Aprendizajes

Ricardo Prieto

El amor era la preocupación central de Ibidio Donze. Por eso una mañana llevó el ofidio a su casa. Él necesitaba comprender qué significaba amar y ser amado.

Como había vivido promiscuamente casi cincuenta años en una pensión, no tenía muchas posibilidades de entrar a ella sin que alguien observara la extraña caja en la que habían colocado al animal cuando lo compró. Quería evitar que se conocieran detalles de su intimidad y decidió no propiciar ningún comentario adverso o favorable acerca del animal. Por eso le pidió permiso a la empleada del serpentario para llevarse el ofidio puesto.

Cuando entró a la casa varios inquilinos comentaron su extraño y repentino engrosamiento. A partir de ese momento pulularon los juicios adversos y favorables: unos manifestaron que no había derecho a engordar sin darle tiempo a los demás de que se acostumbraran al cambio; otros dijeron que lo mejor que podía haberle ocurrido a un hombre que no hablaba con nadie era engordar así.

Lo cierto es que permaneció todo el día en su cuarto. A la mañana siguiente, cuando salió para ir al trabajo, había adelgazado de nuevo. Casi todo el mundo se asombró de aquel repentino cambio, y muchos se preguntaron en qué lugar de la habitación había dejado su gordura. Pero él tuvo la prudencia de cerrar el cuarto con llave y nadie pudo descubrir ese escondrijo.

Aquella noche todos los inquilinos de la pensión comentaron excitados la notoria metamorfosis que observaron en él cuando volvió del trabajo. Su piel estaba más oscura, sus gestos parecían febriles, sus ojos destellaban alucinados. No saludó, no habló ni se detuvo a hojear el diario. Encerrado otra vez en su cuarto, y en poder del ofidio, se sometió al duro y esforzado aprendizaje.

Seis días después, cuando empezaron a sentirse los olores nauseabundos, la encargada no pudo abrir la puerta de aquella habitación cerrada por dentro con llave. Por eso llamó a la policía.

Los agentes tiraron la puerta abajo y encontraron al hombre y al ofidio muertos, enroscados apasionadamente en la cama.

Dijo el veterinario que el ofidio murió envenenado por la sangre de su discípulo.

Dijo el médico que el maestro picó a Ibidio Donze el mismo día en que éste lo compró.

Ricardo Prieto
Desmesura de los zoológicos
Editorial Proyección, Montevideo, 1987 

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