Antojo

 

Parado frente a la batea el hombre contó siete cerdos. El número era inquietante, y la consideración de su simbología lo indujo a vacilar. ¿Qué hacer? Debía cumplir las estrictas órdenes que lo obligaban a matarlos, a pesar de que no era su intención atentar contra el poder que los animales revolcados en la inmundicia representaban. Su amo, que era despiadado, no le perdonaría el incumplimiento de la orden; su otro Amo, en cambio, era invisible, no daba órdenes claras y se solazaba en sugerir más que en decretar. Pero él, que era más respetuoso de lo invisible que de la tosca urdimbre de órdenes y decretos humanos, y seguro de que debía llevar la carne y la sangre que el amo estaba esperando en la gruta, optó por dirigirse a una choza y asesinar a todos sus habitantes: hombres, mujeres, niños y perros.
Cargado con aquellos manjares marchó hacia la gruta, satisfecho de no haber tenido que atentar contra la divinidad y minimizando el asesinato que había cometido.
Cuando llegó con el botín, el amo abrió la enorme bocaza disponiéndose a disfrutar de la comida, pero el olor no le agradó y se contuvo. Su apetito era tan grande, sin embargo, que a pesar del rechazo se dispuso a lamer los cadáveres, aunque al saborear la dulzona carne que le ofrecieron sus ojos expresaron asombro y furia. Después aulló, consternado, estrellando los trozos de muslos y de abdómenes contra las paredes de la gruta. Para aplacar su furia el siervo se ofreció como comida, pero el amo no ansiaba carne humana aquella noche; su estómago, su saliva y su boca clamaban por los espesos deshechos salados del cerdo. Ese era su antojo.
El siervo tembló. Sintió miedo y estuvo a punto de huir, y hasta hubiese querido ser un porcino con tal de calmar el hambre que carcomía a su protector.
El amo abrió la boca mostrando los alargados colmillos. En sus ojos brilló un hálito homicida. El siervo gritó aterrado, pues le resultaba intolerable la idea de morir porque sí. Temblando, sudoroso, balbuciente, habló del número siete. Dijo que las desaparecidas razas de la tierra lo habían elevado a la categoría de acceso a la Divinidad, y que no era posible manchar de sangre uno de los accesos ni introducir el acceso mismo en una boca para que después la Divinidad se licuara, se expandiera por intestinos, se transformara en sangre y excrementos.
El amo, para quien la idea de Divinidad se confundía con sí mismo, escuchó con ira el discurso hasta el fin y después dijo:
-Matarás a los cerdos para que yo los coma.
El siervo huyó de la gruta hacia la noche extraña y confusa, hacia el campo desierto, hacia la luna verde, hacia el peligro, porque en aquel entonces era de noche cuando los animales salían de su madrigueras para buscar comida. Huyó angustiado por la ingratitud de aquel ser incapaz de valorar que hubiese intentado conseguirle comida a plena luz del día, cuando eran los hombres quienes buscaban al hombre para hervirlo después en grandes ollas de aluminio.
Apenas llegó a la batea vio a los cerdos dormidos y extrajo el cuchillo. Después los despertó suavemente, con piadosa cautela, pues lo aterraba la idea de atentar contra la Divinidad silenciosa y ajena al sacrilegio. Debía prepararlos al menos, darles la posibilidad de que se defendieran y lo destruyesen antes a él.
Los cerdos refunfuñaron. Parecían molestos y confusos. A pesar de la oscuridad el hombre los contó de nuevo. Pero esta vez no eran siete, eran nueve.
El nuevo número lo espantó y empezó a gritar con el grito quebradizo, ubicuo e inmortal de los demonios. Al escuchar aquel grito los cerdos se erizaron como sierpes, mostraron afilados colmillos, se lanzaron con furia abismal sobre el siervo y lo despanzurraron emitiendo gemidos ululantes y siniestros. Después, en el silencio de la noche, lo devoraron con diabólica parsimonia parecida la devoción.
Más tarde, quizá porque habían absorbido a través de la carne del hombre todo su psiquismo, saltaron la empalizada y se pusieron en marcha.
En sus fieros ojos de Amos, la determinación llevaba impreso el camino hacia la gruta y el rostro del amo pequeño, quien se consumía de deseo.


Ricardo Prieto
"La puerta que nadie abre"

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