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El actor, celebrante de un sacrificio
Ricardo Prieto

Religioso o ateo, pragmático o deísta, racional o dionisiaco, el actor se ofrenda, y es difícil encontrar en este mundo una entrega de esa magnitud.

Los seres humanos somos como ovejas que, diluidas en la manada, marchamos hacia la muerte en medio de alegrías, tristezas, esperanza, decepciones, generosidad y soberbia.

Los pensamientos epiteliales del cuerpo social nos fagocitan más de lo conveniente. Por eso creemos que proyectamos, obramos, destruimos, mejoramos el mundo, elaboramos teorías o escribimos obras de teatro solos, olvidando que el gran tejido cósmico del que provenimos participa tanto como nosotros de nuestra creación y del mal y el bien que proyectamos en derredor. El universo ha trabajado durante milenios para que seamos posibles, y en nuestra memoria síquica está impreso ese esfuerzo precedente al que sólo hemos incorporado un grano de arena. Sin embargo, nos regodeamos en "nuestra" creatividad y "nuestro" talento y hasta creemos que podríamos cambiar el mundo, por ejemplo. El mundo, nada menos, que no nos necesitó ni nos necesitará nunca. Nuestras muertes son tan insignificantes como nuestras vidas, y quizá nada en el cosmos se conmueve o se altera cuando desaparecemos de la faz terrestre.

Aunque no lo sepamos o no queramos saberlo, angustia, debilidad y confusión nos dominan. Sin embargo, deseamos "ser" a cualquier precio, aunque los dioses se burlen siempre de esa veleidad malsana.

En todas las actividades humanas el "yo" vive sobredimensionado. El médico que cura y que salva, el político que aspira a transformar las condiciones de vida de sus contemporáneos, el maestro que enseña, el escritor que elabora pensamientos e imágenes, aunque sean generosos o solidarios, operan de manera consciente o inconsciente desde el ego magnificado, desde la vanidad y el pánico oculto que los impele a disfrazar su vacuidad de omnipotencia.

¿Y el actor no es un ser vanidoso? Quizá. Pero su vanidad es de carácter diferente porque para poder crear el personaje debe renunciar a su ego y disolverse con humildad en lo desconocido, en lo informe, en lo que no le da tregua, no lo acoge con beneplácito ni lo reclama. Instrumento pero a la vez instrumentista, como se ha dicho, es dador de su propia existencia. Nada menos.

Luis Jouvet, el admirable actor y teórico francés, afirma en su libro "Testimonios sobre el teatro" que "el actor vive en el seno de la obra que representa una historia que se cumple en él". La historia y el personaje lo necesitan para poder existir. Situado en el interior de la obra, "coincide con lo que ella tiene de único e inexpresable". Pero coincide por empatía, por amor, "en ese momento único en el que los actores impulsados, desposeídos de sí mismos, desprendidos de su carácter y de su elección, restituidos a una sensibilidad nueva, a una inteligencia soberana, se funden y disuelven poco a poco los unos en los otros; en ese momento en el cual pierden su personalidad, en el que toda facultad consciente y razonadora ya no resiste el calor del acto en sí. Es el momento en el cual Rimbaud exclama: "Yo ya no soy yo". Porque hay que substraerse de la vida propia para liberar la de la obra. Hay que saber permanecer en lo disuelto y lo incoherente para hacerla nacer".

El actor sabe permanecer en lo "disuelto" y lo "incoherente" con mayor intensidad que cualquier otra persona porque es capaz de renunciar al propio ego magnificado para expresar la angustia, el goce, el fracaso y el amor de su especie a través de los personajes que asume. Emerge desde el páramo que es su propio ser confinado y se sumerge en los demás, y aunque este sacrificio le depara alegría y emoción, lo obliga sin embargo a vivir el ritual de la crucifixión diaria, en medio del drama de nuestro pasaje por este mundo que las obras reflejan. Pero al igual que el sacerdote de una misa incruenta en la que no se derrama sangre, administra sin embargo su peculiar sacramento cuando se entrega transfigurado en el cuerpo y el dolor de toda la humanidad.

 

Ricardo Prieto

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