Fui a enterrar un muerto
Román Presno

Terminamos el plato principal -una exquisita ternera al horno con papas-, casi simultáneamente. El cocinero de abordo había demostrado sin lugar a dudas el prestigio de ser uno de los mejores de la Marina Mercante. Esa fue una de las razones para aceptar la invitación de un veterano colega y amigo, Capitán de Ultramar, a almorzar en su buque, un viejo carguero atracado a la popa del pesquero que yo comandaba por entonces. La otra razón fue que mi amigo contaba con un prestigio similar al del Chef, pero en este caso como relator de anécdotas. Uno podía escucharlo durante horas sin cansarse. Tenía una especial sensibilidad para destacar los detalles interesantes, por mínimos que fueran y manejaba hábilmente un sutil histrionismo mientras narraba. De cada acontecimiento, de cada acción, de cada gesto, extraía su esencia con fina percepción para analizarlos con el sólido criterio que lo caracterizaba. Escucharlo siempre era una experiencia tan valiosa como atractiva. Y en este caso, acompañado por una excelente comida, resultaba una combinación irresistible.

Justo antes del postre hablábamos distendidamente de puertos que habíamos conocido en nuestros viajes. Comparábamos en tono jocoso las razones por las cuales los habíamos disfrutado: él incluía los paisajes, la arquitectura y los museos, y yo, para hacer más liviana la conversación, los barrios bajos, las “zonas rojas”, los cabarets y las mujeres. Recordé repentinamente –aunque no por esa razón-, un pequeño y singular archipiélago brasilero que se encuentra en pleno Atlántico, cuyos paisajes había admirado las innumerables veces que pasábamos cerca, en la ruta regular de Sudamérica a Europa.

-¿Sabes qué me gustaría conocer alguna vez? ... Fernando de Noronha, -dije, observando a mi anfitrión que se encontraba a la cabecera de la mesa, mientras saboreábamos un exquisito flan casero con abundante nata batida-. Infinidad de veces pasamos cerca y siempre deseando que sucediera algo excepcional como excusa para desembarcar.

        -Yo estuve en Fernando de Noronha -me contestó entre bocado y bocado, sin levantar la mirada del plato.

-¿Ah, sí? ¿Qué fuiste a hacer? - pregunté intrigado, pues sólo es un grupo de pequeñas islas a las que no llegan las líneas regulares de navegación y sabía además que no había intereses comerciales, ni puerto o muelle de atraque para que hicieran escala los barcos que normalmente tripulábamos tanto él como yo.

- Fui a enterrar un muerto -dijo, como si fuera lo más natural del mundo, ahora mirándome con sus pequeños ojos grises e inteligentes. Y luego, sin hacerse rogar, alejó de si el plato vacío del postre y comenzó, encendiendo uno de los pocos cigarrillos que disfrutaba por día, un singular relato que aún hoy recuerdo a la perfección.

-Hace algunos años -comenzó diciendo como sin importancia-, unos armadores uruguayos vendieron a unos brasileros de Río Grande, un pesquero chico que estaba en dique seco. Había terminado recién su campaña de pesca de pulpo y en ese momento estaba limpiando el casco en las Islas Canarias. Unos pocos meses antes le habían efectuado una reparación muy profunda de casi toda la máquina: cambio de aros, metales, juntas, inyectores, etc. lo que junto con el carenado que le estaban haciendo en ese entonces, completaba una reparación casi a nuevo. Los vendedores ofrecían un barco algo antiguo pero en excelentes condiciones; y era cierto, pero a veces algunos detalles que se escapan, sumado a coincidencias circunstanciales y una prolongada racha de mala suerte, terminan transformando un viaje como el que íbamos a hacer, sin complicaciones, casi de placer, en una aventura inesperada.

La venta a los brasileros incluía la entrega del barco en Río Grande. Como yo había navegado anteriormente para ellos y manteníamos una relación cordial, me contrataron para traerlo hasta allí luego de cerrado el negocio. Para acompañarme a Canarias a buscarlo, sugerí como Jefe de Máquinas a Ramón, un maquinista a quien yo apodaba cariñosamente el “Bidente”, así con “Bi” por el número de piezas dentales que conservaba en su boca. Ramón era una excelente persona y yo lo estimaba mucho. Conocía a su familia, había hablado varias veces con su esposa y sabía los problemas y los adelantos de sus hijos adolescentes. A su vez él conocía a los míos, así que compartíamos a menudo conversaciones bastantes íntimas y nos aconsejábamos mutuamente. Ramón tenía un origen humilde pero era maestro en la escuela de la vida y muchas veces me aclaró problemas intrincados con asombrosa sencillez. Era además, el profesional indicado para tenerlo en la máquina en esos viajes donde uno no conoce el barco y donde no hay tripulantes que sepan las mañas; uno de esos viajes donde hay que improvisar soluciones con mucha imaginación y donde las horas de trabajo a veces no tienen límite. Habiendo navegado antes con él, ya conocía bien sus condiciones. Era un compañero honesto, leal y confiable en cualquier circunstancia. Con él me sentía seguro. El resto de la tripulación la conformarían los marineros españoles que navegaban el pesquero hasta entonces.

Fuimos a Canarias en avión, por supuesto, y al arribar a Las Palmas un chofer nos esperaba para llevarnos al dique en una camioneta de la Agencia Marítima. Faltaban aun un par de días para terminar el carenado y en cuanto me cambié de ropa bajé al plan del dique para dar una mirada y ver el estado del casco. Conocía bastante bien este modelo de pesquero pues unos años antes había navegado en uno igual, construido por el mismo astillero. Pese a su antigüedad, la chapa de este barco, que había sido arenada a fondo, parecía nueva de tan pulida. Faltando aun el tratamiento de la franja variable para terminar, tenía ya los panes de zinc brillantes sobre la pintura nueva y la verdad es que no se veía nada mal; me pareció que se había trabajado a conciencia y esta primera impresión, tan importante para cualquier experiencia de esta naturaleza, me brindó una agradable sensación de seguridad. Cruzar el Atlántico en un barco de este tamaño es como para no descuidar el menor detalle.

Después de ver el casco, bajé a la máquina que estaba aún muy sucia, como en todas las reparaciones, y me encontré al Bidente ya con la cara toda engrasada. Me comentó que los operarios del taller de tierra y el maquinista de abordo, le habían informado de los trabajos realizados y que estaba conforme con las explicaciones. Aparentemente allí también las cosas se habían realizado con responsabilidad. Faltaban algunos detalles finales, pero los dos estábamos satisfechos con la pequeña embarcación que nos llevaría al otro lado del Atlántico.

Como corresponde al Capitán cuando asume el mando de un barco por primera vez, revisé los anteriores certificados de navegación, máquinas y seguridad y me cercioré que estuvieran todos en condiciones, descontando que los nuevos estarían al llegar. Revisé la lista de reparaciones que le habían hecho en máquinas y casco, y todo corroboraba las impresiones recibidas por nosotros. No había ningún informe que indicara que debiéramos tener precaución con parte alguna del pesquero; nada que alertara sobre algún detalle sin cuidar. Después, la vida se encargaría de demostrarme que no siempre los papeles dicen toda la verdad. Y a veces, uno lo descubre en las peores situaciones.

A los dos o tres días, cuando se terminó la pintura del casco, bajamos el barco de dique y lo llevamos a muro. Como nuestras máquinas ya estaban funcionando, lo hicimos sin remolcadores, muy despacio, mientras iba comprobando todo los comandos antes de hacer la primera maniobra de atraque. La máquina reaccionó bien: adelante, para máquinas, atrás; probé cómo obedecía el barco al timón, todo a babor, todo a estribor. En fin, lo que podía probar durante el corto trayecto hasta el muro, lo probé; y funcionó correctamente.

En ese primer atraque ya tuvimos un accidente. El maquinista español que aun estaba embarcado, un gallego de Vigo de piernas cortas y bastante irresponsable, intentó saltar de cubierta a tierra antes de estar atracados. La popa estaba demasiado lejos aún y con su salto no llegó al muelle, así que se cayó entre éste y el barco, afortunadamente sin pegarse en la cabeza pues no perdió el sentido. Cuando lo vi caer al agua comencé con urgencia a deshacer la maniobra que ya estaba apretando el pesquero contra el muro. Pude por fortuna invertir la máquina enseguida y el buque reaccionó de inmediato a la exigencia, por eso no lo aplasté. Lo pescaron de la chaqueta con un bichero y lo ayudaron a salir, mojado pero ileso.

Ese accidente me recordó el tema de los seguros y como afortunadamente el armador estaba presente en el muelle observando la maniobra, cuando subió abordo le pregunté si no se había olvidado de incluirnos a nosotros, los dos uruguayos que recién nos incorporábamos al rol, en la póliza de seguro. Él le ordenó al empleado de la Agencia que lo acompañaba, que verificase eso y corroborara que todo estuviera en regla. Aunque nunca tuve la certeza que lo hubiesen hecho.

Ya en el muro, empezamos con los preparativos para la travesía que nos esperaba: la carga de provisiones, el combustible, el agua y los últimos trámites, mientras se ultimaban los detalles finales de las reparaciones y la limpieza de la sala de máquinas.

La mañana que llegaron las provisiones, mientras yo controlaba y toda la tripulación ayudaba a descargar sucedió algo fuera de lo común. Envolviendo algún producto que ahora no recuerdo, venía un trozo muy grande de nylon grueso que, por supuesto, íbamos a desechar. Quién sabe pensando en qué, si en alguna necesidad de la máquina o de los repuestos, el “Bidente” -aunque esta vez debería llamarlo el “Vidente”, y después me dirás si no- apretó el nylon contra su pecho como si alguien lo fuera a reclamar y nos dijo muy serio mirándonos de una manera algo desafiante: “Esto es para mí”. Los que estábamos allí nos quedamos sorprendidos de esa reacción infantil y como ninguno se lo disputó -¿para qué?-, ya más tranquilo, lo dobló cuidadosamente y se lo llevó para su camarote. En aquel momento me pareció una actitud incomprensible para un hombre como él, aunque no le di demasiada importancia.

Finalmente, a los ocho o diez días de haber llegado a Canarias nos hicimos a la mar. Habían desembarcado al maquinista gallego, así que la tripulación quedó formada por un cocinero y tres marineros canarios, además de Ramón y yo. Como no íbamos a pescar, navegábamos apenas con la tripulación necesaria para la travesía.

¡Por fin en la mar! Qué tranquilidad se siente en un barco después de los apuros de la zarpada. Cada uno entra en su rutina, sabe sus tareas, tiene los tiempos bien definidos. Toda una contradicción: uno está deseando salir a trabajar a la mar, para recuperarse un poco del descanso en tierra.

Comenzamos una navegación regular, sin sobresaltos, con un estado del tiempo extraordinariamente calmo. Establecimos la rutina de las guardias de timón para los marineros, pero como yo no tenía otras tareas importantes que hacer, pasaba la mayor parte del tiempo en el puente. En los barcos cargueros suele haber distracciones para los tiempos libres, como jugar a las cartas o al tejo y las reuniones se realizan normalmente en los comedores o en cubierta, pero el pesquero era tan pequeño y nosotros tan pocos, que el punto de reunión de todos era el Puente. Allí con Ramón compartíamos el mate y logramos ganar un par de marineros canarios para el vicio. El principal tema de conversación era el intercambio de pareceres sobre las distintas costumbres de nuestras gentes. Aunque tenemos mucho en común –sobre todo con los canarios-, hay algunas diferencias notables. Las anécdotas y los temas de la mar eran naturalmente los que surgían primero, pero yo los derivaba siempre hacia otros asuntos, como nuestras familias o la vida cotidiana; aprender, en fin, de su cultura y enseñar la nuestra. A veces, cuando la puesta de sol era especialmente bella nos callábamos todos de mutuo acuerdo y disfrutábamos el espectáculo, pero en general los silencios eran pocos.

Esa bonanza comenzó a complicarse cuando a los pocos días, no recuerdo con exactitud cuantos, el Bidente subió de la máquina y me dijo que a la bomba de refrigeración del motor principal se le había partido la carcasa y era imposible su reparación abordo. Como dije antes, yo ya había navegado en este tipo de pesquero y le recordé que del otro lado del motor había una bomba de servicio igual, para el uso de los baños y la cubierta y que una cañería las unía de tal manera que se podían intercambiar funciones. Él no lo sabía, me confesó, pero me aseguró que ese caño no estaba. Sin embargo, bajamos juntos a cerciorarnos y comprobamos que, efectivamente, tenía razón: ese caño faltaba. Como semanas después descubrimos, la maldita cañería estaba en un rincón escondido de la sentina, pero en ese momento ni se nos ocurrió siquiera buscarla. A veces pasan esas cosas cuando las reparaciones son realizadas por talleres de tierra sin mucha dedicación: como ellos no navegan en el barco que reparan, no son especialmente cuidadosos en todos los detalles.

Pero Ramón no se amilanó. Para subsanar la avería, después de pensar un rato, colocó una manguera que permitía refrigerar el principal con el agua de circulación del motor auxiliar. Resultaba todo un “by-pass” quirúrgico, que cumplió sus funciones efectivamente. Un crack, el Bidente, un verdadero cirujano de motores.

Lo que mencionaba antes de que no siempre los certificados dicen la verdad se confirmó en ese momento: era el motor auxiliar el que estaba bastante deteriorado; era el motor auxiliar el talón de Aquiles de nuestra máquina, y para empeorar las cosas, a partir de entonces comenzó a trabajar bastante más exigido. Aunque en los papeles figuraba el estado del barco como muy bueno, la realidad era otra. La imprevisible rotura de la carcasa de una bomba, la falta de un caño de servicio y el estado regular de un motor auxiliar recargado, fue la absurda combinación que nos trajo tantos problemas. Pero por el momento, la astucia y pericia del “Bidente”, hicieron que no se notara la falla. Seguimos navegando sin novedad, continuamos con la rutina y el buen tiempo ayudaba a que el viaje se fuera pasando bien.

Ramón era muy cuidadoso de su trabajo, como ya dije, y hacía sus recorridas por la sala de máquinas muy a menudo. A veces, si estaba en el puente participando de la charla, se le veía ladear la cabeza para escuchar mejor y bajaba a la sala de máquinas si algún ruido no le gustaba. En ocasiones, alguna reparación sencilla lo entretenía un poco, pero en general subía siempre a comunicar qué era lo que estaba pasando. Como a los seis días de camino más o menos, no puedo decir con exactitud, la estadía bajo cubierta de Ramón se hizo demasiado larga y a eso de las diez de la mañana, mandé a un marinero a que le preguntara si necesitaba ayuda. Con frecuencia, cuando el lugar de la reparación era de difícil acceso o debía realizarse en una posición demasiado incómoda, alguno de los tripulantes había bajado a colaborar con él, alcanzándole las herramientas o ayudándole en alguna maniobra. El marinero volvió en pocos segundos con la cara desencajada y no necesité que me dijera nada para darme cuenta de la gravedad de lo que había sucedido. Apenas comenzó a tartamudear una explicación, cuando bajé corriendo como un loco a la sala de máquinas pechándome varias cosas en el camino, tropezando en escaleras y corredores.

El infortunado Ramón estaba de pie, electrocutado con una lámpara portátil apoyada en el pecho y la espalda pegada contra el tablero eléctrico. No dudé un instante en desconectar la llave principal y con la ayuda de dos marineros, incomodándonos unos a otros por los pasillos estrechos y las escaleras empinadas, subimos el cuerpo a cubierta. No sabía cuanto tiempo había pasado desde el accidente.

En cuanto llegamos afuera, le abrí un ojo y lo puse enfocando al sol; pero la pupila no reaccionó, por lo cual me di cuenta que mi amigo estaba muerto. Aun así no me di por vencido y le apliqué desesperadamente, todas las formas de reanimación que conocía: le golpeé el pecho, intenté reanimarlo boca abajo tirando de los brazos flexionados, le hice respiración boca a boca y sólo me detuve, impotente, cuando al voltearlo vi que tenía la espalda llena de hematomas, casi como una sola mancha azul. En ese momento no tuve más remedio que aceptar la lamentable muerte de Ramón.

Ya era el mediodía. Sin darnos cuenta, estuvimos cerca de dos horas intentando revivirlo inútilmente. Le dije a uno de los marineros que pusiera la bandera a media asta por la muerte del compañero y junto con el cocinero vaciamos sus bolsillos, juntamos todas las pertenencias que estaban en su camarote, hicimos un inventario, lo firmamos ambos y guardamos las cosas en su bolso. ¡Qué curioso! Pasamos mil veces, en el baño compartido, frente a su máquina de afeitar, de aquellas antiguas que se les ponía una Gillette, y no se me ocurrió en ningún momento que podía ser la de él. Pues esa fue la única pertenencia por la que me preguntó su viuda.

Después de esas dos largas horas de angustia, en donde lo único importante era la imposible tarea de revivir a Ramón y mientras realizábamos todos los tristes trámites de dejar en orden sus cosas, comencé a pensar en las consecuencias que nos iba a acarrear esa muerte dolorosa, injusta e imprevista como toda muerte accidental.

Fue entonces cuando me invadió una enorme pesadumbre.

El primer problema era encontrarse en medio del Atlántico, en un barco chico, con la bomba de refrigeración rota y sin ninguna persona especializada que pudiera encargarse de la tarea de manejar esa máquina con destreza y seguridad. Si bien yo era un poco aficionado, todos los que estábamos abordo íbamos a “tocar de oído” con respecto a motores.

En segundo lugar, el barco no tenía cámara frigorífica con capacidad para guardar el cuerpo de Ramón. Eso significaba que, o encontraba un lugar donde enterrarlo pronto, o en setenta y dos horas debía tirar el cadáver al mar. Los reglamentos y el sentido común me autorizaban a hacerlo, pero yo no quería llegar a Montevideo, visitar a la familia y decirles: “Lo siento, Ramón se murió y tuve que tirarlo al mar”. Tenía la obligación moral de contarles, además de la forma como había muerto, el lugar donde lo había sepultado y quería llevarles algún documento que certificara su defunción para los asuntos legales como la sucesión y el seguro.

No sé si habré comentado algo entonces o el cocinero me leyó los pensamientos, pues me dijo afligido que, por favor me pedía, no lo tirara a la mar. A su padre, muerto abordo en la maniobra de pesca, lo habían tirado a la mar y claro, no tenía tumba. Nunca pudieron llevarle flores ni rezar junto a su cuerpo y eso había sido horrible para los familiares; por favor – me repitió-, que no lo hiciera. Por supuesto que no lo iba a hacer si podía evitarlo y me dediqué a estudiar las posibilidades más razonables de llegar a tierra cercana. Las opciones eran pocas. Podía desembarcarlo en los inaccesibles Penedos de San Pedro y San Pablo[1], pero era un riesgo absurdo para el barco y los tripulantes; como lugar de sepultura, era casi lo mismo que arrojarlo al mar y además, tampoco solucionaba el tema del certificado. Me decidí entonces por la segunda opción: poner rumbo a Fernando de Noronha que, a pesar de no ser lo más cercano, estaba en nuestro camino.

Como nos encontrábamos a dos días de navegación hasta allí, debíamos envolver en algo el cuerpo de mi amigo. Y por eso dije antes, que hubiese parecido que él fuera vidente, pues lo más adecuado que encontramos como una suerte de mortaja, fue aquel enorme trozo de nylon que él acaparó diciendo “Esto es mío”. Así que lo envolvimos en el plástico, lo sellamos con cinta adhesiva ancha y lo dejamos en su propia cucheta, cerrando el camarote con llave. Me había extrañado mucho el comportamiento de Ramón con el asunto del nylon, pero me resultó mucho más extraña esa aparente cualidad de poder predecir su futuro, tan trágico además. Aumentó esa rara sensación que ya tenía desde su muerte.

El tercer problema que debía solucionar, aunque no tan grave como los anteriores, era comunicarles a mis armadores la situación que estábamos viviendo. Problema nada fácil de resolver, pues yo no sabía Morse como para transmitir y el equipo de radio abordo no tenía Banda Lateral para hablar directamente a tierra. Sin embargo, este asunto se resolvió al poco rato de manera inesperada.

Aunque parezca mentira, como a las dos de la tarde, mientras navegábamos a toda máquina, avistamos una silueta de barco carguero llevando un rumbo que no se cruzaría con nosotros, pero que, si podíamos llamar su atención y hacer que se acercara, pasaría nuestro mensaje a la estación de tierra que le solicitáramos. El mejor sistema, si había alguien atento a bordo del “paquete”, era el reflejo del sol en un espejo. El S.O.S. llamó la atención de los colegas del buque que cambió su rumbo al poco rato y puso proa a nosotros seguramente después de la consulta al Capitán. Era un carguero soviético, el “Chapaiev” de Odessa, que iba de alguna parte a alguna otra y que se acercó lentamente y nos dejó a su socaire.

Les expliqué nuestra situación, les pasé con un cabo de bola el mensaje que había redactado mientras se aproximaban y agradecí profundamente, no sólo su atención por acercarse, sino todas las cosas que nos ofrecieron y que no aceptamos por innecesarias: comida, agua, medicamentos, etc. En realidad lo único que nosotros necesitábamos era un poco de buena suerte.

En el mensaje que envié, explicaba a los armadores la muerte del maquinista, la rotura de la bomba de agua y mis intenciones de futuro: detenerme en Fernando de Noronha a dar sepultura al cuerpo de Ramón y llegar a reparar a Río de Janeiro, donde yo sabía que el armador tenía un amigo propietario de una Agencia Marítima.

En cuanto entregamos el mensaje, nos despedimos y continuamos viaje. Por unas horas tuvimos un respiro. Continuaba el buen tiempo y el barco caminaba bien. Desgraciadamente no nos duró mucho. A eso de las siete de la tarde, luego de la puesta de sol, el motor se detuvo. Creo que en circunstancias normales, sabiendo que debía ser yo quien averiguara la causa de la parada con los pocos conocimientos de máquinas que poseía, me hubiera entrado pánico. Pero después de la tremenda desgracia de haber perdido a un amigo y colaborador en plena travesía del Atlántico, éste de ahora y cualquier otra percance que nos sucediera después, carecería de importancia.

Tomamos unas linternas y bajamos a la máquina con dos marineros. El desacostumbrado silencio por la falta de motor, la oscuridad total de la sala de máquinas debido a la noche, los círculos de luz generando sombras que se movían sobre las cañerías y los mamparos y el recuerdo del luctuoso hecho del accidente que aún llenaba el lugar, conformaban un escenario realmente lúgubre. Los marineros que bajaron conmigo no dejaban de murmurar y persignarse y debo confesar que hasta yo sentía un poco de temor. Pero, hablando algo más fuerte que lo normal, todos fuimos tomando paulatinamente valor y terminamos acostumbrándonos a la situación y la escena.

Supuse que la falla sería falta de combustible. Por lo tanto, luego de localizar la cañería que llevaba el gasoil hasta el motor, la seguí en sentido contrario con la luz de la linterna y descubrí el tanque doméstico que hacía de depósito intermedio entre éste y los doblefondos del barco llenos de combustible. Solicité a uno de los marineros que consiguiera una varilla y luego que abriera el tanque y lo midiera. Por supuesto que estaba seco. Deduje pues, que la pequeña bomba que lleva el combustible desde el doblefondo hasta ese tanque estaba rota. Es una esfera de metal apoyada en un resorte, a la que empuja un botador y un árbol de levas, tarea que se realiza automáticamente cuando el motor está funcionando. Alguna parte de ese mecanismo había fallado. Le pedí al marinero que continuara el recorrido del caño y a los pocos centímetros había una bomba manual con la cual llenar el tanque diario, lo que hicimos en un rato. Ordené entonces que cada uno de ellos, al salir de guardia, debía bajar y bombear el combustible a mano hasta llenar ese tanque, lo que se hacía con mas o menos cien movimientos. A partir de ese momento, el bombeo de combustible se incorporó a las tareas de rutina.

Después, purgué cada uno de los cilindros, crucé los dedos, le di movimiento al motor... y arrancó. Por suerte tengo algo de idea con las máquinas y, como dije antes, ya había navegado en este tipo de pesquero, pues eso nos permitió salir relativamente rápido de ese trance.

Nuevamente en ruta, comenzaron los comentarios y las opiniones. El cocinero, que era el más charlatán, decía que nunca había estado antes en un barco con tanto “tizne”, refiriéndose a la mala suerte que nos había tocado. Decía: “Mire que yo he estado en barcos con “tizne”, pero como éste, ninguno”. “Una vez navegué en uno, cuyo Capitán quiso pasar un remolque a otro barco y el fusil lanzacabos le explotó en la cara. Pobre, los dientes los juntaron de la cubierta”. “Y otra vez, en un pesquero de bacalao ...” y se largó a contar una historia más espeluznante aún que la anterior. Recuerdo que le dije que si su padre había muerto a bordo y lo habían tenido que tirar al mar, que si a su Capitán le había explotado el fusil en la cara y si ahora tenía otra historia peor que las anteriores, a mí me parecía que el del “tizne” era él, no el barco. Y él murmuraba: “No, no, ...es el barco...” y se persignaba.  En fin, un poco en serio, un poco en broma, fuimos pasando el tiempo. Yo me abusaba de su superstición y los amenazaba con que iba a llevarlos a un lugar llamado “Dedo de Deus” y todos ellos se persignaban al unísono. Quién sabe qué pensaban que era ese lugar.

Al segundo día, a media tarde, uno de los marineros avistó una silueta en el horizonte. “Mire, Capitán, allá en el horizonte se ve un barco”. “Eso no es un barco” –contesté con voz cavernosa, haciéndome el intrigante-. “Es el Dedo de Deus”, pues así se llama el pico más alto de la isla, según figura en la carta náutica. Y de nuevo, todos a persignarse.

A Fernando de Noronha llegamos en la noche temprana. Como no tenía las cartas de la zona en una escala apropiada para la recalada, no me pareció sensato acercarme mucho a la costa durante la noche. Nos pasamos pues, yendo y viniendo a la vista de la isla, en aguas seguras. Yo sabía que no contaban con muelle y que había una doble barrera de arrecifes, pues lo había leído en el Derrotero correspondiente. Cuando comenzó a amanecer, eché el ancla al agua con unos treinta metros de cadena y puse rumbo a la costa, en Adelante Muy Despacio. Al enganchar en el fondo, ya bastante cerca de la primera barrera, paré máquinas y quedé anclado, esperando alguna señal desde tierra.

Al rato largo, zarpó desde la costa una chalupa con un solo remero. Abordó luego una lancha de motor que se encontraba fondeada entre ambas barreras de arrecifes y luego de arrancarla, se acercó con ella a nuestro pesquero. Cuando le expliqué que quería bajar a tierra para hablar con las autoridades dejando el barco en fondeadero seguro, me pidió que lo siguiera por la entrada de la primera barrera, para indicarme luego un buen lugar donde fondear definitivamente.

Luego de echar el ancla nuevamente, vino a buscarme con la chalupa. Era un viejo de unos sesenta y tantos años de edad, de corta estatura, fornido, con la piel curtida por el sol y las manos curtidas por la vida. Movidos por las fuertes remadas del “Caronte”, como lo apodé mentalmente de inmediato por razones obvias, atravesamos la segunda barrera de arrecifes donde había una pequeña rompiente y al fin desembarcamos en la playa. Subimos luego la escarpada barranca de la costa, saludé a algunos isleños que se habían acercado a curiosear y llegamos, por fin, al poblado.

Mucho después, durante la noche, nos enteramos de la historia de este barquero de quien ahora no recuerdo su nombre. Había sido condenado por homicidio y recluido en la isla, cuando Noronha era una cárcel, como Isla del Diablo, la de Papillón. Un día, no se cómo, se escapó. Regresó a Brasil, mató otra vez, cayó preso nuevamente y lo regresaron a la isla presidio. A los muchos años, cuando desmontaron la cárcel y la mudaron, el Caronte” no quiso regresar al continente y quedó como barquero oficial.

Tenía aspecto de viejo bonachón; nadie podría imaginarlo como un peligroso homicida, sino como un buen abuelo. Pero con una condición que a la postre nos trajo un percance más, como si fueran pocos, a nuestra accidentada travesía. Con el correr de las horas su ebriedad aumentaba paulatinamente hasta terminar el día completamente borracho, como después descubrimos. De todas maneras, comparto su decisión de quedarse a vivir allí: la isla es un paraíso, tanto que en la actualidad es un lugar turístico de primera línea. Seguro que hoy no cuentan con los servicios del “Caronte”; pero en aquel entonces él era el portero o el conserje de Fernando de Noronha.

Como decía antes, el “Caronte” me guió hasta el Palacio del Gobernador donde éste me recibió de inmediato. Me dijo que me estaba esperando, alertado de la presencia de nuestro barco en sus costas y yo le expliqué la razón de mi visita luego de las correspondientes presentaciones. Le conté de la muerte de mi compañero, de la falta de cámara frigorífica para que sus restos soportaran un viaje más largo, de la absoluta necesidad de sepultarlo allí y el por qué de mi solicitud de un certificado de defunción. El Gobernador resultó, además de amable, muy comprensivo, pero tuve que aceptar que él debía llamar a las autoridades de Recife para solicitar autorización. Envió a un ayudante por el médico que, cuando llegó, fue puesto al tanto de la situación así como de mi solicitud del certificado. El doctor contestó que lamentablemente no podía emitir un acta de defunción, ya que no estando presente en el momento de la muerte y sin la correspondiente autopsia, le resultaba difícil establecer las verdaderas causas del deceso que, por otra parte, podía haber sido el resultado de una pelea a bordo o algún otro delito. La explicación era razonable. Yo, en su lugar, también abrigaría sospechas con respecto a una muerte sucedida en alta mar y más aún en un pesquero. Por lo tanto, en principio, no podría llevar ningún certificado a los familiares.

Esperamos unas dos horas la autorización de Recife para sepultar allí a mi amigo Ramón. Las utilicé redactando la Protesta de Mar con los acontecimientos acaecidos, tanto las averías producidas en el Motor Principal como el relato de la muerte del Jefe de Máquinas. Debía hacerlo cuidadosamente para no dejar ningún detalle sin cubrir, por mi tranquilidad, la del armador y para ayudar con ese documento al cobro del seguro a la familia de Ramón. Aún así, el tiempo me dio para recorrer un poco el Palacio del Gobernador y sus alrededores. Recuerdo que había un pequeño pero hermoso vitral que atravesado por los rayos del sol, iluminaba varias columnas de mármol, amplias escaleras, pisos de madera noble muy lustrada y unos muebles antiguos dignos de museo. Realmente como Palacio era chico, aunque resultó ser una verdadera joya.

A eso de las dos de la tarde, me di cuenta que me permitirían enterrar allí a mi maquinista. A esa hora, con el viento en calma, en la isla había un silencio tan impresionante que se podía escuchar una conversación a trescientos metros de distancia por lo menos; comencé entonces a oír los martillazos de un carpintero no muy lejos de donde me encontraba. Deduje que estaba construyendo el ataúd y eso me dio la tranquilidad de saber que, por lo menos, iba a poder sepultar allí a Ramón.

Al poco rato apareció el Gobernador a comunicarme la autorización y comenzamos a concretar los detalles. Me dijo entonces que debía pagar cien dólares por el féretro y los derechos de entierro y vi allí la oportunidad de hacerme con algo parecido a un documento. Le pregunté si no podía escribir en el recibo “por el ataúd y la inhumación de los restos de...” para que me sirviera como certificación del deceso y él accedió. Con una autenticación de la firma del Gobernador por alguna autoridad consular, tendría un documento probatorio, que era lo que yo quería. ¡Lo que son las cosas: un recibo de féretro utilizado como certificado de defunción!

Cuando el rústico ataúd estuvo listo lo llevé conmigo abordo. El “Caronte” estaba ya en un estado etílico muy avanzado. Sus remadas desparejas y vacilantes, me hicieron pensar en el peligro que suponía el viaje de retorno con la rompiente de la barrera de arrecifes a favor, pues si hundía un remo más que el otro y atravesaba la embarcación, ésta se daría una vuelta campana irremediable.

Al llegar abordo, el médico que había estado inspeccionando el cadáver en cuanto dieron la autorización desde Recife, ya no estaba. Los marineros tenían aún algodones en las narinas y me imaginé el horrible espectáculo de la apertura de la bolsa. Luego pusimos el cuerpo en el cajón, -otra tarea nada agradable que revivió todo mi pesar, en alguna medida un poco superado-, y nos preparamos para el viaje a tierra. Mi tripulación se vistió con ropa de salida y en cuanto estuvieron prontos, marchamos.  Debido al tamaño de la chalupa no podíamos ir todos juntos en un solo viaje y debimos hacer dos; en el primero fue un marinero acompañando al féretro y el resto fuimos en el segundo viaje.

Por fortuna, Ramón, en su último viaje, llegó a tierra sin problemas. Sin embargo, cuando en la travesía siguiente íbamos todo el resto de los tripulantes, sucedió lo previsto: al llegar al arrecife, el “Caronte” hundió un remo un poco más que el otro, la chalupa giró, se atravesó a la ola que venía rompiendo y dio vuelta de campana. Allá fuimos, todos al agua.

Aunque parezca mentira, ese chapuzón fue lo más placentero que me sucedió en mucho tiempo. Bajo el agua cálida y de un color verde jade intenso, en el silencio íntimo de la inmersión, tan diferente al silencio de la atmósfera, me relajé totalmente y no tuve ningún apuro por salir. Me dejé estar inmóvil y me distendí. Veía el fondo del bajo con bastante claridad y la sombra de varios peces que se movían entre algunas piedras oscuras que resaltaban sobre la arena. Mirando hacia arriba aprecié las siluetas de algunos tripulantes, nadando recortadas en ese cielo verde atravesado por los rayos del sol a baja altura, ya al final de la tarde. Juro que lo disfruté. Fue un momento breve, pero permitió aislarme de los problemas que me estaban agobiando y tomar fuerzas para enfrentar lo que se avecinaba. No digo como nuevo, pero quedé bastante más distendido.

Cuando salí el último a la superficie, nadé hacia la orilla y al llegar me di cuenta que había perdido un zapato. Me invadió una furia tan grande que me saqué el otro y lo tiré lejos. Me apresuré demasiado, pues al momento, -lo que el mar quita, el mar devuelve-, el zapato perdido estaba en la orilla empujado por una ola. Me enfurecí más aún por estúpido y lo tiré lejos, junto con el hermano.

Subimos la empinada cuesta de la barranca costera, -yo descalzo, claro- y en la cima estaba todo el poblado esperándonos. El Gobernador, el Comandante de la Base, el médico, los soldados, los pescadores y sus familias. Toda la isla nos recibía, pues la llegada de un barco era un acontecimiento importante para todos ellos y si venía acompañado por un sepelio, mucho más aun.

Entonces, ocurrió un hecho imprevisto que me conmovió profundamente. Uno de los pescadores, espectador como todos los demás del accidentado desembarco, se acercó a mí con sus sandalias en las manos y me las ofreció, con un gesto donde más que brindarme su solidaridad me solicitaba que la aceptara. El pescador, respetuosamente, se desprendió de una de sus seguramente pocas pertenencias, para ofrecérselas al huésped. Me acuerdo que en aquel momento recordé una frase de nuestro José Artigas durante el Éxodo, que decía: “Los que menos tienen, son los que más dan”.

Después de esta espontánea ceremonia de bienvenida, ya en el crepúsculo –corto, como siempre en el trópico-, cargamos el féretro en un camión que, a paso de hombre, nos guió hasta el cementerio. Bajo las luces del vehículo y de algún farol de mecha que encendieron los pescadores, sepultamos en la tierra a mi buen amigo Ramón, cariñosamente para mí, el “Bidente”. Todos guardamos silencio y en la paz de la noche joven, sin viento, lo único que se escuchaba era el sonido de las palas echando tierra sobre el féretro. Cuando el sepulcro estuvo tapado quedamos unos minutos mirándonos unos a otros sin saber qué hacer, sin deudos a quien consolar, y sorpresivamente me encontré recibiendo algunos pésames y apretones de mano de isleños y tripulantes, pues recién entonces me percaté que, de todos los presentes yo era el único que conocía a Ramón desde antes del viaje.

Luego fuimos retornando al poblado en pequeños grupos comenzando algunas charlas en voz baja. Esa noche la pasamos en el destacamento militar. Una buena caña brasilera acompañó una larga charla sobre innumerables anécdotas de la isla. Fue entonces cuando nos contaron la historia del barquero que yo había apodado el “Caronte”. Y también que hacía algunos años un carguero argentino había recalado allí para sepultar otro tripulante fallecido durante el viaje. La madrugada nos encontró con mucha caña y algunas risas, hasta que por fin, acunados por el alcohol, tuvimos un merecido sueño reparador, esta vez sin ruido de máquinas y sin problemas.

A la mañana siguiente, algo tarde, un “Caronte” fresco como una lechuga, nos llevó hasta el barco con su chalupa y nos guió hasta fuera de la segunda barrera de arrecifes con la lancha a motor. Casi todos los habitantes fueron a la costa para despedirnos. Les regalamos, una pitada larga de agradecimiento y nos lanzamos otra vez a la mar.

Mis planes eran, como había comunicado ya a los armadores, llegar a Río de Janeiro para reparar. Tracé entonces un rumbo directo a Buzios, lo que me alejó bastante del puerto de Recife, así que ni vimos la ciudad. Me equivoqué. Debí prever nuestra mala suerte y trazar una derrota de cabotaje, más cercana a la costa, pues cuando estábamos a medio camino entre Recife y Bahía, la bomba de agua del motor auxiliar también dijo basta y se rompió. Parecía el viaje de la maldición de las bombas.

Mientras el principal se enfriaba, me puse a revisar un viejo motor Lister que se usaba antes para la frigorífica de la bodega y aunque los marineros ya me habían advertido que no funcionaba hacía mucho tiempo, a fuerza de empeño lo hice arrancar. Pero hizo apenas algunas explosiones y se detuvo. No había más solución. Estábamos sin refrigeración en la máquina principal.

El viaje estaba terminando, nos encontrábamos a algunas millas de Bahía pero no teníamos ninguna refrigeración en el motor y no podía pedir un remolque, pues al armador le hubiera costado una fortuna, quizá más caro que el valor del propio barco. Mientras siguiera ese tiempo que por suerte estaba calmo, mientras no corrieran ningún peligro nuestras vidas y sólo se presentara como un problema de nervios, impaciencia y desazón, yo iba a tratar de terminar el viaje por mis propios medios. Peligro, por entonces, no corríamos.

Decidí encender el motor y hacerlo marchar hasta que la temperatura de su carcasa comenzara a quemarme las manos o un poco más. Entonces lo apagaría a esperar que enfriara. Sería muy lento, demoraríamos mucho, pero de esa manera me aseguraba no fundir el motor y a la vez, ahorraba al armador el costoso remolque.

Pero las dificultades no habían terminado aun. Lo que comenzaba a preocuparme seriamente era el estado de ánimo de la tripulación que estaba descendiendo a niveles alarmantes. Todos nos sentíamos hartos de tanta tragedia, pero más que yo, los canarios que estaban casi al borde de la desesperación. Decidí entonces aplicarles un remedio psicológico. Les hice traer todas las mantas que hubiera en el barco y los puse... ¡a coser una vela!

Sentados al sol en cubierta, cosiendo una frazada con otra, murmuraban entre ellos y cada tanto me preguntaban: “¿Usted está seguro Capitán, que esto va a servir?”. “Sin duda”, contestaba yo, que estaba seguro que no serviría para adelantar mucho la marcha del barco, pero sí para mantenerlos entretenidos muchas horas pensando en otra cosa. Sin embargo, para mi asombro, la vela de retazos de algo sirvió, pues cuando no estaba la máquina encendida la desplegábamos atada al mástil y a un tangón de la maniobra de pesca, e increíblemente se inflaba un poco. Algunos metros nos habrá hecho adelantar.

Mientras tanto, el motor funcionaba unos veinte minutos más o menos y después estaba parado como dos horas. Era algo verdaderamente desesperante, pero poco a poco íbamos acercándonos a la costa. En una de las marchas, no me acuerdo después de cuanto tiempo, se empezó a ver Bahía en el horizonte. Detuve dos o tres veces más el motor esperando su enfriamiento y al final me dejé ganar por la impaciencia: puse Adelante Toda Máquina, y “fundite si querés”, pensé.

Después de una marcha de casi dos horas entramos por fin al puerto de Bahía. Ingresé sin preguntar a nadie a qué muelle dirigirme. Yo atracaba, después que vinieran las multas y las explicaciones y que me sacaran de ese muro con remolcador. Así arribamos. Así terminó la azarosa travesía que podría haber sido casi de placer.

Cuando llegó el dueño del barco, avisado por teléfono de dónde nos encontrábamos, contrató un taller recomendado por la Agencia y comenzaron las reparaciones. Le entregué enseguida la documentación del accidente de Ramón: el Libro de Navegación, las Protestas de Mar, su Libreta de Embarque y el bendito recibo del féretro. Debería haberme quedado con fotocopias de todos los papeles, quizá de esa manera, más adelante, su familia hubiera podido seguir peleando por el seguro en el Uruguay. Al principio parecía que el trámite iba bien, ya que a los pocos días de entregarle la documentación, el armador me dijo que el recibo del féretro había servido de mucho. Creí que todo seguía adelante aunque burocráticamente lento, pero el tiempo fue pasando y nada. Después dejamos el barco en Río Grande y se fue diluyendo todo; yo debí embarcar en otro buque y no pude ocuparme más del asunto. Hacer los trámites desde Uruguay le resultaba imposible a la familia por falta de documentación, de recursos y de ayuda de la gente entendida. Aunque hice todo lo que estuvo a mi alcance para ayudarles, nunca pudieron cobrar ese seguro. Realmente me dejó un sabor amargo que la mujer y los hijos de Ramón no hubieran podido tener por lo menos, alguna compensación económica por la pérdida de su esposo y padre.

Dos detalles más de nuestra estadía en Bahía. Estuvimos reparando veinticinco días. Una mañana, uno de los marineros se hizo un corte en la mano derecha. Yo le miré el tajo y no era muy profundo. Quise curárselo abordo, pero él insistía en que lo llevara a un médico. Nos tomamos un taxi. Llegamos a la emergencia de un hospital de la ciudad, y me faltan palabras para explicar la escena dantesca que se veía desde la puerta. Era una sala enorme, sucia y deteriorada, toda cubierta de azulejos que alguna vez habían sido blancos. Arriba de las camillas había heridos manchados de sangre, algunos otros moribundos quejándose en voz alta y, no me cabe la menor duda, más de un cadáver. Cuando entramos, el marinero me tomó de la manga y me dijo casi en un susurro: “Vámonos al barco, Capitán”. Yo le contesté que no, que allí lo iban a curar. Pero él en voz aún más baja me dijo: “Aquí la gente no viene a curarse, Capitán. Aquí se viene a morir”.

El segundo detalle fueron las lluvias. Durante nuestra estadía llovió como diez días sin parar. Hubo inundaciones, deslizamientos de tierra, evacuados y no sé cuantos muertos. Decían por allí que habían sido las peores lluvias del siglo. Que era como una maldición.

Al final te digo, ...yo también quedé pensando que ese barco tenía un “tizne”... 

Pero, bueno... ¿de qué estábamos hablando? ¡Ah! Ya me acuerdo: de lugares agradables. De Fernando de Noronha ¿no?. Linda isla. Estuve unas pocas horas, pero me gustó. Vale la pena conocerla.

Me voy a tomar otro café. ¿Quieres uno? 

Referencias:

[1] (N. del A.) Los Penedos de San Pedro y San Pablo (0° 55’ de Latitud Norte y 29° 40’ de Longitud Oeste), no son más que unos pocos metros cuadrados de rocas grises y chatas, que apenas emergen de la superficie del agua en el medio del Atlántico. Antiguamente tenían una faroleta que indicaba su posición durante la noche, pero en la actualidad está apagada. Sólo sirven como hogar para las gaviotas y algunas otras especies de aves marinas.

Román Presno
Fui a enterrar un muerto
Cuentos de la Gente de Mar

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