Donde la claridad misma es como noche oscura
Ricardo Prieto

Todos los caminos del pueblo conducían a la casa, y en el comienzo de esta historia, cuando el padre y la madre fundaron allí su hogar, se deleitaban afirmando que en la época en que Santa Lucía era poco más que una aldea, la vetusta y señorial residencia había sido el eje de la vida social de la ciudad.

Pero Santa Lucía ya no era el mismo villorrio. Las antiguas familias, empeñadas en fusionarse para procrear, se habían deslizado por la vida dejando como un reguero menos frágil que el del semen, hijas e hijos que procreaban a su vez, ampliando sin cesar el caudal viviente de aquella comunidad apacible y sedentaria para la cual la aventura más excitante era un viaje a Montevideo.

Ellos, sin embargo, no vivían ninguna aventura excitante fuera de sí mismos. Desde lejanos tiempos, desde la infancia no tan remota, sus aventuras habían consistido en merodear por los cinco mil metros de parque que rodeaban a la casona convenientemente alejada del pueblo, espiar el apareamiento de los animales, jugar a los cruzados entre los árboles, lanzar la jauría de perros sobre conejos que para ellos eran ciervos, imaginar que uno era una princesa y el otro un caballero que se encontraban en el bosque después de una batalla.

A veces, muy de tarde en tarde, iban a la ciudad para fisgonearla desde algún bar provisto de amplios ventanales, o viajaban a Montevideo para desplazarse desde allí a Buenos Aires con intención de visitar a algún tío.

La clase media de Santa Lucía los enjuiciaba con severidad aunque de manera respetuosa, pues eran descendientes de una antigua familia de hacendados venida a menos pero vinculada al remoto esplendor. Era casi imposible desdeñar aquel aire, aquel hálito, aquel empaque que delataba el empinado origen y que se reflejaba en un gesto, un silencio, un saludo desdeñoso, un antiguo traje o una vieja corbata de buen paño usada con esa inusual elegancia que incluye algo de descuido.

La clase alta, en cambio, los evitaba porque advertía la indiferencia hacia el propio derrumbe social y económico, la arrogante prescindencia y el misterio que rodeaba sus vidas. Habiendo sido más poderosos y encumbrados que todos, no eran fáciles de asimilar aquellos seres capaces de darle sin contemplaciones las espaldas a Todo.

Aquella mañana, al despertar, Mateo recordó con angustia las sorprendentes palabras pronunciadas por su hermano la noche anterior. Estaban bebiendo un coñac en silencio después de haber cenado, y, de pronto, Daniel había dicho:

-Mañana me iré, y no me preguntes adónde porque no lo sé. Me iré de esta casa, de esta ciudad, quizá del país.

Habituado a la desazón de tener que escuchar palabras y tener que pensar después en los significados que ellas encubrían, Mateo ni siquiera hizo preguntas, seguro de que en los vocablos alentaba una especie de caos inasible e indescifrable, y de que casi todos los acontecimientos humanos se originaban en él. De poco servía indagar. Pero el anuncio había sido, además de insoportable, inesperado y absurdo, y él no podía callarse.

-Estás loco- se limitó a decir.

-No empecemos- exclamó Daniel mirándolo con fijeza pero sin levantar la voz.

Recordó el silencio que se había producido, y el ruido que producía la lluvia al caer sobre las tejas rotas que era necesario refaccionar. Esa noche su padre estaba en la ciudad cazando hembras, o visiones que atraía el vino o maricones quizá, porque a veces, tan ladino como siempre, y embriagado, lo veían con jóvenes afeminados que entraban a su cuarto en el amanecer para que él los poseyera, los amara o los escarneciera.

-Hace mucho tiempo que empezó y no puede terminar de este modo- dijo con amargura.

Ahora, al recordar su pasado después de muchos años, palpó de nuevo la idea del derrumbe. ¿Qué era eso exactamente? Poco tiempo después de haber nacido ambos habían visto derrumbarse a la madre; ella había caído de pronto, sin anunciárselos, en esa especie de pozo que es la muerte para los niños. Y ni el padre, ni los sirvientes que habían tenido entonces ni los escasos tíos, habían podido explicarles bien qué significaba aquella abrupta desaparición. Habían oído susurrar las palabras "cáncer", "irreversible" y "agonía"; habían visto médicos, enfermeros y parientes mascullando con inquietud; habían oído llantos y gritos de dolor; habían contemplado a un sacerdote dar la extremaunción, y a los sirvientes depositar las coronas, y a los empleados de la empresa funeraria ubicar el cajón. Así había partido sin que pudiesen llegar a conocerla.

Después, con imperturbable naturalidad, llenaron aquel vacío con nuevos, gozosos y matizados acontecimientos: la llegada de la tía desde Buenos Aires para cumplir la función de madre, la asistencia a la escuela, los viajes a Montevideo, las bruscas desapariciones del padre, algún viaje a la Argentina, las fiestas de cumpleaños, cabalgar, nadar.

También habían visto a la tía entrar en el anochecer a la habitación del padre y abandonarla de madrugada con precaución, con algo oscuro pero rebosante en la cara, algo que les había parecido beatífico y también temeroso, como si ella estuviese atisbando en el aire el invisible hálito de la hermana muerta.

Los años habían transcurrido sin clemencia, y después de la muerte de la madre, cuando empezaron a diluirse sus rasgos y a perder significación los rastros de su paso por la tierra (vestidos que se regalaron, joyas que la hermana había empezado a usar, cartas que se perdieron o rompieron), empezó el derrumbe del padre. Al principio fueron las feroces discusiones con su cuñada, que derivaban muchas veces en escenas grotescas y que, finalmente, produjeron la partida definitiva de la mujer hacia Buenos Aires. Después fueron las peleas con los vecinos y los sirvientes.

En aquellos días el verdadero padre emergió como un animal estremecido de un huevo frágil y sombrío, anduvo a la deriva por la inmensa casona, recorrió a pie y en silencio los terrenos baldíos que la cercaban, bebió diariamente hasta la embriaguez y el vómito. También hizo continuas incursiones a la ciudad desde la que volvía a veces con prostitutas, a veces con tímidos efebos atraídos por su tortuosa lujuria.

La mente de ambos albergaba contradictorias y desquiciadas imágenes de aquel tiempo, palabras y gritos, olores, rencor, noches extremadamente silenciosas, amaneceres poblados de lamentos y llantos, insultos telefónicos entre el padre y la tía, despidos de sirvientes, meses de pobreza y de esplendor, borracheras en las que se aludía a Dios y al diablo y hasta al espantoso designio de nacer.

Pero ambos sabían que todo era siempre así: los seres humanos aparecían sobre el mundo, se ligaban de manera tortuosa e intrincada, deseaban y poseían con desesperación, soñaban, amaban o creían amar, envejecían, declinaban, morían.

La tía partió definitivamente dejando en la casa un hálito de erotismo y de ternura, el recuerdo de su piel suave y de su palidez marmórea, el aroma de su perfume, la fijeza de aquellos ojos ardientes que miraban al padre sabiendo que era inútil amarlo o desearlo.

Y llegaron otras mujeres a coser ropa, a lavar ollas, a cortar flores; llegaron jóvenes y viejas, feas y lindas, inaccesibles o amancebadas. Pero el padre permaneció en su habitación contándose a sí mismo nadie podía saber qué historias, embriagándose, copulando sin cesar con desconocidas o desconocidos de los que no quedaba ni un destello, ni un rastro, ni una sombra, porque eran los fugaces visitantes de la noche, parias del amor.

El primer lunes de cada mes iba al banco para cobrar las rentas de sus propiedades y los intereses de diversos depósitos a plazo fijo, regresaba por la noche y entraba a su habitación con algún compañero ocasional con el que se embriagaba, reía desaforadamente o peleaba con ferocidad. Entonces se oían los golpes violentos sobre los muebles, el estrépito de los floreros o las copas que rompía, el fragor de las puertas y las ventanas que cerraba con estrépito, como si a través de aquella barahúnda infernal buscase sin saberlo que todo desapareciera, pero ignorando que ese deseo estaba a punto de cumplirse porque cuartos, muebles, utensilios, ropa y alfombras estaban precipitándose en un declive irreversible producido por las polillas, el polvo y la humedad.

Al morir su madre, Daniel tenía diez años y el sólo seis; al partir la tía acababan de cumplir quince y once años respectivamente. Y al irse ella, único ser que les había permitido confrontarse con las caricias, el reproche o el perdón, habían empezado a mirarse con otros ojos, a reconocerse como deseables en la soledad, a descubrir que existían juntos, casi idénticos, condenados a vivir en el mismo lugar que no era -por desgracia o en razón de un don inexplicable- el ámbito de Santa Lucía. Definitivamente solos, descubrieron también la verdadera casa y su inmensidad, los escondrijos poblados de almas y de símbolos, y la recorrieron sintiendo que eran la prolongación del aliento maternal que los había gestado, y que provenían del mismo deseo antiguo, y que volvían a emerger de una estremecida matriz que contenía paredes, cuadros, alfombras, cuchillos.

En el amanecer, después de haberse bañado juntos, iban hacia el colegio caminando por entre los árboles como si fueran padre y madre, o padre y tía, o hijo y madre. A veces, y de pronto, como si descendiera hacia ellos desde el cielo o subiera desde la tierra, una necesidad extraña los impulsaba a besarse sin sensualidad y sin lujuria. Entonces el mundo dejaba de existir. Allí, bajo el cielo, en la luz penumbrosa del amanecer, las caricias adquirían una consistencia gozosa frente a la cual mundo, casa, seres humanos, animales y árboles eran más frágiles que el papel. Aquellas caricias eran capaces de volver inútil todo lo que existía, restituyéndolo al ínfimo lugar que debía ocupar en el deseo y en la memoria.

La necesidad de tocarse, abrazarse y sentirse el olor empezó a extenderse paulatinamente a todas las horas, a las de la vigilia y el sueño, a las de la cercanía y la soledad. A veces, en la escuela, a pesar de hallarse en salones diferentes, se mantenían concentrados en el flujo mental del otro, en la tristeza o el deseo, en la angustia o el temor.

Descubrieron juegos más trascendentes que los de representar al soldado buscando la princesa en el bosque, o el de los caballeros que partían sobre sus caballos a la búsqueda del Santo Sudario, pues se introducían en la cama imaginando que uno era el padre y el otro la madre, o el padre y la tía, o la cocinera y el jardinero. Después se desnudaban, se acariciaban palmo a palmo, se acoplaban fusionando algo más que los cuerpos: la casa misma, el pasado y el confuso porvenir.

Transcurrieron muchos meses. Hubo otoños, inviernos, veranos en que solo ellos parecían vivos en la soledad de la casa, ellos penetrándose mutuamente, acariciándose la piel húmeda, besándose con insondable lentitud, como si besasen un frío espejo que los reflejaba idénticos, abismales y asustados.

Entonces empezaron las precauciones: debían evitar que el padre descubriera caricias y acoplamientos, y que ni los sirvientes ni las maestras ni los condiscípulos pudiesen advertir el ardiente pozo de lava en que estaban sumergidos, ni el goce con que retozaban en él, ni la fatal e inexorable ausencia de escrúpulos y remordimientos.

Pero tiempo después, como si esto fuese necesario para consolidar la definitiva trasgresión, empezaron a acariciarse en las calles de la ciudad, en la escuela, frente a los estupefactos sirvientes. Aquel era un desafío a contraluz, embrionario e intermitente, que le robaba un espacio a la normalidad y se regodeaba en ser un estallido de verdadero amor en un mundo lleno de pálidos y abortados sucedáneos de éste.

Entonces empezó un período de años difíciles y lleno de tensiones, peligros y zozobras, en el que a fuerza de desafíos el amor y el deseo se tornaban motivo de persecución y de discordia. Durante aquellos días, hasta sobre los besos secretamente prodigados en las habitaciones planeaba el ojo invisible del mundo, un ojo siniestro, impúdico y sin misericordia.

El padre, quien registraba sin estupor los matices de aquel amor extraño, lo protegía o lo bendecía desde lejos, nadie sabe bien si impulsado por la morbosidad o atribulado por la culpa. A veces, sin embargo, cuando regresaba solo y embriagado a la casa después de una de sus excursiones nocturnas, gritaba con furia: "Hijos malditos. Putos enfermizos".

Pero ellos habían persistido a pesar de todo, fortificando aquel bastión construido con huesos, sangre, el deseo imperioso e inútil renovándose para salvarlos de la soledad, el desamor y el enredo que era el tiempo.

Y ahora, diez años después, Daniel resolvía dejar la casa, partir y abandonarlo. Y él, una vez que lo hubo oído, repitió hasta el cansancio:

-No. Lo nuestro no debe terminar de este modo.

Pero de poco sirvieron los lamentos y las protestas. Cuando no estaban haciendo el amor, Daniel era parco y silencioso. Odiaba la confrontación y las discusiones.

Recordó sus ojos fijos en la ventana, el rictus amargo de la boca, los carnosos labios que parecían blancos, definitivamente saturados de cualquier forma de sensualidad. Pero cuando se representó su rostro sintió, como si surgiera de una noche tenebrosa que estaba fuera del mundo, la densidad y la inutilidad de aquel amor aciago. Y vio también a las marmóreas tías, las sábanas antiguas, las toallas mojadas de semen, los jardines de la casa, las ollas que lavaban las sirvientas, la mirada lasciva del padre y el misterioso rostro de la madre llegando convocados al fugaz festín de amor, fúnebre amor que había durado diez años, preámbulo de la soledad y el olvido. Después, con más furia secreta que en cualquier otra forma de amor, se había producido el desprendimiento. Así sería siempre: al amar se comenzaba una larga huida.

-Volveré, te lo prometo- había dicho Daniel, y el tono de su voz revelaba que no estaba dispuesto a seguir hablando.

Él se quedó mirándole desasido y desconcertado, como si ninguno de los dos estuviese ocupando un lugar en el espacio ni en la casa ni en el mundo. Vio su bigote ralo, sus manos blancas y sensuales, los hermosos muslos que estaba habituado a morder. Vio cómo inclinaba la cabeza y cerraba los ojos y se perdía en un laberinto que no era el de la sangre ni el del deseo, y al que la sangre y el deseo no podrían llegar jamás.

Doce horas después de aquel diálogo meditaba en un sillón de la sala junto a la estufa a leña y se prometía olvidar. ¿Pero qué había que olvidar? "Yo no he vivido ni viviré nunca", pensó.

Se quitó el calzoncillo con lentitud sintiendo que lo miraban legiones de ojos humanos ansiosos de contemplar su desnudez. Después caminó largo rato por la casa desierta, entró al cuarto de Daniel para sentir el aire viciado y vacío, se extendió con morbidez sobre su cama y se masturbó. Al acabar, la casa lúgubre y sombría le oprimió la garganta. Resolvió decirle a Daniel que si partía se mataría. No era posible que se fuera, que lo abandonara, que lo olvidara. Sin él era imposible vivir, y Daniel, que no lo ignoraba, no podía olvidar que para ambos, desde siempre y hasta el fin de los tiempos, fuera de aquel amor la claridad misma era como noche oscura.

Tenía ganas de llorar y de morir, y permaneció extendido sobre la cama como un animal solitario y nauseabundo. ¿Se quedaría allí inmóvil y sin esperanza hasta que el hermano regresara esa noche o cualquier otra noche o día del inmenso espacio vacío que él debería enfrentar?

Miró por la ventana el cielo liso, imaginó que era un niño esperando a la madre, una mujer esperando al marido, un marido esperando a la mujer, un suicida esperando a Dios. También recordó el revólver del padre y el cajón donde se encontraba.

-Hace mucho tiempo que empezamos - exclamó en voz alta, como si Daniel estuviese oyéndolo -. Y no terminará de este modo.

Después se dirigió a la habitación del padre para abrir el cajón.

Ricardo Prieto
"Donde la claridad misma es noche oscura" 
Editorial de la Banda Oriental - 1994

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