El encuentro

 

Abrió los ojos y miró en derredor. La luz del día se filtraba por la ventana entreabierta y un vapor espeso pendía de los objetos. "Paredes casi vacías. Muebles viejos, polvo, deterioro", pensó. ¿Dónde estaba? Le dolía la cabeza. Sus manos húmedas se desparramaban sobre la cama como oscuros lagartos. Se palpó el pene y advirtió que estaba húmedo. Sintió sed y hambre y contempló el pantalón descolorido y tirado en el piso. Vio la campera y las botas sucias y el libro que Nadine le había obsequiado no sabía bien por qué, ni dónde, ni cuándo. Recordó sus ojos demasiado abiertos, aspiró con parsimonia el aroma de su carne dura. "No te amo, Nadine. No te amo", pensó.

Miró el reloj y descubrió que eran las once de la mañana. El apartamento debía estar situado cerca del cielo porque ningún ruido llegaba hasta allí. ¿Por qué se encontraba en aquel lugar? El sopor que se había apoderado de su cerebro cedió paso al recuerdo y recordó que la noche anterior, en una de esas fiestas que Nadine frecuentaba a veces, había estado hablando con una mujer desconocida. Había ido a la reunión por si acaso, y la mujer le había parecido distinta porque estaba harta e inmóvil y no cuajaba en aquel lugar colmado de pintores, poetas en ciernes y sicoanalistas aburridos que tenían una receta para todo. Era una mujer madura, solitaria y maternal que estaba tan sola, angustiada y a la deriva como él.

-¿Cómo te llamás?

-Daniel.

-Yo me llamo Roba.

-Extraño nombre – exclamó él con asombro.

-Es un apodo.

Ella fue la primera en extender la mano. A él le agradó aquella caricia simple y honesta, y lo conmovió que lo invitara a ir a su apartamento. Accedió a acompañarla porque no quería volver a su casa. Necesitaba desnudarse, tocar y ser tocado. Subieron al coche de Roba y en el trayecto hacia la casa apenas hablaron. Aquella era una mujer intensa y silenciosa que detestaba la retórica y los preámbulos. Al llegar bebieron dos o tres whiskys, hicieron algunas preguntas baladíes, se besaron y se acostaron en silencio.

Ahora eran las once de la mañana y Roba no estaba allí. Tampoco Nadine. Nadie estaba. Tenía por delante un interminable día para vivir sin saber cómo, y sentía hambre.

Le quedaban dos o tres cigarrillos y algunos pesos. Bostezó y se extendió sobre la cama. El sol cumplía con eficacia su misión de señalar las fisuras del día, el deterioro de su ropa, los granos de la piel amarillenta.

Se levantó y entró al baño para ducharse pero comprobó que no había agua. Tampoco pudo hacer un café porque no logró encender el gas, no encontró fósforos y su encendedor no funcionaba.

Comió algunas galletas, bebió un vaso de leche y se vistió sin ganas tratando de decir adonde iría. Se puso los zapatos y miró el cielo liso a través de la ventana. Sobre la cómoda había una esquela escrita. Se acercó y la leyó. "No quiero decirte gracias. Nunca te diré eso a vos. A las nueve de la noche, si querés, podés volver. Roba". "Nunca", releyó. La palabra que él jamás pronunciaba. "Vendré", escribió, y dobló el papel. Cuando salió a la calle pensó que esa noche, al menos, Roba le robaría un poco más de sangre y del escuálido deseo vivo aún.

Ricardo Prieto
El odioso animal de la dicha
Ediciones de la Banda Oriental - 1982

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