrosa. Sonia:
(Burlona.) La señora de García debe estar limpia y
planchada como una sábana. Antonio:
Te convertiste en una loca mugrienta. Sonia:
El señor tiene miedo. Antonio:
Sí, pero de vos. Sos capaz de cualquier grosería. Sonia:
El señor García se asusta de todo. Es una niña temblorosa
disfrazada de hombre. Antonio:
Si fuera tan tembloroso no mandaría a mil hombres. Sonia:
Ahora se ilusiona y hasta cree que es fuerte. Antonio:
Lo puedo demostrar. Sonia:
Fingiendo, dando órdenes con voz grave. ¿Pero qué ocurre del
otro lado de las luces? Cuando saques esa jaula de ahí vas a ser un
hombre.
(Se ilumina
el ámbito donde un actor muy joven que representa a un niño emite
lamentos agónicos. Sonia se acerca. El niño patalea.) Quieta,
bestia. Ya sé que te orinaste encima. (Lo coloca de espaldas al público
y le quita el pantalón.) Basta, animal, o te muerdo el cogote y te
desangro. (A Antonio.) Ayudame. (Antonio se acerca.)
Agarralo. Antonio:
(Al niño, con suavidad.)
Mamá va a limpiarte. Sonia:
Sí, mamá va a limpiarlo. Decilo con esa dulzura nomás. ¿No ves
que quiso pegarme? Antonio:
Vos lo irritás. Sonia:
Porque me desafía. (Al niño.) Venga aquí, poquita cosa de
Dios. Vamos a sacarle la porquería. (Con burla.) Y no vuelvas a
mearte, querido, mamita está muy ocupada. Hay tanta mugre en esta casa. (Finge
sumisión.) Y mi marido, tu padre, absorbe tanto. (Ríe de manera
diabólica.) Hoy no abrí las ventanas y el día es tan oscuro. (Con
angustia.) No tendremos sol, me parece. (Enrique, el niño, intenta
agredirla de nuevo.) Antonio:
(Lo contiene.) Quieto, querido. Sonia: Sí, quieto inmundicia. Podrías orinar menos para que yo no sufra. Y cuando seas un ejecutivo como el papito, no olvides que mamá te limpiaba la inmundicia mientras la mirabas como un idiota. Antonio:
No le hables de ese modo. Sonia:
(Siempre a Enrique.) ¿Viste, nene? Tu padre no quiere
admitir que estamos en el infierno. (El niño llora. Antonio lo abraza.) Antonio:
(A Enrique, con ternura.) No llores. Papá está contigo. Sonia:
Cuanto más lo abraces, más odio y asco voy a sentir
por él. Vamos, señor García. Abrace el sentido de su vida.
Acaricie el cuerpo que engendró mientras yo lo destruyo. (Empieza a
castigar a Enrique pero Antonio la detiene.) Antonio:
¡No lo tortures más! (La aparta con brusquedad del niño. Se
arrepiente. Con angustia. Pausa extensa.) ¿Qué es esto, Dios
mío? Sonia:
(Con odio, sin levantar la voz.) ¿Cuándo voy a verte
muerto?
Oscuridad.
II Entra
Carlos, el hermano de Antonio. Lo acompañan Marta, su mujer, y la hija de
doce años, que debe ser interpretada por una actriz joven. Vienen
de un mundo equilibrado y pulido y parecen pétreas esculturas. Sonríen
con ternura. Sus gestos son suaves y refinados. Dan
la impresión de ser tres escolares en el primer día de clase. Carlos:
(Al público,) Yo soy el hermano. Marta:
Y yo la cuñada. (Impulsa a la hija a presentarse.) Adriana:
(Se inclina.) Yo soy la sobrina. (Se oye un gemido
siniestro.) Antonio:
(Se acerca.) Recién estábamos hablando de ustedes. (Los
abraza.) Le decía a
Sonia que sería bueno que se quedaran más de una semana. Carlos:
No puedo. El lunes, a las ocho en punto de la mañana, debo estar
en la compañía. Antonio:
Me parece bien. Hay que ser puntual. Marta:
Hay que cuidar el trabajo, que es otra cosa. Antonio:
Siéntense, por favor. Póngase cómodos. (Llama.) Sonia. ¿Dónde
se habrá metido? ¿Me oíste, querida? Antonio:
(A Carlos.) Debe estar arreglándose. (A Sonia,
levantando la voz.) Ya llegaron, querida. Marta:
No la apures. Tenemos tiempo. (Pausa.) Antonio:
(A Carlos.) ¿Cómo marchan esos negocios? Carlos:
(Exaltado.) Mejor imposible. Según mis cálculos, dentro de
un año seré el gerente general de la empresa. Antonio:
¡Bravo! Marta:
Tendrá que mover algunos hilos, por supuesto, pero ya le sugerí cómo
hacerlo. (Ríe de manera entrecortada y estúpida. A Carlos.)
Tiene dos competidores terribles. Carlos:
Sí, claro. Pero no les temo. Mirá, hace unos días, mister Morris,
el presidente del directorio, me dijo que soy el candidato más seguro. Antonio:
Te felicito. Marta:
(Lo mira con embeleso. A Antonio) ¿No es mágico? Pero
tiene una mujer que vive empujándolo. Antonio:
Papá siempre decía que vos y yo llegaríamos lejos. (Extraño
silencio.) Carlos:
¿Cuándo vas a mudarte? Antonio:
Sonia no quiere irse de aquí. Marta:
Qué horror. Esta casa es muy lúgubre. Carlos:
Y vieja. Antonio:
A ella le parece la mejor vivienda del mundo. No es fácil sacarla
de aquí. Marta:
Si dijéramos que no pueden. Mirá tu hermano: todavía no es
gerente y ya vive en un barrio residencial, y en un chalet moderno. Yo jamás
hubiera permitido que me llevara a un barrio como este. Adriana:¡Papá
compró una casa! ¡Papá compró una casa! Marta:
(A Adriana.) Sí, mi vida, y tendrá muchas cosas más, así
mi ricurita será la niña más envidiada. Dentro de un año pensamos
comprar un apartamento cerca del río. Carlos:
(Riendo.) No te entusiasmes, querida. Tiempo al tiempo. (Risas
tensas de los tres.) ¿Y Enriquito? Marta: ¿Dónde está? Nos habíamos olvidado de él. Antonio:
Está jugando. (Lo llama.) Vení, Enrique. Llegaron tus tíos.
(Enrique se acerca y empieza a danzar en torno a ellos. En sus gestos y
en su expresión hay patetismo. Todos lo miran consternados.)
Saludá a las visitas, querido. (Enrique se niega.) Vamos, hay que
ser educado. (El niño
corre. Adriana lo sigue. De pronto empiezan a jugar en el ámbito de la
jaula imaginaria.) Es un niño tan caprichoso. Marta:
Dejalo. Necesita jugar. Y Adriana también. Están en una edad
terrible. Carlos: Sí: nuestra hija tampoco es fácil. Y eso que no es de las peores. Antonio: No se imaginan cómo me preocupa este niño. (Llama.) ¡Sonia! No entiendo por qué demora. Sonia:
(Sin moverse.) Ya voy, renacuajo. (Ríe a carcajadas.) Antonio:
(Muy turbado, a Carlos y Marta.) Está bromeando. Le gusta
usar un lenguaje sorprendente. (Marta y Carlos ríen con nerviosismo.)
Vivo diciéndole que no haga eso porque después Enrique la imita. Qué
puedo hacer, ella es así. (Entra Sonia. Camina con lentitud y
elegancia. Su expresión es
demoníaca. ) Sonia: (A Antonio.) Servime un gin. Antonio: (A Carlos y Marta.) ¿Qué toman? Sonia:
Whisky. Carlos: Yo también. Sin hielo. Antonio: (A Sonia.) ¿Viste qué bien están Marta y Carlos? Parecen más jóvenes. Sonia: ¿Tienen hijos? Antonio: (Tratando de parecer divertida.)¿Olvidaste que tenés una sobrina, querida? Marta: (Tratando de limar asperezas.) Nos vemos tan poco... Sonia: Me parece increíble que tengan un hijo. Antonio: (A Marta, sonriendo mientras le ofrece la bebida.) Bromea. Marta: (Nerviosa.) Me imagino. Carlos: (Con falsedad.) Tu mujer es muy divertida. (Pausa muy tensa.) Marta: (Por decir algo.) Cómo nos costó encontrar la calle. Nos perdimos. Sonia: Este barrio no existe en los planos de la ciudad. Antonio:
(Fingiendo diversión.) ¿Qué estás diciendo? Eso es un
disparate. (Pausa breve y tensa.) Marta: (A Sonia.) ¿Por qué no te vas de esta casa? ¿No te parece demasiado vieja? Sonia: Me gusta porque es oscura y está muy sucia. Antonio: (A Carlos y Marta.) Bromea. Sonia: (Con brutalidad.) No bromeo, imbécil. Dame un cigarrillo. (Antonio le da un cigarrillo. Un silencio muy tenso.) Sólo un incendio podría salvarnos. Antonio: (Con contenida agresividad.) Estás un poco deprimente, querida. Sonia: (A Carlos y Marta.) Soy así. (Pausa tensa. A Carlos, con burla.) ¿Y? ¿Cómo anda todo? Carlos: (Con entusiasmo.)Bárbaro. Nuestra compañía acrecentó su influencia en todo el mundo. Facturamos miles de millones de dólares por mes. Sonia: (Siempre con burla.) Qué interesante. (Un silencio.) Quiero oír música. Antonio: ¿Por qué no esperás un poco? Primero vamos a cenar. Sonia: Quiero oír música ahora. Estoy en guerra con el mundo y necesito aislarme. Antonio: (Con suavidad.) Tenés visitas. Sonia: Me cago en las visitas. Carlos: (A Antonio.) Dejala. Quizás se siente mal. Marta: (A Antonio.) No te preocupes por nosotros. Sonia: ¿Cómo tenés amueblada tu casa, querida? Marta: Tengo muebles muy modernos. Pero pienso cambiarlos y estoy dudando entre varios estilos. Sonia: Quemalos y no compres más muebles. Y poné cruces en las paredes. Marta: (Tratando de parecer divertida.) ¿Y dónde nos sentamos? Sonia: En el suelo. Marta: (Ríe con nerviosismo.) Eso es muy original pero no me parece lógico. (A Carlos.) ¿Te imaginás desayunando en el piso, como los japoneses? Sonia: (Con angustia.) Algún día ni cruces habrá a tu alrededor. Todo estará vacío y blanco y buscarás con desesperación una silla. Y no vas a encontrarla, te lo seguro. Marta: (Con frivolidad.) ¡Qué graciosa! En casa sobran las sillas. Sonia:
(Con burla.) ¿No me digas? (Se escucha
“La doncella de las rosas” de la suite “El cisne blanco” de
Sibelius. Sonia se sienta. Todos están tensos e impávidos.) Antonio: (A Sonia, con velada agresividad.) ¿Por qué no te acostás, querida? Yo me ocupo de la cena. (A Carlos y Marta.) Perdónenla. Está muy cansada. Marta: (Con falsedad.) No te preocupes. Es muy interesante conversar con ella. ¿Verdad, Carlos? Carlos: (Nervioso,) Claro, claro. Antonio: (A Sonia.) Será mejor que vayas a descansar. Sonia: ¡No quiero descansar! ¡Y no me miren como si fuera una loca! (Recalca con agresividad.) Voy a preparar el guiso. Carlos: (Estupefacto.) ¿Qué guiso? Marta: Gracias, pero nosotros ya comimos. ¿Dónde están los niños? Antonio: No te preocupes por ellos: fueron a jugar. A Enriquito le hace falta porque vive muy encerrado. Sonia:
(Con pánico.) ¿Quién lo dejó salir de la jaula? Carlos: (Asombrado.) ¿De qué jaula está hablando? Antonio: No le des importancia. Está nerviosa. Sonia:
(Toma el látigo.)
¿Dónde está? (Antonio se acerca y le arrebata el látigo. Después
se alejan y quedan inmóviles
al costado del escenario, como si abandonaran el juego. La luz se desplaza
hacia el ámbito de la jaula imaginaria.) III Adriana: ¿Vas a la escuela? Enrique: No. Adriana: ¿No te da vergüenza? Sos bastante grande. Enrique: No necesito ir a la escuela. Ya sé muchas cosas. ¿Sabías que tus padres y los míos se odian y quieren matarse? Adriana: Eso no es cierto. Enrique: Ya vas a aprenderlo. (Adriana ríe. Pausa.) Yo hubiera querido ser un ángel. Adriana: ¿Por qué? Enrique: Porque los ángeles no juegan ni huelen la mugre. (Un silencio.) ¿Vos jugás mucho? Adriana: (Radiante.) Sí. Enrique: Yo no. Cuando quiero hacerlo mi madre me escupe o me azota. Adriana: ¿Y por qué no se lo decís a tu padre? Enrique: Porque a él no le importaría. Adriana: Entonces no te quiere. Enrique: No. (Pausa.) Adriana: Voy a quedarme hasta el lunes. Enrique: Por mí... Adriana: ¿No te importa? Enrique: Sólo querría no estar en la jaula. Adriana: ¿Qué es eso? Enrique: ¿Cómo qué es eso? Allí está. Es esa prisión donde me encierran. Adriana: No la veo. Enrique: ¿Sos ciega? Yo duermo y como allí. Adriana: ¿Por qué tus padres son tan malos? Enrique: No sé. Son los únicos padres que conozco. ¿Los tuyos no te encierran? Adriana: No. (Breve silencio.) Enrique: Si dependiera de mi padre quizá yo no viviría encerrado. Pero no estoy seguro porque habla muy poco. Mi madre es la única que dice lo que piensa. Y lo hace gritando. Claro, él se enoja con ella cuando se olvida de darme la comida. Y a veces me mira a través de los barrotes y parece que quisiera abrazarme. Pero no puede porque yo estoy dentro de la jaula y mamá tiene la llave. Adriana: ¿Y vos no gritás? Enrique: No sé gritar por eso. Grito cuando estoy sucio o mi madre me castiga. O cuando me escupe la comida. Adriana: ¿Cómo hacés para comer esa inmundicia? Enrique: ¿Alguna vez pasaste hambre? Adriana: Nunca. Enrique: Yo sí. (Un silencio.) Hace poco devoré un ratón que pasó por el costado de la jaula. Lo atrapé y lo deshice. Después me lo tragué. Adriana: ¡Qué asco! ¿Y tu madre lo supo? Enrique: Sí, pero se reía y gritaba que yo merecía comerlo. Adriana: ¿Y por qué no se lo contaste a tu papá? Yo lo hubiera hecho. Enrique: No me gusta hablar con él. En realidad me cuesta hablar con todos. (Pausa muy breve.) ¿Por qué papá no le pega cuando ella dice cosas horribles? Adriana: ¿Qué cosas? Enrique: ¿No vas a contárselo a nadie? Adriana: No. Enrique: (Bajando la voz.) Hace poco dijo que iba a matarme. Adriana: ¡Qué mala! ¿Y tu padre qué hizo? Enrique: Lloró. Adriana: ¡Qué raro! Mamá y papá también se pelean, pero cuando mamá quiere tener razón él grita que es el que manda. Entonces mamá se calla. Enrique: Así debe ser. (Breve silencio.) ¿Por qué papá no me saca de la jaula? Adriana: No sé. A lo mejor lo hace algún día. Enrique: ¿Cuándo? Debería imponerse, como tu padre. ¡Ese sí que es un hombre! Pero él se deja mandar por mamá. Adriana: Quizá la quiere mucho. Enrique: Si la quisiera no la miraría con odio. Adriana:
¡Qué lindo! ¡Un día encontrarás a tu madre muerta y a tu padre
gritándole que la mató porque lo tenía cansado! (Adriana ríe
divertida. Enrique la toma de los hombres y le grita.) Enrique: ¡Callate! ¡Callate o te mato yo a vos! Adriana: (A punto de llorar.) Perdoname. Enrique: ¡Nunca más te rías de mi padre! Adriana: (Asustada.) Yo no me reí de él. Enrique: Te imaginaste cosas. Y no quiero que uses tu estúpida cabeza de mujer para pensar en nosotros. Adriana: Vos empezaste a contarme. Enrique: Para que oyeras y callaras. (Pausa breve.) Algún día voy a vengarme. Tendré a mi madre a mis pies pidiéndome perdón. Y no voy a perdonarla. Me hará feliz aplastarle la cabeza. Adriana: Yo creo que vas a perdonarla. Enrique: Jamás voy a hacer eso. Adriana: ¿Por qué estás tan seguro? Enrique: Yo soy un hombre. Y vos una mujer. Como sos inferior a mí no podés entenderme. Adriana: Si fueras tan superior no vivirías enjaulado. Enrique: (Con furia.) ¿Qué dijiste? Adriana: (Con temor.) Que si fueras tan superior no estarías enjaulado. Enrique: (Le pega y le grita.) ¡Estúpida! ¡Estúpida! Adriana: (Llorando.) ¡Mamá! ¡Papá! Enrique: (Sigue castigándola.) ¡Nunca olvides que soy el hombre! ¡Yo soy el que manda! Antonio:
(Se acerca alarmada. Lo siguen Sonia,
Marta y Carlos.) ¿Qué pasa aquí? (Enrique se esconde.
Adriana se abraza llorando a su madre.) Marta: ¿Qué te hicieron, mi amor? Carlos: ¿Por qué estás tan asustada? Adriana: ¡Enrique me pegó! Sonia: (Con pánico.) ¿Dónde está? ¿Cómo entraste a su jaula? Adriana: (Llorando.) ¿Qué jaula? Me habló de una pero yo no la vi. Marta: (Abraza a Adriana.) Calmate, por Dios. Carlos: Dejala que se desahogue. Sonia:
Voy a buscar a ese monstruo. (Sale con el látigo en la mano.) Marta: (Acariciando a Adriana.) Ya pasó todo, amorcito. Ya pasó. Antonio:
(A Adriana.) Vení. Voy darte caramelos. (Sale con ella.) Marta: Nunca debimos venir a esta casa. Te dije cien mil veces que aquí hay algo siniestro. Carlos: Ya estás exagerando. Marta: Y esa mujer me pone histérica. ¿No oíste las cosas que dijo? Carlos: No es peor que otras. Marta:
¿Qué querés decir? (Entra Adriana corriendo.) Adriana: (Muestra los caramelos.) ¡Miren! ¡El tío me los dio! Marta: (La besa.) Qué tío bueno. ¿Le agradeciste? Adriana:
Gracias, tío. (Carlos, Marta, Antonio y Adriana quedan inmóviles.
Entran Enrique y Sonia. Esta lo conduce a latigazos al ámbito que
representa la jaula.) Sonia: ¡Adentro, bestia! ¡No quiero que salgas de la jaula! ¿Pretendías jugar en toda la casa? (Enrique se enoja y la patea.) ¡Quieto, salvaje! Voy a darte de comer después que atienda a las visitas. (Ríe con burla. Enrique solloza. Sonia se aleja de él y se acerca a los otros personajes.) Carlos: ¿Por qué lo castigaste? Sólo estaba jugando. Sonia: No quiero que salga de la jaula. Marta: ¿Qué es la jaula? Antonio: Un lugar que no existe. Sonia: Si tuviera que soportarla como yo no diría eso. Adriana: Mamá. Marta: ¿Qué, hijita? Adriana: El primo dijo que no va a la escuela. Marta: (A Sonia.) ¿Es cierto? ¿Por qué? Sonia: Yo soy su maestra. Aprende todo conmigo. No se imaginan cómo patea y maldice cuando pide la comida. Antonio: ¿Podríamos dejar ese tema? Sonia: Tienen obligación de oírme. ¿No los oigo hablar de sus éxitos en los negocios? ¿No los veo preocuparse por casas, muebles y floreros? Adriana: Tengo sueño, ma. Marta: (A Adriana.) Sí. Vamos a acostarnos, querida. Es muy tarde. Venga con mamita. Adriana: Papito también. Marta: Ya viene. Carlos:
(A Sonia y Antonio.) Enseguida vuelvo. (Pausa extensa y
tensa.) Antonio: ¿Estás contenta? (Con odio, sin levantar la voz.) Lograste ponerme en ridículo. Sonia: (Con burla.) ¿No soy una buena anfitriona? Antonio: Te pasaste agrediendo a todo el mundo. Sonia: Pobrecitos. ¿Me habrán encontrado grosera? Antonio: Estás enferma. Sonia: ¡No necesito jueces! Antonio: (Le aprisiona el puño.)¡Vas a tenerlos! ¡Vas a tenerlos siempre! Sonia: ¡Soltame! (Antonio la suelta y ella se aleja.) |