El Austin viejo
Román Presno

- ¡El Austin viejo! ¿Y qué se te dio justo ahora por preguntar eso?... ¡Cómo no me voy a acordar del Austin!!... Marcó la época de mi efímero pasaje por la vida del bajo. ¿Vos te acordás? Empezamos todos los de la clase de Mercantes, los Pilotos y los Maquinistas, a visitar aquellos barcos de pasajeros italianos, franceses y españoles pintados de blanco “de la quilla a la perilla”: el Giulio Cesare, el Augustus, el Arlanza, el Aragón, el Cabo San Roque, el San Vicente. Barco que llegaba a Montevideo, nos poníamos el uniforme de primera y nos íbamos a hacer pinta, a tomar algo en el bar, a envidiar a los pasajeros y de paso, comprábamos algún cartón de cigarrillos o algún pañuelo de seda italiana para las novias. En una llegada del Ryndam, aquel barco americano que era una Universidad flotante, el Enano, que dominaba bien el inglés, se levantó una gringuita que después de llevarla a recorrer el Centro, al regresar a su camarote le agradeció con creces los favores recibidos. Después en la Escuela Naval, me contó que “cobró” bien cobrado, porque la piba valía mucho más de lo que parecía.

Fue en esa época en que a mi viejo le fue bien en un negocio y me “prestó” la guita para comprar el Austin. Entonces empezamos a ir al Puerto en auto. Una de esas veces, saliendo de no sé qué barco un poco más tarde de lo normal, subíamos por Juan Carlos Gómez y la calle ya se estaba poblando de esa “fauna” que antes empezaba a aparecer a la tardecita, cuando los oficinistas se iban para sus casas.  Veníamos con el Cabeza y me propuso tomar una copa en un bar de camareras no mucho más grande que un garaje. Nos sacamos la chaqueta, la gorra y la corbata para no quemar el uniforme e intentando aparentar más de los dieciocho años que teníamos, nos acodamos en la barra. Al minuto se sentó a mi lado una piba exquisita, de esas con las que podrías casarte si te lo pide, y comenzamos con la charla de siempre. Era bastante educada la pendeja, raro en aquella época y lugar, porque ahora hay algunas que parecen doctoras, ¿viste?; así que estuvimos hablando un buen rato de temas cada vez más interesantes, estirando las copas lo más posible. Continuamente le estuve advirtiendo que si quería ir a “hacerse el mango” con otro que yo no me hacía problema; como no tenía guita para pagarle que no se sintiera comprometida. El viejo cuento de los pelados que en diferentes versiones todos, más tarde o más temprano, alguna vez hicimos.

Cuando nos fuimos, ya estaba enganchado con ella, así que volví solo a los tres o cuatro días; desde entonces, con la excusa de “encaminar por la buena vida” a la gurisa iba cada vez más frecuentemente. Al mes, cuando comenzaron las vacaciones, estaba en el boliche todos los días, como cualquier habitué. Además me enteré que pasando la puertita del fondo, había una mesa de timba, que en aquella época a mí me gustaba bastante. Allí, junto con mis ahorros, me jugaba el amor. Si ganaba: pasaba la noche con la guacha; si perdía, ella me invitaba con la última copa y me iba a casa sin voltear. Al final, resultó al revés: en lugar de redimirla, ella me ganó a mí para “el mal camino”.

Ahí tenés como me fui metiendo de a poco en esa vida. Casi sin darme cuenta fui haciendo conocidos, amigos, compinches, entrando en el círculo de los chismes y de los secretos de esa gente. Y cuando quise acordar ya era como de la familia. Uno más de la banda.

Te cuento que entre las muchachas que frecuentaban el bar había una que se hacía llamar Margot, como la del tango, que se destacaba por su belleza. Era un poco mayor que las otras pero tenía un cuerpo espectacular y una manera de andar que paraba el corazón; y además de bonita era alegre, de risa fácil y resultaba muy agradable charlar con ella. Por eso laburaba muy bien, tanto con marineros como con gente de guita. Tenía un cliente muy especial, un petiso flaquito, siempre de traje cruzado gris oscuro, peinado a la gomina, educado y gentil, que la sacaba todos los días. Venía más o menos a la misma hora, se sentaban a solas en una mesa, pedían varios tragos, charlaban un buen rato y después se iban al hotel. Si ella algún día no estaba, él la esperaba con la copa servida hasta que volviera. Una vez de casualidad pasé cerca de la mesa donde estaban hablando en voz baja y me pareció que él se dirigía a ella como “Milady”; me pareció, te aclaro.

Pero la cosa empezó a complicarse. Parece que salir con el tipo cada noche, la estaba avivando mucho a la Margot y el cafisho, un tipo alto y gordo que era una bestia, empezó a no gustarle el asunto y hacerle problemas a la minita.

-¿Qué carajo tiene que verte todas las noches el enano ese? –le dijo un día- ¿No ves que te está llenando la cabeza de cosas raras ese sorete? ¿Qué mierda se cree que es? ¿Eh?.

Bastante diferente al fiolo de mi piba, que no jodía para nada y dejaba vivir... ¡mientras hubiera guita!.

- Y bueno, ¿qué querés que haga? -decía ella sin convencer a nadie- si el tipo me paga todos los días, ¿le voy a decir que no?

- Pero no te das cuenta que ese tipo está metido contigo? ¿eh?

- Y vos no te das cuenta que cada día me pedís más guita, me pedís?. Y que si selecciono los clientes porque a vos no te gustan, no voy a poder hacer un mango, no voy a hacer? -gritaba haciéndose la ofendida.

Había dos cosas: o el bestia estaba celoso o veía peligrar el buen negocio que tenía con la mina. Quizá suponía que el petiso le estaba haciendo el trabajito para que dejara al otro y se fuera con él, ya fuese para administrarla en su beneficio o para sacarla de la “vida” y formar pareja seria. ¿Quilosá? Lo cierto es que las discusiones de la Margot y su bestia se fueron poniendo cada vez peor.

Hasta que una noche, cuando ella volvió del hotel después de la cita diaria, en el medio del boliche y delante de todo el mundo, el tipo le encajó un sopapo y le ordenó que no atendiera más al petiso.

- Se acabó, ¿Ta? No lo ves nunca más, ni aunque te pague el triple.

La Margot, con la mirada brillante de bronca y la mano cubriéndose el castigado cachete, se dio media vuelta y se fue.

Así que a la noche siguiente, le tenía que decir al petiso que no lo podía ver más. Se sentaron juntos en un rincón medio oscuro, se tomaron una copa y charlaron un buen rato como dos enamorados, o casi. Por suerte para ambos el fiolo no estaba, porque si no, los mata. Nadie supo lo que se dijeron, si hubo lamentos o hicieron planes, lo cierto es que ese día el petiso, por primera vez en mucho tiempo, se fue cabizbajo y sin mina.

A las tres o cuatro noches, entre semana, ya tarde en la madrugada, quedábamos pocos en el bar. El Gordo Pedro, el dueño, estaba enjuagando unas copas atrás del mostrador; había una pareja, creo, en una mesa en la oscuridad y un par de tipos sueltos por ahí. El fiolo bestia estaba inclinado sobre un plato de comida sentado a la barra, con el costado de babor hacia la puerta de entrada. Entonces, justo cuando yo salía del baño para volver a la timba y para que nadie tuviera que contármelo, entró el petiso al boliche. No dijo ni buenas noches y seguro que había estado junando desde afuera, porque fue derechito al fiolo, sacó un estilete de adentro de la manga y sin una sola palabra se lo clavó entre las costillas. Debe haber entrado justo al corazón porque el gordo, sin girar siquiera la cabeza, cayó con la cara sobre el plato y no dijo ni ay.  El petiso zafó la “punta” que medía como veinte centímetros, se dio media vuelta y calladito como entró, -ni falta que hacía saludar- salió del boliche.

Te podrás imaginar cómo quedamos todos los que fuimos testigos y más que ninguno, yo, que apenas tenía dieciocho. No me meé encima porque recién había hecho, que si no...

El dueño del bar, rápido como una luz, salió de atrás del mostrador, le dijo a un pasmado que estaba parado justo en la puerta, que bajara las cortinas y a otro que fuera al fondo a buscar trapos para limpiar y algo para envolver al gordo. En un instante estábamos todos metidos en el lío y yo haciendo cosas que nunca me hubiera imaginado. El gordo mandaba con una propiedad que no daba lugar a discutirle ninguna orden. En el agite, comencé a darme cuenta que en realidad estaba siendo encubridor de un asesinato. Arruinaba la carrera, la familia, la vida, todo. Con la cabeza funcionándome a mil, me preguntaba como mierda le iba a explicar a mis pobres viejos cuando estuviera metido en la gayola. 

Cuando el cadáver del fiolo estuvo envuelto en varias frazadas, la mancha de sangre disimulada con el color de la madera del piso y tapada con una alfombra miserable salida no sé de donde, ya con el asunto más o menos resuelto, el Gordo Pedro me encaró y me dijo: “Pibe, ¿tenés el Austin viejo parado en la puerta?”.

Casi le pregunto por qué y cuando me di cuenta que lo íbamos a usar de carroza fúnebre, hubiera querido sugerirle si no habría otro auto para hacer el traslado, pero no me dieron los huevos, porque -como razoné después más tranquilo para justificarme-, si no me involucraba y me hacía cómplice de la limpieza, yo, que era nuevo en ese ambiente, podía irme de boca en algún lugar y transformarme en alguien muy peligroso para ellos. O por lo menos, así me lo imaginé.

Pusieron a uno de campana en la esquina y después que metimos “el fardo” todo doblado en el enorme baúl, el gordo se sentó adelante conmigo y el “Jeta”, uno bajito y fortachón, quedó solito atrás.

“A la escollera, pibe” me dijo la ronca voz del Gordo y yo, casi por llorar, sólo pude hacer que sí con la cabeza.

Cuando llegamos con las luces apagadas, cerca de la punta de la escollera Sarandí -en aquella época subiendo un cordón se podía entrar con el auto-, apagué el motor, bajamos el fardo y cagado hasta los pelos, empecé a forcejear de los pies como para tirarlo al agua. La voz del Gordo me paró:  “No, pibe, antes hay que sacarle las tripas porque si no, flota.” Y siguió ordenándome: Vos traé una bolsa de naylon que dejé en el asiento de adelante, que yo consigo la piedra para meterle en el hueco”.

Le alcancé la bolsa temblando y enseguida enfilé hacia la faroleta de la escollera para alejarme de la imaginable carnicería que no hubiera soportado ver.

No te puedo contar la cantidad de cosas que me pasaban por la cabeza en ese momento. Me veía encerrado veinte años en una cárcel tenebrosa llena de bufarrones y mis pobres viejos recriminándome toda la vida. Estaba tan cagado que me castañaban los dientes sin poder parar y eso que era verano. Cuando me llamaron para levantar y tirar el cuerpo al agua, fui con las rodillas temblando pero sin decir nadita. El fardo hizo ¡splash!! y se fue hundiendo bastante rápido. O por lo menos eso me pareció, porque en realidad no se veía mucho con ese apenas resplandor del comienzo de la madrugada. Por las tripas ni pregunté.

En el viaje de vuelta nadie comentó nada. Pero cuando llegamos, ya casi amaneciendo, el Gordo me dijo: “Andá pa’ tu casa, pibe, que ya es tarde”. Me palmeó la rodilla a modo cómplice de “muchas gracias” y agregó: “Y no digas nada ¿sabés?”. A mí, apenas me dio la voz para decirle chau. Ni había apagado el motor, mirá.

Y así salí del ambiente. Entré de a poco y salí de golpe. Nunca más pasé ni por la puerta del boliche ni por el bajo. Durante un mes revisé todas las páginas de policiales esperando ver la noticia de la aparición del cuerpo, pero no salió nada. Te podrás imaginar que jamás supe de la suerte de la piba que me gustaba. Pero lo que más lamento, es que tampoco supe si al final, el petiso se llevó a la Margot con él o si solamente desapareció. Yo me borré para siempre. Y al Austin viejo lo vendí a la semana. Por las dudas, ¿viste?

Román Presno
Fui a enterrar un muerto
Cuentos de la Gente de Mar

Ir a índice de narrativa

Ir a índice de Presno, Román

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio