El desierto

De Ricardo Prieto

 

Todos los derechos reservados

Estamos crucificados.

Teilhard de Chardin

Personajes: Eloísa

Patricia

Rita

Loca 1

Loca 2

 

La acción transcurre en la celda de un manicomio. Se sugiere un escenario desnudo o mínima escenografía abstracta. La utilería es incorpórea, y si se utilizan sillas o bancos convendría que fuesen representados por figuras geométricas. El ámbito sonoro es tan importante como los personajes. Esta obra ha sido escrita para que los actores, el director, la música y las palabras hagan estallar la "paz pútrida".

Eloísa está sentada, de espaldas al público.

 

Eloísa: (A Rita.) ¿Cuánto falta?

Rita: Tres años, mi general.

Eloísa: ¿Estás segura?

Rita: Sí, señor. Falta una hora.

Eloísa: ¿Hasta cuándo voy a seguir esperando?

Patricia: (Reponiéndose y tratando de erguirse.)¿Qué dice?

Rita: Una hora es solo una hora, señor. Y un año es mucho menos.

Eloísa: Hace mucho tiempo que lo aguardo. Ayer también dijiste que faltaba una hora, y el año pasado afirmaste que faltaban dos meses. Por lo que veo, el maldito cabrón sigue jugando conmigo. No contesta a mis cartas y no se digna presentarse. ¿Cuánto falta, sargento?

Rita: Quinientos años.

Eloísa: Maldita sea la hora en que nació.

Locas 1 y 2: (Repiten juntas.) Maldita sea la hora en que nació.

(Alguien es empujado adentro con violencia y se desploma en el piso. Es una mujer madura y grotesca y está excesivamente maquillada. Parece una figura esperpéntica, de aspecto tan siniestro como el de sus compañeras de celda.)

Eloísa: (A Rita.) Se perdió la tranquilidad, sargento. Se aguó la fiesta. Cuando no hay carne siempre se encuentra un hueso, y cuando se vive sin nada, lo que cae en el nido es un malandrín, una muñeca desdentada o una ladilla. La vida es pavorosa hasta para el que cree que es bella, y si alguien no ve la basura que lo corroe por dentro, la que lo rodea y la que lo espera, es porque ama el estercolero de la "luz radiante" que tapa la podredumbre.

Rita: (Haciendo la venia.) Sí, mi general.

Patricia: No me gusta molestar a nadie, ya se lo dije.

Eloísa: Digo que no hay mal que por bien no venga, y que quizá los mendrugos de ternura que nos envía la maldad son peores que la maldad misma. Nadie llega al mundo porque sí. Tampoco en esta cueva podría caer lo superfluo. Pero a veces lo superfluo es muy útil.

Patricia: (Levantándose.) ¿Qué está diciendo esta mujer? No entiendo nada. Y me siento mal, muy mal...

Eloísa: ¿Estás sorda, belleza? ¿Tu porte de gran bataclana en el destierro te impide oír? Dije que se perdió la relativa tranquilidad que hay en el infierno de la espera. ¿Sabes qué es la espera? La presencia no hallada que cunde por el espacio, traída por el viento que no hizo Dios. Porque Dios, lo que se dice Dios, sólo existe en los dientes que trituran, vaca reventada. (La mira con agresividad y burla.) ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras de ese modo?

Patricia: Estoy deshecha. Me golpearon y me patearon.

Locas 1 y 2: (La rodean embelesadas.) ¡La golpearon y la patearon!

Patricia: ¡Déjenme en paz! Odio los malos tratos. Soy una mujer tranquila y educada. No me gusta agredir ni que me maltraten. Si me dejan en paz soy mansa como una perra vieja.

Eloísa: (Sarcástica.) Qué primor. ¿Escucharon niños? No le gustan los malos tratos. Veremos qué hacen ustedes con esta perra. (La loca 1 y 2 ríen. Rita se acerca con precipitación a Eloísa y se cuadra como un general.)

Rita: ¿La llevo al calabozo, mi general?

Eloísa: Por ahora no. Hay que esperar. Apareció un nudo y hay que desatarlo. Es un nudo grande, peludo y grasiento. Y apuesto a que tiene hambre. Pero tuvo mala suerte: esta es la celda de los monjes y aquí no habrá comida, ni risas, ni placer. Solo queremos celebrar nuestra próxima partida, cuando dejemos esta tierra llena de bichos con dos patas. Vamos a ver cómo se porta esta niña en los próximos minutos.

Loca 1 y 2: ¡A la orden, señor!

Rita: ¿Armas dispuestas?

Loca 1 y 2: Sí, señor.

Rita: ¿El coraje a flor de piel?

Loca 1 y 2: ¡Por supuesto, señor!

Eloísa: Eso espero. Pero hoy es un día muy especial y cualquier extraño nos perturba. Esperamos visitas.

Patricia: (Con burla.) ¿Visitas aquí? Esto es un chiquero. ¿Por qué no limpian el piso? Además no hay luz: es una cloaca. Y el olor apesta. (Se acerca a la puerta imaginaria y grita.) ¡Abran! ¡No quiero quedarme aquí! ¡No estoy loca!

Eloísa: Es inútil que llame o se lamente. Solo logrará que vengan a castigarla. O que manden uno de esos pájaros de riña que se comen todo lo que camina. Cuando se hartan de cadáveres comen mierda. Llegaste al chiquero digno de vos. Al lupanar de los crímenes.

Patricia: ¡Voy a gritar todo el día! ¡Les haré la vida imposible!

Eloísa: Es una imbécil, soldados. Y vamos a asarla en la parrilla para que esta noche la soldadesca coma bien. Pero primero vamos a desnudarla y a hacerla montar por todos los machos de los batallones. Cuando se canse de estar ensartada le cortaremos la cabeza.

Rita: ¿La llevo al calabozo, mi general?

Eloísa: Ya te dije que no. Estoy observándola. Sigo admirando su hermoso vestido lleno de piojos, y su papada de vieja reventada, y su boca pintarrajeada y llena de codicia, y las enormes tetas que, si no se calma, voy a devorar untadas de miel.

Patricia: Voy a exigir sábanas limpias, agua y una escoba.

Eloísa: (Con sarcasmo.) Sí, van a traerte todo eso envuelto en seda negra. Y después te cortarán en pedacitos y te envolverán con la misma mortaja.

Patricia: También quiero un almanaque, papel y tinta.

Eloísa: (Con sadismo y rebuscada lentitud.) A las nueve de la mañana nos dan la leche aguada y sucia. Y hasta las dos de la tarde no pasa nada. A las dos comemos un pedazo de pan y sopa, y hasta las ocho de la noche no pasa nada. A esa hora nos dan un plato de sopa, apagan las luces y nos mandan a dormir.

Patricia: Yo no voy a vivir como una rata.

Eloísa: En mi cuartel no hay ratas.

Patricia: ¿De qué cuartel está hablando?

Eloísa: Éste, el mío. Aquel es mi despacho, aquellos son mis soldados y este es mi sargento. (Las mujeres ríen al unísono.)

Patricia: Ah, cuánto personal. Qué agradable sorpresa. Tendré quien reparta mis cartas.

Eloísa: ¿Qué cartas?

Patricia: (Con orgullo y sofisticación.) Las que escribo a mis admiradores del mundo entero. Están pasando un momento horrible porque yo desaparecí. No duermen pensando en mí. Son millones. Viven pendientes de mis palabras, de mis espectáculos, de los reportajes que me hacen, de mi vida privada, que oculto, como corresponde. Por algo una es una Diosa. (Pausa.) ¿No me creen, verdad?

Eloísa: ¿Le creen, soldados?

Todas: ¡¡Sí, Diosa!! ¡¡Sí, cangreja!!(Ríen con desparpajo.)

Eloísa: ¿Vio? Le creen.

Patricia: No me extraña que se burlen. Desde la noche de mi debut la envidia me persigue como una maldición.

Eloísa: ¿Debut? ¿Qué debut?

Locas 1 y 2: ¿Qué debut? ¿Qué debut?

Patricia: Soy cantante. (Se acerca con rebuscada elegancia.) Permítame que me presente. (Extiende la mano.) Patricia Moralia, soprano. (Todas ríen de manera infernal. Con agresividad.) Dije que soy Patricia Moralia. ¿Por qué se ríen? Soy famosa en todo el mundo. Y me importa poco que ustedes se burlen de mí. Estoy acostumbrada. (Pausa.) La noche de mi debut el público y la crítica acudieron al teatro para presenciar el fracaso de una desconocida. Porque yo no era nadie, y solo contaba con mi talento. (Con angustia.) Cuando descendió el telón oí los aplausos y descubrí horrorizada que eran para mí. El público me masticaba y me deglutía con las manos. El ácido de los dedos que me digerían me produjo un orgasmo interminable, y creí que estaba muriéndome de placer. Pero de pronto sentí pánico, y comprendí que iba a quedar atrapada entre membranas y sangre maloliente. Busqué con la mirada a mis compañeros para pedirles ayuda. Necesitaba que me arrancaran de aquella orgía devoradora, que me lavaran y me ayudaran a recobrar la forma. Pero eran toscos y veían manos en vez de dientes. No tenían la menor noción de lo que significa ir hacia el otro lado. Eran tan pueriles que me odiaban. Por eso les pedí perdón por mi triunfo. (Breve silencio.) Los aplausos continuaron. Aún hoy los oigo.(Se inclina.) Gracias, gracias, fieras. Mueran, matones. (Breve y desolado silencio.) Yo estaba sola en medio de aquella multitud que me idolatraba, y decidí olvidar los ojos de los otros cantantes clavados con ferocidad sobre mí. Sus pensamientos de muerte me ahogaban. Querían verme destruida, sangrando, enferma de cáncer o acuchillada. Y cada noche de representación, cuando me adelantaba a saludar, temía que al volver a los camarines estuvieran esperándome para asesinarme. Perdí toda mi energía. Dos semanas después del estreno quemaron mi peluca. Al otro día orinaron en mi vaso y prendieron fuego a mis almohadones. Mataban a los admiradores que me llevaban flores. Quedé sola, entre las dos orillas del mal. La Ley de la ingravedad preparó mi tumba. (Suplicante.) No me envidien, por favor. Soy Patricia Moralia pero puedo ser sencilla, accesible y cordial. Sé vivir con la gente común, con los desgraciados de este mundo.

Eloísa: (Con fingida piedad.) Pobrecita la tarada, la inmunda, la mentirosa. Puede vivir con nosotras las desgraciadas, la cabrona. ¿Dónde se vio tanta insolencia? Me da asco.

Locas: ¡Asco! ¡Asco! ¡Asco! (Se precipitan para golpearla.)

Rita: (Con voz de mando.) ¡Alto, soldados! (Las mujeres se detienen. A Eloísa.) ¿Qué hacemos, mi general? ¿La castigamos?

Eloísa: Todavía no. Sigo observándola.

Patricia: (Con angustia.) ¡No me envidien, por Dios!

Eloísa: (Aterrada.) ¿Dios? (Grita.) ¡Sargento!

Rita: Sí, mi general.

Eloísa: ¿Cuánto falta?

Rita: Una hora.

Eloísa: ¿Estás segura de que recibió mi carta?

Rita: Completamente segura, señor.

Eloísa: ¿Vendrá?

Rita: Sin duda, mi general.

Patricia: (Con angustia.) No me envidien.

Eloísa: Aleja de mí a ese monstruo.

Rita: ¿Quién es, señor?

Eloísa: Una soprano que se arrastra. ¡Sácala de mi vista! No quiero que él la vea cuando venga. (Rita arrastra a Patricia, quien grita y llora.) No llores, vaca reventada. En este mundo podrido nunca hay que llorar. Si lloras te comerán los muchachitos, o el sargento o yo. No nos gusta el tufo del llanto. Nos agobia, nos destroza los tímpanos de los oídos, nos llena de odio y de vergüenza. Aquí maldecimos las lágrimas. Cállate, rata de albañal. En mi cuartel no se sufre nunca, sólo se mata. ¿Cuánto falta para que él llegue, Rita?

Rita: Diez años.

Eloísa: ¿Estás segura?

Rita: Cincuenta años.

Eloísa: Cincuenta años es mucho tiempo, sargento. Quiero que venga ahora.

Rita: Todo puede ser.

Eloísa: ¿Están preparados si viene?

Rita: Sí, señor.

Eloísa: ¿Qué estás esperando, cretino?

Rita: Nada, señor.

Eloísa: ¿Así que nada, estúpido? ¡Si no vino tendrás que ir a buscarlo! ¡Ahora mismo!

Rita: ¡Sí, señor!(Grita, con autoritarismo.) ¡Soldados!

Rita: ¡Adelante! (Loca 1 y 2 montan en sus caballos imaginarios y recorren el escenario simulando que cabalgan. A Eloísa. Se oye música escatológica.) ¡Los soldados partieron y debo irme, señor!

Eloísa: Que vayan solos. Tú quédate conmigo. No me gusta la soprano. Es peligrosa. No quiero estar sola con ella.

Rita: ¿Tiene miedo, mi general?

Eloísa: ¿Miedo yo, zarrapastrosa? ¿Miedo de esa carroña? Mírala. Parece muerta. En los bordes de las formas no sucede nada, pero en el meollo está la entraña, lo que la gente llama "vacío". No hay quien pueda con eso y puede desatarse en cualquier momento. Yo te quiero aquí. Por las dudas. (La loca 1 y la 2 siguen cabalgando. Se oye el ruido de tambor.)

Rita: ¡No puedo quedarme!

Eloísa: ¿Vas a dejarme sola? (La cabalgata se torna alucinante.)

Rita: ¡Tengo que irme! ¡Tengo que traerlo! ¡Yo también quiero acostarme con él!(Monta a un caballo imaginario y se acopla a la cabalgata.)

Eloísa: (Grita con angustia.) ¡Se lo advertí, sargento! ¡Si Él no viene no habrá muerto ni muerte y vamos a sucumbir! El mal está en la música, en los cantantes, en los pájaros, en los animales, en las mujeres que ladran y los hombres que relinchan. El mal es esta existencia putrefacta. Yo soy yo, y él es él, y ella es ella. (Grita con ira.) ¡Puto reino del yo! ¡Basura! Nadie tiene que irse y nadie debe quedarse. Todo importa un bledo. La existencia es un maldito embrollo y tanto da que los soldados mueran o no. Tanto da que copules hasta hartarte o que no lo hagas nunca. Lo importante es Él, la manifestación de su existencia, la confirmación de su ausencia, el vacío y la eternidad de la que tanto hablan: la mirada oculta del mal.

Patricia: La mirada del mal vino con el viento y se quedó, puso el ojo en la carne caliente y clavó un aguijón.

Elisa: ¡Cállate, bruja! ¿Viniste a envenenar el ambiente, no? Vamos a ver si lo logras.

Rita: ¡Deténganse! (Las locas se detienen.) Allí está. Ese es el desierto. Vamos a planear la embestida. ¡Soldado!

Loca 1 ¿Señor?

Rita: Nos sacaremos los uniformes y caminaremos desnudos. Mírenlo bien: es blanco e infinito. Y su sol quema.

Loca 2: Vamos a morir de sed, señor.

Loca 1: Se llagarán nuestros pies, señor.

Loca 2: Nos calcinaremos, señor.

Rita: ¿Tienen miedo, soldados?

Locas 1 y 2: No, sargento. Sí, sargento. Tenemos manos. No tenemos manos. Somos escoria. No somos escoria. Quisiéramos tener alma pero también quisiéramos no ser.

Rita: Bien dicho. Nadie tendrá sed, nadie sentirá cansancio o calor, nadie tendrá hambre. Nadie amará la vida. Nadie aspirará a la vanidad de la forma. Nadie se regodeará en la idea de ser pura basura que comerán los buitres. Vamos a mirar la arena blanca y poblada de esqueletos pensando que nada tiene fin y que es una bendición sucumbir en el calvario del calor y del miedo. Pero vamos a encontrarlo. A pesar de que el desierto no tiene límites lo encontraremos. ¿Oyeron bien?

Locas 1 y 2: Sí, señor.

Rita: ¡Des-can-so! (La loca 1 y 2 descienden de los caballos.)

Eloísa: ¡Sargento!

Rita: Sí, mi general.

Eloísa: ¿Cuánto falta?

Rita: Diez años.

Eloísa: (Con angustia.) ¡No puede ser!

Rita: Setecientas horas.

Eloísa: ¿Estás segura?

Rita: Está por llegar. (A las locas 1 y 2.) ¡No teman, soldados! Aunque el calor es horrible vamos a vencerlo. Deben ser disciplinados, no lamentarse, no claudicar y confiar en el Propósito.

Loca 1: ¿Y si el aire se petrifica y nos impide caminar?

Rita: Lo partiremos a golpes.

Loca 2: ¿Y si la tierra se hunde?

Rita: Nos hundiremos con ella. Pero vamos a encontrarlo y a traérselo al general.

Eloísa: ¡Sí! ¡Tráiganlo! ¡Quiero comer de su carne! ¡Y beber de su sangre! ¡Y arrancarle el hígado con las manos!

Patricia: ¿De qué hablan? Yo soy Patricia Moralia y quiero cantar.

Eloísa: (Con burla.) La soprano quiere cantar, pichonas. (Rita y las dos locas ríen de manera siniestra.) ¿Qué va a cantarnos? ¿El arroz con leche?¿El Ave María? (Más risas.) ¡Aquí no queremos cantos remilgados, ni viejas decrépitas que quisieran ser eternas, ni artistas que viven mirándose el ombligo, ni ofidios con aire resplandeciente!(Con goce y ferocidad.) ¡Preferimos la angustia a la paz pútrida! (A Rita.) Prepara el cuarto de huéspedes. (Rita se mueve con agilidad, obedeciendo las órdenes.) Aléjense de esos caballos y pongan la mesa en el jardín, al lado de la fuente. La silla con espinas va a ser para Él. ¡Vamos, traigan cuchillos, hachas y látigos y desparrámenlos sobre la mesa! Cada una de ustedes tiene derecho a comer un trozo de su carne. Yo me reservo el de anudarle la soga al cuello. No habrá espacio entre Él y nosotras. Al fin vamos a compartir el fruto más aciago que tiene el universo.

Patricia: (En estado de trance.) Las locas corren por la arena del viento. El mar las expulsa. El odio las carcome y les roe el corazón.

Locas 1 y 2: (Juntas.) Las locas corren por la arena del viento. El mar las expulsa. El odio las carcome y les roe el corazón.

Eloísa: ¿Qué haríamos sin el odio, soprano? Seríamos como una hoja al viento, como el silencio y el vacío. Seríamos sólo dolor.

Patricia: (Exaltada.) ¡Soy Patricia Moralia, la estrella del estrellato estrellado! ¡Y tengo tantos derechos como las rocas, como los caimanes, como los ombligos de los niños crucificados! Quiero saber quién va a venir, y por qué estoy aquí, y qué es el desierto. ¡Quiero saber! ¡Quiero saber! (Canta un aria de ópera. Es un canto absurdo, inventado y demencial, pero no está exento de intensidad y lirismo.)

Eloísa: Dile quién es Él, sargento.

Rita: El señor sabelotodo y magnánimo, el vampiro cruel, el juez poderoso e indeseable.

Loca 1: El dueño.

Loca 2: El otro general.

Loca 1: El gran loco.

Loca 2: El poseído.

Eloísa: Preparen el vino y los faisanes. ¡Pronto! Y desnuden a esta loca y siéntenla a la mesa. Si tiene paciencia y espera, vamos a contestar a todas sus preguntas. Además quiero que él la vea apenas entre.

Patricia: (Aterrada.) ¡No, por Dios! ¡No quiero estar desnuda! ¡No quiero volver a ser el nudo de la palmera! ¡Ni el hocico de la rata! ¡Ni una excrecencia! ¡Mi cuerpo desnudo no tiene historia! ¡Sólo es carne para el matadero! ¡El punto más muerto del vacío!

Eloísa: ¡Háganlo ya! (Las mujeres se precipitan sobre Patricia, la desnudan, la atan y la sientan a una mesa imaginaria.)

Patricia: ¡No me hagan esto! ¡Se los ruego!(Reza con intensa angustia.)

Santo Dios de los mataderos,

de las hormigas y de las piedras del camino.

Santo Dios de los cerdos asados

y de la carne revenida,

Santo Dios de la eterna maldición

que cayó sobre mi garganta de oro

de gran pájaro, de Diosa, de Gran Diosa,

de Diosa inmaculada

y curtida por la fama.

¡Protégeme!

Eloísa: Nadie va a oírte, soprano. No hay ángeles ni hombres ni súcubos que acudan a este lugar. Y tu santo Dios está emborrachándose con vino agrio.

Patricia: ¡Suélteme, por favor, y cuando se estrene la próxima ópera le conseguiré un palco!

Eloísa: ¿Palco en el Averno? (Ríe a carcajadas.) No es necesario que me pagues, querida. Vas a entrar a la existencia gracias a mí. El animal fue la ayuda; el animal es el lazo.

(Con orgullo.) Yo te até.

Patricia: (Siempre suplicante.) Se sentará en un sillón oficial, junto al presidente de la Chiricoria y la duquesa del Esplendoror.

Eloísa: ¿El presidente de la Gran Mierda? ¿Sanguilacaba? ¿Ese culo roto? ¿La condesa de las patas cosidas? ¿Esa gran puta?

Patricia: Descenderá el telón y la saludaré a usted sola. Sólo a usted. Ni siquiera miraré a mi ángel de la guarda, ni a mi rata, ni a mi cuchillo.

Eloísa: (Con burla.) ¿A mí sola? ¿A la diosa del Churuputí? (Más risas siniestras. Con furia.) ¡Inmundicia!

Patricia: (Ha quedado desnuda y empieza a sollozar. Desolada.) ¿Qué está pasando en el escenario? Las luces azules me ciegan los ojos. Retrocedo, tengo frío, tengo miedo... Perdí al personaje...No puedo diseñar un gesto...Me quedé sin la excusa del rostro... Me diluí en la raíz que contiene lo que quiere subir por ella hacia la forma. ¡Ya no tengo voz! ¡No tengo más voz! ¡Ni cuerpo! ¡Soy líquida! ¡Me evaporo! (Con suprema angustia.) Y mi alma odia la forma que la había elegido para prosperar. (Con repugnancia.) ¡Qué asco!

Eloísa: Así estás bien. De ese modo te trajeron al mundo. Ya no sos soprano ni Diosa. Sólo eres baba, repugnante pus, alimento para los perros. (Recita.)

Oh salud, salud

a la reina del chiquero,

oh salud, salud

a la esclava del paraíso,

los muertos piden auxilio

y en esta casa nadie ayuda,

los muertos se acuestan

para siempre

y en esta casa no hay nadie.

Patricia: ¡Socorro!

Eloísa: (Canta.)

La tortuga es mi hija

y el ladrón es mi amante,

cuando me ponga las manijas

me agarrarán por adelante.

Rita: Los soldados quieren partir de nuevo, mi general. Desean traer a ese sapo.

Eloísa: El desierto sólo está en tu mente, sargento. Pero no hay desierto, ni cuerpos, ni armas, ni enemigos, ni siquiera mente. No hay nada más que la espera. Y hay que estar muy alertas porque el infinito siempre ataca. (Extenso y misterioso silencio. Se oyen extraños sonidos.) ¿Cuánto falta?

Rita: Un minuto.

Eloísa: ¿Estás segura?

Rita: Dos años.

Eloísa: (Con angustia.)¿Cómo?

Rita: Mil años.

Eloísa: No puede ser.

Rita: Toda la eternidad.

Eloísa: (Con ira.) ¡Mentira!

Rita: La eternidad va a acabarse y no lo habremos visto.

Eloisa: No se burlará otra vez de mí. Preparo la mesa para recibirlo y continúa despreciándome. Ya no sé con qué mensajero enviarle mis cartas. Ninguno vuelve.

Rita: Cambia continuamente de vivienda, mi general. Pasa de la cumbre de las montañas a la trompa de los elefantes, de los riñones de las hienas a las aceitunas, de los peces al fuego, de los perfumes a la mugre, del orín a los claveles, de los ríos a la lava, del...

Eloísa: (La interrumpe.) ¡Cállate, imbécil! ¡No sigas torturándome! ¡Ya sé que mis mensajeros no pudieron llegar hasta Él!

Rita: Es un diablo.

Eloísa: Un sádico. Pero cada vez que lo espero aparece alguien despreciable y anodino que acrecienta mi añoranza de Él. Primero fuiste vos, después los soldados, y ahora...(Con repentina clarividencia, alborozada.) Sí, ahora es ella. ¿Es ella realmente? (Un silencio.) ¿O es Él? (Extensa pausa. Música esotérica y diabólica. De pronto ríe con sadismo.)

Locas 1 y 2 : (Al unísono.) ¿Es ella o es él? ¿Es él o es ella?

Eloísa: ¡Si seré imbécil! Ella no es como ustedes. Me mira con odio, me humilla, me desprecia. ¿Verdad, soprano?

Locas 1 y 2: (Juntas.) ¿Verdad, soprano?

Eloísa: (Se acerca a Patricia de manera amenazadora.) ¿Dónde están tus admiradores? ¿Quiénes son los que te envidian? ¿Así que piensan en tu suerte en toda la tierra? ¿Te veneran también? ¿Darían la vida por ti? (Con inmenso júbilo.) ¡Es Él! ¡Por fin! ¡Por fin vino camuflado, metamorfoseado, con perfidia y disimulo, para burlarse de mí!

Rita: ¡Es él!¡Por fin vino camuflado, metamorfoseado, con perfidia y disimulo, para burlarse de mí! (A las locas 1 y 2.) ¡Desciendan de los caballos!

(Rita emite un sonido animal, desgarrado e interminable. Las locas 1 y 2 se aproximan a Patricia y danzan a su alrededor.)

Eloísa: ¡Sírvanle pan y vino! (Las locas simulan que sirven el pan y el vino) ¡Abaníquenla! (La abanican.) ¡Reveréncienla! (La reverencian.) ¡Celebren su llegada!

Loca 1 y 2: (Al unísono, mientras preparan cinco horcas.)

Era hora de que vinieras

a sostener con tus ojos

la noche llena de agujeros.

Pronto, que podrías escaparte

o esconderte en mi ombligo.

Pronto, que tus manos viperinas

podrían quitarme la corona

a mí, que soy la Reina

de todo lo que existe,

a mí que he vaciado

la noche con mis ojos,

a mí que no sé dónde ni cuándo,

quemándome, quemándome,

me hará trizas la muerte

Pronto, que no escape a las montañas,

que no se esconda en los árboles

ni en las fuentes

ni en las hormigas.

Pronto, que no se le escape

la sangre por las heridas,

que no se le acabe la espera,

que no se disuelva,

que tiemble.

Eloísa: (A Patricia.) ¿Te gustan los cantos, soprano? ¿Por qué estás rígida? ¿El miedo te paraliza? Jamás sospechaste que podría descubrir tu truco ¿verdad? ¡Perro! ¡Eso te pasa por subestimarme! (La escupe.) ¡Te llegó la hora, "soprano"! (Ríe a carcajadas. Después grita.) ¡Pónganlo debajo de la horca! (Las locas obedecen. Eloísa se acerca a Patricia y anuda la soga a su cuello.) ¡No estoy temblando de miedo, cretino! ¡Tiemblo de alegría! Si supieras cuánto tiempo esperé este momento, "soprano". (Con odio.) ¡Soprano coronada desde siempre, reinando en la eternidad! ¡Soprano perseguida, codiciada y venerada! (Con angustia.) ¿Por qué no me suplicas? ¡Vamos! ¡Pídeme clemencia!

Locas 1 y 2: (Al unísono.) ¡Pídele clemencia!

¡Pídele clemencia

soprano coronada desde siempre

reinando en la eternidad!

Eloísa: Ya vas a ver, renacuajo endiablado. Voy a ver correr tu sangre, vomitarás, sufrirás, agonizarás y no podrás gritar. ¿No eras la más amada, "soprano"? ¿La humanidad entera estaba pendiente de ti? A ver si por amor a la humanidad resucitas cuando te ahorque.

Locas 1 y 2: (Al unísono.) Ya vas a ver renacuajo endiablado. Veré correr tu sangre, vomitarás, agonizarás y no podrás gritar.

Eloísa: (Con ferocidad.) ¡Te ordeno que grites!

Locas 1 y 2: (Al unísono.) ¡Grita! ¡Grita! ¡Grita!

Eloísa: ¡Pasé la vida esperando el momento de tenerte en mi poder para acabar contigo y ahora no te mueves, no te quejas, no lloras, no suplicas, no pides perdón! ¡Grita, llora, maldice, invoca al fuego y a la lluvia para que acabe con todo lo que existe!

Patricia: (Canta.) Yo fui a morir

al viejo campo santo,

él no me vio pero escuchó mi canto

y fui a morir adonde todos creen

que está el Señor en su casa de nieve.

Locas 1 y 2: ¡Grita, llora, maldice, invoca al fuego y a la lluvia para que acaben con todo lo que existe!

Eloísa: ¿Así que quieres morir?

Patricia: (Grita con inmensa angustia.) ¡¡No!!

Eloísa: (Tira de la cuerda, Patricia muere. Pausa extensa. La luz declina. Se oyen siniestros sonidos que parecen de ultratumba. Eloísa mira excitada el cadáver, prepara de nuevo la cuerda y la anuda a su cabeza.)

Rita: ¡Soldados! Estamos en pleno desierto. Que nadie llore ni grite ni suplique. Ya no hay que buscar nada. ¡Aminoren la marcha! ¡Preparen las espadas! (Las locas 1 y 2 y también Rita se acercan las tres cuerdas disponibles aún y se las anudan al cuello.) ¡Cierren los ojos! ¡Mueran! (Se ahorcan.)

Eloísa: (Ríe de manera demencial. Después queda en silencio. Hay una extensa pausa durante la cual contempla los cadáveres y a los espectadores, uno por uno, con regodeo. De pronto grita con ferocidad cargada de angustia.) ¡ Sí! ¡Que se muera todo! (Se ahorca. La luz sigue declinando en medio de un clima tenebroso. En la matriz de la angustia existencial prospera una música extraña.)

Ricardo Prieto

Montevideo, 2004

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