Hambres

 

La mujer cortó con hosquedad el bicho en jirones y lo puso sobre la mesa. A aquel hombre que comía tanto, su marido, era necesario servirle alimentos cada dos horas, y ella nada disfrutaba más que desperdigárselos en los lugares más insólitos.
A veces, para amenizar la horrible aridez de tener que vivir cocinándole a una especie de bestia, solía esconder la comida en lugares infinitamente alejados de la suspicacia del hombre: el inodoro, la grasera o los recovecos de su propio cuerpo cuando se trataba de ocultar semillas.
Pero el hombre, que a la angustia que siempre le había producido la necesidad de deglutir cualquier cosa se le había sumado la desazón de tener que explorar hasta los agujeros para hallar el alimento deseado, lo buscaba llorando como un niño.
Esa vez, sin embargo, ella se había limitado a usar la cama como escondrijo. Vivían juntos desde tiempos inmemoriales y no era raro que a veces sintiese piedad de aquel mostrenco que sólo había nacido para copular y devorar vida.
El animal faenado parecía vivo, y quizá demasiado vivo, porque cuando el hombre entró a la habitación jadeando como un perro, vio al bicho y se precipitó sobre él con la mandíbula abierta y el pene erecto.
Después ocurrió algo bastante extraño: el hombre copuló con el cadáver al mismo tiempo que lo comía.
La mujer observaba desde la puerta suspirando una vez más con piedad de sí misma. Al mismo tiempo se preguntó si permanecería otros setecientos años junto a aquel energúmeno que sólo sabía engullir y penetrar todo lo que alentaba a su alrededor.


Ricardo Prieto
"La puerta que nadie abre"

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