El desayuno durante la noche (críticas 1986 / 1987)

“La veladura de un telón transparente se cierra sobre la boca del escenario como si fuese el vidrio opacado de una ventana indiscreta a través de la cual los espectadores pasarán a ser testigos de un drama familiar cuyos protagonistas habrán de devorarse unos a otros como parte de un holocausto feroz en el que el castigo para las víctimas será continuar viviendo. Ese es el planteo inicial de Ricardo Prieto y esa la línea expresiva de todo su discurso teatral. Un discurso con lo mejor de las añoradas formulaciones de la dramaturgia sicológica, esa que fuera representativa en autores como Williams y Albee, y que Prieto recoge en enseñanzas que le vienen de un Zoo de Cristal o Quién le teme a Virginia Woolf. Y de ahí, los paralelismos con ese “huis clos” enardecido por los odios y amores domésticos, o la figura desoladora de una hija solterona avasallada por la personalidad prepotente de una madre, y por la desesperanza de una vida marchita y estéril. Porque esos son los hilos que Prieto va tejiendo con la sutileza de una araña sapiente, conocedora como ninguna de que en la maraña de la trama descansa la seguridad de la presa. De allí nadie escapará, porque la miseria existencial que arrastran sus personajes tiene sabor a fatalismo, a sino ineluctable donde caerán víctimas y victimarios sin posibilidad de salida ni redención. Obra nihilista por excelencia, juega empero, una carta última, que puede parecer apunta a la sobrevivencia, aun cuando la condena está establecida de antemano y se sintetiza en un estremecedor final donde todo se condiciona a un “si pudiera”. 

Pocas veces un autor nacional ha sido capaz de abordar la senda dramática con la solidez con que lo hace Prieto. Y pocas veces los resultados han sido tan convincentes como en este caso. Porque nada hay más difícil que azogar un espejo con las manos sucias y conseguir que éste reflacte imágenes nítidas y reales, tanto como si de la confusión de las tinieblas surgiese un haz de luz revelador. En esa lucidez del autor radica entonces la virtud mayor del texto que manejando el desquicio propio de sicologías alteradas que no vacilan en mostrarse como verdaderos vaciaderos de las miserias y escorias humanas, deriva, necesariamente, en una reflexión que abarca un ámbito que trasciende el escenario y los alcances de un conflicto aparentemente íntimo. Si el hombre es capaz de amar odiando su propia sangre, mucho más capaz será de odiar sin amar a su prójimo; y si ese odio-amor puede ser la razón de vida de una familia, fácil será comprender los desórdenes de conducta de una sociedad capaz de aniquilar en nombre de valores menos reconocibles, y por tanto, y en cierta medida, elusivos. Esa interpretación, que quizás no forme parte de la propuesta del autor, es, sin embargo, su conclusión más evidente y su sentencia más implacable. En la auto-destrucción personal nace la destrucción colectiva, y con la complacencia malsana de su propio dolor, se abre puerta a la tragedia.

Luis Viale, EL PAÍS, 1987.

Más que seres humanos en los que se agitan las fuerzas de una lucha a muerte, los protagonistas de El desayuno durante la noche, al igual que ese título que alude a la comida servida en una oscuridad que permite todo tipo de subterfugios, alientan y conjugan el lenguaje simbólico que el autor de El mago en el perfecto camino suele desplegar para ampliar la esfera de una temática que abarca individuos de cualquier tiempo y lugar. Por ello, los desplantes y el confinamiento de unos y otros pueden no ser más que etapas en el largo sendero bordeando un desastre más aplazado que inevitable. Del enfrentamiento de esas momentáneas posturas, Prieto extrae conclusiones que implican la necesidad de un amor capaz de fortalecer la diaria existencia y, quizás, de impedir el progresivo desvanecimiento de una espiritualidad para la cual, cada vez, hay menos lugar. Paralelamente, de manera desesperada, los personajes se mueven a tientas tratando de detener las señales invasoras de un deterioro que ha carcomido tanto sus finanzas como su moralidad. Dentro de los límites atípicos de ese universo donde se han dado cita las siluetas representativas de una lenta caída tienen lugar medidas y representaciones no muy lejanas al total o parcial accionar de cualquier espectador. 

                                    Alvaro Gustavo Loureiro (Últimas Noticias, 8/6/1987).

En El desayuno durante la noche Prieto plantea el microcosmos quebrado de una familia que se relaciona en forma absolutamente patológica: una abuela alcohólica y lasciva y una tía y un sobrino enfrentados habitan en un universo que ellos mismos han tornado inhabitable, y al que ni siquiera la llegada de dos personajes exteriores (Marta y el profesor) logra iluminar.

Al igual que en sus más notorios antecedentes (El huésped vacío y, sobre todo, El mago en el perfecto camino), el autor revela gran habilidad para trazar una pintura profunda de sus criaturas: tanto la abuela como Beatriz y Leopoldo son seres agotados en sí mismos, sobre todo las dos mujeres, y llevan sobre sus espaldas una carga traumática tan terrible, que les resulta imposible escapar de una realidad que por momentos no reconocen y que  les resulta opresiva hasta límites insospechados.

Así, el drama construido por el autor de la novela El odioso animal de la dicha, está estructurado impecablemente, configurando (por extensión) una crítica velada (pero no por eso menos real y rotunda) a una sociedad incomunicada y feroz que se destruye en forma lenta pero irremediable.

                                                Sergio Dotta (La Juventud, 13 de julio de 1986)

La primera sensación que nos produce El desayuno durante la noche a los que conocemos bastante de cerca la trayectoria prietiana, es la de que estamos en presencia de una de sus obras mayores, sino sencillamente ante la muestra máxima hasta el momento del indudable talento de este dramaturgo uruguayo. Es teatro puro, en la medida que lo que allí se desarrolla no podía haberse volcado de otro modo. Es un teatro de personajes –no de simples esbozos, o de ideas personalizadas, como ha sido lo común en la no demasiada vital dramaturgia uruguaya de los últimos años jugada al localismo más o menos moralizante-, potentes en su carnadura existencial, ricos en complejidad sicológica, creíbles en su desolación espiritual.

La pieza atrapa al espectador (en este caso, al lector) no dándole tregua hasta el final. A través de una constante apelación a la magia ceremonial que está subyacente en la mejor tradición del teatro, El desayuno durante la noche nos arrastra al desmoronamiento de una especial familia, que es rioplatense pero además una muy precisa metáfora de la condición humana, en la que están presentes la soledad y la angustia, la necesidad de un impostergable contacto de piel, la decadencia y la muerte. Sin embargo, no es una obra depresiva o morbosa, todo lo contrario: matiza con equilibrio los variados momentos de humor negro, la cruel ironía, con un clima de poesía que se acerca sugestivamente al mejor Tennessee Williams. 

Nos atrevemos a aseverar que, después de Carlos Maggi, no se ha dado en nuestro medio un dramaturgo tan completo como Prieto, tan bien dotado para un teatro de intensidad y complejidad dramática, de riqueza textual, de creación en fin. Ejemplos como este darían un mentís a la tan socorrida afirmación de que el teatro de texto va desapareciendo.

                                                Alejandro Michelema, LA HORA, 14/6/19861

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