Un lugar de este mundo
Ricardo Prieto

Su llegada se produjo en una tarde de invierno, cuando no se veía a nadie en las silenciosas veredas del barrio. Las casas de la calle Ramón Cáceres estaban cerradas, los dos bares de Castro y Pena desiertos, las veredas solitarias. Aquellas antiguas residencias yacían aletargadas como lagartos muertos detrás de los arbustos oscurecidos por el invierno.

Era domingo, y a las seis en punto de la tarde el pequeño Fiat franqueó la desvencijada verja deslizándose por el camino de tierra hacia la vetusta casona de tres pisos. La mujer que conducía parecía firme y empecinada a pesar de su ansiedad, y no era difícil inferir que iba a un encuentro esperado durante mucho tiempo. Era pequeña, gruesa, y su rostro armónico exultaba esa acreditada hermosura que se nutre de crueldad y desánimo, de ansiedad crónica, de oculto pánico. Sus ojos oscuros, fijos en el porche de la mansión, denotaban un elaborado propósito.

Descendió del auto y caminó hacia la casa. Pero no fue necesario que llamara a la puerta. Una anciana decrépita, pálida y elegantemente desarrapada abrió la puerta y la miró de frente, con disimulada malignidad. La visitante extendió la mano, y la vieja, que parecía atrapada en una difusa aureola de candor, la invitó a pasar.

Ingresaron a la sala y la mujer joven se sentó en uno de los sillones sin que la hubiesen invitado a hacerlo. La anciana permaneció erguida observándola con atención, atando a los viejos nuevos cabos, hurgando en lo más recóndito de aquellos ojos que volvía a enfrentar después de siete años, estipulando con exactitud valores de vestido, zapatos, cartera y collares, pero, sobre todo, comprendiendo que tendría que lidiar con los instintos más primarios de la visitante, con su ambición y su crueldad. 

La mujer joven dijo que el viaje desde Carrasco había sido más corto de lo previsto, y que el Prado no era un barrio tan alejado, y que se alegraba de haberla encontrado en casa. La anciana se limitó a expresar con aparente y burlona cordialidad que ella casi nunca salía, y que además era incapaz de dejar la casa cuando le habían anticipado una visita.

Al principio de la entrevista utilizaron las palabras que se usan en similares circunstancias, pero las combinaron con mesura y sabiduría, porque ambas eran maestras en el arte de atar y desatar. La mujer mayor dijo sin énfasis que pronto empezaría el invierno y que la casa, inhabitable desde hacía años, necesitaba un reciclaje urgente. Después recalcó que no tenía recursos para llevarlo a cabo.

La visitante oyó con rebuscada solicitud, segura de que era necesario hallar en las estratégicas palabras de la otra las claves buscadas, y le preguntó por qué salía tan poco. Después añadió con aviesa intención. "Si uno se encierra queda aislado, y el aislamiento produce depresión, acelera la vejez e impide el ingreso de más dinero". 

La mujer mayor preguntó cómo podía hacer para conseguir dinero una vieja como ella. Estaba cansada de sufrir carencias, de tener que limitarse a gastar lo mínimo, de vivir recordando la belle époque, que había sido la etapa de esplendor en que el dinero fluía a raudales. Añadió que solo contaba con la suma depositada a su nombre en un banco por el padre de la visitante antes de morir, y que vivía precariamente de parte de los intereses, pues para evitar que se desvalorizara el capital renunciaba a la otra parte.

Pero la joven, quien unía a su errática pero perpetua capacidad de indagación un nítido sentido práctico, dijo que con la parte que le tocaría cuando se vendiera la casa podría engrosar el caudal de la cuenta bancaria y alquilar un pequeño apartamento en el Centro. Recalcó que era absurdo que se hubiera opuesto a ello durante tanto tiempo.

La anciana manifestó con acritud que se había opuesto y seguiría oponiéndose. No abandonaría jamás una casa que también era suya, ni la cambiaría por uno de esos estrechos, odiosos y promiscuos apartamentos donde los ancianos no podían vivir con dignidad.

Después paseó sus ojos por la inmensa sala casi despoblada y vio grietas y humedad, olió el polvo y aspiró el olor del gas pensando que vivía en aquella casa desde hacía treinta y tres años y que deseaba morir en ella. Fue en ese preciso instante cuando por primera y última vez en el transcurso de la entrevista, la visitante advirtió en la vieja un jadeo angustiado, y la oyó decir:

-Jamás me iré de aquí.

Hubo un silencio que la mujer joven ahuyentó con preguntas deliberadamente intrascendentes, ajenas a cualquier interés personal. Después habló de sus hijos, que en ese momento estarían preparándose para ir a una fiesta, y del marido, que esa misma mañana había tomado un avión para dirigirse a México a concretar uno de los intrincados negocios a que dedicaba gran parte de su vida. Dijo que sus hijos estaban creciendo bien, a pesar de que el varón era demasiado abúlico y de que la niña, de solo seis años, era demasiado vivaz. Contó algunas anécdotas, describió situaciones extravagantes y divertidas, aunque al hacerlo intentó posponer la conversación que pensaba mantener.

Pero la anciana, que estaba cansada de oír palabras y desconfiaba de los seres que vivían en los barrios residenciales ambicionando posesiones y estatus, la miró con esa extremada forma de atención que a veces sólo encubre desprecio. Se había aislado en la casona porque estaba harta de las maquinaciones y los turbios deseos ajenos; harta, sobre todo, de lo que representaba la mujer sentada frente a ella.

La visitante tosió con nerviosismo, quizá porque ya estaba dispuesta a plantear lo esencial. Pero la anciana, que intuía su intención, sintió miedo y pospuso el comienzo del diálogo decisivo ofreciéndole un té que la otra aceptó. Mientras lo preparaba en la grasienta garrafa colocada sobre una mesa, observó de soslayo el silencioso desplazamiento de la visitante por la habitación, y recordó sin saber por qué los lejanos días en que ella, cuando era joven y seductora, se había paseado por aquella sala esperando al padre de esa misma mujer.

Una vez que hubo servido el té la anciana encendió un cigarrillo negro que fumó con avidez mientras miraba distraídamente en derredor, como si la visitante no existiera. Pero esta dijo de pronto sin piedad:

-Necesito mi parte, Victoria.

La anciana sonrió. Sonreír era su manera de expresar desagrado o súplica, y hasta el odio, infrecuente en ella, lo tamizaba con balbucientes sonrisas. Sonrió para no llorar. ¿Qué clase de mujer era aquella? ¿Por qué ingresaba de manera abrupta y con codicia en el ambiguo terreno que les pertenecía a las dos? Más allá de las respectivas aspiraciones, la propiedad había sido del hombre que las había amado a ambas, y se las había legado para que llevasen por los días del mundo y las noches del trasmundo la perpetuada imagen de su devoción por ellas. ¿Era posible que una de las partes renunciara al legado y a la misión, que le exigiese lo que no podía pagar y que la dejara a la deriva?

Aspiró el humo del cigarrillo casi consumido, deslizó sus ojos con lentitud y contempló las ventanas, las paredes llenas de grietas, los recovecos invadidos por hormigas y ratones, los deteriorados muebles. El calamitoso estado de las habitaciones y de la cocina la habían obligado a concentrarse en aquella sala que funcionaba como estar, comedor y dormitorio; en el invierno la calentaba con una pequeña estufa, y para ahuyentar el calor del verano abría todas las ventanas.

Sí, aquel, aunque lo amara, era un sitio inhóspito, y como todos los lugares de este mundo, estaba destinado a no ser de nadie. Aunque ella conociera el significado de la palabra fragilidad y no se ilusionara con la idea de algo permanente, quería seguir viviendo en aquel lugar. ¿A qué otro sitio podría ir? ¿Qué haría cuando la expulsaran de aquel ámbito amado y protector?

-Esta casa también es mía- exclamó, pero en el tenue hilo de su voz se deslizó un temblor que la otra mujer, habituada a los desafíos y acicateada por el odio, utilizaría s su provecho.

-Este es el decreto del juez- dijo mostrando un documento que la anciana tomó con serenidad y leyó sin apuro.

La mujer joven, cuya fina percepción del dolor era proporcional a la intensidad con que solía infligirlo, la vio hundirse en el papel como un muerto en la tierra, la vio perderse por lejanos y oscuros caminos de renunciamiento, desvarío y dolor. También advirtió con inquietud su decantada belleza, los armoniosos rasgos que la vejez no había podido estropear del todo, los ojos azules y mansos que su padre había contemplado con adoración de perro. Se asombró de aquella serenidad inhumana y hubiese querido destruir el papel y la mano que lo sostenía, incendiar la casa y matar a la mujer que la habitaba, destruir para siempre la idea de que la propiedad, la anciana, el padre y hasta ella misma hubiesen existido alguna vez.

De pronto pensó en sus hijos. Estarían vistiéndose con alborozo para ir a reír y a jugar en una estúpida fiesta: uno pálido, nervioso, endemoniado; la otra gruesa, rebosante, anodina. Eran dos odiosos monstruos que había parido sin escrúpulos, por los que había perdido casi todo el precioso tiempo y gran parte de la vida breve y milagrosa. Y hasta el marido, que en ese momento se alejaba en un avión con oculta satisfacción siempre disimulada, le parecía a la distancia un ser tortuoso e imbécil por el que había renunciado durante demasiado tiempo a cualquier forma de plenitud.

¿Qué pretendía entonces con su expresión suplicante pero beatífica esa vieja sentada en el destartalado sillón como una reina en su trono? Ella lo había tenido todo: amor, dinero, goces, y hasta en la vejez, cuando las formas se derrumban e irrumpen arrugas como si fuesen lacras, reposaba como una dama circundada por recuerdos fecundos y benignos.

-Tu padre quería que yo viviese aquí hasta mis últimos días, y por eso soy dueña de una parte de la casa- dijo la anciana con mansedumbre, sin protestar o iniciar la batalla. Aquella neutralidad fue el comienzo de su entrega.

La visitante tomó el documento y dijo con severidad:

-El juez ya oyó el alegato de su abogado y el del mío, y ahora es muy claro: o me paga los treinta cinco mil dólares que me corresponden o la casa se rematará.

La anciana se levantó sin apuro, caminó con elegancia hasta un gran cuadro que lucía el torso demasiado erguido de una matrona distante e inexpresiva, y lo enderezó. Después pensó que con el escaso dinero depositado en el banco no podría pagar la parte que le reclamaban, y que su destino era la calle. La mitad del dinero que produciría el remate, sumado al precario capital que conservaba, se consumiría con rapidez pagando un alquiler. Y al final la esperaba el asilo. 

Erguida frente al retrato de la madre de la visitante pensó una vez más que aquella había sido una mujer astuta, reprimida e insignificante, y recordó el regocijo que le había producido su muerte, cuando el viudo fue la misma noche del velorio a buscarla a su casa para llevarla al hotel Rambla y hacerle el amor.

La visitante, que en ese entonces era solo una niña y recordaba con obsesión que había estado sola al lado del féretro, advirtió cómo la anciana, de espaldas a ella, contemplaba el cuadro con detenimiento, y convencida de que aquella actitud era una especie de desafío, dijo con espantosa parsimonia:

-El remate será dentro de un mes.

La anciana giró con lentitud, y vista desde lejos enfundada en el rotoso vestido de seda negra, parecía una hechicera hechizada por un flujo inusual que nacía de sí misma. Después caminó solemnemente hacia la escalera y ascendió por ella cantando una vieja balada inglesa.

Pocos segundos después la visitante vio con asombro caer el cuadro. Pero el ruido que éste hizo al precipitarse atenuó el estrépito de la otra caída, desde el palomar hacia el jardín.

Ricardo Prieto
"Donde la claridad misma es noche oscura" 
Editorial de la Banda Oriental - 1994

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