Acuérdate de Euménida
Drama
Ricardo Prieto

Se estrenó el 7 de mayo de 1981 en el Teatro del Plata de Buenos Aires, Argentina, en versión del "Grupo Alfa". Elenco: Marta Regner, Paulo Duarte, Nora Arraga, Carlos del Pino y Gustavo Olivera. Escenografía: Churita Atucha Barraza. Dirección del autor.

El ámbito es simbólico. Los objetos (sillas, tazas, platos, etc.) son sugeridos o poseen formas absurdas o no corresponden al nombre que tienen. Cuando toman un café los actores podrían usar un zapato en vez de una taza, por ejemplo. En el escenario sólo hay cuatro enormes féretros donde los personajes duermen, se esconden, comen y meditan. Se sugiere reducir al mínimo los elementos corpóreos.

Llaman a la puerta de calle.

Euménida: ¿Qué desea?

Hombre: Quiero hablar con el profesor Maya. Tengo interés en ser su alumno.

Euménida: ¿Estaba citado?

Hombre: No.

Euménida: Entonces es imposible. Venga el martes, a las tres de la tarde. A esa hora se dan los números.

Hombre: No puedo venir ese día. Trabajé todo el domingo para que hoy me dieran libre.

Euménida: ¿Y quién le mandó hacer esa estupidez?

Hombre: Las empresas tienen reglamentos y hay que respetarlos.

Euménida: Respete los de esta casa entonces, y váyase. Ya le dije que él no recibe a cualquiera.

Hombre: ¡Yo no soy cualquiera!

Euménida: Dios no es, por lo que veo.

Hombre: Si fuera Dios no andaría buscando a nadie.

Euménida: Mire: dejémonos de filosofar.

Hombre: ¡No! (Entra.) Disculpe.

Euménida: ¿Qué lo disculpe? Acaba de entrar a la casa sin permiso. (Amenazadora.) Retírese. (Pausa.) ¿Qué pasa? ¿Por qué no se mueve? Deje de hacerse el inválido y bórrese.

Hombre: (Suplicante.) Apiádese de mí.

Euménida: ¿Y quién se apiadará de mí después? El profesor me castigará si encuentra aquí un intruso.

Hombre: Dígale que me conoce.

Euménida: No es ningún estúpido.

Hombre: (Plañideramente.) Por favor.

Euménida: Todo el mundo pide favores pero nadie los hace. Y no suplique tanto. Eso no le sienta bien a un hombre joven y atractivo. Si entró a la casa será porque el Destino quiere que conozca al profesor. (Breve silencio.) Y a lo mejor hasta lo ayudo y todo.

Hombre: Gracias.

Euménida: A él no le agradan las visitas inesperadas ni se deja presionar. Además tiene mucho trabajo.

Hombre: (Con angustia.)¿Podría negarse a darme clases?

Euménida: Es lo más probable. (El hombre se deprime. El rostro de Euménida se ilumina. Con ternura.) No se ponga así. No es algo tan terrible, después de todo. La vida está llena de posibilidades y no hay que desesperar. (Un silencio. El hombre sigue apenado.) Yo sé que todo es muy difícil y que en este mundo hay más mierda que flores. (Con melancolía.) Ciertos días uno sólo quisiera llorar. Cálmese. No hay que tomarse las cosas tan a pecho. Trate de sentir esperanza. Veré lo que puedo hacer. Pero el profesor está muy ocupado. No crea que será fácil.

Hombre: Hoy no tengo apuro.

Euménida: Sí, ya sé. Hoy se tomó el día libre. Pero esto no se arregla con un día. (Lo contempla. El hombre aguarda expectante. La piedad de Euménida se acrecienta.) ¿Quiere tomar una taza de té?

Hombre: No, gracias.

Euménida: ¿No le gusta el té?

Hombre: Me gusta, claro.

Euménida: ¿Entonces?

Hombre: No quisiera causarle molestias.

Euménida: No es ninguna molestia. (Camina hacia la cocina.) Enseguida le prepararé una taza de café.

Hombre: Disculpe, pero no puedo tomar café.

Euménida: Entonces le prepararé una taza de café con leche.

Hombre: Debo evitar estrictamente el café.

Euménida: ¿Le sirvo leche sola?

Hombre: Odio la leche.

Euménida: ¿Qué le doy entonces?

Hombre: Preguntó si quería tomar una taza de té.

Euménida: Sí, pero té no hay.

Hombre: (Desconcertado.) Lo siento.

Euménida: Más lo siento yo: el profesor me exige que ofrezca lo que no hay.

Hombre: ¿Para qué?

Euménida: No lo sé. Pero me molesta tener que decepcionar a la gente. Es poco serio, y hasta pueden pensar que estoy loca.

Hombre: ¿Usted también toma clases?

Euménida: (Con amargura y rencor.) Algo aprendo. (Breve silencio.) ¿Por qué no se quita el saco?

Hombre: Prefiero dejármelo.

Euménida: (Obligándole a quitárselo.) Sáqueselo. Está en su casa.

Hombre: Si insiste...

Euménida: Aquí hay que sacarse todo. El profesor demora tanto en atender, que algunos se sacan hasta los calzoncillos.

Hombre: ¿Me hará esperar mucho?

Euménida: A usted no. ¿Sabe qué dijo cuando oyó el timbre? "El que está llamando a la puerta es diferente, Euménida". ¿Es extraño, verdad? Nunca había dicho algo así. Por eso yo me animé a dejarlo entrar. Claro que a él no le importa que la gente pase con tal de que espere.

Hombre: Ojalá pueda irme antes de las dos de la tarde.

Euménida: Él está acicalándose. Se prueba pantalones y camisas, se peina y se despeina, se abotona y se desabotona. ¡Es muy coqueto! Si lo sabré yo.

Hombre: ¿Hace mucho que viene a tomar clases?

Euménida: Yo vivo aquí. Soy su sirvienta desde hace seis años. Y jamás voy a abandonarlo. No se debe dejar solo a un Amo sordo, paralítico, anémico, cardíaco, diabético, hipersensible y casi ciego. Además sabe diez idiomas.

¿Asombroso, verdad? Diez. ¿Podría abandonar a un hombre así?

Hombre: Comprendo que no lo abandone porque está enfermo, pero porque sabe idiomas...

Euménida: (Lo interrumpe.) Usted no entiende. Siempre ocurre lo mismo con los nuevos. Vivimos en un mundo lleno de amenazas sobrenaturales.. Es necesario estar cerca de alguien que puede afrontar cualquier eventualidad.

Hombre: (Desconcertado..) No entiendo.

Euménida: Si bien estamos rodeados de ángeles también nos asedian otras entidades. Y el profesor habla idiomas que nadie conoce.

Hombre: ¿Cuáles?

Euménida: Por ejemplo el arabiándigo.

Hombre: ¿Qué clase de idioma es ese?

Euménida: (Bajando la voz.) El que hablan ellos.

Hombre: ¿Ellos?

Euménida: (Bajando más la voz.) ¡Chist! (Alguien golpea con un palo dentro de la caja del profesor.) Disculpe. El profesor me necesita. ¿Quiere ponerse el saco?

Hombre: No, gracias.

Euménida: ¿Un poco de café?

Hombre: No puedo tomar café.

Euménida: ¿Leche tampoco?

Hombre: Me hace mal.

Euménida: ¿Café con leche?

Hombre: Ya le dije...

Euménida: (Lo interrumpe.) Té no tengo. Disculpe. (Sale. Pausa. El hombre examina con asombro el lugar. Se oye una áspera discusión entre el profesor y Euménida. Esta sale de pronto agitada de la habitación y entra al baño. Al hombre.) Perdone. (Sale del baño con una chata y entra a la caja del profesor. Se oye el ruido fenomenal producido por una persecución. Pausa extensa. Sale Euménida. Está desgreñada. Su rostro denota sufrimiento y cansancio.) Perdone este ruido. La casa es muy pequeña y cuando el profesor está aquí no hay tranquilidad. Pero ya se arreglará todo. Quizás usted...No, no va a entender. Además no debo asustarlo. El profesor va a atenderlo.

Hombre: (Su rostro se ilumina.) ¡Gracias! Nunca olvidaré lo que hizo por mí.

Euménida: Quizá no me agradezca cuando conozca a los otros alumnos.

Hombre: ¿Cuántos son?

Euménida: Ana y Ano, dos chicos que todo lo aprendieron de él.

Hombre: Es raro que sólo tenga dos alumnos.

Euménida: Es muy selectivo. Ana y Ano fueron elegidos entre mil candidatos del año anterior. (Con ironía.) Son encantadores. Y tan profundos, tan espirituales. (Amenazadora.) Ya va a ver.

Hombre: No sabía que el profesor era tan exigente.

Euménida: Un hombre con su prestigio no puede regalarse así nomás.

Hombre: Me gustaría que fuese lo bastante expeditivo como para decirme enseguida si le intereso como alumno.

Euménida: En esta casa no se conoce lo expeditivo. Ni siquiera yo, que limpio, coso, cocino, bordo, tiendo las camas y recibo a los interesados, hago nada expeditivamente. La primera lección que va a darle el profesor, si tiene la suerte de ser su tercer alumno, es que vivir consiste en no apurarse. (Se escucha un aullido que proviene de la caja que ocupa el profesor.) Disculpe. ¡El profesor me necesita! (Pausa. Vuelve a salir medio desnuda.) Va a tener que perdonarme. ¡El profesor me necesita mucho rato! (Alguien la arrastra hacia adentro. Entran Ana y Ano.)

Ana y Ano: Buenas tardes.

Ano: Buenas tardes.

Ano: Ella es Ana.

Ana: Él es Ano.

Ana y Ano: Somos los alumnos del profesor. Somos extraordinarios, tan eminentes como él, tan sabios, tan libidinosos, tan magnéticos, tan perfectos. Somos únicos. (Miran al hombre un instante.) ¿El señor quién es?

Hombre: Estoy interesado en las clases.

Ano: Ah, es un inferior.

Ana: Me pareció haberlo advertido. (Corre hacia la puerta del cuarto del profesor y escucha embelesada.) ¿Vení, Ano! ¡El profesor está en plena disquisición! (Ano corre a escuchar.) ¡Dale que te dale con la regla! (Los dos alumnos se arrodillan y miran y oyen alborozados. Euménida se queja angustiadamente. De pronto un par de manos obligan al Hombre a entrar a la caja del profesor. Breve pausa. Ahora son tres pares de manos las que la arrastran. Pausa. Se abre la puerta de nuevo y cuatro pares de manos incitan al hombre. Este vacila, pero opta por ingresar mientras la luz declina.)

II

Una semana después. El Hombre está desayunando.

Euménida: Desde que usted se convirtió en su tercer alumno el profesor está más contento.

Hombre: Me alegro.

Euménida: Nadie puede ser feliz dándole clases sólo a dos personas. Toda la humanidad necesita ayuda. (Lo contempla un instante.) ¿Le gusta su nuevo nombre, Ani?

Hombre: Más o menos.

Euménida: Ahora forma parte del grupo que el profesor está preparando para servir a la Gran Causa. (Breve silencio.) ¿Más té?

Hombre: Con limón, por favor.

Euménida: (Le sirve el té.) Parece tenso e infeliz. (Un silencio.) Quizás extraña esa vida llena de actividad que el profesor no quiere que haga más. Él no permite que uno pierda tiempo en pavadas. (El Hombre se levanta.) ¿Qué le pasa? ¿Se siente mal? ¿Por qué no comió las galletas?

Hombre: Me duele el estómago.

Euménida: No se acobarde por tan poca cosa. Vamos, coma. (Le introduce violentamente la comida en la boca.) El profesor se enfurece conmigo si sus alumnos no se alimentan. (El Ano come lentamente, con esfuerzo. Euménida lo contempla satisfecha.) Ya forma parte de la familia. Voy a cuidarlo como a un hijo más, como lo hago con Ana y Ano, que ahora son más educados y están más sAnos, a pesar de que llegaron a esta casa anémicos y llenos de piojos y tenían la maldita costumbre de meterse los dedos en la nariz y otros orificios. Aquí va a alimentarse bien y a gozar de la vida.

Hombre: Ojalá pueda.

Euménida: Lo encuentro muy triste. (Con ternura.) ¿Por qué está así? Vamos, dígamelo, confíe en mí.

Hombre: No me gusta estar encerrado aquí. Uno necesita cierta independencia.

Euménida: ¿Para qué?

Hombre: ¿Cómo para qué? A nadie le agrada vivir en una cárcel.

Euménida: Esta no es una cárcel.

Hombre: ¿No? Mire esas paredes desnudas y esos nichos. No hay un cuadro ni una planta ni una flor. Además, para dormir debemos compartir la caja con esos energúmenos.

Euménida: Usted duerme con Ana por lo menos. Yo tengo que soportar a Ano, y no crea que eso es fácil. Ya va a comprobarlo. El profesor nos obliga a cambiar de compañero de caja cada dos meses.

Hombre: ¡Jamás voy a meterme en la caja con ese muchacho!

Euménida: Lo expulsarán del curso.

Hombre: No me importa.

Euménida: ¿Por qué le preocupa esa pavada? Él o ella son la misma cosa. La única diferencia es que él se orina y ella no.

Hombre: ¿Qué le parece?

Euménida: Mire: ella tiene hábitos peores y yo no me quejo. ¿Qué le pasa?

Hombre: Me siento mal.

Euménida: (Burlona.) ¡Se siente mal! Parece mentira que sea tan cobarde.

Hombre: Fue un error renunciar a mi empleo y venir a este lugar.

Euménida: ¿De qué le servía esa empresa inmunda?

Hombre: Mi empresa no era inmunda.

Euménida: Habla de ella como si fuera propia.

Hombre: Trabajé diez años allí.

Euménida: Pobre Ano.

Hombre: (Con orgullo.) Es una de las consultoras más importantes del país.

Euménida: Qué asco. (Eructa.) Disculpe. Hoy soy un desastre. Creo que necesito un purgante. Y muchas otras cosas. (Lo contempla con afecto.) Ani, Ani. Usted vivió siempre muy solo. ¿O me equivoco?

Hombre: (Patético.) No.

Euménida: ¿Tiene familia?

Hombre: Mis padres murieron.

Euménida: ¿HermAnos?

Hombre: Soy hijo único.

Euménida: ¿Ni siquiera tiene un perro o un canario?

Hombre: No.

Euménida: ¿Tampoco un gato embalsamado?

Hombre: Tampoco.

Euménida: ¿Entonces no tiene a nadie?

Hombre: A nadie. (Un silencio.)

Euménida: ¿Tampoco novia?

Hombre: Ni eso.

Euménida: ¿Pero por qué?

Hombre: Qué sé yo.

Euménida: Debe haber alguna razón.

Hombre: Nunca me quiso nadie. Soy demasiado maniático y exigente.

Euménida: Apuesto a que en el trabajo lo querían.

Hombre: Sí. Elena, una de mis compañeras, me servía el café. Mis jefes decían que yo era un buen muchacho, y en mi cumpleaños me llenaban de regalos.

Euménida: (Irónica.) Muy interesante.

Hombre: Hace dos meses fui nombrado auxiliar. ¡Imagine a dónde podría haber llegado!

Euménida: Olvídese de eso. ¿Cómo podría defenderse perdiendo el tiempo en un trabajo como ese?

Hombre: ¿De qué tendría que defenderme?

Euménida: De lo que va a ocurrir en el mundo. (Bajando la voz.) Pronto el profesor le hablará del Apocalipsis. Él sólo quiere prepararnos para ese evento.

Hombre: (Con burla.) ¡El Apocalipsis!

Euménida: ¿Se ríe?

Hombre: Me causa gracia.

Euménida: (Con ira.) ¡Porque es un estúpido! (Se arrepiente de haber sido violenta.) Disculpe. Estoy un poco nerviosa. Y me angustia que se burlen de un acontecimiento tan grave.

Hombre: Es usted la que tiene que disculparme. Estuve mal. Yo también estoy nervioso. Hace una semana que no veo la calle y me cuesta adaptarme a este encierro.

Euménida: Aquí tiene casa, comida y enseñanza. ¿Qué más quiere?

Hombre: No puedo construir mi porvenir basándome en las ideas del profesor.

Euménida: ¡Insiste con el porvenir! No se preocupe por esa bagatela y confíe en su maestro.

Hombre: El profesor podría expulsarme de su casa o morirse.

Euménida: No sea ridículo. El profesor no va a morir nunca. Ya lo abrazó varias veces. ¿No advirtió que su piel nos es como la nuestra? La próxima vez que él lo toque obsérvelo bien.

Hombre: Está bromeando.

Euménida: ¿Hasta cuándo va a tenerle miedo a su protector? Ahora mismo va a llevarle el desayuno. (Se dirige hacia la cocina y vuelve con una bandeja vacía.)

Hombre: (Tenso.) Preferiría que se lo llevara usted.

Euménida: No sea caprichoso, Ani. Aquí todo el mundo cumple funciones. El profesor ordenó que usted cubra sus necesidades de la mañana.

Hombre: (Con pánico.) ¿Sus necesidades?

Euménida: No se asuste. No le pasará nada que no pueda ocurrir en la vida. Ana y Ano son la consecuencia de esa formación. (Le entrega la bandeja.) Tome.

Hombre: Le ruego...

Euménida: No ruegue y vaya. (Lo empuja.) ¡Vaya, por Dios! (El Ano entra a la habitación, donde es azotado con ferocidad. Ruidos de tazas y cubiertos que se estrellan sobre el piso. Pausa muy extensa. Euménida está deslumbrada.) ¡Qué maestro! (Con agresividad.) Y ahora voy a ocuparme de estas basuras, de estos piojos llenos de odio. Debo tratar de convertirlos en entidades superiores. (Les pega a Ana y a Ano con un palo.) ¡A levantarse, esperpentos! ¡Son las diez de la mañana y hay que ponerse a estudiar!

Ana: (Con burla.) ¿Quién nos llama?

Ano: (También con burla.) ¿Nuestro ángel de la guarda?

Euménida: (Con furia.)¡El ángel exterminador, ratas! ¡Vamos! El desayuno está listo. No quiero que el profesor me rompa el lomo por culpa de los dos monstruos.

Ana: Sí mamaíta.

Ano: Sí mamamaíta. (Se oye un espantoso grito que no parece humAno. Euménida corre hacia la entrada de la habitación del profesor, abre la puerta y habla desde allí con devoción y temor.) Sí, profesor. Ya levanté a los angelitos. Les estoy sirviendo el desayuno. ¡Hoy están tan amorosos! (Cierra la puerta y se produce una brusca transición. A Ana y Ano.) ¡No metan los dedos en la leche, cretinos! (Les pega.) Un día de estos voy a tirarlos por la ventana, eunucos. Vamos a ver qué va a contestar el profesor cuando le diga que a los angelitos le crecieron alas y se fueron volando al cielo. (Ríe con angustia.)

Ano: La mamaíta hoy está muy histérica.

Ana: Le falló la menstruación.

Euménida: (Feroz.) ¡A comer y a callarse! (Ana y Ano engullen con voracidad.) Hace un año que los veo revolotear por la casa metiéndose en lo que no les importa, engullendo toda la comida que hago, interfiriendo en mis conversaciones con el profesor. (Con odio.) ¡Yo no soy privilegiada como ustedes y tengo que aprender espiando y humillándome, mientras limpio la mugre que dejan los alumnos elegidos, la sal de la tierra! (Retira los platos.) ¡Basta! ¡A estudiar la lección!

Ana: (Amenazadora.) Si no fueras una sirvienta...

Ano: (Amenazador.) Y no te tuviera lástima...

Ana: Ya verías lo que te haría.

Euménida: (Amenazándoles con el palo.) ¿Así que sirvienta, no? (Los persigue con ira.) ¡Ya verán qué sirvienta voy a ser!

Ana: ¡Adefesio!

Ano: ¡Incordio!

Ana: ¡Córnea!

Ano: ¡Cáncer!

Ana: ¡Tubérculo!

Ano: ¡Carroña!

Ana: ¡Lechuza!

Ano:. ¡Pedúnculo!

Ana: ¡Gaznate!

Ano: ¡Pedón!

Euménida: ¡Voy a matarlos! ¡Voy a matarlos! (Se arrodilla sollozando. Ana y Ano ríen y empiezan a repasar la lección. Euménida los mira deslumbrada.)

Ana: ¿Cuál es la diferencia entre el infinito y la vida temporal?

Ano: Que la vida temporal no puede existir en la infinita, y la infinita en la temporal, sí. (Euménida se levantacon lentitud y, se acerca a ellos. Parecerá que quiere apoderarse del conocimiento, absorberlo hasta por los poros.)

Ana: ¿Cómo se prepara uno para la vida infinita?

Ano: Amando el sufrimiento, amando el sufrimiento, amando el sufrimiento. (Se escucha un canto gregoriano. La luz declina lentamente.)

Ana y Ano están estudiando.

Ana: ¡El profesor no dijo eso!

Ano: ¡No dijo lo que vos decís!

Ana: ¡Quiere que imaginemos un dinosaurio!

Ano: ¡Pidió que imagináramos un pájaro volador!

Ana: (Pateando el piso.) ¡No, no y no!

Ano: (Pateando el piso.) ¡Sí, sí y sí!

Ana: ¡Burro caprichoso!

Ano: ¡Burra caprichosa!

Ana: ¡Voy a imaginar un dinosaurio! ¡Cuando empiece el fuego y toda la tierra arda y se quemen las casas y se sequen los ríos y desaparezca todo, todo, hasta Euménida, voy a subirme a un dinosaurio para que me lleve volando!

Ano: ¡Los dinosaurios no vuelan, estúpida!

Ana: ¡El profesor dijo que este dinosaurio sí!

Ano: Yo voy a imaginar lo que pidió el profesor: que el fuego no me quema, que las casas se desmoronan y no me lastiman, que los animales se enfurecen y no me atacan.

Ana: Así no vas a salvarte.

Ano: ¡Sí que voy a salvarme!

Ana: ¡Burro!

Ano: ¡Burra!

Ana: (Corre hacia Ano, que está meditando acuclillado dentro de una caja.) ¡Decile que está equivocado, Ani!

Ano: (Corriendo también hacia Ani y sentándose sobre él.) ¡La equivocada es ella! ¿Verdad, Ani?

Hombre: ¡Déjenme en paz! Estoy estudiando.

Ana: ¡Dale, Ani! ¡Decile que tengo razón!

Ano: ¡Decile que se equivoca, Ani!

Hombre: (Se levanta. Su actitud es amenazadora.) ¿Van a dejarme tranquilo? ¡El profesor va a tomarme la lección a las tres!

Ana: No te hagas el distinguido.

Ano: No te hagas el distinguido, cabrón.

Hombre: (Los persigue tratando de pegarles.) ¡Fuera de aquí!

Ana: (Huyendo.) ¡Profesor!

Ano: (Huyendo también.) ¡Queridísimo profesor!

Honbre: ¡Si los agarro les rompo la crisma, imbéciles!

Ana: ¡Quieren matarnos!

Ano: ¡Quieren ma...ma...tarnos! (El profesor golpea con un palo.)

Euménida: (Entrando.) ¿Qué pasa? ¿Por qué gritan de ese modo? ¡No puedo oír al profesor cuando me llama! (Entra a la habitación del profesor.)

Ano: (Bajando la voz.) Vuelven a abrir la boca y les rompo el espinazo. (Se sienta de nuevo a meditar. Ana y Ano se miran con complicidad.)

Ana: ¡Nunca entendés nada!

Ano: ¡La que no entendés nada sos vos!

Hombre: (Con ira.) ¿Se callarán o no?

Ana: Sos demasiado nuevo aquí para imponer órdenes.

Ano: (Como un loro.) Demasiado nuevo.

Ana: Antes de cambiar el sistema de la escuela hay que dar muchas materias.

Ano: Muchas materias.

Ana: Estábamos muy tranquilos hasta que llegaste.

Ano: Muy tranquilos.

Ana: Vivíamos en armonía y estábamos unidos.

Ano: Muy unidos.

Ana: (A Ano, gozosa.) ¡Es un dinosaurio!

Ano: ¡Es un pájaro volador!

Ana: ¡No entendiste nada!

Ano: ¡Sos una estúpida!

Hombre: (Gritando.) ¡Basta! Por favor....¡Basta! ( Pausa.) Hace tres semanas que no sé lo que es tener un poco de paz. ¡Ya no soporto más!

Ana: (A Ano, con aparente piedad.) Pobre Ani, Ano.

Ano: Pobre.

Ana: (Grita con más agresividad.) ¡Es un dinosaurio!

Ano: ¡Es un pájaro volador! (El Ano corre hacia la cocina, regresa con un hacha y empieza a perseguirlos.)

Hombre: ¡No es un dinosaurio ni un pájaro volador! ¡Son dos decapitados!

Ana y Ano: (Juntos.) ¡Euménida!

Ana: ¡Bicio lina patitierto!

Ano: ¡Palacia rimbonti cado!

Ana: ¡Rosayunpa delioputi!

Euménida: (Sale furiosa de la habitación del profesor.) ¡Ana y Ano! ¡Dejen de hablar en ese idioma espantoso! ¡El profesor los llama! (Ana y Ano se dirigen sumisamente a la habitación del profesor, donde este les da una impresionante paliza. Se oyen ruidos de objetos que se rompen, gritos, etc.) ¿Qué se ha creído? El profesor está fuera de sí. Esto no es un manicomio. En esta casa siempre hubo orden. Debería estar estudiando en vez de pelearse. El profesor se enojó conmigo. Soy responsable de la disciplina.

Hombre: ¡No los aguanto más!

Euménida: ¿Cómo es posible que no pueda con ellos?

Hombre: Me exasperan.

Euménida: Entonces el curso no le sirve para nada. ¿Vio? Él los hizo callar.

Hombre: Porque les pega, o los viola o los acaricia. No sé bien qué hace con ellos.

Euménida: Usted tiene que aprender a dominarlos sin tocarlos.

Hombre: ¡Voy a romperles la cabeza!

Euménida: El profesor jamás le perdonaría algo así. Son sus alumnos predilectos.

Hombre: ¡Me cago en ellos!

Euménida: ¡Baje la voz!

Hombre: (Bajando la voz.) Viven jadeando, haciendo ruido, hablando en arabiándigo, eructando y escupiendo. ¡Escupen hasta cuando duermen! Es por culpa de esos cretinos que en esta casa hay un clima tan malsAno.

Euménida: Si sigue pensando de ese modo no pasará al segundo grado.

Hombre: Usted tampoco puede dominarlos.

Euménida: Yo soy la sirvienta. Pero usted es un alumno, y para aplicar las enseñanzas tiene la obligación de controlarse.

Hombre: La hacen sufrir más que a mí.

Euménida: Sé que tengo que soportarlos.

Hombre: ¡Sopórtelos entonces! Yo no voy a hacerlo.

Euménida: (Amenazadora.) Está bien. Voy a decírselo al profesor. ¡No voy a perder mi empleo por culpa suya! Si no mantengo el orden van a despedirme.

Hombre: (Suplicante.) No lo haga, por favor.

Euménida: ¡Lo ayudé todo lo que pude desde el primer día que vino! Y me gustaría ayudarlo más. Pero esto no puedo permitirlo. Usted se lo buscó. (Se dirige a la habitación del profesor.)

Hombre: Aguarde. Se lo suplico. (Euménida se detiene.) Quiero quedarme con ustedes. Cuando vine trataba de encontrarle un sentido a la vida, y aunque todavía no lo hallé, siento que me están pasando muchas cosas importantes. Renuncié a todo y me entregué a estas enseñanzas que proponen el ascetismo, la convivencia promiscua y el sufrimiento. Quiero saber adónde me conducirá el profesor. Aunque sufra, no puedo irme aún.

Euménida: Está bien. Me alegra que entienda como son las cosas. Me costó mucho conservar la posición que ocupo aquí y no voy a jugar con mi salvación por culpa de cualquier inconsciente. Porque yo sé que sólo en este lugar podré salvarme del horror que nos espera.

Hombre: Trataré de dominarme.

Euménida: El profesor los impulsa a una convivencia difícil para que aprendan a desarrollar la paciencia y la misericordia. Pasará al segundo grado cuando pueda soportar cualquier cosa que le hagan ellos.

Hombre: (Con angustia) ¿Qué debo hacer cuando orinan en mi comida?

Euménida: Cómala.

Hombre: ¿Y cuando llenan de excrementos la cama en donde duermo?

Euménida: Acéptelo con alegría. Esa es la ley aquí: la de aceptar.

Hombre: (Desolado.) Está bien. (Camina con lentitud y se introduce en una de las grandes cajas que hay en el escenario.)

Eménida: ¿Qué va a hacer?

Hombre: Necesito aislarme y pensar.

Euménida: Hágalo. Pero sólo hoy. No olvide que ni siquiera ahí dentro podrá aislarse. La casa es de todos, y también el espacio que hay dentro de las cajas. (Ana trata de escapar de la habitación del profesor. Grita.) ¡Euménida!

Euménida: (Con falsa piedad.) ¿Qué le pasa a mi ángel?

Ana: ¡La lección es muy difícil y tengo miedo! (Varios brazos la obligan a regresar a la habitación.)

Euménida: (Con odio.) ¿No querías aprender? ¡Aguanta entonces!

Ana: (Desde adentro.) ¡Euménida! ¡Euménida!

Euménida: (Con goce y rencor.) Los alumnos aplicados no se quejan.

Ana: (Con menos voz, sucumbiendo.) Euménida.

Euménida: Morite, basura.

Ana: (Desgarrada.) ¡Euménida!

Euménida: De algún modo tenés que pagar los privilegios. Yo quisiera estar en tu lugar. Pero por ahora sólo soy la sirvienta. ¡Hasta que logre apoderarme de todo el conocimiento y sea capaz de salvarme cuando llegue el fin del mundo! (La luz empieza a declinar. Camina hacia el proscenio y se arrodilla. El Ano permanece inmóvil en medio de la penumbra.) No desees ser bella, Euménida. Quiero que te arrastres por el polvo como un gusano, sintiendo la angustia del gusano que nunca estará erguido y jamás será hermoso. En el suelo quiero verte, oscura, reptando, buscando el maná del cielo. Alegrate cuando te mires en el espejo y veas tu horrible rostro. Lo único hermoso es la búsqueda de la salvación. ¿Te gusta tu cara, Euménida? ¿Por qué? ¡Odiala! Pateá a la inmunda belleza que distrae, aparta del camino de la redención y vela la luz. ¿Llorás, Euménida? ¿Añorás los viejos tiempos, cuando pasabas por la calle y la gente te miraba deslumbrada y decía: "Ahí va una hermosa mujer"? ¿Hermosa? ¡Linda escoria eras y sos! Polvo, puro polvo. Basura. Tierra, estiércol. No permitas que esos cretinos te engatusen. Deslizá la lengua por el piso. Embadurná tu cara con excrementos, pasto y orín. Permití que las costras de mugre te purifiquen. Agarrá a la belleza como si fuera una nuez y partila: verás que dentro de ella hay un mundo angosto y destruido donde solo podrías sentirte vacía. ¡Mierda la belleza! (Con angustia.) ¡Quiero ser una escoria, una bazofia, un quiste, una excrecencia hedionda, un sapo, una babosa, cualquier cosa más hermosa que esta pobre condenada que soy!

Canto gregoriano.

La luz declina.

 

IV

 

Ruido infernal. El profesor está castigando a Ani. Entra Euménida, se acerca a la habitación y pega el oído a la puerta. Su semblante denota angustia. El hombre sale de la habitación dando un portazo. Se dirige hacia la calle.

Euménida: (Deteniéndolo.) ¿Qué pasó?

Hombre: ¡No aguanto más

Euménida: ¿Adónde ibas?

Hombre: ¡A la calle!

Euménida: ¡No podés hacer eso! El profesor se enojaría.

Hombre: ¡No me importa! ¡No quiero verlo más! ¡No me quedaré en esta pocilga!

Euménida: (Lo acaricia con ternura.) Ani querido...Mi querido...Querido mío. (Pausa. Permanecen abrazados en silencio.) No te angusties. Hay que pasar las pruebas, hay que soportar.

Hombre: ¡Eso es lo que quiere él!

Euménida: Es necesario que te controles.

Hombre: Entré a servirle el desayuno y me exigió que riera. Yo lo hice. Intenté hacerlo, mejor dicho. ¡Malditas las ganas que tenía de reír! (Remeda al profesor.) "Estás riendo como un marrAno, Ani". "Perdón, profesor. "Estás riendo como un verdadero animal, Ani, y yo quiero que rías como un iniciado." "¿Cómo ríe un iniciado? ‘Así? ¿O así? ¿O de esta forma? (Ríe como un loco.) "No, Ani, así no." "Yo no puedo reír de otro modo, profesor." "¡Sí que podés, Ani!" "No puedo." "Sí podés. Hacelo. Intentalo marmota." (Grita.) "¡¡No!! ¡¡No voy a reír más!! ¡No voy a obedecer más!

Y me marcó la cara con el látigo porque no pude reír como él quería.

Euménida: (Le acaricia la herida.) Pobrecito.

Hombre: ¡Estoy harto de que me humille y me castigue! ¿Qué somos? ¿Sus rameras? ¿Sus eunucos? ¿Sus lacayos? Hace meses que estudio con él y todavía no pasé a segundo grado. Tampoco entendí nada porque lo que dice es incomprensible.

Euménida: ¡No grites más, no lo desafíes!

Hombre: ¡Lo dejé todo por él! ¿Qué más quiere? ¿Está esperando que reaccione y contraataque? ¿Quiere que yo lo castigue? ¿Quiere que lo enfrente y le diga "se acabó" con el látigo en mi mAno?

Euménida: ¡No lo exasperes, por favor! ¡Me azotará a mí!

Hombre: (Con burla.) ¡Las entidades sobrenaturales! ¡El Apocalipsis! ¡Pura mierda! ¡Puras mentiras para reinar entre analfabetos!

Euménida: (Aterrada, tratando de hacerlo callar.) ¡Por favor, Ani! ¡Está oyéndote!

Hombre: ¡Sí, analfabetos! ¡Yo también lo soy! De lo contrario no hubiera creído en él. ¡Nos estafó como a imbéciles!

Euménida: ¡Baja la voz!

Hombre: ¡No tengo miedo! ¡Ni quiero seguir viviendo esta pesadilla!

Euménida: (Se arrodilla frente a él.) ¡Por favor! ¡Se enojará! ¡Nos expulsará! (Solloza. El Ano la contempla con piedad.)

Hombre: Viviste engañada muchos años, Euménida.

Euménida: (En voz baja.) Mentira.

Hombre: (Con ternura.) Tengo la obligación de abrirte los ojos. Te usó. También usó a Ana y a Ano, y ahora pretende usarme a mí.

Euménida: (Con angustia.) ¡Sólo quiere salvarnos!

Hombre: Sólo piensa en saciar sus apetencias sexuales.

Euménida: Nunca me obligó. Bueno, sólo al principio.

Hombre: Lo mismo hizo con los otros y conmigo.

Euménida: También te enseña.

Hombre: (Despectivo.) Nombres de vampiros: Anisex, Palsechuj, Shambilgod.

Euménida: ¡Existen!

Hombre: ¡Nunca los vi! (Al profesor.) ¡Nunca! (El profesor aúlla y golpea las paredes de su caja con un palo.)

Euménida: ¡Está furioso! ¡Y me llama! (Se dirige a la habitación.)

Hombre: (Tratando de detenerla.) ¡No vayas! (El profesor brama. Parece una fiera acosada.)

Euménida: (Liberándose del Hombre con violencia.) ¡Va a matarme si no voy! (Corre hacia la habitación. Pausa extensa. Euménida sale resplandeciente de la habitación.) ¡ No me expulsó ni me pegó! ¡Dijo que está muy contento conmigo y que podré llegar a ser su alumna si persisto y no abandono la devoción! Cuando entré a la habitación estaba llorando. Por tu culpa, Ani. Y yo también me puse a llorar. (Breve silencio.) Después me acarició. ¡Pasó su mano esquelética por todo mi cuerpo y yo me estremecí de placer! ¡Si lograras comprenderlo y lo aceptaras como es!

Hombre: No dejé la empresa para convertirme otra vez en esclavo.

Euménida: Antes no hablabas así.

Hombre: Ahora sé que era un esclavo.

Euménida: Eso te lo hizo comprender el profesor.

Hombre: No fue el profesor, fuiste tú.

Euménida: Todo lo que digo lo aprendí de él.

Hombre: ¿Y vas a pasarte así toda la vida?

Euménida: Depende de vos. (Lo mira. Breve pausa.) Te amo, Ani Cuando entro a esa habitación sólo me importa él. Cuando salgo y te miro sólo me importás vos. Te necesito. Pero me siento tan vieja.

Hombre: Sos hermosa.

Euménida: (Con desesperación.) Pero estoy perdida. (Jugando a que se salva y se escapa.) ¿Algún día podré ponerme un vestido de novia, Ani?

Hombre: Podrás.

Euménida: ¿Me llevarías de la mano por las plazas, por las calles y las ciudades que nunca vi?

Ano: Podrían llevarte quizá.

Euménida: ¿Podré tener muchos hijos y una casa pequeña y limpia y llena de luz?

Ano: Sí, Euménida. Así va a ser.

Euménida: ¡Nunca más voy a necesitar al profesor!

Ano: Nunca más.

Euménida: ¡Quiero vivir, Ani! ¡Quiero vivir!

Canto gregoriano.

Oscuridad.

V

Ana y Ano está comiendo. Euménida se acicala frente a un espejo.

Ana: ¿Viste, Ana? Desde que llegó el tercer alumno Euménida está muy coqueta.

Ano: Ani es muy apuesto.

Ana: Demasiado apuesto para una sirvienta.

Ano: Claro que podría ser el hijo.

Ana: O el biznieto.

Ano: O el destructor.

Ana: Es demasiado joven para ella.

Ano: Pobre mujer.

Ana: (Remedando la voz de Euménida.) Ahora que está Ani voy a usar gasas y encajes.

Ano: Jazmines en el ombligo.

Ana: Y sal en los sobacos.

Ano: ¡Ahora soy magnífica!

Ana: ¡Espléndida!

Ano: ¡Ahora soy deslumbrante!

Ana: (Hace una reverencia.) Me llamo Euménida.

Ano: (Otra reverencia.) Me llamo Ani. (Miman un acoplamiento.)

Ana: ¿Qué pasa Ano?

Ano: Tienes feo olor, Euménida.

Ana: ¿Feo olor?

Ano: Olor a escoria, a eczema, a vómito, a cadáver.

Ana: (Con aparente ingenuidad.) ¡Tengo feo olor?

Ano: Olor a várice, a carne podrida, a estiércol.

Ana: (Con aparente patetismo.) ¿Tengo feo olor?

Ano: Olor a rata, a feto, a orín.

Ana: (Con aparente angustia.) ¿Tengo feo olor?

Ano: Olor a podredumbre infinita. (Ana finge que llora. Pausa.)

Euménida: (Que estaba escuchándolos con odio.) GusAnos.

Ana: (A Ano.) ¡GusAno!

Ano: (A Ana.) ¡Gusana!

Euménida: (Amenazadora. Ana y Ano se ponen en guardia.) ¿Qué están buscando?

Ana y Ano: (Juntos.) ¡Queremos contemplarte porque sos excelsa!

Euménida: ¡Excelsos voy a dejarlos cuando les arranque la cabeza de cuajo! (Los corre.) ¡GusAnos! (Ana y Ana escapan riendo y burlándose.) ¿Qué quieren de mí?

Ano: (Con aparente deseo.¡Patia rundia sotenco!

Ana: (Siempre burlándose.)¡Patia sarde fulonto!

Ana y Ano: (Juntos.) ¡Tu belleza!

Euménida: ¡Bello voy a dejarles el culo, patiardosos de mierda! (Los corre amenazándoles con un palo. Ana y Ano se esconden en la habitación del profesor y se cierran por dentro. Euménida llama violentamente a la puerta.) ¡Me tienen harta, demonios! ¡Harta! (Se arrodilla sollozando.) ¡Ya no soporto más, Señor! ¡Salvame de estas inmundas criaturas que pusiste en mi camino para probarme! ¡Ayudame a soportar más aún! ¡No permitas que estas fieras destruyan la amistad que surgió entre Ani y yo! ¡No me olvides, Señor! ¡Acuérdate de Euménida! (Entra Ani, la ve arrodillada y se acerca. La ayuda a levantarse y la abraza. Se miran. Se besan. Se introducen en una caja. Pausa. La luz declina. Entran Ana y Ano transportando cirios encendidos.)

Ana y Ano: (Juntos.) Nos enseñaste a herir,

Nos amaste por nuestra crueldad

y nos alentaste desde las tinieblas.

Somos tus hijos,

tus siervos,

tus oficiantes.

y queremos que no se salve

la hija del crucificado.

 

Nos enseñaste a perseguir.

El dolor en tu nombre sembramos

y esparcimos.

¡No nos abandones Ángel Oscuro,

caído,

arrojado del Padre terrible

y Celestial!

¡No permitas que Euménida

encuentre la luz que busca

en la oscuridad!

(Cantan una letanía infernal. Parecen poseídos. Se abre la puerta de la habitación del profesor y se advierte la sombra de este. Ana y Ano se arrastran con goce y temor hacia él. De pronto la luz se transforma y se proyecta sobre el escenario con una intensidad deslumbradora. El Ano sale de la caja y contempla la luz embelesado, se acerca a la habitación y entra. Alguien cierra la puerta.

Oscuridad total.

 

 

 

VI

Euménida está erguida en medio del escenario. Tiene puesto un suntuoso vestido de novia. Ana y Ano salen continuamente de la habitación del profesor. Primero entran con un hacha, después con un árbol de Navidad, una valija y una monstruosa muñeca de trapo. El profesor se queja.

Ano: (Medio cuerpo desde la habitación.)¿Por qué te vestiste de ese modo? ¡El profesor está muy enfermo!

Ana: (Desde la habitación. ) ¡Vení a ayudar! ¡El profesor no puede respirar!

Ano: ¡El profesor agoniza!

Ana: ¡Traé bastante vinagre!

Ano: (Corre hacia la cocina.) ¡Tiene que estar muy perfumado para recibir a la muerte! (Regresa con un frasco de vinagre. Sale Ana corriendo y regresa a la habitación con una chata.) ¡El profesor está reventando! ¿No vas a venir?

Euménida: Que reviente. Así me pagará los dos años que lo aguanté. Hoy no voy a servir a nadie. Voy a casarme con Ani, el último elegido que acaba de elegirme a mí.

Ana: (Medio cuerpo.) ¡Chist!

Euménida: ¿Iba a acabarse el mundo, verdad profesor? ¿Nos cercaban las entidades sobrenaturales? ¿El idioma arabiándigo iba a salvarnos? ¡Todas mentiras! Ya no creo en los ángeles. Sólo existen las inmundicias como Ana y Ano. ¡Apocalipsis! ¡Lindo cuento! (Se acerca a la puerta de la habitación.) ¡Contémplenme! ¡Estoy lista!

Ano: (Medio cuerpo.) ¡Chist!

Euménida: ¡Sufran, marrAnos! ¡Soy feliz! Por algo el profesor se está muriendo el día en que nazco yo. Nunca más limpiaré el orín y los vómitos que diseminaban por toda la casa. Nunca más trabajaré como una mula para Ana y Ano, los hijos predilectos del Maligno. (Sale Ana corriendo. Entra a la cocina, regresa con una flor y vuelve a la habitación del profesor.) ¡Disfruten! ¡Aprovechen el festín de la muerte! (Sale Ano corriendo. Entra a la cocina, regresa con una corbata y vuelve a la habitación del profesor.) ¡Cuídenlo bien! ¡Para algo son los alumnos privilegiados! (Sale Ana corriendo. Va la cocina. Regresa con un gran pan flauta.) Aunque de que les sirvió, me pregunto. Ahora quedarán solos, chupando como arpías en el inmenso agujero que el viejo dejará en la cama. (Sale Ana corriendo. Entra a la cocina y regresa con una larga hilera de zapatos viejos.) ¡Bendito sea Ani! Vino a traerme la alegría y la esperanza. En este chiquero sólo se creía en la destrucción, pero Ani trajo la vida. (Con agradecimiento y amor.) Te bendigo, Señor, por acordarte de mí.

Ana y Ano: (Juntos.) Euménida.

Euménida: ¡Silencio, demonios!

Ana y Ano: Eumenidita.

Euménida: ¡Basta, puercos!

Ana y Ano: Corazoncito nuestro.

Euménida: ¿Qué quieren?

Ana y Ano: (Con perfidia.) Ani nos dejó una carta.

Euménida: ¿Qué dicen?

Ana y Ano: Que Ani nos dejó una carta para vos.

Euménida: ¿Qué clase de broma es esta?

Ano: (Muestra la carta.) Mira.

Euménida: ¡Dámela!

Ano: ( A Ana.) ¿Se la doy?

Ana: No, Ano.

Ano: Tienes razón. Todavía no.

Euménida: (Gritando.) ¡Dénmela! (Los persigue.)

Ano: (Pasándole la carta a Ana.) ¡No, sirvienta!

Ana: (Dándosela a Ano.) ¡No, arrastrada!

Ano: (Mismo juego.) ¡No, acémila!

Ana: (Mismo juego.) ¡No, rata de albañal!

Euménida: (Con desesperación.) ¡Dénmela, por favor! Por Dios....¡Dénmela! (Se arrodilla. Ana y Ano simulan piedad, le entregan la carta y se van. Luego espían desde la habitación del profesor. Pausa extensa. Euménida contempla la carta con angustia. Pausa. La lee en voz alta con estremecimiento y dolor.) "Querida Euménida: me voy. Lamento que no puedas usar el traje de novia conmigo. No lo destruyas, sin embargo. La vida es tan extraña e imprevisible que todo puede ocurrir. Todo es posible en este universo perfecto y magnífico. No me odies ni sientas rencor. Somos instrumentos de la Inteligencia que hizo el mundo. Cuando llegamos a los lugares, ella nos envía. A la hora de los adioses ella nos obliga. Nadie puede penetrar en sus designios y nada ocurre por azar. Amé varias noches tu cuerpo y a tu alma siempre la amaré. Alcanza con eso. Después de haber vivido en esta bendita casa comprendí que no es sometiéndonos a nadie, ni siquiera al profesor, que podremos salvarnos, sino aceptando como un don el misterioso sufrimiento de vivir y de morir. No quiero apegarme a nada. Lo que busco está más allá del mundo y no deseo que nadie me separe de eso. Te amaré siempre. Y deseo que tengas paz. Ani."(Euménida queda inmóvil. La paralizan el estupor y la angustia. Después reacciona impulsivamente.) ¡No puede haberse ido! (Busca por toda la casa.) ¡Es una broma! ¡Está escondido! ¡No puede haber hecho esto!

Ana: Lo vimos salir, Euménida.

Ano: Llevaba la misma valija que trajo.

Ana: Una corbata nueva.

Ano: Y una flor.

Ana: El profesor se la dio.

Euménida: (Gritando.) ¡Mentira! Estuvo todo el día en la casa. Entró a la habitación del profesor y no volvió a salir.

Ano: El profesor lo dejó irse por el balcón, Euménida.

Euménida: ¡Mienten!

Ana: Sí, Euménida, para que no lo vieras más.

Ano: Para que no lo tentaras.

Ana: Para que no lo detuvieras.

Euménida: (Solloza repitiendo el nombre de Ani. Ana y Ano la contemplan gozosos.) Ani...Ani....Ani...Ani...Ani..Ani...Ani...Ani...(Ana y Ano responden, como si fueran el eco distorsionado de la voz de Euménida. El profesor emite lamentos. Está agonizando.) El profesor se está muriendo, Ani. ¡Pensar que pasé diez años de mi vida pagando con trabajo y humillaciones para que me ayudara salvarme! La salvación se está muriendo con él y yo no supe descifrar sus mensajes. Y tú te fuiste. ¿Quién me arrancará estos callos? ¿Quién secará las lágrimas de la novia para que pueda ser bella y esté resplandeciente? (Con inmensa angustia.) Soy una ruina. ¡Eres una ruina, Euménida! ¡Y el traje de novia te sienta mal! (Grita.) ¡Aquí no hay novia! Sólo un estropajo. Yo. (Horrible agonía del profesor.) ¡Este era el Apocalipsis! Y los demonios están ahí. ¿Se convertirán en los amos del mundo? ¿Nunca serán destruidos? (Con suprema angustia.) ¡Oh Señor! ¡No lo permitas!

Profesor: Eu....mé..ni...da.

Euménida: ¿A mí? ¿Me llama a mí?

Profesor: (Con menos volumen.) Eu...mé.....ni....da.

Euménida: ¿Qué puedo hacer?

Profesor: (Con menos volumen.) Eu...mé....ni...da. (Estertor final. Un silencio.

Euménida: ¿Habrá muerto? Sí. (Con intensa desesperación.) ¡Oh Ani! ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué él se murió? Yo sola ahora. ¡Con los demonios! (Amenazadores, Ana y Ano se aproximan con lentitud. La cercan y emite un espantoso grito de terror. O huye por el pasillo del teatro mientras ellos la persiguen.)

Ricardo Prieto
Buenos Aires, 1977

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