Querido Luis
Román Presno

I

“Querido Luis: 

Cómo te extraño!!! Hace poco que te fuiste y ya me muero de ganas de tenerte aquí conmigo. Me he pasado pensando en estos días que estuvimos juntos.

Estuve haciendo una cantidad de cosas para cuando vuelvas. Fui a ver a mis padres y les hablé de nosotros. Al principio estaban en contra de nuestros planes, pero después los convencí de que era lo mejor para mí. Mi hermano menor está deseando conocerte y me preguntó si en Uruguay había indios (¿hay indios?). Le dije que no sabía, pero que había hombres muy apuestos como tú.

Cambié el auto por una camioneta más cómoda para poder pasear juntos. Y quizá más adelante seamos más de dos. Ja! Ja!

Ya conseguí un apartamento más grande y me mudaré pronto, así estaremos más cómodos cuando vivamos juntos. El lunes próximo empezaré a estudiar español en un Instituto que está cerca de mi trabajo. Podremos hablar los dos idiomas cuando regreses.

Y lo más importante: te conseguí un trabajo de mozo en un restaurante de unos muchachos portorriqueños. Mientras no hablas bien inglés, te servirá para practicar. Después conseguirás otro trabajo mejor si quieres. Pero este servirá para empezar.

Te extraño mucho, mucho y deseo que vuelvas pronto. Amor vuelve pronto, por favor

Besos, muchos besos de Mary 

XXX

P.D. Muchas gracias Segundo, por traducirme esta carta. Besos para ti también.”

La carta, escrita en inglés con letra pequeña y apretada en dos hojas gruesas, celestes y perfumadas, era indudablemente femenina y de amor. Había llegado al puerto de Santos, el primero luego de nuestra estadía en Nueva Orleáns, ya retornando a casa. Doblé las hojas, las volví al sobre y miré a Luis. Estaba sentado en la cucheta de su camarote, tenía la cabeza entre las manos y cuando me miró, le vi los ojos asombrados y la boca abierta como diciendo “no puedo creer lo que escucho”. En realidad, yo también compartía su asombro, pues nunca creí que las cosas entre ellos fueran tan en serio.                                                               

                                                             II

Luis tenía veinticinco años y una estatura normal. Su cara, de facciones fuertes tenía la quijada acentuada y los ojos claros y calmos. Su pelo negro era lacio y lo usaba algo largo. Aunque no tenía un físico que destacara demasiado, no podía decirse que fuera flaco. Había dejado en Montevideo su trabajo de empleado municipal, la pasión de actor teatral y a Nélida, una actriz de 44 años con la cual convivía desde algún tiempo atrás y que no era justamente lo que su familia deseaba para él. Quizá para alejarlo de ella y lograr que la olvidara, sus padres habían pedido auxilio a un pariente, “El Cangrejo”, veterano contramaestre de mucho prestigio en la marina mercante, quien le consiguió un puesto de tercer mozo en nuestro barco. Luis, pues, había embarcado por primera vez en su vida en ese viaje del “Punta Lobos”, un viejo barco de bandera panameña, en el cual las reglas para reclutar a la tripulación no eran tan estrictas como las de otros países, lo que permitía embarcar gente sin experiencia en puestos efectivos. Su trabajo consistía en atender el comedor de los marineros, lavar platos, limpiar corredores y baños y tenía la ventaja de un salario bastante mejor que muchos otros empleos “de tierra”. Pero sobre todo permitía ver un poco de mundo, condición que lo hacía atractivo para Luis y por la cual aceptó. Con gran dedicación y voluntad, se había desempeñado bien como mozo, pues era buen trabajador aún para las tareas físicas.

Durante la navegación, sus momentos libres y los míos coincidían a primeras horas de la tarde y solíamos conversar bastante cuando tomábamos el sol en cubierta, mientras adquiríamos un envidiable tostado en la piel para cuando llegáramos a puerto. Las edades similares ayudaron para que hiciéramos amistad rápidamente sin importar en absoluto a ambos, que él fuera Mozo y yo, Segundo Oficial y al poco tiempo de estar en la mar alcanzamos una confianza tal que nos permitíamos opinar sobre la vida y aun sobre la intimidad del otro con alguna soltura. El  tema de la familia y de las parejas era recurrente pues, de todo lo que le falta al que navega, eso es lo que más duele. Un día, hablando sobre su mujer, mencionó su edad.

- ¿Cuarenta y cuatro años tiene Nélida? 

- Pero no los representa para nada... –y como hablando consigo mismo, agregaba-. La verdad es que está que se parte de buena...

-¡Pero, Luis, pensá un poco!!... Dentro de veinte años, cuando vos tengas cuarenta y cinco años, ella va a tener sesenta y cuatro... ¿te das cuenta? Vos vas a estar en la flor de la vida y ella va a ser una vieja... -razonaba yo, en esa suerte de joven ingenuidad cuando aún pensaba que las parejas debían durar hasta que la muerte los separe.

Luis meneaba la cabeza y no decía nada.  

Después de operar en tres puertos sudamericanos, llegamos por fin a Nueva Orleáns, que yo había conocido en un viaje anterior. Durante la estadía, los más jóvenes de la tripulación bajábamos las noches libres al Barrio Francés, donde la vida nocturna era intensa todos los días de la semana, debido al reconocido atractivo turístico de la ciudad. Por supuesto que en otros puertos había “zonas rojas” adonde acudir a buscar entretenimiento incluso los días hábiles; pero salvo algunos pocos tripulantes, en general no “bajábamos” a tierra de noche más que los fines de semana y solamente a tomar una cerveza en cualquier bar que tuviera algún mínimo encanto. Existían sin embargo puertos con barrios famosos entre los marinos, como Rua Geral Cámara en Santos; el Saint Pauli en Hamburgo y el propio Barrio Francés de Nueva Orleáns. En esos lugares, bajar diariamente era casi obligatorio para quien no cumpliera guardia y no estuviera muy escaso de capital. Aunque no éramos turistas sino trabajadores, alguna compensación debíamos tener.

Caminar era barato en cualquier lugar, pero el esplendor de las luces del “French Quartier”, el barrio histórico de Nueva Orleans, ofrecía a los visitantes una variedad interminable de atracciones.

En uno de los bares de bailarinas de la calle principal del barrio, la Bourbon Street, había un portero que, con una voz especialmente ronca, gritaba a todo pulmón: “All boys... all boys”, refiriéndose a aquellas “bellas muchachas” que se asomaban a llamar clientes y se veían contorneándose en el interior. Todos eran varones, según pregonaba el portero. Nuestra discusión si eran o no de sexo masculino las espectaculares chicas que nos invitaban a pasar, resultó bastante extensa -“no puede ser. ¡Con esa boquita va a ser un macho!”-, pero fue aclarada definitivamente cuando alguien recordó haber leído que las manos no pueden esconder la edad ni el sexo. Y en efecto, las preciosas muchachas tenían, sin ninguna duda, manos de hombre.

Algunas diminutas tiendas vendían choclos hervidos con manteca y sal; otras ofrecían camisetas con una enorme variedad de dibujos, o imprimían el “New Orleans Gazette” con un titular catástrofe donde el nombre del cliente aparecía haciendo algún acto heroico o delictivo en la ciudad. Por una alta ventana encortinada aparecían las piernas de una mujer que se estaba columpiando en el interior de un bar. Grupos de tres o cuatro negros zapateaban, cantaban o tocaban el tambor; artesanos vendían sus joyas en las veredas o algún saltimbanqui hacía destrezas en la calle repleta de gente que iba y venía constantemente. Una mezcla de músicas y sonidos, ruidos y carcajadas, aromas y olores inundaban el ambiente de jolgorio. El conjunto en sí, era el espectáculo.

La primera noche en puerto, Luis había salido con un engrasador a tomar una cerveza por ahí, descubriendo ese mundo fantástico y desconocido que a él, especialmente sensible por su condición de actor no dejaba de asombrarlo a cada paso. Un poco tarde en la noche, ya cansados, se sentaron a una mesa de bar sobre la acera y hablaron de cualquier cosa disfrutando una cerveza fría y el carnaval de gente que pasaba por el lugar.                                             

De pronto, engarzada en esa maraña de caras sin importancia, apareció un rostro que llamó la atención de Luis por su belleza. No era muy alta, pero tenía unos rasgos exquisitos y unos profundos ojos azules; contaba quizá con algunos gramos de más, pero esta condición estaba acompañada por un abundante busto que llamaba la atención de inmediato. Nada en ella desentonaba. Luis la miró extasiado y seguramente alguna actitud de la muchacha lo movió a arriesgarse y abordarla. “Hombre cobarde no gana mujer bonita” se dijo mientras corría unos metros hasta alcanzar la chica de sus sueños.

Luis no tenía la más mínima noción del inglés y eso le complicaba bastante el acercamiento; o no, depende como usara ese defecto. Parándose frente a ella, con la respiración algo alterada por los metros corridos y la expectativa de lograr sólo un rechazo, esbozando apenas un gesto de detenerla, dijo rápido, antes que ella se recuperara de la sorpresa:

- “gud nait, esquiusmi, iu.... mi....(aquí realizó un gesto como de empinar una botella)  cocacola?...”

Tamaña barbaridad atrajo sin duda la atención de la chica y por qué no decirlo, también la pinta de Luis, que no era poca cosa. No pudo ocultar la risa que le causó semejante discurso; o no quiso, pues seguramente ella misma y su compañera habían salido a la búsqueda de algún muchacho que las invitara a pasar un rato agradable. No importa; lo cierto es que aceptó la peculiar invitación y remolcada con desenfado por la mano del intrépido mozo, arrastró a su vez a la amiga para regresar al bar con él. Luis estaba feliz con su conquista y ella se dejó llevar, aunque mostrando cierta resistencia, no fuera cosa que se le interpretara mal. Un bastión conquistado, pero con alguna mínima dificultad.

Cuando se sentaron a la mesa del bar con el compañero abandonado por la exitosa cacería, comenzaron las presentaciones sin dificultad, pues bastaba con señalarse con el dedo y mencionar un nombre. La belleza norteamericana, mientras tocaba apenas su generoso pecho, susurró dulcemente -almíbar para los oídos de Luis- “Mary...”

Pero cuando intentaron profundizar la conversación las cosas se complicaron. Decir algo tan sencillo como: “tengo veinticinco años y trabajo de mozo en un barco uruguayo” le demandó a Luis un rato bastante largo.  Entender que Mary vivía en Nueva Orleáns y era jefa de sección de un banco fue ya una tarea de titanes. Mientras tanto, los sendos acompañantes de la pareja apenas intentaron al principio establecer algún contacto, pero el esfuerzo requerido era demasiado para el poco interés mutuo que sentían. Fueron entonces simples espectadores de la conversación de Mary y Luis, o miraban pasar la gente por la calle o, cuando la dificultad de la pareja era mucha, colaboraban como podían al entendimiento.

Acerté a pasar por allí con un grupo de dos o tres compañeros. No los había visto sentados en el bar, lo cual hizo que me sorprendiera cuando una muchacha bastante bonita se me acercó imprevistamente y me habló. Luis había comentado que yo era oficial del barco -me imagino que me señaló y dijo: “second officer”-, y la amiga de Mary, que no estaría disfrutando nada de ese diálogo interminablemente aburrido vio la oportunidad de lograr el entendimiento de los enamorados por una vía más rápida.

Así que para sorpresa mía, se acercó, me encaró, me preguntó si hablaba inglés y al contestarle que algo entendía, me señaló la mesa del bar, me explicó la situación y me suplicó la ayuda para destrabar la difícil conversación. Accedí, claro, y gracias a mis oficios de traductor, mientras el resto de mis amigos daba ”una vuelta por ahí” la pareja se enteró de nombres, edades, trabajos, familias, estado civil -obviamente, Luis dijo soltero- y comenzaron a conocerse mejor y a gustarse más. Antes de despedirme, al regreso de mis amigos, me preocupé que las muchachas se enteraran dónde estaba atracado el barco, para regresarlos a puerto sanos y salvos. No sé a que hora llegaron, pero no fue temprano.

Cuando encontré a Luis a media mañana, me comentó que todo había salido bien, que sólo habían charlado y que ese día, como los horarios libres de ambos coincidían, Mary lo pasaría a buscar luego del trabajo, a eso de las cinco de la tarde. Esa noche, no regresó hasta el amanecer.

Lo encontré durante la mañana, extenuado y con sueño; y entonces me contó lo sucedido. Mary había comprado un diccionario Inglés Castellano y pudieron entenderse algo más. El descomunal trabajo de buscar palabra por palabra para traducirla, los mantuvo entretenidos un buen rato mientras tomaban algo en un bar. Luego, cuando llegaron al apartamento de ella, el diccionario fue totalmente innecesario. El idioma del amor es uno sólo y con él, ambos se entendieron perfectamente.

“Es maravillosa, no sabés, me parece que me estoy enamorando...”, decía Luis. “No dormimos ni cinco minutos, nos pasamos en la cama haciendo el amor y cada tanto hablábamos un poco...  estoy fundido... y para peor llegué directo a trabajar. Pero valió la pena”.

Me contó que vivía en un lindo apartamento; muy pequeño, aunque suficiente para lo único que ellos hicieron casi toda la noche. Habían profundizado un poco más en la vida de cada uno, pero los problemas de comunicación dificultaban el intercambio deseado. Luis hacía denodados esfuerzos por aprender inglés en cinco minutos y me preguntaba frases que intentaba memorizar mientras cerraba los ojos con fuerza y las repetía una y otra vez, como la letra de una obra de teatro.

- ¿Cómo se dice me gustas mucho?  -preguntaba Luis.

- I like you very much.

- Ai-lai-kiu-ve-ri-mach, ai-lai-kiu-ve-ri-mach, ai-lai-kiu...

Ni siquiera intenté convencerlo que aprender inglés iba a tomarle algo más que algunos días, pues él estaba empeñado en lograr su objetivo. Y la verdad es que obtenía unos resultados destacables.

Los días siguientes solía encontrarme con él en la mañana y mientras pasaba un trapo por el piso del comedor, me miraba y me decía: “Esta piba me va a matar; como sabe que nos vamos pronto, me tiene toda la noche en vela. Cada vez que quiero dormir, me dice que no, que tenemos poco tiempo y quiere hablar... y una cosa trae la otra... y la otra...  y estoy muerto de cansado. Decí que a la tarde me duermo una siestita para mantenerme, que si no...”.

Después, quedaba pensando seguramente en los ratos pasados y repetía otra vez: “Es divina, ahora sí, estoy enamorado...”

Según me fue contando, la relación entre ambos maduraba para convertirse en algo más cálido, con más sentimiento -“filin”, decía el nuevo experto-, más amistoso. Obviamente, comunicarse mejor hizo que se conocieran más y me dijo que sus conversaciones estaban cambiando paulatinamente para dejar de lado los temas triviales y comenzar a hablar de la pareja. Fue entonces que empezaron a esbozar los planes de futuro y las posibilidades que tenían. La primera vez que me habló de esto, le pregunté por Nélida.

Primero, en broma, me dijo: “¿Quién?” y se rió; pero luego, ya serio, me explicó: “Para empezar te digo que lo mío con Nélida se acabó. Cuando llegue veo cómo le explico esto y terminamos. Después resolveré este asunto con Mary, porque ambos estamos metidos de verdad. Capaz que me quedo el viaje que viene, o me vengo en avión si junto la plata para el pasaje, pero que vuelvo, vuelvo.” 

Así siguieron las cosas, hasta que llegamos al día de salida.

Cerca de las cinco de la tarde, Mary vino con su auto al muelle donde estábamos atracados y Luis bajó a hablar con ella hasta la hora de la zarpada, planificada para alrededor de las siete. Como a las seis, aún de día, fui a despedirme. Con los ojos enrojecidos por el llanto, ella me pidió que le tradujera lentamente y sin equívocos el planteo que venía haciéndole desde hacía dos o tres días.

Le pedía a Luis que desertara y se quedara en Nueva Orleáns. Se casarían en seguida, para que Migraciones no lo pudiera echar. Después, él conseguiría trabajo y si se llevaban bien, seguirían juntos. Si el matrimonio no resultaba, se divorciaban y entonces Luis podría decidir quedarse allí o volver a Uruguay.  Ella prometía no utilizar su casamiento “de conveniencia” para obligarlo a quedarse a disgusto, ni viviendo con ella ni en el país.

Luis estaba muy seducido por la idea; pero le respondió que quería resolver sus problemas familiares, despedirse de sus padres y amigos, arreglar algún trámite en Uruguay y seguir los planes de Mary volviendo en seguida por avión si conseguía el dinero o desertando en el siguiente viaje, dos meses más adelante. Ahora no podía dejar mal parado al “Cangrejo” que lo había recomendado, sin avisarle por lo menos de su decisión. Pero seguramente, a más tardar en la siguiente estadía, comenzarían a vivir juntos. Prometido.

Me despedí con un beso, una sonrisa y un “thank you” de Mary.

Cuando llegó la hora, ya de noche y luego de un sorpresivo chaparrón que retrasó en algo la salida, Luis subió al barco. Mary lo acompañó hasta la escala, lo besó largamente y retornó cabizbaja unos metros hasta la esquina del galpón del puerto de Nueva Orleáns. Allí, mirando al barco, recostó su hombro y su cabeza contra la pared y se la adivinaba llorando mansamente. La silueta recortada a contraluz en el brillo de los adoquines mojados, era la imagen de la desolación.

Pocas despedidas son tan desgarradoras como la zarpada de un barco. Los preparativos son lentos, como pesados. Se cierran las bodegas, llegan los remolcadores, los trámites del despacho parecen no terminar nunca, se iza la escala, se suelta un cabo, luego otro y otro...  y el que no participa de la maniobra nunca sabe qué está pasando. ¿Por qué no se van de una buena vez? ¿Qué los está demorando? ¿Quizá se retrase la salida hasta mañana y podremos pasar juntos una noche más?

Pero no. Al fin, la enorme masa de fierros comienza a despegarse imperceptiblemente del muelle, con una lentitud cruel que parece burlarse de las ansias de que todo termine pronto, que pase de una buena vez ese momento doloroso. En el barco, uno quisiera que toda esa imagen de muelle, depósitos, adoquines, vagones, hijos, esposas, amantes, desaparecieran como en el teatro detrás de un telón, para poder ir a su cabina y comenzar a endurecer la coraza.

 Así sintieron Mary y Luis esa noche. Alguien me contó que lo tuvieron que agarrar cuando el barco estaba a unos metros del muelle pues dijo que se tiraba. Que no podía soportar el desgarro y que nunca antes había sentido eso. Hasta que por fin, se perdió de vista la imagen de Mary recostada al galpón del puerto de Nueva Orleáns, aguas arriba del Mississippi. 

Varios días después, con las heridas algo cicatrizadas, Luis comenzó a planificar su estadía en Montevideo. Cómo le decía a sus padres y cuál sería su reacción; cómo sería la despedida de sus amigos del teatro, -”¿ vos creés que haya algún grupo de teatro en español en Nueva Orleáns?, porque yo sin el teatro no creo que pueda vivir”-; y el problema más grande: cuándo y cómo le planteaba la ruptura a Nélida, y qué diría ella...

Volvieron los días de calma y los ratos al sol. Soporté como buen escucha, los interminables razonamientos en voz alta de Luis. Cuando intentaba comentar mis propias nostalgias familiares, no lograba intercalar más que un par de frases para seguir después oyendo los planes de mi amigo. Cada tanto, yo intentaba tirarle de la lengua sobre las intimidades con Mary, pues sabía que le molestaba, pero durante toda la travesía Luis se mantuvo como un caballero. Ni una palabra, ni un detalle. Los momentos íntimos de la pareja quedaron, por lo menos de su parte, bien resguardados.

En esas condiciones llegamos a Santos, el primer puerto después de Nueva Orleáns en donde nos esperaban las cartas.                                                               

                                                                 III

Luego de leída la perfumada carta, Luis quedó un rato en silencio y su único comentario fue: “Ahora sí que estoy comprometido, esta piba se jugó todo.” La cosa iba en serio. Y la estadía en Montevideo no sería fácil para Luis.

Después de Santos, los momentos en que pudimos hablar, fueron escasos. Los últimos días de navegación son siempre de intenso ajetreo y para algunos, de gran nerviosismo. Luis me comentaba que dormía poco, que la cabeza le daba vueltas con tantos proyectos y problemas. Sabía que le tocaba enfrentar situaciones decisivas para su futuro y la incertidumbre era mucha. Si se hubiera quedado en Nueva Orleáns el paso fundamental ya estaría dado, sin examinar tan profundamente los riesgos y las consecuencias. No hubiera tenido que enfrentar a tanta gente querida explicando que los iba a abandonar, pues los hubiera enterado por carta. Pero él había querido hacer las cosas correctamente, sin eludir ninguna responsabilidad. Quería que fuera una decisión madura, adulta, con criterio.

Llegando a casa se sacan cuentas de las guardias para hacer los planes con la familia, se acomodan los regalos, se hacen bromas –algunas realmente gruesas- con las posibilidades de infidelidad, se prepara la ropa, la mente y el cuerpo... Esas últimas horas, parecen eternas y a la vez el tiempo no alcanza para preparar todo lo que uno desea. En esos momentos de ansiedad, mis propias urgencias eclipsaron los problemas de Luis. Ahora, con el paso de los años, me imagino con más claridad su estado emocional de aquel entonces. Y lo compadezco.

El atraque del barco es mucho más rápido que la zarpada o por lo menos, lo parece. En mi puesto de oficial a cargo de la maniobra en la popa, después de quedar atracados en la posición definitiva, tenía siempre alguna tarea que realizar y eso demoraba el encuentro con la familia. Luego de los besos, las lágrimas y la euforia de la llegada, las anécdotas del viaje y las que sucedieron en casa, atrapan la atención de todos. No son esos los momentos de compartir las noticias con el resto de la tripulación. Si acaso, en un cruce por los pasillos con algún compañero, uno pregunta “¿Todo bien?”; “Sí...¿y los tuyos?”. Así que es más tarde, en la primera guardia de puerto y muchas veces recién al comenzar el siguiente viaje, cuando uno se entera de las distintas situaciones y noticias que vivieron los otros compañeros a la llegada a casa y durante la estadía.

Esa noche, en la primera guardia nocturna, mientras comíamos el tradicional entrecot a la plancha con ajo que dejaba el cocinero para los que trabajábamos en la descarga, el marinero de guardia me contó lo único que había visto a la llegada con respecto a Luis: que sólo Nélida estaba esperándolo en el muelle. “¿No la vió, segundo?... un monumento... parece una piba de veinte”. Pero nada sabía de lo que pasó entre ellos. Fue dos días mas tarde que me enteré por otros, que Luis había pedido el desembarco y había vuelto a su empleo en la Intendencia, al teatro... y a Nélida. Porque eso sí supe con certeza, a Nueva Orleáns no volvió.

En esa misma estadía yo cambié de barco, de tripulación, de destino y ... por esas vueltas de la vida, no volví a ver a Luis. Siempre me resultó extraño que en los barcos se puedan hacer amigos casi íntimos y después no verlos nunca más, como si desaparecieran, tanto que a veces ni nos preocupamos de saber su dirección o teléfono para tener algún contacto. Con Luis, por ejemplo, parecíamos como hermanos y nunca más nos vimos. Hasta la semana pasada. 

                                                                IV

Hace unos meses, mientras esperaba el comienzo de una representación teatral, leí su nombre en el reparto de otra obra, representada otro día, en otro horario y lo busqué entre las fotos de la cartelera. Fue fácil descubrirlo entre los demás actores. La cara apenas un poco más ajada, el pelo más gris, -¿o sería por el maquillaje?-, pero el mismo perfil y la misma mirada inteligente. Me alegró saber que aún mantenía su pasión por hacer teatro.

Fue por esa foto que lo pude reconocer cuando me lo crucé la semana pasada en 18 de Julio. Yo estaba haciendo unos trámites por el centro y en un tiempo de espera obligatorio entre uno y otro, en lugar de sentarme en un café opté por disfrutar el paisaje de la ciudad. Si no hubiera visto la foto en la cartelera del teatro no sé si lo hubiera reconocido, pero afortunadamente tenía fresca su imagen en mi memoria.

“Perdón, ¿vos sos Luis?”. “Sí, y vos ¿quién sos?”. Tuve que decirle mi nombre para que me reconociera; porque yo sí estoy cambiado. Entonces nos confundimos en un abrazo. Después vinieron los “cómo estás?... te ves más gordo... y vos, más canoso...” y cosas así, mientras estábamos parados en el medio de la acera. Casi seguimos cada uno su camino, él en un sentido y yo en el otro. Pero entonces nos dimos cuenta que qué importaba que yo perdiera mi hora en el dentista o él cobrara el cheque al día siguiente. No podíamos dejar ese encuentro como algo trivial, después de aquellos momentos que vivimos tan compinches. Nuestra amistad fue corta pero intensa y se merecía dejar por un rato nuestras cosas de lado y otorgarnos la oportunidad de saber de nuestras vidas.

Nos sentamos a la mesa de cualquier bar y pedimos dos cortados.

Sonriéndonos, sin saber por donde empezar la conversación, no podíamos hacer otra cosa que menear las cabezas. Al final, quizá su soltura de actor le permitió comenzar:

-  Pero mirá vos, venir a encontrarte en pleno 18. No sabés la cantidad de veces que me he acordado de vos en todos estos años. Sobre todo porque tuviste tanto que ver con Mary, allá en Nueva Orleáns. ¿Te acordás?

- ¡Cómo no me voy a acordar! Mucho más a menudo de lo que te imaginás. Es una de mis anécdotas favoritas de cuando navegaba. Y la cuento en cada ocasión que se me brinda. En realidad, debo confesarte que siempre quedé muy intrigado por saber qué te pasó aquella vez, por qué no volviste a Nueva Orleáns y qué te sucedió después, en todos estos años.

- Y sí, me imagino... y te lo voy a contar porque vos te lo merecés más que nadie, ...tanto que me ayudaste con Mary... Mirá, en cuanto atracamos Nélida subió abordo y fuimos al camarote. Mientras ella me iba desvistiendo, en voz baja pero firme me dijo que se había pasado extrañándome horrible. Como hablando consigo misma me dijo que ni loca soportaba otros tres meses sin verme, que qué me creía, que sola nunca más, que ya mismo me desembarcaba y volvía a mi vida de antes. En plena excitación de lo que estaba por suceder, no iba yo a decirle, espera un poco, mirá que yo voy a dejarte; así que me quedé mudo. Después vino un sexo furioso; y en la cama ella era fenomenal... Nosotros llevábamos como un mes en el agua, así que como te podrás imaginar, no iba yo a parar todo para decirle... Cuando más tarde fui con ella a ver a los viejos, no iba a plantear el asunto a todos simultáneamente, así que nos pasamos comentando las historias del viaje. Después se fue pasando... y si no pude hacerlo de entrada, con los proyectos que tenían todos para mí, menos lo iba a hacer cuando me agarró la trituradora cotidiana. Entonces fueron pasando los días, los meses, yo no le escribí a Mary de vuelta y ella no tenía mi dirección, pues me había cuidado bien de no dejársela por los líos que me podía traer con Nélida. Y Mary quedó allá lejos de veras. Parte de una irrealidad, de una especie de paréntesis de la vida de verdad.... Eso fue el viaje del “Punta Lobos” para mí: un paréntesis en lo cotidiano. Y parte de él, Mary.

-¿Y vos... seguís con Nélida? Pregunté yo temeroso, imaginándome que ya tendría como 70 años.

- Nooo. Nélida murió hace mucho, cuando era muy joven todavía. De todas maneras, al año siguiente de aquel viaje nos separamos. Yo pensé un par de veces en volver a Nueva Orleans, pero había pasado demasiado tiempo y hubiera resultado difícil explicar el por qué del silencio. Incluso quién sabe si hubiera podido encontrar su casa o su trabajo. Supe que había ido al puerto a buscarme durante dos estadías posteriores del barco. Después, al tiempo de dejar con Nélida, conocí a otra mujer de la que me enamoré perdidamente y nos casamos. Tuvimos dos hijas, que son divinas y luego de algunos años, como casi todos los de nuestra edad, nos divorciamos. Hace tiempo ya que vivo solo... me veo casi todos los días con mis hijas, pasan los fines de semana conmigo y somos muy compinches, de verdad. Pero... ¿sabés una cosa? Creo que no hay un día de estos últimos años en que no piense en Mary. ... El beso de despedida, el barco separándose del muelle, la silueta recortada en el brillo de los adoquines...

- ...

- ¿Cómo hubiera sido todo?... Porque era una mujer fabulosa, sabés?... y no se merecía... y yo...

- ...

Luis se quedó callado, mirando el infinito y me pareció ver un poco de brillo en sus ojos.

Román Presno
Fui a enterrar un muerto
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