Benedetti: Un aporte discutible pero insoslayable
Ricardo Prieto

Benedetti es un escritor talentoso. Allí están para demostrarlo muchos poemas, varios cuentos, algunos ensayos rigurosos y sutiles. En una obra tan prolífica como la suya hay desniveles, por supuesto.

            

¿Qué escribe demasiado? No es cosa nuestra. Se escribe casi siempre con urgencia, con la necesidad de llenar vacíos, explorar lo desconocido, comunicarse con los demás, aventar las penas y eternizar el goce, poner límites a la fugacidad y la fragilidad de la vida. Quien escribe mucho está disconforme con el imperfecto orden en que se halla inmerso, y no comete ninguna infracción. Al contrario. ¿Podrían tener todas las obras de un escritor caudaloso la misma calidad creativa? Cualquier colega de Cervantes ha escrito también su Persiles. Por desgracia, lo que sobra en la producción del escritor uruguayo está ligado al excesivo compromiso ideológico y al oportunismo.

 

No me gusta Benedetti cuando apela a metáforas como “el living de mi alma”, por ejemplo, pero me seduce  cuando escribe: “Ven dulce vida/nunca es tarde”o “Me das tu cuerpo patria/y yo te doy mi río”. Admiro los “Poemas de la oficina” pero no me interesa “La tregua”. Estas son simples opiniones personales y no rotundos juicios de valor que suele llevarse el viento, sobre todo en nuestra aldea, donde está tan arraigada la tendencia a magnificar el talento de los amigos y a desvalorizar el de quienes no comulgan ideológicamente o sensiblemente con nosotros. Piénsese, por ejemplo, en las bochornosas notas apologéticas que, en la década de los  sesentas, los críticos literarios de MARCHA publicaban sobre muchas  obras endebles  de sus amistades predilectas.

 

Benedetti es responsable de dos aportes mayores: 1º) por el solo hecho de haberse proyectado en muchos países le abrió las puertas a una literatura uruguaya casi desconocida en el mundo; 2º) instaló en el colectivo nacional la imagen del  “escritor”. No debemos olvidar que pertenece a una atildada generación literaria en la que predominan  abogados o profesores, y  que cuando él se transformó en un escritor profesional,  introdujo por primera vez en la conciencia del público y de los medios la idea de  que alguien podía vivir de la literatura. En un país como el nuestro, donde es casi una maldición dedicar la vida a la poesía y a la narrativa, y donde éstas son  superfluas, retorcidas o suntuosas para quienes deberían consumirlas, ese aporte es insoslayable. Y único.

 

Es un escritor que tiene la suerte o la desgracia de ser famoso y  ganar bastante dinero. Ya se sabe que, sobre todo en nuestro medio, la fama es puro cuento,  que  el dinero viene y va y que el tiempo  se traga  de manera despiadada nuestras obras y nuestras envanecidas opiniones, que pocas veces perduran. Pero muchos escritores y algunos críticos, quizá porque se empecinan en no admitir que la buena literatura puede ser exitosa, cuestionan con ferocidad a Benedetti.

 

Yo  lo cuestiono  por la indiferencia que ha demostrado  con respecto al trato criminal de la dictadura cubana hacia los escritores disidentes, entre ellos Heriberto Padilla, juzgado y encarcelado en La Habana en la década de los sesentas. Quienes nos dedicamos a la literatura y profesamos una ideología solidaria y humanista, no deberíamos permanecer silenciosos cuando a nuestro alrededor prosperan la soberbia y el crimen. Benedetti ha tenido y tiene suficiente poder como para denunciar las aberraciones que no ignora. Y  tiene obligación de hacerlo. “A quienes mucho reciben, mucho se les exigirá”,  dice San Lucas.

Ricardo Prieto

Publicado en la separata "El fenómeno Bendetti". 

Revista LATITUD 30/35- año I/ 023- 15 de abril de 2001 - Montevideo, Uruguay. 

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