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La Señora Petre |
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Antes
de entrar al parque recuerdo que distinguí a lo lejos, bordeado por el
bosque urbano, la figura de un viejo que caminaba por la vera del lago en
mi dirección con un pequeño tomado de la mano. El anciano, cabizbajo,
parecía sumido en sus pensamientos sin importarle nada del paisaje que le
rodeaba; el niño en cambio, miraba atento en derredor buscando en el
suelo algo que le interesara. Los
tres vasos de Merlot que acompañaron mi solitario almuerzo de ese
domingo, me obligaron a sentar. Encontré un banco vacío justo frente al
lago y me dejé caer en él pesadamente, sintiendo el golpe con la dura
madera acanalada. Antes de abandonarme al sopor y la tristeza que me invadía,
envidié a las parejas que se hacían arrumacos y a los padres con sus niños
que se divertían navegando los deslizadores a pedal en el estanque
artificial de verdosas aguas turbias. La modorra me hacía perder por
momentos el sentido del tiempo y el lugar, y sólo las carcajadas de los
horneros eufóricos por el calor eran el contacto con la realidad que me
rodeaba. Comenzaba
la tradicional melancolía de la tarde dominguera que sufría cuando no
estaba navegando, así fuera en Montevideo, o en Vigo, Hamburgo, Gdansk o
Nueva Orleáns. Me han dicho que el final del domingo es melancólico
porque no se han consumado las expectativas que se generaron el sábado,
cuando había por delante un fin de semana lleno de promesas. No sé cuál
sea la verdadera razón, pero navegando nunca he sentido esa “melancolía
dominguera” pesimista y depresora. Supongo que será porque los domingos
abordo también se cumplen guardias y la única diferencia con los demás
días es que al almuerzo, de primer plato hay fiambre y no sopa; y después,
inevitablemente, hay ravioles con pollo y duraznos en almíbar de postre. Volví
la cabeza buscando nuevamente al viejo con su nieto. Los observé durante
unos momentos en su lento paseo. Noté entonces que cada tanto, el niño
se soltaba de su abuelo, corría unos pasos o simplemente se agachaba,
recogía una ramita o una piedra, la miraba, a veces la tiraba lejos o la
dejaba caer y otras se la llevaba al viejo quien la observaba gesticulando
asombro y la guardaba en un bolsillo. Después, ambos retomaban el paseo;
el abuelo se aislaba en sus pensamientos nuevamente, el chico continuaba
con su atenta búsqueda y la mano pequeña se introducía en la grande
que, me imaginé, distraídamente la cubría protegiéndola. La
singular manera de caminar del abuelo, con una extraña renguera no muy
acentuada y bien disimulada, me recordó al Capitán Henry Petre -“El
Franchute”, como obviamente lo llamaron toda la vida sus subordinados-,
con el cual había navegado unos cinco años antes, cuando él relevó por
un viaje al Capitán del carguero “Gaviota” donde yo enrolaba como
Segundo Oficial. Este veterano que se aproximaba, parecía así a la
distancia mucho más anciano que Petre, pero sus rengueras eran similares:
justo antes de apoyar el pie en el piso desviaba su pierna hacia la
derecha y el pie caía unos centímetros más lejos de lo previsto. A
Petre, este defecto, -producto de un accidente con los cables de arrastre
de un pesquero de altura en sus primeros año de marino-, le había
costado también el apodo despectivo de “Engaña-baldosas”, aunque
usado sólo por aquellos pocos que no lo apreciaban. La figura del
“Franchute” sin embargo era más erguida que la de este que se
acercaba y delataba la personalidad avasallante que lo hacían uno de los
Capitanes de más prestigio en la Marina Mercante. Los largos años
navegados y la experiencia acumulada, los vastos conocimientos marineros y
su indiscutible seguridad en el mando, lo hacían respetable en el
ambiente náutico. A pesar de ser exigente en el servicio, se preocupaba
además por el bienestar de su tripulación, cualidad muy apreciada por la
gente de mar. Sin
embargo, en lo que a mí correspondía, el rasgo más destacable del Capitán
Petre era que se había casado con la mujer de la que yo me enamoré para
toda la vida. Apenas había visto la figura del viejo, el recuerdo de
Laura me asaltó como otras infinitas veces en los últimos años y
entonces, después de observarlos unos momentos, volví a cerrar los ojos
debido a la modorra o a la picazón de un incipiente llanto provocado por
el vino... y por los recuerdos. La
primera vez que la vi, ella estaba en el puente del “Gaviota” cuando
yo dirigía la maniobra de proa mientras zarpábamos del puerto de
Montevideo en viaje al Norte de Europa. Su abundante cabello rubio
ondeando al viento llamaba la atención de todos en el barco y en el
muelle, aunque desde lejos no pude distinguir entonces si era tan bonita
como parecía. Terminada
la maniobra casi al atardecer, subí a mi guardia de Puente. Estábamos
sin práctico, en régimen normal de navegación en proximidades de la
“Boya Eje”, listos para poner rumbo Este. Pasaríamos después entre
la Isla de Flores y el Banco Inglés y nos encontraríamos con la costa
nuevamente en Punta del Este, donde los rumbos comenzaban a dirigirse
hacia el Norte, con destino Rótterdam. En
el ala de babor, se encontraban apoyados en la borda el Capitán y su
esposa mirando la costa. Señalaban puntos de la ciudad y cada tanto, la
cabeza de ella se inclinaba contra el hombro del Viejo, seguramente
riendo. Así, de espaldas, eran una pareja enamorada. O por lo menos lo
parecían. Recibí
la guardia del Primero y después de tomar conocimiento de la posición
salí a babor a saludar. Entonces,
ya poniéndose el sol por la popa, con esa luz anaranjada que resaltaba el
color de los cabellos, en el ala de babor del Puente del “Gaviota”,
como recordaría por el resto de mis días, el Capitán me presentó a su
esposa. No me sorprendí de su juventud pues ya algunos tripulantes me habían
advertido de la diferencia de edad con el Viejo. De no estar sobre aviso
la hubiera supuesto su hija. Era simpática, amable, espontánea y parecía
feliz. Intercambiamos algunas corteses palabras y presumí que sería una
compañía agradable en el comedor. Sin embargo, no me enamoré de ella
hasta unos pocos minutos después, cuando se quitó los lentes de sol y
descubrió sus maravillosos ojos verdes, casi grises, que transformaron
sus rasgos atractivos en extraordinarios. Varias semanas más tarde, casi
finalizando el viaje, quise aconsejarle que no usara jamás lentes
oscuros, para no ocultar nunca esos excepcionales ojos que me habían
enamorado. Pero no se lo dije entonces y después no tuve otra ocasión. Excepto
durante las comidas, los primeros días de travesía transcurrieron sin
problemas. Nos encontrábamos poco, casi siempre durante mi guardia de
Puente cuando ella subía acompañando al Capitán en su rutina de alta
mar. Pero entonces los diálogos eran exclusivamente referidos al servicio
o al estado del tiempo. Quizá por no despertar ansiedades innecesarias
entre la tripulación, la Señora Petre se paseaba raramente por el barco
y tomaba sol en el Puente alto, fuera del alcance de las miradas
indiscretas. Las pocas veces que nos cruzábamos en los pasillos o coincidíamos
en la recámara de oficiales haciendo un té o un café intercambiábamos
amables sonrisas, apenas un corto saludo y, a veces, algún intrascendente
comentario sobre el viaje. Sin
embargo, los almuerzos y las cenas que diariamente compartíamos con todos
los Oficiales en el comedor
principal, me resultaban extraordinariamente tensos. En la amplia mesa
ovalada, nos ubicábamos frente a frente con Laura, lo que me obligaba a
alternar equitativamente mis miradas sobre cada Oficial, para no descubrir
mi deseo de deleitar mis ojos en ella, así como tampoco eludirla con la
mirada y levantar sospechas de una indiferencia forzada. Resultaba pues,
un verdadero y agotador ejercicio de control. Pero luego, con el correr de
los días, me fui acostumbrando y pude manejarme de manera natural. Mis
intervenciones en la conversación general fueron entonces más espontáneas,
extensas y distendidas aun en su presencia. Por
otra parte –y esto me ayudó
a ganar comodidad en la mesa-, en muchas de las ocasiones coincidíamos en
opinión. En un importantísimo tema como el fútbol, por ejemplo, que a
mi no me interesaba en lo absoluto como al resto de los oficiales –y el
Viejo era un apasionado-, encontré en Laura una aliada para establecer
imperceptibles estrategias que permitieran derivar la conversación hacia
otros temas. Sutilezas de entendimiento recíproco para llevar la majada
por diferente rumbo. El simple hecho de contar con su complicidad
alcanzaba para alejar la sensación de soledad por el resto del día o de
la noche. En
una cena, ya prácticamente llegando a Europa, surgió de manera
sorpresiva el tema político, eludido por todos en acuerdo tácito para
evitar alteraciones al buen clima de las comidas. A poco de comenzar la
conversación, sin saber muy bien cómo, me encontré relatando la situación
que vivía mi padre, detenido por la dictadura militar desde hacía cuatro
años en la cárcel de “Libertad”. No todos los presentes compartían
mis opiniones políticas, pero hablando de las condiciones de vida de los
presos políticos, ser hijo de uno de ellos me confería una indiscutible
autoridad. Hablé calmadamente, con la certeza que otorga el conocimiento
veraz de una realidad en aquel entonces nada divulgada y poco conocida. Me
resultó sencillo poder descargar palabras que tenía retenidas desde
tiempo atrás. Lo hice intentado evitar que descubriesen mi culpa de que
fuera él y no yo -tanto más joven-, quien estuviera en la cárcel por
defender la democracia. Quizá Laura comprendió mi conflicto. Algunos
gestos y su mirada así me lo hicieron creer. A
partir de entonces su sonrisa fue más franca, percibí un casual aumento
de los encuentros fortuitos en la recámara, noté una soltura que no tenía
antes y que cuidaba de no mostrar en el comedor, y sobre todo, disfruté
esa imperceptible admiración que me pareció descubrir en sus ojos
durante mis intervenciones en las comidas. Hasta
que amarramos en Hamburgo. El
día de llegada, poco después de atracar, el Viejo, que parecía
mantenerse totalmente inadvertido de todas estas sutilezas de
comportamiento, me pidió que acompañara a Laura a realizar unas compras
al “Karstadt”, pues a él le era imposible ir. Tuve que reprimir la
expresión de alegría que sentí y por un instante pensé en mostrar
cierta contrariedad, aunque lo descarté de inmediato suponiendo que podría
ser sospechoso e incluso que esa actitud posibilitaba que el Viejo
suspendiera su brillante idea para no molestarme. “Por supuesto, Capi.
Ningún problema”, dije procurando parecer lo más indiferente posible. Las
compras en el “Karstadt” no fueron muchas, pero recorrimos la tienda
observando cada detalle, pues para Laura todo era una novedad. Cuando
salimos, cerca de las cuatro de la tarde, ella dijo que podía regresar al
barco sola y me preguntó qué iba a hacer yo. “Invitarla a tomar un té
en el Café Condi, la confitería de un hotel elegante, aquí nomás, muy
cerca” –contesté-. Ella aceptó con el entusiasmo de un niño cuando
se le ofrece un helado. Caminamos
unas cuadras hasta la costa del lago Alster y luego por su rambla unos
metros más hasta la puerta del Hotel “Cuatro Estaciones”. El lago
estaba hermoso: la tarde soleada, algunos veleros navegando en el agua
calma, las lanchas de pasajeros que remontan el lago y sus afluentes, la
silueta de la elegante edificación de la costa, hacían un cuadro
admirable. Además, bien acompañado, lo disfruté como nunca lo había
hecho antes. Al entrar al Hotel y luego a la confitería, Laura pareció
abrumada por tanto lujo y percibí su satisfacción cuando le separé la
silla para que se sentara junto al ventanal que daba al lago. Compartimos
un trozo de Schokoladen Torte y una tarta de frutas del bosque exquisita,
aunque de porciones diminutas. Dos cafés Parisienne con canela, chocolate
rallado y crema batida completaron el banquete. Con lo único que pudimos
saciarnos fue con la vista del lago. Cuando vimos el tamaño de las
porciones de torta, Laura dijo, sonriendo, “cuando salgamos de aquí yo
lo invito con un par salchichas en ese carrito que estaba en la avenida
principal, así nos sacamos el hambre antes de volver abordo. No serán
tan elegantes como este menú, pero seguramente resultarán más
rotundas”. Entonces reímos distendidos y la rigidez que yo sentía
hasta ese momento, desapareció. La invité a compartir con mis amigos de
Hamburgo, -unas chicas y muchachos uruguayos que me visitaban en todas las
estadías-, los jugosos churrascos a la plancha con ajo que el cocinero
dejaba para la guardia y para los tripulantes que regresaban tarde de las
visitas a tierra. “Quédese a cenar con nosotros esta noche. Si el Capitán
le permite, claro”, agregué, con algo de sarcasmo. Mencionar
a su marido sobresaltó levemente a Laura, por lo que deduje que hasta ese
momento lo había olvidado por completo y que se sentía libre de
comportarse como sentía. Se hizo una pausa en la conversación mientras
me miraba directamente, pero luego de algunos instantes dirigió su vista
hacia el lago y, como si lo hiciera para sí misma, comenzó a hablar de
los motivos de su matrimonio. Con voz apenas audible, contó de la muerte
de sus padres, el abandono de sus estudios, la radicación en la capital,
las necesidades que pasaba con un exiguo sueldo de empleada y de la
inminencia de dedicarse a la prostitución. “Otras hubieran pensado quizá
en suicidarse. Algunas no lo hubieran dudado un instante. Yo me negaba a
la pérdida de la dignidad hasta que no tuve otra opción. De hecho,
aceptar la cita con Petre la primera vez, era mi inicio en la nueva
profesión. Pero él se comportó tan dulce, tan diferente a lo que yo creí
que iba a ser; me gustó tanto sentirme respetada y admirada, descubrir
que alguien podía sentir ternura por mí, que la cita se transformó en
la primera de varias, antes que me pidiera matrimonio. Y yo acepté porque
creía estar enamorada.” Entonces
me miró nuevamente a los ojos y dijo: “Hasta hoy”. Quedé
pasmado. No me atreví a comentar esa intrínseca declaración, para no
aumentar el riesgo de perdernos en peligrosos caminos sin retorno y decidí
desviar la conversación hacia mí. Y entonces observando el mantel -no
fui capaz de mantenerme impasible mirando sus ojos-, también con un tono
íntimo, hablé de mi infancia sin hermanos en un pueblo del interior y
del suicidio de mi madre cuando niño; hablé de mis años de internado en
la Escuela Naval y de las escasas, reconfortantes y ansiadas visitas al
hogar; hablé de la vida embarcado luego de graduarme y de la limitada
compañía de los marinos; hablé del golpe que me asestó la prisión de
mi padre y lo difícil y doloroso que me resultaba verlo durante las estadías;
hablé de mis culpas y me entendió; hablé como pocas veces había
hablado y ella escuchó, quizá por primera vez, desamparos similares a
los suyos. Al
terminar, Laura preguntó sobre mi padre y mi adolescencia, pues apreció
que ese era el único tema que me libraba de hablar de soledad. Cambió
entonces el clima y ambos disfrutamos de las anécdotas en el pueblo, de
las bromas que papá organizaba y de lo felices que nos sentíamos cuando
pescábamos juntos. Le transmití mi admiración por la entereza de
mantener una conducta rectilínea en pos de sus convicciones y ella me
envidió, dijo, por no haber contado con una referencia tan sólida. Nos
pusimos serios. Los ojos de Laura revelaban admiración y sentí
nuevamente la peligrosa presencia del riesgo. Sin embargo, después de un
momento de silencio y quizá para respetar mi anterior decisión de no
enfrentar nuestro futuro, deslizó la conversación hacia una vía muerta,
preguntando: -
Y... ¿cómo se llama tu papá?,
-tuteándome por primera vez. -
Franklin. -
¡Qué lindo nombre! Es alegre. Me suena como a campanitas –dijo con una
sonrisa luminosa y comenzó a incorporarse para indicar el retorno. Ya
en la calle quedamos nuevamente en silencio. En el recorrido hasta la
estación de “U-Bahn” íbamos cabizbajos y callados, caminando entre
las viejas calles estrechas y vacías en el comienzo del atardecer. Cada
tanto nos mirábamos y sonreíamos tímidamente sin saber que decir,
conscientes ambos que el próximo paso era atrevido e implicaba muchas
decisiones para ambos. Sólo en un instante los costados de nuestras manos
se tocaron y su dedo meñique apenas enganchó el mío durante un momento.
Las manos se balancearon así juntas un par de veces y nada más. Esa
noche no vino a comer churrascos con mis amigos a la cocina y después de
Hamburgo, no brindó más ocasiones de encontrarnos a solas. Durante el
resto del viaje mi elocuencia en las comidas se vio algo disminuida.
Algunas noches, Laura dejó de bajar al comedor y entonces el Capitán
parecía sentirse más tenso. Nunca supe si algo entre ellos había
cambiado, aunque lo supuse. Seguramente a Laura, como a mí, le resultaba
difícil pretender que nada había pasado. Quizá alguien lo habrá
percibido, pero nadie me hizo ningún comentario. Fue
en el Golfo de Santa Catarina, faltando tres días para llegar Montevideo,
que se desató la tempestad. La increíble fuerza del mar hacía balancear
la enorme masa de hierro del buque como un barquito de papel en el río de
una cuneta. Y no sé si fue la ferocidad del viento y el mar, o la
proximidad del fin de viaje, lo que hicieron estallar la tempestad también
en el interior de Laura. Yo
hacía la guardia de doce a cuatro de la madrugada pues el tercero estaba
con fiebre alta. El Primer Oficial iba a relevarme al final de mi guardia
y el Capitán lo haría a su vez con él a las ocho de la mañana. Hubiera
leído alguna página como hasta las diez, pero el rolido era tan fuerte
que lo hacía imposible. Dormí a los saltos, poco y mal. A
la medianoche subí al Puente. Los rociones de las enormes olas que
castigaban el casco por babor, pegaban contra las ventanas de proa y
descendiendo como una espuma blanca de jabón, impedían ver hacia fuera.
Sólo dos ventanas tenían el vidrio giratorio que actúa como limpia
parabrisas, y yo me coloqué en la de estribor para intentar inútilmente
ver algo del exterior. Un trapo negro tapaba el cono de goma del radar
para impedir que aun el mínimo reflejo molestara ver en la negrura
exterior. La oscuridad era absoluta. El timonel, el retén y yo, apenas si
nos adivinábamos por las voces. A
eso de las dos de la madrugada se abrió la puerta de la Sala de Derrota y
al girar la cabeza para ver quien entraba, la tenue luz que salía de ésta
nos encandiló a los tres. La puerta estuvo abierta apenas lo suficiente
para apreciar el inconfundible cabello de Laura y luego se cerró ayudada
por el rolido del barco hacia estribor empujado por una de las tantas olas
que nos castigaban. No bien volvió la oscuridad, se escuchó el “buenas
noches” femenino y nuestra respuesta. Y como pudo, tomándose de cada
punto de apoyo en su camino, Laura se acercó adonde me había ubicado
cuando abrió la puerta y se acodó en la ventana contigua a la mía. Podía
oler su perfume y me puse tenso ante la inesperada situación. Le
pregunté si el Capitán no subiría para ver como iba la cosa y ella
contestó que estaba indispuesto. “Alguna copa de más en la cena,
seguramente”, agregó en voz baja para no ser oída por los marineros.
Me entusiasmó saber que el Viejo no aparecería por allí, pues teníamos
una oportunidad para aclarar las cosas. Pero no fue así. Luego de unos
pocos comentarios del temporal, se hizo un largo silencio que pareció
eterno. Fue mucho tiempo sintiendo su cercana presencia, escuchando su
respiración y pensando que efecto tendría estirar una mano para tocarla. Fue
la tormenta quien resolvió el dilema. Como otras veces antes, el barco
pareció quedar sorpresivamente sin punto de apoyo y cayó en un profundo
seno entre dos olas. Todos perdimos el equilibrio, pero yo, apoyado contra
el telégrafo de máquinas, pude contener a Laura que cayó de frente,
pegando su cuerpo contra el mío. No intentó separarse sino que al revés,
sus brazos rodearon mi cintura, apoyó la mejilla contra mi pecho y suspiró
inconfundiblemente. Yo me uní al abrazo y mientras se apretaba más
contra mí, la escuché susurrar
mi nombre. La
ola pasó, el buque recobró la vertical, pero ambos, cómplices,
aprovechamos unos instantes la oscuridad y nos deleitamos con la situación
que desde Hamburgo veníamos anhelando sin atrevernos. Cuando comenzamos a
separarnos, elevó su rostro buscando mis labios y me besó suavemente.
Luego recuperamos nuestra posición apoyados en las ventanas mirando la
oscuridad, en silencio, tomados de la mano y rozando apenas nuestras
piernas. Al poco rato se fue del Puente, despidiéndose de todos con un
apagado “buenas noches”. No
me extrañó nada que a las cuatro, al bajar de la guardia y después de
comer una manzana, entrara a mi camarote y la encontrara allí. Recostada
sobre mi cucheta, fue la visión mas deslumbrante que podía haber
deseado. No dijimos casi palabras, pero la escasa hora que estuvimos
juntos amándonos con locura, me convenció que lo nuestro era más que
esa única oportunidad. También me equivoqué. A los tres días, sin
haber podido cruzar una palabra a solas con ella, llegamos a Montevideo. Apenas
llegados a puerto el Capitán efectivo relevó a Petre quien desembarcó;
así que, imposibilitado de llamar a su casa y que él atendiera, estuve
esperando vanamente durante la estadía que Laura se comunicara conmigo.
Una tarde en que estaba de guardia, Henry Petre llegó a bordo solo y yo
corrí a llamar por teléfono suponiendo que podríamos hablar, pero no
contestó nadie. En
el viaje de “subida” hacia Europa las euforias y las depresiones se
sucedieron día a día, a veces momento a momento. Pero íntimamente
pensaba que la vida, esa cotidiana sorpresa, me brindaría la oportunidad
de encontrarla nuevamente a mi regreso. Pero volví a equivocarme, al
llegar a Vigo, primer puerto de escala en el viejo continente, recibí una
breve carta de Laura donde me decía que abandonaría a su marido, pero
también que se iba de Montevideo sin darme ninguna seña, porque según
sus propias palabras, “sintiendo el dolor de no verte a diario desde que
estuvimos juntos, de no acostarme contigo, de no despertarme contigo, sé
que nunca podré vivir casada con un marino”. Y nunca más supe de ella. Volví
a abrir los ojos y busqué al abuelo con la mirada. Siempre me extrañó
esa rapidez del pensamiento; la enorme cantidad de recuerdos que uno puede
comprimir en unos pocos minutos. Tantos momentos revividos en apenas el
tiempo suficiente para que un anciano y su nieto caminen unos cuantos
metros. El Viejo venía de la mano con el niño y se encontraban a una
distancia como para apreciar con claridad las facciones. Me asombró de
tal manera reconocer al Capitán Petre que me costó no quedar de boca
abierta. Si el paso de unos cinco años habían dejado esas huellas en su
rostro y su cuerpo, era porque había vivido realmente mal o estaba muy
enfermo. Me costó reponerme del asombro y cuando estuvieron a unos pocos
metros, me levanté aparentando naturalidad y caminé unos pasos al
encuentro del famoso Henry Petre, Capitán de Ultramar. Durante los años
pasados luego del memorable viaje, siempre me asombró no haber sentido
por el viejo más que respeto y algo de afecto. Nunca lo envidié, ni le
deseé mal, pese a que él había poseído el bien más preciado que yo
deseaba. El
firme y extenso apretón de manos mostró los sentimientos que nos guardábamos
mutuamente. “¿Cómo está, Capitán? Tantos años...”, le dije,
mientras estiraba distraído mi mano hacia la cabeza del niño y le sacudía
suavemente los cabellos. “Hooola,
Seguuundo...” contestó el Viejo, estirando las vocales para remarcar el
asombro del encuentro y, por qué no, la nostalgia de otras épocas no tan
lejanas y seguramente mejores que estos últimos tiempos. Mostraba una
agradable sorpresa, mezclada con bastante cansancio o una tristeza muy
profunda. En
pocas palabras comentamos qué había sido de mi vida, de mis andanzas en
los barcos de bandera extranjera, de la difícil vida con tripulaciones
extranjeras, de la muerte de mi viejo, de las breves e inútiles visitas a
Montevideo, en fin, la síntesis de una historia de soledades de marino. El
niño, que soltó la mano del Viejo cuando comenzamos a hablar, se había
alejado unos metros y jugaba con algunos “trompitos” caídos de los
eucaliptos. “¿Su nieto?” –pregunté señalándolo con un movimiento
de cabeza, derivando la conversación hacia su vida. “No.
Es mi hijo” –contestó el viejo, sonriendo orgulloso mientras lo
miraba-. Y después, mirándome a los ojos con su habitual seguridad,
prosiguió: “es el hijo de Laura; ¿la recuerda? Navegó con nosotros en
aquel viaje que hicimos juntos.” Y continuó más pausado: “Fue una
sorpresa. Yo ni sabía que había tenido un hijo con ella. Nació después
de separarnos. Bueno, bah, después que me abandonó. Ya sabe... Se fue
con un tipo... que a la postre la dejó a ella. ¡Qué le va a hacer! A
veces, el que las hace, las paga”. Quedé
paralizado. Mire al niño con atención y me pareció reconocer las
facciones donde resaltaban unos enormes ojos verdes casi grises. “Hace
un año me vino a ver,” -continuó el Viejo, abstraído, mientras miraba
al niño que seguía en cuclillas aislado del mundo en sus juegos de hojas
y palitos. “Me suplicó que los dejara vivir conmigo en el apartamento,
porque no contaba con nadie más a quien acudir y no podía trabajar. Tenía
un cáncer terminal y estaba bastante deteriorada. Fue recién entonces
que me enteré que ella había tenido un hijo mío a los siete meses de
abandonarme. El pibe nació en Tacuarembó, como Gardel. Y el tipo con el
que se fue le soportó el hijo de otro, pero no pudo hacerse cargo del cáncer.
Vino a pedirme que cuidara del niño, porque cuando muriera no tendría
con quien dejarlo”. Se quedó callado, frunciendo los labios, asintiendo
con la cabeza gacha. Y un respiro profundo precedió un suspiro de
resignación. Después
tragó saliva mientras miraba el lago con ojos brillantes, seguramente
controlando el llanto y continuó: “A los dos meses se murió en mis
brazos, pidiéndome que le jurara que cuidaría nuestro hijo. Yo estaba ya
en trámite de jubilarme; así que con unos dólares que tenía ahorrados
tiré los últimos meses y me dediqué de lleno a cuidar a este gurí que
desde entonces me llenó la vida de una alegría nueva. Ahora vivo para él.
Yo que me preguntaba qué iba a hacer cuando me llegara el retiro, con
esto resolví uno de los grandes problemas que tenía. Por suerte mi hija
mayor que ya está casada, se ha encariñado con él también. Así que
cuando yo le falte, no va a quedar sólo. Es una tranquilidad ¿no le
parece?” Yo,
mudo, intentaba controlar una abrumadora mezcla de tristeza y asombro, un
desamparo que me invadía y me paralizaba. Algunas piezas del rompecabezas
caían en su lugar con pasmosa claridad. Por eso nunca pude encontrarla,
por eso nunca llamó. El
Viejo se reacomodó, respiró hondo, sacó un poco de pecho, miró su
reloj y dio por terminado el encuentro. “Bueno, Segundo, un gustazo
haberlo visto. Espero que tenga una buena estadía y buena navegación en
el próximo viaje. Cuando vuelva, llámeme por teléfono y nos
encontramos. Estoy en la guía. El único Henry Petre ¿De acuerdo?”. “Claro,
Capi, cómo no...”, contesté con un hilo de voz, mientras
desesperadamente intentaba encontrar sin éxito alguna pregunta para
aclararme un poco más las ideas y vacíos que me dejaba el relato del
Capitán, pero no se me ocurrió ninguna. “Chau”
-contestó el viejo, estrechándome la mano con la fuerza habitual. Después,
dándome la espalda comenzó a caminar, con el mismo rumbo que traía
antes del encuentro. A los dos o tres pasos giró su cuerpo a la izquierda
y le gritó al pibe que ahora estaba mirando algo que había construido
con “trompitos”, hojas y ramitas de los eucaliptos, ya con la voz
recompuesta del todo, como si nunca lo hubiera invadido la tristeza de los
últimos momentos: -
Vamos, Franklin. Vamos a casa que es tarde. Clic.
Esa fue la frase que me sacudió el estupor. El insignificante sonido de
una ficha que cae, pero con la fuerza de un tremendo golpe en la nuca que
casi me hizo tambalear. Cuando
pude reponerme, comencé a caminar las pocas cuadras que me separaban de
mi apartamento, acelerando paulatinamente el paso, llegando a correr casi
los últimos metros. Fue entonces, en la puerta del viejo edificio, justo
antes de atravesar el pasillo a la carrera, antes de subir los dos pisos
de a tres escalones por vez, antes de entrar dejando la puerta abierta y
la llave en la cerradura, antes de voltear una silla en mi apuro
irracional, antes de desordenar, exhausto, todo el escritorio buscando la
vieja caja de madera, antes de abrirla, antes aun de encontrar la foto
antigua, mucho antes de todo eso, tuve la certeza. Desde la vieja foto color sepia de mi padre disfrazado de marinerito, la carita del hijo de Laura me miraba sonriendo. |
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