El caballo de Lignidia

 

Un caballo fue elegido rey en la ciudad de Lignidia, donde los reyes de más grata memoria siempre fueron asnos.
Lavado, pues así se llamaba nuestro rey, estaba dotado de todas las virtudes necesarias para convertirse en un tirano: era sanguinario, rapaz, egocéntrico, fanático e inseguro y se avergonzaba en secreto de sus cuatro patas. Odiaba las matemáticas, detestaba a los filósofos, se burlaba de los poetas, perseguía a los místicos, maltrataba a los pintores y mutilaba a los músicos. También solía quemar en la hoguera a los historiadores. Es por ese motivo que me ocupo de él.
Un año después de su coronación, Lavado de Lignidia recibió la infausta noticia de que el historiador Tacipión había llegado de visita a su reino. Al principio no creyó en la veracidad de esa información y le restó importancia. Pero cuando su burra hermana se arrodilló sollozando a los pies del trono para decirle que un extranjero quería que le contaran la historia de su familia, Lavado entró en cólera, llamó a sus guardias y les ordenó que condujesen al criminal ante su presencia.
El odio de Lavado por la historia y sus cronistas tiene un origen muy turbio. Unos dicen que su escuálida genealogía no abarcaba más de dos generaciones y que él mentía al afirmar que abarcaba once. Otros aseguran que en el comienzo de su dinastía hubo horrendos crímenes. También se afirma que, como buen caballo que era, lo avergonzaba que su madre hubiese sido muy inteligente y deseaba ocultarlo. Pero hay quienes creen que Lavado había sido despojado de su novia, una potrilla irresistible, por un alazán historiador. También se opina que las razones del odio irracional de Lavado por los historiadores es consecuencia de su temor a que la posteridad supiese que en el trono de Lignidia siempre habían gobernado los caballos.
Cuando el historiador Tacipión se presentó ante el infatuado rey, este le preguntó relinchando salvajemente:
-¿Cómo te atreves a poner los pies en Lignidia? ¿No sabes que aquí los historiadores son enviados a la hoguera?
-Por eso mismo he venido. Descubrí que soy un historiador ineficaz y deseo quedar en la historia como mártir de la cultura.
El obtuso cerebro de Lavado se turbó con aquella respuesta. Si Tacipión venía a morir en su reino para ser quemado y quedar por ese motivo en la historia ¿quién sería el historiador que registraría ese hecho?
Lavado se angustió mucho a medida que continuó razonando, y confirmó una vez más que pensar, eso que hacían todos los imbéciles odiados por él, era absolutamente detestable.
Resolvió quemar a Tacipión en la plaza pública, a la que fue convocado todo el pueblo. Pero éste no asistió. Sólo acudió en tropel, relinchando y mugiendo, la ruidosa oligarquía que lo había encaramado en el poder, siempre dispuesta a divertirse con cualquier espectáculo sangriento.
Apenas Tacipión fue convertido en polvo, Lavado se preguntó de nuevo quién era el subversivo que estaba escribiendo la historia del reino en sus propias narices. Mandó llamar a su primer ministro, que no era caballo como él pero era burro, y le expresó su inquietud.
El funcionario rumió durante tres semanas. No era fácil para un burro resolver aquellos dilemas, pero apenas llegó a conclusiones plausibles trotó hasta el establo donde Lavado se pasaba todo el día y exclamó con orgullo:
-El criminal que tanto os preocupa oculta en el anonimato su condición de historiador.
Lavado se alegró y se asustó de la perspicacia de su ministro. Se alegró porque había logrado lo que para él había resultado imposible: descifrar el enigma. Pero se asustó porque odiaba la inteligencia y le parecía inquietante la deslumbrante capacidad de su ministro. Un burro con cerebro tan privilegiado bien podía conspirar para arrebatarle hasta el trono.
-¿Qué debemos hacer entonces?- preguntó el rey.
El ministro se retiró a pensar. Pero su inteligencia no era, al contrario de lo que supuso Lavado, ni tan ágil ni tan brillante como para responder enseguida. Tres meses después el monarca lo llamó de nuevo, pero el ministro no había elaborado aún la respuesta. Lavado se alegró mucho porque confirmó que aquel animal no era tan peligroso como él había creído. Pero también se enfureció, pues no quería pensar y no estaba dispuesto a mantener zánganos incapaces de auxiliarle. Por eso lo destituyó y lo desterró de Lignidia.
Como los restantes ministros eran más incapaces que los destituidos, Lavado sintió cuán terrible era la soledad del poder y sollozó como un niño. Sus colaboradores eran elefantes y yeguas. Él mismo era un indomable caballo. ¿Qué podía hacer? Para no tener que enfrentar el dilema resolvió dormir un rato. Y eso hizo. Pero se despertó dos horas más tarde convencido de que tenía que pensar de inmediato en una solución para el grave problema. Y pensó durante veintitrés años. Al cabo de ese tiempo, agobiado por el temor de que estuvieran escribiendo la historia de su reinado, optó por tomar una decisión de caballo: mandó matar a todos los habitantes de Lignidia. Aquella era la mejor manera de librarse del peligroso historiador.
Apenas cometió el último crimen, Lavado comprendió la magnitud del genocidio que lo había privado de sus súbditos y caviló otra vez en la horrible soledad del poder. Pero para sustraerse de esos efluvios melancólicos se acostó de nuevo a dormir, prometiéndose que al despertar comería bastante pienso y trataría de reflexionar un poco más sobre aquel raro problema.


Ricardo Prieto
"La puerta que nadie abre"

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