Insecto pica a una manzana madura

Ricardo Prieto

La ternura es amarga, pensó Mediana Va, pues siempre entregaba lo mejor de sí misma a personas que la defraudaban. Era demasiado rica y poderosa como para despertar afectos desinteresados, y estaba habituada a sentir la frustración de que la propia ternura no pudiese deslizarse como un río por esa especie de tierra reseca que eran los demás.

Pero aquel domingo estaba excitada por imprevistos acontecimientos que la obligaban a olvidarse de la ternura y sus tristezas.

Eliseo Total, el tartamudo que había criado, se estaba paseando por la ciudad luciendo un traje de pana amarilla y un sombrero verde, y ostentando el dinero que había traído de lejanas tierras.

Mediana Va no podía tolerar que aquella especie de hijo pródigo, destinatario durante quince años de su opulenta misericordia, regresara a la ciudad natal sin venir a prosternarse ante su protectora para retribuirle un poco de cariño por su antigua solicitud. Ella no necesitaba el dinero de nadie, era capaz de valorar el afecto y hasta de elogiar un traje amarillo y un sombrero verde de vaquero.

Durante toda la mañana sus sirvientas anduvieron de lleve y traiga por los corrillos del pueblo, interrogando a las comadres, espiando a Eliseo, cuchicheando en secreto y entrando y saliendo de la casa señorial para informar a la dueña de las novedades.

Ella no pudo almorzar ni concentrarse en la lectura de viejas revistas, ni acudir a misa de seis para rogar por los descarriados y los difuntos. Su consternación por la afrenta recibida la mantuvo todo el día seca y tensa como un palo, aguardando a sus criadas como si fuesen las divinas mensajeras de un oráculo.

Que el Eliseo había gastado cien pesos en grapa, y otros cincuenta pesos en un moño, y cinco pesos en un chocolate con turrón; que saludaba a todo el mundo, y que se quitaba el sombrero ante los adultos y los niños del pueblo, los ricos y los pobres, los santos y los pecadores; que había enviado un telegrama a la capital; que había orinado a las tres y comido una manzana a las cuatro y cuarto. Eso decían.

También exclamaron que al pasar frente a la verja de la mansión de Mediana Va había mirado para otro lado después de escupir como al descuido.

Aquel día de indignación la mujer no pudo cenar. Había perdido el apetito. Sus sirvientas se asombraron cuando a las diez de la noche la vieron ponerse sus guantes, echarse el tapado encima y caminar hacia el centro del pueblo con el paso fúnebre y angustiado de los que perdieron la guerra.

No podía permitir que aquel truhán ostentara su indiferencia hacia ella y diera lugar a murmuraciones malignas. Todo el mundo sabía bien que había criado a Eliseo Total desde que este naciera; sabía que él había ordeñado sus vacas y había bebido de la leche que ordeñara; sabía que había plantado sus repollos y sus manzanas y sus zanahorias y había ido a la feria a venderlas, y hasta había intentado ciertas veces engañar a su protectora entregándole menos dinero. Nadie ignoraba tampoco que ella le había enseñado a contar con los dedos y a dibujar árboles, pues el gran trabajo que había en la granja impedía que él fuera a la escuela; ni desconocían que había usado uno de los caballos de Mediana Va para llevar de paseo a una de sus novias, como si ella hubiese tenido obligación de criar y mantener a un holgazán que nunca se levantaba antes de las seis de la mañana para que le matara los corceles con el peso de su lascivia. Sobre todo recordaban que había tenido que expulsarlo de la casa cuando Eliseo Total se atrevió a amenazarla con un cuchillo porque se negó a pagarle el sueldo descomunal que exigía. Ni olvidaban que, antes de marcharse, él le había robado un jamón, dos quesos y seis gallinas.

Claro que ella le había perdonado aquel desliz. La equivocada relación que mantenía con la ternura la impulsaba a perdonar cualquier infracción después de diez o quince años de haber sido cometida. Ella conocía bien la amargura de no poder verterse como un manantial sobre el alma reseca de los otros.

Por eso, cuando llegó a la plaza del pueblo y vio a Elíseo acodado en una baranda y rodeado por un séquito de granujas que intentaban aprovecharse de su prodigalidad, caminó hasta él, se detuvo mirándole con fijeza y aguardó tiesa y solemne la reverencia o el arrepentimiento.

La gente que los observaba esperando acontecimientos que amenizarían las chismosas tertulias durante varias semanas, vio con asombro que ninguno de los dos se movió. Tampoco hablaron. Parecían dos estacas que se olían sin tocarse.

– Eliseo... – balbuceó Mediana Va.

– Patrona –exclamó él.

Eliseo Total ya no era el muchacho que ella había conocido. El traje de pana amarilla le sentaba admirablemente, y aquel sombrero verde le confería a su rostro un leve aire morisco que picó el corazón de la mujer como un insecto a una manzana madura. Sus labios parecían más carnosos, más redondos sus muslos, más grandes y fuertes sus manos. En sus ojos había además un ardor fijo y azul para el que ella hubiera querido ser siempre de lluvia.

Aquella noche el pueblo entero vio estupefacto cómo caminaban en silencio hacia la casona Mediana Va y Eliseo Total. Ella abriendo la marcha, grave y compungida, sin vergüenza y con dolor, más consciente que nunca de la amarga ternura; él con los ojos fijos en las caderas opulentas, en la cintura nunca hollada, en la nuca marchita, y, más allá, en la resplandeciente muralla que cercaba la finca de su patrona, en los tesoros de mármol y de especias que contenía.

A la mañana siguiente la mujer no acudió a misa. Sus sirvientas no salieron para el mercado. La casa parecía deshabitada.

Tres meses después nadie se sorprendió cuando se supo que la matrona había muerto de un infarto en la cama matrimonial, y que Eliseo Total había tomado posesión definitiva de la propiedad y había hecho peinar, vestir y perfumar al cadáver como para ir a una fiesta mientras pellizcaba las caderas y los pechos de las sirvientas que, riendo, embellecían a su patrona difunta.

El día en que Mediana Va fue enterrada se congregó todo el pueblo en el jardín. Y cuando apareció el nuevo señor de la finca luciendo el traje de pana azul que le había confeccionado el mejor sastre del pueblo, se inclinaron ante él sus sirvientas, toda la gente humilde, el cura y el prestamista.

Ricardo Prieto
Desmesura de los zoológicos
Editorial Proyección, Montevideo, 1987 

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