Asunto terminado

Para Anne- Marie Supervielle

Asunto terminado” es una obra escrita en Nantes y París entre junio y julio de 1994, cuando el autor fue invitado por la Maison des Écrivains Étrangers de Théâtre, à Saint-Herblain, para que se radicara en Francia y escribiera una obra de teatro que fue traducida al francés y editada en 1995 por la Maison des Écrivains Etrangers et des Traducteurs, Colección Libros de Teatro, con traducción de Cristhope Josse. Título: “Affaire classée”.

 

Los actores Claire Rieussec y Philippe Mathé realizaron una lectura teatralizada de esta obra en la Mediateca de Saint-Herblain, Nantes, el 6 de febrero de 1996.

 

Estrenada por el Grupo “Cuestionarte”. Dirección: Fernando Hernández. Casa de la Cultura de Libertad, San José, Uruguay, 2003.

 

Estrenada por el grupo “Laberintos”. Dirección: Buki Rosa. Centro Cultural Misiones, Argentina, 2003.

 

Estrenada por el grupo “Complot Teatro”. Dirección: Manuel Espinel. Universidad Nacional de Colombia, Colombia, 2004.

 

Estrenada por la Compañía T.E. A.3. Dirección: Toni Pacheco. Barcelona, España 2004.

 

Se estrenó el 11 de junio de 2005 en el teatro Empire de Buenos Aires, con dirección de Carlos Mathus, autor y director de “La lección de anatomía”.  

Personajes:

 

IVÁN

EL INSPECTOR

 

La acción de esta obra transcurre en Saint-Herblain (Nantes) en el siglo XXI, año 2050. El vestuario es futurista pero sobrio, sin las exageraciones características de la ficción científica.

La acción se desarrolla en un sótano aséptico. Hay una mesa, una especie de cama y dos sillas. Los muebles tienen un estilo levemente diferente del actual. Sobre la mesa hay una cafetera, una taza y un plato con trozos de comida.

A un costado, se ven varios cadáveres metidos en bolsas blancas.

Iván está sentado a la mesa, cabizbajo. Es un hombre joven y se siente muy angustiado. Tiene puesto un extraño guardapolvo blanco.

Golpean. Se levanta y abre.

Entra el inspector. Es un hombre mayor que Iván. Su rostro denota ambición y fanatismo. Tiene puesto  un traje de cuero raído.

 

INSPECTOR.- (Camina con lentitud  analizando el lugar.)¿Así que este es el sitio? No parece tan feo. Hay luz y baño y la cama parece cómoda. Además se come.

 

IVÁN.- Habría mucho que decir.

 

INSPECTOR.- Para eso vine: para  que diga lo que quiera. Nos gusta velar por la felicidad de nuestros subalternos. (Risita.) ¿Por qué no utiliza el radiador de la calefacción?

 

IVÁN.- Está roto.

 

INSPECTOR.- ¿Por qué no pidió que se lo arreglaran?

 

IVÁN: Lo hice varias veces pero no me llevaron el apunte.

 

INSPECTOR.- (Anota.) Sistema de calefacción roto. (Pausa. Sigue caminando.) Veamos. ¿Cuánto hace que trabaja aquí?

 

IVÁN.- Cinco años.

 

INSPECTOR.- ¿Usted eligió el puesto?

 

IVÁN.- ¿Por qué me pregunta eso?

 

INSPECTOR.- ¿Trabajaba en el Ministerio de Vigilancia de Saint-Herblain, no?

 

IVÁN.- Sí.

 

INSPECTOR.- Esos son privilegiados. Pasan a otra sección cuando lo piden o cuando  los premian.

 

IVÁN.- Yo nunca pedí nada.

 

INSPECTOR.- Entonces lo ascendieron.

 

IVÁN.- (Irónico) ¿Ascenso? ¿Aquí?

 

INSPECTOR.- Gana más que antes. (Silencio.) Y a pesar de todo se queja.

 

IVÁN.- Ya le dije que hay mucho que decir.

 

INSPECTOR.- Dígalo entonces.

 

IVÁN.- En el departamento de Vigilancia fui muy eficaz: denuncié más de doscientos casos. Y no sólo de Saint–Herblain; de toda Nantes.

 

INSPECTOR.- (Burlón.) Ahora no tiene que denunciar a nadie.

 

IVÁN.- Lo que hago aquí es peor que aquello.

 

INSPECTOR.- ¿Peor? Veo que tiene muy buen nivel de vida.

 

IVÁN.- ¿En esta cueva? No veo la luz del sol ni hablo con nadie, y la soledad me está enfermando.

 

INSPECTOR.- Hay algo más que lo está enfermando.

 

IVÁN.- ¿Qué quiso decir?

 

INSPECTOR. Nada. (Un silencio.) ¿Por qué usa estas frazadas?

 

IVÁN.- Hace frío.

 

INSPECTOR.- Veo que es lerdo. Ya sé que hace frío. Quiero saber por qué usa estas frazadas de mierda.

 

IVÁN.- Son más baratas.

 

INSPECTOR.- ¿Gana cincuenta mil francos por mes y compra frazadas baratas? ¿Y come esta basura?

 

IVÁN.- Tengo gastos, familia...

 

INSPECTOR.- (Con asombro.) ¿Familia una mujer?

 

IVÁN.- ¿Usted tiene mujer?

 

INSPECTOR.- No. Por suerte. No podría mantenerla.

 

IVÁN.- Entonces no sabe lo que es la propia mujer. Casi siempre vale por cinco.

 

INSPECTOR.- (Con burla.) Son voraces.

 

IVÁN.- Mejor no hablo.

 

INSPECTOR.- De todos modos usted gana cincuenta mil francos y yo sólo recibo quince mil.

 

IVÁN: Yo no tengo la culpa.

 

INSPECTOR.- Tampoco la tienen los hombres que nos mandan. Me pagan menos a mí para que usted gane más. Yo no estoy en desacuerdo con su sueldo. ¿Entendido? Se lo merece. Este trabajo es muy delicado y sé valorarlo. Cuando lo hacen bien... (Continúa caminando y examinando los objetos.) Ropa vieja. Y sucia.

 

IVÁN.- (Disculpándose.) La lavadora se rompió.

 

INSPECTOR.- ¿Otra cosa más que se rompió? ¿Y por qué no pide que se la arreglen?

 

IVÁN.- No quiero molestar.

 

INSPECTOR.- ¿No quiere molestar o se está volviendo negligente? Quien empieza a descuidar los pequeños detalles termina convirtiéndose en un inútil incapaz de inspirar confianza. (Pausa. Sigue caminando. Se detiene frente a las bolsas con cadáveres.) ¿Qué hacen aquí?

 

IVÁN.- Llegaron hoy.

 

INSPECTOR.- ¿A qué hora?

 

IVÁN.- A las diez.

 

INSPECTOR.- Son las tres.

 

IVÁN.- Estoy cansado. ( Introduce una pastilla en su boca y la mastica.)

 

INSPECTOR.- ¿No le dije? Está perdiendo eficiencia.

 

IVÁN.- Cada día me resulta más difícil transportarlos.

 

INSPECTOR.- ¿Pesan tanto? (Prueba él.) Sí. Pesan.

 

IVÁN.- ¿Entiende ahora? Esto es demasiado para mí. ¡No puedo más!

 

INSPECTOR.- Cuando a uno le pagan cincuenta mil francos por mes tiene que poder. Este no es un lugar adecuado para dejar los «asuntos».

 

IVÁN.- Aquí no entra nadie.

 

INSPECTOR.- Apenas llegan tienen que desaparecer.

 

IVÁN.- ¿Por qué no ponen el horno aquí cerca?

 

INSPECTOR.- ¿Aquí, donde duerme?

 

IVÁN.- ¡No puedo arrastrarlos hasta el sótano en un minuto!

 

INSPECTOR.- Veo que no rinde como debería. ¿Por qué?

 

IVÁN.- ¡No puedo más! Ya se lo dije. (Silencio.) Para realizar este trabajo hay que ser muy fuerte.

 

INSPECTOR.- Por eso está bien pagado.

 

IVÁN.- ¿Bien pagado con cincuenta mil francos al mes?

 

INSPECTOR.- (Veladamente amenazador.) ¿Se queja? (Silencio.) ¿Cuestiona los sueldos del Sistema? ¿Cuestiona al Sistema mismo? (Pausa tensa. Sigue mirando las bolsas.) Sáquelos de aquí. Hay feo olor. (Iván toma una de las bolsas y la arrastra afuera del escenario. Hará lo mismo con las restantes. Mientras tanto el inspector se sienta, enciende un cigarrillo y después se corta las uñas con un alicate. Pausa muy extensa. Iván termina su trabajo y                                                                                      se sienta. Está muy fatigado.) Empiece.

 

IVÁN.- ¿A qué?

 

INSPECTOR.- A quejarse. ¿No fue para eso que pidió una entrevista?

 

IVÁN.- No sé cómo empezar.

 

INSPECTOR.- Su carta era clara. «Estoy podrido y quiero protestar”, decía. Como se imaginará, esos términos impresionaron mal. No se puede tener en un cargo de esta responsabilidad a alguien que quiere protestar.

 

IVÁN.- Reconozco que me puse nervioso.

 

INSPECTOR.- ¿Por eso se extralimitó?

 

IVÁN.- (Con esfuerzo.) Fue hace algunos días.

 

INSPECTOR.- (Corrigiéndole.) Fue hace cinco días.

 

IVÁN.- Bueno, sí... Fue hace cinco días. Llegaron veintitrés «asuntos». Parecían podridos. La sangre estaba fresca, no coagulada, como siempre. Sentí repulsión.

 

INSPECTOR.- (Burlón.) Eran «asuntos» fresquitos.

 

IVÁN.- ¿Quiénes eran?

 

INSPECTOR.- No debe saberlo.

 

IVÁN.- Había una mujer gorda y vieja. ¿Quién era?

 

INSPECTOR.- Simplemente un «asunto» pesado.

 

IVÁN.- Me costó mucho arrastrarlos hasta el sótano. Apenas terminé estaban golpeando de nuevo. Me trajeron otros diez. Era más de lo que yo podía soportar. Por eso envié la nota.

 

INSPECTOR.- ¿Por esa pavada?

 

IVÁN.- (Estupefacto.) ¿Pavada veintitrés cadáveres?

 

INSPECTOR.- Sí. Pavada. (Pausa. Sin darle mucha importancia a la pregunta anterior.) ¿Cuántos «asuntos» transportó ese día, además de los veintitrés?

 

IVÁN.- No lo recuerdo.

 

INSPECTOR.- ¿No tiene planilla?

 

IVÁN.- Me prohíben que anote nada. No quieren rastros.

 

INSPECTOR.- Pero es asombroso que no lo recuerde.

 

IVÁN.- ¿Por qué se asombra tanto?

 

INSPECTOR.- Porque otros que cumplían la misma función que usted eran capaces de contestar enseguida cuántos «asuntos» quemaban en un año. Amaban su trabajo y se sentían orgullosos de sus récords. Usted, en cambio, es incapaz de recordar cuántos quemó en un solo día.

 

IVÁN.- (Tratando de recordar.) Fueron más de cincuenta.

 

INSPECTOR.-  (Burlón.) ¡Cuánto trabajo!

 

IVÁN.- ¿Le parece poco? Son cuerpos pesados. Algunos están llenos de agua e hinchados y hay que llevarlos hasta la escalera. ¿Sabe cuántos escalones hay? Veinte. ¿Por qué no me trasladan a un lugar  donde no haya escalera? Y desde la escalera al horno hay doce metros... y entre el piso y la boca del horno hay un metro. Vaya sumando.

 

INSPECTOR.- ¿Qué quiere que sume? ¿El tiempo que pierde o lo que le pagan por hora? ¿Sabe cuánto tiempo se necesita para quemar cien «asuntos» por día? Seis horas exactas. Las tengo bien contabilizadas. El resto del tiempo puede dedicarlo al ocio.

 

IVÁN.- Nadie se imagina lo que significa estar aquí.

 

INSPECTOR.- Muchos quisieran estar aquí sin hacer nada. La mayoría de la gente trabaja duramente diez horas por día para ganar nueve mil francos al mes. Usted gana cincuenta mil por trabajar seis horas. ¿Qué más quiere?

 

IVÁN.- Distraerme y olvidar  ciertas cosas.

 

INSPECTOR.- ¿Qué cosas?

 

IVÁN.- Usted sabe...

 

INSPECTOR.- ¿Los «asuntos», verdad?

 

IVÁN.- (Evasivo) Es probable.

 

INSPECTOR.-  Le molestan.

 

IVÁN.- No es fácil estar aquí.

 

INSPECTOR.- ¿Se volvió delicado?

 

IVÁN.- Me agobia vivir en este encierro.

 

INSPECTOR.- ¿Por qué no duerme más?

 

IVÁN.- Duermo de noche, pero no puedo pasarme durmiendo todo el día.

 

INSPECTOR.- Tiene televisión por circuito, música por circuito e informativos permanentes. Si oprime un botón tiene todo el archivo histórico del Sistema a su disposición. Y hasta puede traer a esa pantalla la imagen de los seres queridos para mantener con ellos largas conversaciones.

 

IVÁN.- Todo eso me pone nervioso.

 

INSPECTOR.- ¿Le molesta la tecnología?

 

IVÁN.- Me molesta el ruido. Y odio todos esos aparatos sofisticados. No puedo manejarlos. Me superan.

 

INSPECTOR.- ¿Y qué es lo que no le molesta?

 

IVÁN.- Me gusta leer. Pedí libros, revistas, cualquier cosa. Pero no me los dieron.

 

INSPECTOR.- ¿Para qué quiere leer?

 

IVÁN-. Es lo único que me entretiene. ¿Por qué no me los dieron?

 

INSPECTOR.- Porque acaban de prohibirse los libros.

 

IVÁN.- Me hubiera conformado con revistas viejas.

 

INSPECTOR.- Ya no hay más revistas. No hay nada impreso. El Sistema erradicó las imprentas y la letra impresa. Ya se empezaron a destruir todas las bibliotecas. (Silencio.) ¿Por qué está ansioso? Contrólese. Quiero ayudarlo. El Sistema es como un padre para sus hombres y no quiere abandonarlos. Si alguien sufre o está disconforme hay que averiguar por qué, escucharlo, curarle las heridas. Sobre todo si se trata de alguien importante.

 

IVÁN.- (Asombrado): ¿Yo importante?

 

INSPECTOR.- Todo lo que está relacionado con los «asuntos» es muy importante. Nuestros enemigos darían lo que no tienen por saber que usted existe, dónde está, qué función cumple. Usted es más importante que el ministro de Defensa.

 

IVÁN.- No lo sabía.

 

INSPECTOR.- Ahora lo sabe. Usted es un privilegiado. Y cuando los privilegiados también empiezan a protestar algo está marchando mal. (Pausa.) ¿Sabe por qué vine enseguida?

 

IVÁN.- No.

 

INSPECTOR.- Porque hace tiempo que sabemos que usted no se siente bien.

 

IVÁN.- (Conmovido) Es cierto: no me siento bien. ¿Pero cómo se dieron cuenta?

 

INSPECTOR.- Por ciertos síntomas, por algunas actitudes. (Breve silencio.) ¿Por qué estuvo a punto de descubrirle el rostro al empleado de afuera?

 

IVÁN.- No lo hice. ¡Se lo juro!

 

INSPECTOR.- Ya sé que no lo hizo. Pero la idea pasó por su mente.

 

IVÁN.- (Asombrado) ¿Cómo lo sabe?

 

INSPECTOR.- Somos sabuesos. (Un silencio.) ¿Por qué?

 

IVÁN.- (Patético) Quería ver una cara expresando algo.

 

INSPECTOR.- (Burlón) Todos los «asuntos» son muy expresivos. ¿Necesita ver más expresividad aún?

 

IVÁN.- Necesitaba una cara viva. ¿Entiende? Dos ojos que me miraran, alguien que me sonriera.

 

INSPECTOR.- Usted ve muchas caras «vivas» una vez al mes.

 

IVÁN.- No es suficiente.

 

INSPECTOR.- ¿No me diga? ¿Necesita ver caras «vivas» con más frecuencia? Sin embargo no enciende el televisor. Es contradictorio.

 

IVÁN.- Odio el televisor. Muestra sólo imágenes. Y yo necesito presencias, gente que esté a mi lado.

 

INSPECTOR.- Creo que vamos a tener problemas. Al Sistema no le agrada que alguien sienta tanta necesidad de «vida» presente.

 

IVÁN.- A cualquiera le pasaría lo mismo.

 

INSPECTOR.- Alguien que gana cincuenta mil al mes no debe sentir lo mismo que cualquiera. Usted tiene que limitarse a ser eficaz cuando se ocupa de los «asuntos terminados».

 

IVÁN.- (Protesta) ¡Siempre lo hice bien! ¡Jamás me suspendieron o me iniciaron un sumario! Además, antes de aceptarme me sometieron a pruebas, análisis de todo tipo, interrogatorios. (Con cierto orgullo.) Me eligieron entre miles.

 

INSPECTOR.- Antes era antes.

 

IVÁN.- ¡Pregúntele a los sicólogos sobre mí!

 

INSPECTOR.- Los sicólogos se equivocan. Pero el Sistema debe subsanar esos errores. (Después de un breve silencio.) Usted está alterado.

 

IVÁN.- (Fuera de sí) ¡Miente!

 

INSPECTOR.- (Implacable.) Confiese que quiere irse de aquí. Hasta sería capaz de cambiar este empleo de cincuenta mil francos por otro de quince mil.

 

IVÁN.- No podría hacer eso. Me moriría de hambre.

 

INSPECTOR.- ¿De hambre? (Ríe.) Quince mil gano yo y no paso hambre ni como bazofias. (Pausa. Ahora habla con dulzura.) ¿Por qué está tan nervioso? (Pausa. Enciende un cigarrillo y lo fuma serenamente.) Ya sé que tiene miedo de sincerarse. Pero no tema. Soy su amigo. Hable. (Pausa.)

 

IVÁN.- (Con esfuerzo.) Todo empezó hace un año. Fue de pronto, nunca me había pasado... (Un silencio.) El olor de los «asuntos» empezó a marearme. Era demasiado nauseabundo. A veces, ciertas caras me daban miedo. Estaban llenas de odio.

 

INSPECTOR.- Eran «asuntos» violentos que terminaron violentamente.

 

IVÁN.- (Evocando angustiado.) Cierta vez trajeron un niño de seis años.

 

INSPECTOR.- Algo habría hecho.

 

IVÁN.- (Con horror.) ¿Qué cosa mala puede hacer un niño como para que lo maten?

 

INSPECTOR.- (Estupefacto.) ¿Dijo maten?

 

IVÁN.- ¡Oh Dios! Sí... Lo dije. (Solloza arrepentido, con miedo. Pausa. Consume otra pastilla.)

 

INSPECTOR.- Usted está muy enfermo. Y su enfermedad es más grave de lo que yo creía.

 

IVÁN.- Dije maten...

 

INSPECTOR.- Olvídelo. Yo también trataré de olvidarlo. Sabe bien qué hacen los de arriba con los que usan esa palabra.

 

IVÁN.- Le suplico que no lo cuente. ¡Por favor!

 

INSPECTOR.- Veremos si sabe ganarse ese silencio y si a mí me conviene prometerle que no hablaré. (Después de una pausa.) ¿Cómo era ese niño?

 

IVÁN.- Rubio, muy blanco... No logré ver el color de los ojos porque los tenía cerrados.

 

INSPECTOR.- ¿Por qué lo impresionó tanto ese «asunto»?

 

IVÁN.- ¡Era un niño! ¿No lo comprende?

 

INSPECTOR.- (Implacable.) Era un «asunto terminado» y eso nunca es niño, ni mujer, ni hombre, ni feo, ni lindo, ni conmovedor.

 

IVÁN.- Ese es un pensamiento infame.

 

INSPECTOR.- Usted lo compartió durante cinco años.

 

IVÁN.- Ahora no puedo. ¡Se lo juro! (Pausa.)

 

INSPECTOR.- ¿Fue a partir de ese «asunto» que empezó a sentirse mal?

 

IVÁN.- Sí. Odiaba el olor. Después empecé a tener pesadillas. Me despertaba de noche, transpirando aterrorizado... Alrededor de mi cama estaban todos los «asuntos» erguidos y acusándome. «¡Basura, carroña de mierda! ¡Te perseguiremos hasta el infierno para que pagues todo el dolor que causaste!»  Eso gritaban. Aquel odio era horrible. Yo corría, huyendo de ellos. Pero continuaban persiguiéndome. Se reían y gritaban como demonios. Entonces se acercaban amenazándome y yo tenía que suplicarles de rodillas que no me asesinaran... Sin embargo, y usted lo sabe bien, yo no les hice nada.

 

INSPECTOR.- Los metió en la hoguera.

 

IVÁN.- ¡Porque ustedes me mandaron!

 

INSPECTOR.- ¿Eso fue lo que les dijo en el sueño, verdad? ¿Nos acusó a nosotros para quedar eximido de culpa? (Breve silencio.) ¿O me equivoco?

 

IVÁN.- Sí. Se equivoca.

 

INSPECTOR.- Miente. Sé que lo hizo. (Otro silencio breve.) ¿Cómo se atrevió?

 

IVÁN.- (Exasperado) ¡Fueron ustedes quienes los «terminaron»!

 

INSPECTOR.- (Violentamente) ¡Por culpa de ellos! ¡Atentaron contra el Sistema, que sólo piensa en la felicidad de los hombres! ¡Son basura «terminada» que terminaríamos nuevamente si volvieran a nacer! Fue por culpa de esa clase de resentidos que durante el siglo pasado no prosperó el bloque socialista, cayeron China, Rusia y Cuba y se apoderó de la tierra un absurdo liberalismo. Si cualquiera de los antiguos dictadores se hubiera convertido en el dueño del mundo no habría habido tanto caos. Ni las guerras religiosas. Ni la hecatombe nuclear que destruyó a medio planeta. Ni los espantosos virus que nos asolaron. Ni los gángsters que especularon con la comida, el agua y la vivienda. Pero ahora, por suerte, gobernamos nosotros. (Pausa. Se arrepiente de haber sido violento.) Disculpe. Me alteré. Pero quiero ayudarlo. A pesar de que no me agrada que alguien que gana cincuenta mil francos por mes esté disconforme. (Breve pausa.) Continúe.

 

IVÁN.- No quiero hablar más.

 

INSPECTOR.- ¿Por qué envió la nota entonces?

 

IVÁN.- No debí hacerlo. Discúlpeme. ( Traga otra pastilla)

 

INSPECTOR.- ¿Disculparlo? ¿Quién se cree que soy? ¿Alguien del gobierno? Aquí nadie puede disculpar a nadie. Aquí se trata de cumplir.

 

IVÁN.- Cuando envié la nota estaba muy nervioso. Pero ahora estoy bien, se lo juro; estoy tranquilo, bendigo al Sistema y hasta me dejaría destruir por él.

 

INSPECTOR.- Miente.

 

IVÁN.- ¿Por qué no me cree?

 

INSPECTOR.- Porque está reventado y eso no me gusta.

 

IVÁN.- (Más nervioso.) ¡Le dije que estoy bien!

 

INSPECTOR.- Está pálido, ansioso, y devora como un demonio las pastillas aceleradoras. Sus manos tiemblan y hasta huele mal.

 

IVÁN.- Aquí uno se abandona.

 

INSPECTOR.- ¿Así cuida nuestros intereses?

 

IVÁN.- Me abandono yo, no el trabajo.

 

INSPECTOR.- Usted debe ser su trabajo. ¿Todavía no lo comprendió?

 

IVÁN.- Sí. Lo comprendí. Pero estoy un poco descontrolado. Póngase en mi lugar.

 

INSPECTOR.- ¿No dijo recién que estaba tranquilo?

 

IVÁN.- No. (Se retracta) Sí, sí. Lo dije.

 

INSPECTOR.- Se contradice.

 

IVÁN.- ¿Qué quiere que haga?

 

INSPECTOR.- Quiero que sea claro. No me gustan las sutilezas. (Un silencio bastante prolongado.) ¿Por qué no toma las pastillas dosificadoras?

 

IVÁN.- Las tomo.

 

INSPECTOR.- Miente. Sólo toma las aceleradoras.

 

IVÁN.- Juro que también tomo las otras. ¿Es una obligación, no?

 

INSPECTOR.- Sí. Pero usted no cumple con las obligaciones. Y si las tomara no estaría en el estado en que está. Sin pastillas dosificadoras no podrá mantener el equilibrio interno y las fuerzas oscuras del alma emergerán para destruirlo. Toda la basura oculta: recuerdos, sueños, esperanzas inútiles, imaginación bastarda, creatividad insana y sensación de omnipotencia se apoderarán de usted. Es necesario dosificar la magnífica energía con que vinimos al mundo, encauzarla y referirla a un solo propósito: la conservación de la especie y del Sistema que la protege. (Breve silencio.) ¿Por qué no las toma?

 

IVÁN.- Me hacen mal.

 

INSPECTOR.- ¿Le hacen mal esas y no lo perjudican las otras? El equilibrio se obtiene tomando las dos. O las dos o ninguna. (Muestra la palma de la mano abierta.) Entrégueme las aceleradoras.

 

IVÁN.- (Con angustia.) No. Por favor...

 

INSPECTOR.- (Autoritario.) Obedezca.

 

IVÁN.- ¡No podría vivir sin ellas! ¡Me moriría de angustia!

 

INSPECTOR.- Es hora de que empiece a entender lo que es la verdadera angustia. (Elevando la voz.) Vamos. Entréguemelas. (Pausa. Iván le entrega la caja con pastillas.) A las otras las habrá incinerado, sin duda. Y es una pena. El Sistema sólo permite la aceleración después de la dosificación. Sin esta hay caos, turbulencia; y la turbulencia proyecta la mente sobre zonas invisibles a las que no hay que acceder. (Pausa extensa. Iván está acongojado.) Hábleme más de usted. ¿Trabajó siempre para nosotros?

 

IVÁN.- Trabajo aquí desde los quince años. Y ahora tengo treinta.

 

INSPECTOR.- ¿Está arrepentido de habernos dedicado la mitad de su vida?

 

IVÁN.- (Mintiendo.) No. Claro que no.

 

INSPECTOR.- ¿Por qué lo dijo con angustia entonces?

 

IVÁN.- Pensaba en el tiempo: pasa muy rápido.

 

INSPECTOR.- (Con estupor.) ¿Por qué piensa en esas cosas?

 

IVÁN.- Cualquier ser humano piensa en esas cosas.

 

INSPECTOR.- No nuestros funcionarios. Nosotros no debemos pensar en el tiempo. Esa es una complicación para insanos.

 

IVÁN.- (Con tristeza.) Ya viví la cuarta parte de mi vida.

 

INSPECTOR.- Yo viví algunos más que usted y aquí me ve: sin ansiedad, sin conflictos, analizándolo a usted con rigor para poder cumplir eficientemente mi tarea.

 

IVÁN.- (Con ironía y cierto grado de velada agresividad.) ¿Nunca siente angustia?

 

INSPECTOR.- Jamás. La angustia es debilidad, es lo que vuelve vulnerables a nuestros enemigos.

 

IVÁN.- (Cáustico) Nunca vi a nuestros enemigos.

 

INSPECTOR.- ¿Nunca los vio? ¿Qué es lo que quema entonces? ¿Qué son los «asuntos» que arrastra todos los días?

 

IVÁN.- No sé por qué son enemigos míos.

 

INSPECTOR.- Porque quieren cambiar el orden en que usted está inmerso y que le paga cincuenta mil francos al mes. ¿Sabe qué harían si lograran apoderarse de nosotros? Nos destruirían. Y después empezaría todo de nuevo: volveríamos a manejar conceptos de territorialidad, los gobernantes de los diferentes países no se pondrían nunca de acuerdo, habría pobres, disconformes y más virus capaces de arrasar con el sesenta por ciento de la humanidad, como en la segunda década del 2001. ¿Cree que personas tan estúpidas e incapaces pueden ser sus amigos?

 

IVÁN.- No sé.

 

INSPECTOR.- (Irónico.) No sabe. Así que no sabe. (Anota. Pausa.) ¿Por qué no fue al Instituto de Adoctrinamiento?

 

IVÁN.- Mis padres murieron en París cuando yo tenía siete años. Y aquí, en Nantes, me crió una mujer que me puso a trabajar cuando cumplí nueve años.

 

INSPECTOR.- (Más irónico.) A veces son preferibles los extraños a los padres indeseables.

 

IVÁN.- (Con nostalgia.) Hubiera querido conocer a los míos.

 

INSPECTOR.- Yo, en cambio, hubiera querido matar a los que tuve. (Silencio.) ¿Y no fue a la escuela porque no tuvo padres? Esa no es una respuesta satisfactoria.

 

IVÁN.- (Sinceramente.) No es fácil crecer sin afectos.

 

INSPECTOR.- (Sin abandonar la ironía.) Siempre atendemos bien a nuestros huérfanos. ¿No nos ocupamos de usted como corresponde?

 

IVÁN.- Después del trabajo me obligaban a ir al Instituto.

 

INSPECTOR.- Allí hay buena comida.

 

IVÁN.- Sí, es buena. Pero...

 

INSPECTOR.- ¿Pero qué? ¿Tiene quejas del Instituto? (Iván no responde.) Hable.

 

IVÁN.- No les gustaba que leyera libros.

 

INSPECTOR.- Y dale con los libros. Por culpa de ellos estábamos como estábamos. (Breve silencio.) ¿Por qué no leyó los informes sobre los «asuntos»? Sus atentados se publicaban diariamente.

 

IVÁN.- No me gustan los informes.

 

INSPECTOR.- ¿No le gusta conocer los peligros que nos amenazan, verdad?

 

IVÁN.- No.

 

INSPECTOR.- Comprendo. (Anota. Pausa.) ¿Y qué libros quería leer?

 

IVÁN.- Pedí novelas históricas, o policiales, o de amor.

 

INSPECTOR.- (Burlón.) ¿Le preocupa el amor?

 

IVÁN.- Sí, por supuesto.                                                                                                                                         

 

INSPECTOR.- (Siempre burlón.) Quiere cosas lindas. Hasta es posible que desee aprender más, en lugar de permitir que sólo el Sistema  le diga cómo es todo. (Un silencio.) ¿Qué otra cosa le reprocha al Instituto?

 

IVÁN.- No me dejaban elegir.

 

INSPECTOR (Asombrado.) ¿Y qué tenía que elegir?

 

IVÁN.- ¿Cómo qué? Hay caminos, posibilidades. Cualquier hombre debe elegir su camino. Pero no. Querían que me especializara en vigilancia. Me explicaban en qué consistía el trabajo y afirmaban que sólo dedicándome a esta tarea podía encontrarle sentido a la vida.

 

INSPECTOR: No se equivocaban.

 

IVÁN.- (Irónico.) ¿No?

 

INSPECTOR.- ¿Qué quiere decir?

 

IVÁN.- Que por entrar en Vigilancia vine a parar aquí. Y que por culpa de este trabajo tengo el sistema nervioso alterado y tuvo que venir usted a...

 

INSPECTOR.- (Muy tenso.) Siga. (Pausa.) ¿A qué vine? ¿A espiarlo?

 

IVÁN.- (Exasperado) ¡Yo envié la nota! ¡Yo pedí ayuda!

 

INSPECTOR.- ¿Qué tiene que reprocharle al Instituto entonces? Lo enviaron a un lugar donde es posible recibir ayuda. ¿Sabe qué significa eso? Vivimos en un universo lleno de peligros, a la deriva total, al borde del abismo. Todo nos amenaza y casi todo puede destruirnos. Somos tan insignificantes como los gusanos, y más tristes que ellos porque sabemos lo que somos. Si no fuera por el Sistema la vida no tendría ningún significado. Gracias a él conocemos el Orden, la Fuerza, el Propósito y la Beatitud. (Iván ríe; está muy nervioso.) ¿Se ríe?

IVÁN.- No. No...

 

INSPECTOR.- Sí. Estaba riendo. (Anota. Ahora parece amenazarle.) Y no me gusta que lo haga.

 

IVÁN.- Estoy nervioso, ya se lo dije.

 

INSPECTOR.- ¿Por eso se burlaba?

 

IVÁN.- Me impresionó lo que dijo.

 

INSPECTOR.- ¿Lo impresiona la verdad?

 

IVÁN.- Últimamente me impresiona todo.

 

INSPECTOR.- ¿Y cuando está impresionado se burla?

 

IVÁN.- Sí.

 

INSPECTOR.- (Irónico.) Está «cargado».

 

IVÁN.- Quizá.

 

INSPECTOR.- (Con falsa piedad.) Yo siento debilidad por la gente «cargada», por los huérfanos. Nací en un hogar bien constituido  donde no había «cargas» ni pasiones. Allí nadie amaba a nadie. Todo era insípido. Pero usted, en cambio, parece tener conflictos y emociones. Es un arduo problema. (Con tortuosidad.) Y a veces se ríe.

 

IVÁN.- Sí. (Ríe, muy nervioso.)

 

INSPECTOR.- Y reírse no le sienta mal... (Golpean. Caen tres cadáveres. Iván los entra. El inspector empieza a arrastrar uno de los cadáveres. Los actores deben dedicarle todo el tiempo necesario a esta situación.)

 

IVÁN.- ¿Qué está haciendo?

 

INSPECTOR.- Probando. Y no se asombre tanto. Me gusta ponerme en el lugar de los demás. Sobre todo cuando tengo que juzgarlos. (Arrastra el cadáver o «asunto» hasta la puerta del horno.) No tenga miedo.

 

IVÁN.- ¿Miedo de qué?

 

INSPECTOR.- Mientras arrastro este “asunto” podría pasar por su mente la idea de que más tarde o más temprano alguien hará su trabajo.

 

IVÁN.- Ojalá.

 

INSPECTOR.- Sí. Ojalá. Hay mucha gente deseando este sueldo. A mí tampoco me desagradaría. (Ríe con sadismo.)

 

IVÁN.- ¿Qué quiso decir?

 

INSPECTOR.- (Burlón.) Que soy pobre. (Sale arrastrando el cadáver. Pausa extensa. Iván fuma con avidez y camina nerviosamente. El inspector regresa. Se nota que está fatigado.) Lo dejé frente a la puerta del horno para que sea usted el que le «saque la forma». (Gozosamente.) ¿Le gustó la expresión? Es un hallazgo mío. Suena mejor que quemar. (Se dirige a otro cadáver.) Veamos este. (Lo agarra.) Uf. Pesa más que el otro. (Abre la bolsa.) Es una mujer. Por suerte no huele mal. (Con morbosidad.) Y la está mirando con codicia. Veo que le gusta.

 

IVÁN.- ¿A usted no?

 

INSPECTOR.- Yo soy yo.

 

IVÁN.- (Cáustico.) No me diga que no le gustan las mujeres.

 

INSPECTOR.- No me gustan los «asuntos».

 

IVÁN.- Claro. Usted tiene a mano todas las que andan por la calle. Pero yo...

 

INSPECTOR.- ¿Usted qué? (Sinuoso.) Vamos, dígalo. ¿Se las hace?

 

IVÁN.- (Molesto.) Eso no le importa.

 

INSPECTOR.- ¿Por qué le molesta que me importe? Veo que se altera. (Amenazador.) Y se me irán las ganas de ayudarle.

 

IVÁN.- (Arrepentido.) Disculpe.

 

INSPECTOR.- (Autoritariamente.) Conteste entonces. ¿Se las hace? Si no me dice la verdad mi informe será negativo.

 

IVÁN.- (Después de un silencio, deseando descargarse.) Una noche vino ella...

 

INSPECTOR.- (Alarmado.) ¿Ella? ¿Entró alguien aquí?

 

IVÁN.- Era un «asunto” muy  hermoso. No tenía más de veinte años. El pelo era rubio, la piel muy blanca, los ojos azules... y el cuerpo era divino...  Enloquecí. Olvidé que era un «asunto» y  enloquecí. No tenía rastros de sangre y el rostro no estaba crispado. Por eso la besé... aquellos labios calientes... la desnudé... todo el cuerpo estaba caliente... la habían «terminado» hacía poco... y después... después...

 

INSPECTOR.- La violó.

 

IVÁN.- (Gritando con angustia.) ¡Estaba harto de este silencio! ¡La abracé y me metí adentro de ella para olvidarme de todo!

 

INSPECTOR.- (Burlón.) Descargas.

 

IVÁN.- Sé que hice mal.

 

INSPECTOR.- Nadie se lo reprocha. Hemos previsto esa clase de deslices.

 

IVÁN.- (Asombrado.) ¿Deslices? (Con desesperación.) Fue algo horrible. Ahora lo sé.

 

INSPECTOR.- ¿Por qué siguió haciéndolo entonces?

 

IVÁN.- ¿Cómo sabe que seguí haciéndolo?

 

INSPECTOR.- (Tajante.) Conteste a mi pregunta.

 

IVÁN.- Soy un hombre: tengo sangre, testículos.

 

INSPECTOR.- Tiene la posibilidad de sacarse las ganas una vez al mes.

 

IVÁN.- ¡No me alcanza una vez al mes!

 

INSPECTOR.- ¿Pretende eyacular todos los días? ¿Por eso se enreda con los «asuntos»?

 

IVÁN.- ¿Qué quiere que haga? ¿La del mono? Aquí llegan mujeres «terminadas» que están buenas. Algunas tienen el cuerpo caliente y los ojos cerrados. Parece que duermen.

 

INSPECTOR.- (Burlón.) ¿Son sumisas, verdad? (Un silencio.) Violación de «asuntos». Es grave. Está empezando a odiarlos.

 

IVÁN.- (Asustado.) No es cierto.

 

INSPECTOR.- A este paso terminará odiándolo todo. Hasta a nosotros.

 

IVÁN.- No. Eso no. ¡Se lo juro!

 

INSPECTOR.- ¿Por qué no pidió para salir dos veces al mes?

 

IVÁ.- ¿Para qué?

 

INSPECTOR.- ¿Cómo para qué? Es mejor que salir una sola vez. Y podría tener más «descargas».

 

IVÁN.- ¿Con mi mujer?

 

INSPECTOR.- Una mujer fija no es nada desdeñable. Es mucho mejor que un «asunto» hoy, otro mañana.

 

IVÁN.- Una verdadera mujer, no mi mujer.

 

INSPECTOR.- ¿Qué tiene contra su mujer?

 

IVÁN.- Es una vaca, una hipócrita. ¿Sabe qué dice cuando quiero abrirle las piernas? «Hoy no, mañana sí». Pero «hoy» es cuando yo salgo y puedo estar con ella. Y «mañana» es cuando está con algún otro.

 

INSPECTOR.- Veo que lo traiciona.

 

IVÁN.- Y me explota. Quiere vestidos, perfumes, buena vida. ¡Vida de estrella de cine lleva ella! Y yo, bueno... yo soy un carcelero de muertos.

 

INSPECTOR.- (Anotando.) Es la segunda vez que habla de muertos.

 

IVÁN.- Perdón.

 

INSPECTOR.- El Sistema odia la muerte; por eso se ocupa de estos «asuntos» y los hace desaparecer. Usted está cometiendo infracciones graves. Yo trato de justificarlo pero no puedo. No tolero la debilidad. El orden del mundo peligra por culpa de los seres como usted. Son frágiles y sensibles, vulnerables a la violencia de los destructores. Quema en la hoguera a quienes intentan subvertir todos los valores y después los imagina persiguiéndole, les teme y hasta los desea. ¿Se da cuenta de lo que significa eso? Fue elegido para borrar con fuego todo rastro de los criminales y se pone a llorar porque uno de los «asuntos» era un niño, como si eso le pudiese importar al Sistema y a la humanidad. (Breve silencio.) ¿Qué haremos con usted?

 

IVÁN.- (Sintiéndose acosado.) ¡Siempre fui eficiente!

 

INSPECTOR.- Pero está ayudando a los subversivos.

 

IVÁN.- ¿Yo ayudándolos? ¡Los desintegro en el fuego como si fuesen de papel!

 

INSPECTOR.- No lo hace bien.

 

IVÁN.- ¿Por qué dice eso?

 

INSPECTOR.- Porque son «asuntos» desaparecidos y deben irse de este mundo sin dejar rastro.

 

IVÁN.- ¡No quedan rastros! ¡Quemo hasta sus zapatos!

 

INSPECTOR.- Pero no quema el recuerdo de ellos en su mente. Allí es donde no pueden desaparecer. A nosotros nos alarma que esas imágenes sobrevivan. Usted se ha mezclado con ellos e imagina que lo persiguen. Su cuerpo es capaz de desearlos. Se dejó arrastrar por la promiscuidad, en lugar de permanecer distante y objetivo.

 

IVÁN.- (Patético.) Soy un ser humano...

 

INSPECTOR.- Pero no ama a la humanidad. Por eso se deja dominar por todos esos fiambres.

 

IVÁN.- ¿Qué van a hacer conmigo? ¡No soportaría que me llevaran a una Correccional!

 

INSPECTOR.- Su problema ya no se resuelve en las Correccionales. Usted es como la memoria viva de todos los «asuntos». Es un problema de Estado. La cúpula del Sistema decidirá.

 

IVÁN.- (Desesperado.) ¡No les cuente todo esto! (Suplicante.) Por favor.

 

INSPECTOR.- Ya le dije lo que gano: quince mil francos por mes. A pesar de que amo al Sistema. Hace quince años que mendigo en los pasillos de la Administración sin que me den la menor oportunidad de ascender. ¿Y sabe por qué me pagan sólo quince mil? Para que informe con rigor y sin misericordia sobre las infracciones que cometen los que ganan más que yo.

 

IVÁN.- (Con pánico.) ¿Me denunciará? ¡Le daré dinero si no lo hace! ¡Le daré la mitad de mi sueldo!

 

INSPECTOR.- No me conformaría con una parte del sueldo. Quiero todo su sueldo o la perfección.

 

IVÁN.- ¿Quiere mi puesto, verdad?

 

INSPECTOR.- Es probable. Me gusta tener la billetera siempre llena. Las cosas cuestan mucho. Hay poca comida, poca agua y poco espacio. Sin plata uno vive hambriento y hacinado. (Irónico.) Y con tal de tener mucha soy capaz de soportar el trabajo pesado y hasta el olor.

 

IVÁN.- Conozco la historia.

 

INSPECTOR.- (Más irónico.) ¿Ah sí?

 

IVÁN.- Sé lo que hacen ahora. Cuando  estamos nerviosos y angustiados nos mandan uno de esos inspectores al que hay que ascender de una vez por todas. ¿Y qué informe objetivo puede dar alguien que quiere nuestro puesto? Dirá que somos inútiles y peligrosos. Nos crucificará sin escrúpulos.

 

INSPECTOR.- (Sarcástico.) Usted quería cambiar de trabajo...

 

IVÁN.- ¡Pero no quiero ir a la Correccional! Ya se lo dije. Los que van a ese lugar son desterrados a otros planetas. Y ya se sabe lo que les pasa: se convierten en conejillos de India. Es el fin. (Suplicante.) Yo sólo quiero un empleo más limpio.

 

INSPECTOR.- (Punzante.) ¿También quiere el mismo sueldo?

 

IVÁN.- Por supuesto. No permitiré que me lo rebajen.

 

INSPECTOR.- El Sistema no puede darse ese lujo.

 

IVÁN.- (Desolado.) ¿Qué harán conmigo entonces?

 

INSPECTOR.- (Burlón.) Hay nuevas estrategias.

 

IVÁN.- (Con fervor.) ¡Puedo seguir siendo eficiente! ¡Quemo más de sesenta «asuntos» por día y vivo encerrado en este agujero por cincuenta mil francos al mes, mientras algunos privilegiados del régimen ganan doscientos mil! Quisiera verlo a usted en mi lugar.

 

INSPECTOR.- (Siempre burlón.) Tiene a su disposición carne fresca...

 

IVÁN.- (Con rabia.) ¡De carroña!

 

INSPECTOR.- Pero la usa.

 

IVÁN.- ¿Es eso lo que le molesta?

 

INSPECTOR.- No me gusta la necrofilia. Sobre todo habiendo por ahí tanta gente viva. (Con diabólica transición.) Usted es muy deseable.

 

IVÁN.- (Desconcertado.) Era eso...

 

INSPECTOR.- (Riendo.) No. No era eso.

 

IVÁN.- ¡Sí! ¡Sí! ¡Lo es! ¡Quiere acostarse conmigo! Y si yo no aceptara  me denunciaría.

 

INSPECTOR.- (Sinuoso.) No me gusta violentar a nadie.

 

IVÁN.- (Con cierta esperanza.) Pero me tiene ganas.

 

INSPECTOR.- (Coqueteando.) No me faltan entretenimientos.

 

IVÁN.- ¿Pero quiere ir a la cama conmigo, verdad? Vamos. Dígalo de una vez.

 

INSPECTOR.- ¿Sería capaz de meterse en la cama conmigo por miedo a mi denuncia? (Un silencio. Iván no responde.) Veo que no tiene muchos escrúpulos.

 

IVÁN.- Sé bien lo que hacen con los funcionarios que no les sirven más. A veces ni siguiera llegan a la Correccional.

 

INSPECTOR.- (Burlón. Coqueteando sádicamente.) ¿Usted no sirve?

 

IVÁN.- (Con fervor.) ¡Sirvo, sí! Es usted quien cree lo contrario.

 

INSPECTOR: (Mirándolo descaradamente con simulada morbosidad.)No es feo.

 

IVÁN.- (Aliviado.) Era eso. (El inspector ríe. Pausa muy tensa.)

 

INSPECTOR.- Apuesto a que también se ha enredado con «asuntos» masculinos.

 

IVÁN.- ¡Yo no soy brisco!

 

INSPECTOR.- Pero podría funcionar. (Da una vuelta alrededor de él silbando y midiéndolo con la mirada. Fingir interés sexual es parte de una estrategia diabólica que utiliza para acosarlo más.) Ya sé que no está mal. ¿A cuál de los muchachos violó?

 

IVÁN.- ¡A ninguno! ¡A ninguno de estos!

 

INSPECTOR.- ¿Violó a alguno de los otros? (Ríe.) Vamos, sincérese. (Repentinamente paternal.) Quiero comprenderlo y ayudarlo.

 

IVÁN.- (Ablandándose.) Fue hace tiempo. Creo que hace tres años. Me había peleado con mi mujer y me crucé en la calle con uno de esos tipos que van moviéndose como una mina. Yo estaba medio borracho, harto de todo... Odiaba al mundo entero. Me lo ensarté en una plaza, contra un árbol. Después le di una paliza. (Ahora sí coqueteando frontalmente.) Pero me gustó.

 

INSPECTOR.- Miente.

 

IVÁN.- Le juro que no.

 

INSPECTOR.- (Con ira.) Basura.

 

IVÁN.- (Asombrado.) ¿Por qué me dice basura?

 

INSPECTOR.- (Implacable.) Porque es una basura. Me quiere meter en la cama para salvarse. Ya no nos sirve más.

 

IVÁN.- (Desesperado.) ¡Sirvo! ¡Puedo seguir haciendo todo esto!

 

INSPECTOR.- Odiamos a los dementes y a los maricones; haremos jabón y comida con ellos.

 

IVÁN.- (Aterrado.) No soy maricón...

 

INSPECTOR.- Sólo piensa en usted mismo. Vive mirándose el ombligo, siente angustia, trabaja poco y cuestiona lo que hace en lugar de entregarse como un bruto a las directivas del Sistema. Y como si todo eso fuese poco, se me ofrece como una hembra. (Con desprecio.) Ya perdió todo el valor.

 

IVÁN.- ¿Quién podría conservar el valor aquí dentro?

 

INSPECTOR.- Cualquier hombre convencido de que el Sistema es perfecto.

 

IVÁN.- (Con ira.) ¿Qué haría en mi lugar si viera las caras destrozadas de los «asuntos», las manos ensangrentadas, los huesos partidos? ¿Creería que el Sistema es perfecto? ¿O se pondría a vomitar de asco como yo? (Arrastra una bolsa.) ¡Mírele la cara!

 

INSPECTOR.- (Irónico.) Jamás haré eso por quince mil francos al mes.

 

IVÁN.- ¡Tampoco lo haría por cincuenta mil! Y si lo hiciera se sentiría como yo.

 

INSPECTOR.- Alguna vez fue lúcido y ambicioso. Por eso está aquí. Pero ahora es un cobarde y un estúpido. (Con fingida piedad.) Y está muy enfermo.

 

IVÁN.- (Suplicante, desesperado.) ¡Dígales que no quiero trabajar más aquí!

 

INSPECTOR.- ¿Y dónde piensa trabajar?

 

IVÁN.- ¡En cualquier lado! ¡Exíjales que me cambien, por favor! (Se arrodilla.) Se lo pido de rodillas. ¡No me importaría que me pagaran menos!

 

INSPECTOR.- Cuando vino aquí sabía bien que no era posible renunciar a este puesto. ¿O me equivoco?

 

IVÁN.- No. No se equivoca.

 

INSPECTOR.- Entonces tendrá que aguantar. Tendrá que olvidar todo lo que ha visto, vivir en paz y sentirse agradecido.

 

IVÁN.- (Estupefacto.) ¿Agradecido?

 

INSPECTOR.- El Sistema le dio mucho dinero. Nadie tiene la culpa de que no lo haya usado bien.

 

IVÁN.- ¡No me importa más el dinero!

 

INSPECTOR.- Por eso mismo no puede desempeñar más este cargo. Al pedir un traslado está cuestionándonos. Y llevará a donde vaya esa disconformidad. Está enfermo, se lo dije hoy. Ya no puede amar a la humanidad. Y nosotros no perdonamos eso.

 

IVÁN.- (No puede creer lo que ha oído.) ¿Pero quiénes fueron los que me trajeron miles de muertos para que los quemara en la hoguera? ¿Eso es amar a la humanidad?

 

INSPECTOR.- (Anotando.) Es la tercera vez que pronuncia la palabra «muertos».

 

IVÁN.- (Descontrolado, con ferocidad.) ¡No me importa! ¡Son muertos! ¡Hombres y mujeres asesinados sin juicio alguno! ¡Los hacen desaparecer sin dejar rastros!

 

INSPECTOR.- Para protegernos y protegerlo.

 

IVÁN.- ¿Qué podrían hacerme a mí esas mujeres y esos niños?

 

INSPECTOR.- (Despectivo.) Es torpe, imbécil. No comprende nada.

 

IVÁN.- ¡Explíqueme lo que no entiendo! ¡Vamos! ¡Deje de mirarme desde un pedestal y dígame qué tiene que ver con la imbecilidad el hecho de que no quiera quemar más muertos!

 

INSPECTOR.- (Anotando nuevamente.) La cuarta vez.

 

IVÁN.- (Con infinita tristeza.) No nacemos para morir así.

 

INSPECTOR.- Pero morimos. Para eso estamos en el mundo. Si nosotros no matáramos la muerte existiría igual. Esa es una Ley. Y es una Ley que mata sin piedad niños, mujeres, criminales, santos y bestias. También nos destruirá a usted y a mí. Sería preferible que criticara a esa Ley y no a la sensibilidad del Sistema.

 

IVÁN.- ¿Sensibilidad? (Corre hacia una bolsa, revuelve en ella y extrae una cabeza humana decapitada.) ¿Esto es obra de la sensibilidad?

 

INSPECTOR.- (Con asco.) Guarde esa cosa. No quiero verla.

 

IVÁN.- (Con violencia.) ¡Mírela! Yo lo hago todos los días. (Intenta obligarlo a mirarla.) ¡Vamos! ¡Mírela!

 

INSPECTOR.- (Lo patea brutalmente.) ¡Guárdela! ¡Guárdela! (Iván se asusta. Comprende que se ha extralimitado. Guarda la cabeza y después se lava las manos sollozando. Pausa extensa.) Deje de llorar por cadáveres. Hasta la grandeza de un Hitler, de un Stalin, de un Mussolini y de un Fidel Castro fueron ensuciadas por eunucos como usted. Pero ellos fueron víctimas de la necedad en el siglo veinte y este es el siglo veintiuno, en que la tierra tiene un solo gobierno rector. Surgió por fin la conciencia planetaria de que el Poder debe ser Único. Y el Sistema no permitirá que el estrafalario humanismo del pasado intente dominar de nuevo a la especie. No prosperarán los débiles, ni los socialistas, ni los intelectuales, ni los negros, ni los tullidos, ni los judíos. Vamos a borrarlos da la faz de tierra para que un solo Poder pueda reinar sobre el universo entero. Y si el universo se resiste lo haremos arder.

 

IVÁN.- (Con odio e ira.) Son unas bestias...

 

INSPECTOR.- (Irónico) ¿Así habla de los que le dan de comer?

 

IVÁN.- (Grita con desesperación, abalanzándose sobre él) ¡Son unas bestias! (El inspector le esquiva y él cae. Pausa muy extensa, cargada de horrible tensión.)

 

INSPECTOR.- (Imperativo, implacable) Sáquese el guardapolvo.

 

IVÁN.- ¿Para qué?

 

INSPECTOR.- (Mostrando un arma pequeña y triangular.) Sáqueselo. (Iván se saca el guardapolvo lentamente. Su semblante denota terror. La luz empieza a descender. Pausa breve.) Traiga una bolsa.

 

IVÁN.- (Más aterrado.) ¿Qué va a hacer?

 

INSPECTOR.- Le ordené que traiga una bolsa. (Iván obedece. Pausa muy extensa. La luz continúa declinando.) Métase adentro.

 

IVÁN.- (Grita con pánico.) ¡¡No!!

 

INSPECTOR.- (Aprieta el gatillo.) Métase. (Iván se introduce lentamente en la bolsa. Transpira, jadea. Su rostro expresa pánico indecible.)

 

IVÁN.- ¿Qué va a hacer conmigo?

 

INSPECTOR.- Más tarde o más temprano hay que desaparecer. (Oprime el gatillo del arma. Esta expide una luz intensamente azul. Iván grita. Es un grito espantoso, agónico, interminable. Cae muerto. La luz sigue declinando. El inspector arrastra el cadáver de Iván hasta la puerta del horno y lo introduce en él. Después regresa, se saca la campera de cuero, se pone gozosamente el guardapolvo, toma una pastilla y se sienta, silbando, a esperar los nuevos cadáveres.)

 

Saint–Herblain,Francia, junio–julio 1995

 

 

Aunque ha situado la acción de su obra Asunto terminado en el siglo XXI, Ricardo Prieto estigmatiza en ella el horror del siglo que acaba de finalizar (“La verdadera pasión del siglo XX es la servidumbre”, afirma Albert Camus en L’Homme revolté), y lleva hasta el extremo las pulsiones de muerte (una palabra prohibida en la obra) que lo han caracterizado: genocidio, guerra, exilios, ejecuciones sumarias, desapariciones.

 

Esta corta pieza original, fuerte y densa –que merecería ser representada- demuestra sin duda alguna la inteligencia y la calidad del propósito de Ricardo Prieto.

Michel Sender, ( Espaces Latines, Revue  De L’actualité Franco-Latino-Américaine), Nº  126 y 127. Diciembre 1995 y enero 1996. París.

 

Asunto terminado es quizá una de las mayores proezas estéticas de Prieto. En menos de cincuenta páginas, sirviéndose de dos personajes diseñados con la meticulosidad de un cirujano del lenguaje escénico y el alma humana, Prieto sigue buceando –por instinto y con oficio- en la experiencia de profundidad donde el hombre sin tiempo realiza solitariamente su proceso de deconstrucción.

Cristina Landó (Guía del Ocio. Nº 369. 1996.)

 

 

La sobriedad del planteo, un dialogado naturalista en una situación sólo parcialmente realista y una vocación universalista ligan Asunto terminado con la producción anterior de Prieto, quizá el dramaturgo uruguayo que con mayor facilidad pueda interesar actualmente a públicos, lectores y, eventualmente, directores extranjeros.

Rafael Mandressi (El Observador, 28/31996.)

Ricardo Prieto

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